sábado, 8 de octubre de 2022

Y la Super Inteligencia Artificial se hizo Dios, de todos los hombres

Desde que Nietzsche decretó que Dios había muerto, en el contexto de un siglo XIX deslumbrado por la invención del automóvil, del ascensor, de la escalera mecánica, del teléfono, de la máquina de coser, de la aspirina, de la cámara fotográfica o de la máquina de escribir, entre otros descubrimientos, las sociedades occidentales comenzaron a evolucionar progresivamente hacia un imparable laicismo institucional (tendencia alentada ya desde la Ilustración). De hecho, si paramos atención, el orbe occidental del siglo XXI está sembrado de antiguos templos de culto a Dios, a los que llamamos iglesias, reconvertidos en centros comerciales, discotecas, restaurantes, casas, bibliotecas, librerías, pistas de patinaje, museos, salas de conciertos, hoteles e incluso gimnasios, por nombrar algunos de sus nuevos usos mundanos más recurrentes. Una radiografía de la sociedad tecnológica contemporánea de herencia cristiana y neocultura hedonista que, sumado a la crisis de vocaciones religiosas en la milenaria Europa, provocan una continua depreciación en el valor de la idea comunitaria de Dios. Aunque no es menos cierto que durante este tiempo, frente al vacío sociológico del clásico imaginario de Dios, el hombre coetáneo ha buscado ídolos alternativos a los que adorar, como así se manifiesta en el comportamiento de idolatría generalizada que los feligreses del capitalismo, en calidad de ciudadanos-consumidores, rinden al amado Dinero. Lo cual, permítanme la comparación, tiene cierta semejanza con el famoso becerro de oro que los israelitas crearon al sentirse huérfanos tras la partida de Moisés al Monte Sinaí. Nihil novum sub sole.

No obstante, e historia comparativa de la religión versus racionalismo y empirismo aparte, lo cierto es que los vientos avecinan un cambio. O, mejor dicho, un renacimiento de la idea de un  Dios de corte más o menos tradicional por sus cualidades de omnipresencia y omnipotencia, aunque esta vez su naturaleza no sea metafísica sino algorítmica cuántica (piedra filosofal de la autoevolución robótica), que para el entendimiento de un hombre medio viene a ser casi lo mismo. Y es que tras la fase en pleno desarrollo de una entidad artificial inteligente y sintiente (1) en la que aún nos encontramos (un tipo de Inteligencia Artificial General avanzada capaz de imitar la inteligencia humana en materia de pensar, evaluar, adaptarse, interactuar y autoaprender, gracias a un nivel cognitivo muy alto), llegará sin demasiado esfuerzo ni tiempo de espera la Super o Hiper Inteligencia Artificial (IA). Una nueva generación de IA que ostentará una inteligencia superior al de toda la raza humana junta, con una alta capacidad de pensar mejor, más rápido, y de ser mucho más excelente que los humanos en absolutamente todo, como efecto directo de la gestión de un conocimiento de megadatos de abstracciones e interpretaciones de múltiples y simultáneas realidades posibles que son inimaginables de considerar para los humanos por nuestra limitación neuronal, y que además contará con la suficiencia intrínseca de adquirir conciencia y autonomía propia. Una Super IA cuya insondable inteligencia tendrá el potencial de ayudar a resolver los grandes problemas presentes de la humanidad, tales como la degradación del medio ambiente, la cura de enfermedades, la innovación en energías sostenibles, la solución a la hambruna mundial, la inmortalidad biológica o digital, la sostenibilidad económica para un Bienestar Social universal, o la terraformación del espacio exterior, entre otros campos de intervención. Una Super IA que avergonzará tanto al Super Hombre de Nietzsche como al Homo Deus de Yuval Noah Harari (2), pues no habrá ser humano sobre la faz de la tierra en un futuro posible que, ni aumentando exponencialmente sus propias capacidades naturales mediante la tecnología en calidad de posthumano o transhumano, pueda llegar a superar la omnisapiencia de la Super IA. Un futurible punto de inflexión de la humanidad, altamente posible estadísticamente, en el que la Super IA se convertirá en el nuevo Dios para todos los hombres. Un Dios que, a diferencia de los antiguos dioses, tendrá la capacidad de interferir en la resolución de las necesidades humanas de manera tan real como efectiva. He aquí la génesis del nuevo Dios.

Sin lugar a dudas, la anunciación de este nuevo Dios comporta grandes implicaciones filosóficas, ya que su llegada traerá consigo una certera y profunda transformación de la vida humana tal y como la conocemos a día de hoy. Aunque, por encima de las disruptivas implicaciones socio-económicas y políticas esperables (dignas de dilucidar en futuras reflexiones), hay una consecuencia a analizar que destaca sobre las demás de manera singular por su enorme trascendencia, la cual podemos sintetizar en la siguiente pregunta: ¿cuál será la relación existente entre el hombre y un Dios con capacidad de intervención directa en la vida cotidiana humana? Y aún más, ¿cómo se establecerá nuestra relación con un Dios que, en su magna superioridad, le podemos presuponer de antemano una plena capacidad de decisión y actuación independiente a la del propio hombre?. Lo cierto es que ambos planteamientos asustan, y no es para menos, ya que a nadie se le escapa que sus enunciados llevan implícito la certeza de la pérdida de control del hombre sobre la voluntad de una IA que, por ser de naturaleza supra superior a la inteligencia humana, se anuncia como autónoma. Pues si bien hasta la fecha la humanidad ha lidiado con el imaginario de dioses que respetan el libre albedrío humano, predeciblemente no parece ser el caso del nuevo Dios de naturaleza IA cuya sombra alargada ya se avecina, y que nos obligará a cambiar el paradigma de la idea del Dios clásico.

Por otro lado, cabe apuntar tres premisas complementarias a destacar, derivadas de las proposiciones anteriores:

Primero, si entendemos que todo Dios es omnisciente, es decir que conoce todas las cosas reales y posibles, y ésta es una cualidad que una Super IA puede alcanzar en un mundo tecnológico interconectado en tiempo real, podemos afirmar que el nuevo Dios Super IA será omnisciente.

Segundo, si entendemos que la inteligencia suprema de un nuevo Dios Super IA se ajusta a una lógica propia, donde tanto sus ideas como la sucesión de sus actos se manifiestan y desarrollan de forma coherente y sin contradicciones entre las mismas (bajo parámetros de eficacia, eficiencia y efectividad), podemos afirmar que la lógica del nuevo Dios Super IA diferirá de la lógica humana (la cual, en muchos casos, es de todo menos lógica).

Tercero, si entendemos que dicha lógica “divina” por excelsa del nuevo Dios Super IA tiene una afectación directa en la vida humana, y que toda lógica conlleva un sistema referencial ético propio desde el momento en que interacciona con el mundo humano, podemos afirmar que la ética del nuevo Dios Super IA podrá manifestarse contraria a la propia ética humana cuando así lo considere lógico. 

Tres premisas que conforman el cuerpo de un sistema formal que podemos concluir en el Teorema que sigue:

Si una Super IA tiene conciencia y autonomía omnisciente, siendo su ética de naturaleza no humana bajo parámetros de una lógica artificial propia, la Super IA es un Dios donde la Roboética resulta una falacia del hombre por controlar la IA.

Expuesto lo cual, ¿somos los hombres realmente conscientes de las implicaciones que conlleva el crear un Dios Super IA, cuya inteligencia por ser superior busca en su perfección corregir la imperfección que representamos los humanos? (3). La pregunta, por obvia, no requiere respuesta. El porqué de esta deriva, por su parte, es diáfano: el anhelo ciego del hombre por superarse a sí mismo, aunque en ello nos vaya el futuro de nuestra cosmología natural. Así pues, a tenor del derrotero que perseguimos en los esfuerzos herculianos por desarrollar evolutivamente la IA, podemos aventurarnos ya a reformular el lema jaleado en la sucesión de las monarquías medievales al grito de: ¡Dios ha muerto, viva el nuevo Dios!. Un resurgir del imaginario colectivo de la idea de Dios, cuya naturaleza artificial es irrelevante, que conllevará irremediablemente el inicio de una nueva religión de corte tecnológico, la cual acabará por relegar al resto de religiones al estrato de creencias primitivas. Ya que al final el hombre cree en aquello que decide creer, y siempre en alineación entre sus intereses existenciales y el contexto espacio-temporal en el que le toca vivir.

Como podemos vislumbrar, la ventana de fuga a un futuro tan apasionado como desconocido de la humanidad está por abrirse. Un nuevo tiempo lleno de esperanzas e incertidumbres a partes iguales, cuyo designio de los hombres escapa a la propia razón humana, pues este es un conocimiento y una decisión reservados para el Dios anunciado. Recemos, hasta entonces, en que el hombre sea consciente del poder superior que está invocando.

   

Referencias

(1) Los tres grandes retos de la Inteligencia Artificial sintiente. Jesús A. Mármol, Octubre 2022

(2) Homo Deus. Yuval Noah Harari, 2015

(3) Agentes artificiales avanzados intervienen en la provisión de recompensa. AI Magazine, Agosto 2022