domingo, 28 de agosto de 2022

Roboética, un rompecabezas sin completar

Si algo caracteriza a la presente Cuarta Revolución Industrial de la humanidad es, sin lugar a dudas, la entrada en la Era de la Robótica, donde los robots no son simples autómatas al puro estilo mecanicista medieval y renacentista, sino que cuentan con Inteligencia Artificial. Y es justamente este tipo de inteligencia computacional, basada en la combinación de algoritmos, la que posibilita a los robots imitar e incluso superar las capacidades propiamente humanas, en algunos casos además con toma de decisiones autónomas derivadas de su facultad potencial de autoaprendizaje. He aquí donde el asunto de los robots se complica, sobre todo para nuestra especie, pues la Inteligencia Artificial les permite que, a partir de casos concretos basados en lógicas conductuales preprogramadas, puedan abstraer principios de comportamiento cuyas decisiones afectan de lleno a la Ética. Y, ¿por qué a la Ética?, podemos preguntarnos. Pues porque toda conducta que incida sobre el ámbito del ser humano, aunque sea de naturaleza artificial, es susceptible de ser moralmente considerada como aceptable o reprochable. De ahí la imperiosa necesidad del hombre contemporáneo en crear una nueva disciplina acorde a los tiempos actuales denominada Roboética.  

Dicho lo cual, ¿cuáles son los principios y fundamentos de la Roboética como disciplina? Lo cierto es que, aunque sea vergonzoso aceptarlo, no están claros. Depende si los valores que conforman el corpus ethicum validador de la conducta humana, como comportamiento reflejo a seguir por los robots, beben de sistemas culturales de organización social democráticos o autoritarios, de filosofías existencialistas humanistas o capitalistas, entre otros parámetros. Ya que, como todos sabemos aun a pesar de la ceguera etnocentrista occidental, la Ética tanto es geográfica como, en un mercado global, profundamente económica. Tal es el caso, por poner un ejemplo, del principio del derecho a la privacidad personal cuyo valor ético viene condicionado por su latitud de origen y por el interés partidista del Mercado.

Pero aún más: la exposición de este hecho irrefutable nos cuestiona, a día de hoy y sin necesidad de plañimientos en plaza pública, la naturaleza de la propia Roboética en calidad de disciplina. Entendiendo toda disciplina como un conjunto de normas jerárquicas cuyo cumplimiento constante, por consenso colectivo, conducen a un resultado inequívoco con independencia de su contexto de aplicación. Por lo que, en consecuencia, debemos entender actualmente la Roboética ya no como una disciplina stricto sensu, sino como una joven materia objeto de estudio por parte de la Filosofía contemporánea; que no es poco. Aunque por otro lado, no es menos cierto de la existencia tanto de hordas de ingenieros mercenarios bajo bandera de corporaciones tecnológicas que, con criterios sesgados por económico partidistas, intentan estructurar la Roboética con el fin de convertirla en una disciplina al uso; así como recientemente es patente la participación de organismos públicos que buscan desarrollarla bajo marcos normativos jurídicos internacionales y nacionales, dígase aquí las Recomendaciones Éticas sobre la Inteligencia Artificial de la Unesco de noviembre de 2021, las Directrices Éticas para una Inteligencia Artificial Fiable de la Unión Europea de abril de 2019, o los derechos civiles ante la Inteligencia Artificial de la Carta de Derechos Digitales del Gobierno de España de julio de 2021, por poner algunos ejemplos relevantes. Esfuerzos en suma por parte de los actores implicados que, cabe aclarar, no resuelven los muchos y grandes desafíos éticos que supone la Inteligencia Artificial. En gran medida por la inexistencia de unos principios y fundamentos claros por universales de la Roboética. Y en menor parte, pero no por ello menos relevante, porque el amplio rango de dominio que tiene la Inteligencia Artificial, en su interrelación creciente con todos los ámbitos de la vida humana, presenta estadísticamente una cantidad significativa de problemas éticos potenciales que, sin una buena estructuración rigurosa de la Roboética como disciplina, ni las políticas corporativas de las compañías tecnológicas en materia de ética artificial, ni mucho menos los legisladores que siempre van a traspiés, pueden llegar a abarcar.   

Lo que queda claro, por tanto, es que la Roboética, que la concebimos como aquella materia de estudio que identifica y analiza la naturaleza y el impacto ético de la Inteligencia Artificial en el medio humano (ya sea el propio de los derechos civiles, de la salud, de la educación, de la política, del entorno laboral, de la economía, o de cualquier otro), tanto ha trascendido de creces las tres famosas leyes de la robótica estipuladas por Isaac Asimov en la primera mitad del siglo pasado por desarrollo evolutivo natural de la sociedad contemporánea, como requiere por consiguiente de un esfuerzo metodológico colectivo que la estructure en calidad de disciplina académica y, por extensión, científica. En este sentido, considero requisito obligatorio para un adecuado proceso metodológico inicial el organizar la Roboética en tres niveles bien diferenciados: Metaética Robótica, Roboética Normativa, y Roboética Aplicada.

Sin explayarnos en estos conceptos apuntaremos que la Metaética Robótica debe atender tanto el origen de los valores morales como sustrato fundamental del corpus ethicum de la Roboética, como sobre todo la definición o explicación de las características que conforman dichos valores morales; que la Roboética Normativa debe atender la búsqueda de normas o reglas de oro en calidad de principios generales que determinen las conductas éticas de la Inteligencia Artificial; y que la Roboética Aplicada debe atender las cuestiones morales atribuidas a casos concretos de la vida humana y a sus controversias derivadas en la aplicación de la Roboética Normativa. Una división de niveles para una buena estructuración de la Roboética como disciplina que, en la actualidad, brilla por su ausencia en el mercado bajo la dinámica de un totum revolutum. Un caos estructural donde los actores privados y públicos implicados en Inteligencia Artificial tan solo ponen foco, con mayor o menor diligencia, en un ámbito que bien podría equipararse al nivel de la Roboética Normativa, aunque de manera totalmente dispar entre ellos. Dando lugar a una coexistencia de sistemas normativos desiguales causados por la carencia de una estandarización en los principios éticos a normatizar y, de paso, dejando los problemas de la Roboética Aplicada derivados de sus normas singulares por disparejas a los ingenieros informáticos (que se erigen como filósofos de la moral). Es decir, y echando mano del refranero: en el campo de la Inteligencia Artificial ética a día de hoy cada maestrillo tiene su librillo (de principios roboéticos).

Tanto es así que, si hacemos un estudio y posterior análisis de los principios rectores éticos en materia de Inteligencia Artificial por parte de entidades gubernamentales, grandes corporaciones tecnológicas, entidades privadas, y asociaciones académicas, se pueden observar a fecha de hoy catorce principios generales susceptibles en materia de Roboética Normativa: Crecimiento inclusivo y Bienestar, Promoción de los Valores y Derechos Humanos, Equidad y no Discriminación, Sostenibilidad (ambiental), Derecho a la Intimidad y Protección de Datos, Transparencia y Explicabilidad, Gobernanza y colaboración adaptativas y de múltiples partes implicadas, Proporcionalidad e Inocuidad, Seguridad y Protección (en la robustez de la fiabilidad de los sistemas), Responsabilidad y Rendición de Cuentas, Justicia, Sensibilidad y Educación, Excelencia Científica, y Supervisión y decisión humana. Y, de todos ellos, tan solo el principio general de la Seguridad y Protección en el uso de la Inteligencia Artificial es común al conjunto de los actores implicados (obviamente, pues nadie desea un producto defectuoso). El resto de principios son de observancia dispar según la naturaleza de cada actor. Si bien, es de obligada mención, los principios éticos de Equidad y no Discriminación, y de Transparencia y Explicabilidad se sitúan en segunda posición a poca distancia como normas consensuadas por casi todos ellos. No obstante, cabe destacar asimismo que existen grandes diferencias entre los principios observados por el sector público y el sector privado. Por exponer algunos ejemplos comparativos clarificadores, señalar que en el sector privado no hay cabida en la actualidad para los principios éticos normativos en la Promoción de los Valores y Derechos Humanos, la Sostenibilidad ambiental, la Proporcionalidad e Inocuidad, la Responsabilidad y Rendición de Cuentas, o la Justicia (¡con los intereses del Mercado hemos topado!). Mientras que por otro lado sí que contemplan, de manera paradójica por no calificar de irónica, el Derecho a la Intimidad y la Protección de Datos como uno de sus principios éticos principales, lo cual es bien sabido que se trata de un fundamento incumplido sistemáticamente por las grandes corporaciones tecnológicas bajo la lógica del mercadeo de los ciudadanos en calidad de consumidores y consumibles.

Como se puede deducir a la luz de los argumentos expuestos, la Roboética no solo está en pañales sino que es un rompecabezas sin completar. Un nudo gordiano en un sistema referencial de valores éticos desestructurado, donde los intereses económicos y los ideales socio-políticos de un mundo polarizado por potencias antagónicas ejercen su férrea resistencia en un tablero de juego global. Lo cual no implica que nos hallemos ante un problema irresoluble, sino frente a un apasionante reto por desarrollar de inevitable afrontación a causa de sus profundas implicaciones sociales. Siendo el primer principio ético como fuerza inercial de la Roboética la Responsabilidad, pues en su definición y desarrollo nos jugamos el sistema moral de las futuras generaciones. Preguntémonos qué tipo de Inteligencia Artificial ética estamos creando y nos responderemos sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo. Así pues, la pregunta consiguiente que se tercia no es si la Roboética tiene futuro como disciplina, pues esta respuesta cae afirmativamente por su propio peso gravitatorio social, sino cuál es el futuro que le espera a la Roboética a corto y medio plazo. La conclusión es, a todas luces, más sencilla de lo que pudiera parecer en primera instancia: en un mundo polarizado económica y políticamente, la lógica induce a pensar que coexistirán dos sistemas de Roboética predominantes al menos de manera transitoria, hasta que llegado el momento a décadas vista una acabe por fagotizar a la otra o, en el mejor de los escenarios, a simbiotizarse mutuamente.

Mientras tanto, desde la Filosofía de herencia occidental, trabajemos sin dilación por una Metaética Robótica fundamentada en los valores morales universales de tradición clásica, desarrollemos una Roboética Normativa a la luz de los Derechos Humanos vertebrados en los derechos civiles propios de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho, y trabajemos por una Roboética Aplicada que vele de manera garantista por los preceptos fundamentales para el desarrollo de una vida digna para todas las personas a la luz de la Roboética Normativa.

-Muy bien, ¿y en el caso del Dilema del Tranvía para vehículos autónomos, qué solución damos?,- podría preguntar un pragmático tal que un ingeniero o un agente de seguros.

-Para esta y otras cuestiones de Roboética Aplicada, contráteme y me pongo a trabajar en la respuesta, que los filósofos aun siendo buenos en resolución de problemas complejos no vivimos solo de teorizar.

-Bueno..., quizás ya me apañe con el equipo de programadores.

-Usted mismo, aunque recuerde que enseñar ética a un robot no es como jugar al tetris, sino más bien como enseñar solfeo a una hormiga. Dicho lo cual, y a la espera que entienda que debe poner un filósofo en su compañía, que tenga un buen día.


Enlace:

www.roboetica-consultoria.com   

    

martes, 23 de agosto de 2022

Hablemos, en un suponer, del Control Social mediante el Inconsciente Colectivo

Desabastecimiento de aceite en España, 2022
Habitualmente una reflexión lleva a otra reflexión, al igual que una pregunta conduce a otra pregunta, dicho lo cual debo decir a modo introductorio que la presente disertación viene derivada de mi anterior cavilación bajo título: Democracia o Controlcracia o la Teoría del Crédito Social Camuflado. Así pues, sin más dilación y sin intención alguna de querer parecer paranoico, hablemos de un medio potencial más para el Control Social contemporáneo como es el Inconsciente Colectivo.

Para quienes no lo sepan, el Inconsciente Colectivo es un término acuñado por el psiquiatra suizo Carl Jung en la primera mitad del siglo XX, que se refiere a una mente inconsciente compartida por el conjunto de seres humanos, la cual se estructura a través de Arquetipos, que cabe entenderlos como patrones mentales a partir de los cuales se derivan las ideas. Un concepto teórico que bien podría equipararse a las ideas apriorísticas de Platón, aunque con una diferencia complementaria sustancial: los Arquetipos del Inconsciente Colectivo, a los que se refiere Jung, son mayoritariamente ideas abstractas de hechos pasados acaecidos en los albores de la humanidad que perduran en la memoria subyacente de nuestra especie a lo largo de los siglos. Por ejemplo, el miedo instintivo que la mayoría de mortales sentimos frente a las arañas, servidor incluido, radica en que éstas nos despiertan un motivo arquetípico específico como es el de un peligro ancestral, cuya imprenta memorística en el inconsciente colectivo ha persistido de generación en generación a lo largo de nuestra evolución. Que se dice pronto.

Es por ello que a la luz de dicho conocimiento, y entrando ya en materia de Control Social en relación al Inconsciente Colectivo, la pregunta que se tercia no puede ser otra que aquella que sigue: ¿Se puede influir en la mente inconsciente colectiva mediante la propagación de pautas arquetípicas, con el objetivo de crear un estado de determinismo ambiental que afecte interesadamente a los hábitos cotidianos del conjunto de las personas para beneficio de unos pocos?. La respuesta, vista la Historia, resulta claramente afirmativa. No obstante, si bien en las eras precedentes los Arquetipos utilizados, y con ellos sus imágenes arquetípicas, eran de carácter principalmente sobrenatural -instrumentalización mediante de la Religión- para el Control Social por parte de las clases sociales dominantes, ¿qué tipo de Arquetipos se podrían utilizar actualmente para tal fin? Y, aún más ¿cuál es el elemento clave para su activación?. Para responder a dichas cuestiones, hagamos un ejercicio hipotético que por basarse en suposiciones queda libre de toda censura institucional.

Respecto a la primera pregunta en la que nos planteamos qué tipo de Arquetipos se podrían utilizar actualmente para influir en el Inconsciente Colectivo que posibilite un Control Social, cabe pensar que, siendo los Arquetipos de naturaleza atemporal para la psiqué humana, resulta una obviedad que no hay necesidad de crear unos de nuevos, sino tan solo reutilizarlos actualizando sus imágenes arquetípicas ancestrales a los contextos presentes, pues la vida del ser humano occidental de hoy difiere en mucho de la propia de una persona de la Edad Antigua, de la Edad Media, de la Edad Moderna, e incluso de gran parte de la Edad Contemporánea. En este sentido, y sobre la base que en una sociedad hedonista y de confort como la actual existe como máximo terror tácito por parte de sus conciudadanos la pérdida del bienestar personal alcanzado, solo cabría hacer un despliegue de aquellos Arquetipos capaces de activar dicho miedo ancestral, dígase aquí la Guerra, la Hambruna, y la Enfermedad. Que, dicho sea de paso como apunte relevante para una sociedad occidental profundamente marcada por el imaginario cristiano a lo largo de dos milenios, da la casualidad que estos mismos Arquetipos ancestrales tienen su coincidencia exacta con la esencia de tres de los cuatro terroríficos Jinetes del Apocalipsis. Casualidad ahondada, aún más si cabe, por el hecho que en el caso del Jinete del Hambre se explicita en el texto bíblico que su hambruna será causada por el aumento del precio del trigo y la cebada. Y es que, como decretaron los latinos, nihil novum sub sole.

Así pues, y haciendo un pequeño juego de lógica comparada, no hay que ser muy agudo intelectualmente para observar la correlación del Arquetipo del Inconsciente Colectivo de la Guerra en su actualizada imagen arquetípica del conflicto ruso-ucraniano y en las tensiones prebélicas entre USA y el flanco ruso-chino, advertir la correlación del Arquetipo de la Hambruna con su nueva imagen arquetípica de las crisis alimentaria (centrada en el cereal) y energética derivadas de la misma guerra ruso-ucraniana, y percibir la correlación del Arquetipo de la Enfermedad con la imagen arquetípica contemporánea de la crisis sanitaria del Covid y de la sombra alargada por anunciada de nuevas pandemias futuribles. Imágenes arquetípicas todas ellas de rabiosa actualidad que reviven y activan Arquetipos ancestrales negativos para el Inconsciente Colectivo, afectando de lleno el ánimo de los ciudadanos occidentales de a pie y, por ende, nuestros hábitos y costumbres cotidianos.

Una radiografía de los Arquetipos del Inconsciente Colectivo en tiempos presentes que nos aboca de cabeza y sin demora a la segunda pregunta: ¿cuál es el elemento clave para la activación de los Arquetipos? Sin lugar a dudas y a mi parecer, entre todo el espectro de particularidades más o menos perceptibles en esta materia objeto de reflexión, destaca de manera notable el temporis momentum al que llamamos Sincronicidad, que cabe entenderlo como la simultaneidad o coincidencia de sucesos vinculados por un mismo sentido contextual que nosotros le otorgamos como miembros de una comunidad. Por lo que, llegados a este punto, no resulta disparatado el preguntarse si dicha Sincronicidad de eventos pudiera ser intencionada en vez de acausal, lo que en caso afirmativo y extrapolado a parámetros socio-económicos y políticos podríamos afirmar que hablar de Sincronicidad es hablar, ni más ni menos, que de Geoestrategia. Pero no de una Geoestrategia cortoplacista sino de larga proyección, ya que la Sincronicidad es fruto de diferentes continuos temporales que alcanzan un mismo punto tangencial, siendo cada línea temporal implicada una suma de historias en sentido feynmaniano, es decir que su proceso evolutivo puede contener un elevado factor probabilístico en un sistema referencial sociológico. Lo cual comportaría, por parte de aquellos estrategas que pretendiesen diseñar dicha Sincronicidad potencial, una observancia paciente por larga en la gestión del desarrollo temporal de los acontecimientos comprometidos hasta alcanzar su objetivo sincrónico. O, dicho en otras palabras, se requeriría de años de planificación para generar una Sincronicidad en términos geoestratégicos. Por poner un ejemplo al uso pensemos, para mayor entendimiento, en un cazador -como metáfora de un geoestratega-, que de manera perseverante espera el momento oportuno durante el tiempo necesario (ya sean semanas, meses, años o décadas) para que su presa se ponga a tiro. Lo cual, de manera irremediable, nos conduce a una nueva pregunta, ¿qué tipo de entes tienen la capacidad de llevar a cabo acciones geoestratégicas de larga duración, con el objetivo de crear sincronicidades que activen Arquetipos que influyan sobre el Inconsciente Colectivo para beneficio de intereses propios? La respuesta es sencilla: solo aquellos estrategas con capacidad de perdurar largos años en el poder o, dicho de otro modo, solo aquellas estrategias sostenibles en el tiempo.

En este sentido, y aterrizando en las arenas de la política y la economía -los dos resortes que mueven el mundo humano-, tan solo encontramos a nivel global dos tipos de entidades con las características anteriormente expuestas. Por un lado, los regímenes políticos autoritarios -permítanme aquí hacer alusión al país del Oso y al país del Dragón en calidad de potencias mundiales-, cuyos máximos dignatarios perduran durante muchos años en el ejercicio de su poder. Y, por otro lado y ya en el orbe occidental, los lobbies políticos y económicos -permítaseme aquí aludir a los propios del país del Águila como imperio que lucha contra su caída-, que tienen asimismo plena capacidad de influir de manera sostenible en el tiempo sobre los gobiernos democráticos de turno, cuyos gobernantes por ser rotatorios son caducos y por tanto incapaces por sí mismos de diseñar geoestrategias a largo plazo. Regímenes autoritarios euro-asiáticos y lobbies político-económicos norteamericanos que, en ambos casos, cuentan con los posibles necesarios para diseñar y desarrollar geoestrategias de larga proyección temporal, compatibles a su vez con la generación de Sincronicidades que puedan activar Arquetipos del Inconsciente Colectivo. ¿El fin último?, un mayor control sobre el conjunto de la sociedad global, o si más no sobre una gran parte de la misma de la que tienen influencia directa.

No obstante, pudiera ser que las Sincronicidades fueran simples coincidencias, y que las manos tanto visibles como invisibles que mecen el mundo no jueguen con los Arquetipos ancestrales que condicionan el Inconsciente Colectivo por responsabilidad ética o por simple desconocimiento de la psicología de masas. Todo es posible, inclusive que servidor delire bajo los efectos de un golpe de calor. Aunque a nadie se le escapa que en nuestro mundo real incluso los simpáticos técnicos en marketing comercial, inflados en su ego por los avances en neurociencia, no buscan ansiadamente otra cosa más que influir en los rasgos conductuales de las personas. Por lo que resulta lógico pensar que si éstos no descasan en su objetivo de condicionarnos, ¿qué no harán aquellos?.

Que los Arquetipos ancestrales de la Guerra, la Hambruna, y la Enfermedad están activados mediante nuevas imágenes arquetípicas actualizadas a los tiempos presentes, es una evidencia. Y que éstos afectan al Inconsciente Colectivo, es una consecuencia directa manifiesta. Así pues, la última pregunta que cabe hacernos es aquella que dé respuesta a qué implicaciones sociales tiene para el conjunto de ciudadanos. Si observamos que éstos Arquetipos activados generan estados emocionales de miedo, tristeza e impotencia en nuestro Inconsciente Colectivo, resulta fácil deducir que el perfil conductual de la mayoría de las personas no será otro que el de la ductilidad. Un rasgo de comportamiento -que con el tiempo necesario puede convertirse en un hábito de conducta normalizado-, propicio para dirigir, convencer y educar a las masas en el sentido que más interese a los planes diseñados por los geoestrategas. Es decir, no hay mayor sueño a alcanzar para un exitoso Control Social que las personas se muestren dúctiles, tal rebaño de ovejas que clama a gritos un perro pastor que las proteja y guíe en su quehacer diario. Y ya se sabe de las ovejas que aun creyéndose libres, nunca soñarán en ser libres fuera del hábitat complaciente de su propio rebaño, para regocijo secreto del dueño del perro pastor.

 

martes, 16 de agosto de 2022

Democracia o Controlcracia o la Teoría del Crédito Social Camuflado

No hay más ciego que el que no quiere ver, ni persona más complaciente que aquella que ve la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Y justamente esto es lo que nos sucede a los ciudadanos del orbe occidental cuando ufanos se nos llena la boca de Democracia, como contraposición a sistemas de organización social que consideramos totalitarios, y cuyo método despótico por antonomasia es el ya célebre Crédito Social chino. Tal es el caso, a modo de ejemplo, de una conversación reciente sobre China en la que mi interlocutor amonestaba enérgicamente al gobierno mandarín por el hecho de controlar el dinero de sus ciudadanos, como si ello fuera prueba de cargo suficiente de la existencia de un sistema político tirano, lo cual me dejó atónito. ¿Acaso en un Estado Social y Democrático de Derecho como es España no se nos obliga por ley a los ciudadanos a limitar a día de hoy los pagos en efectivo a mil euros? ¿Acaso nuestros bancos no tienen la obligación de informar periódicamente al Gobierno (Ministerio de Hacienda) sobre las cuentas bancarias de sus clientes? Y, ¿acaso el Gobierno (Agencia Tributaria) no tiene la libre potestad de controlar las transacciones financieras de cualquiera de sus conciudadanos e incluso de bloquear sus cuentas bancarias?. Así pues, ¿cómo cabe llamar a dichas prácticas democráticas de control gubernamental? ¿En qué se diferencian, en este supuesto, con el gobierno chino?.   

Expuesto lo cual a modo introductorio, y salvando las distancias entre ambos regímenes antagónicos de organización socio-política y económica, volvamos al Crédito Social chino como método de control ciudadano. Para aquellos que aún no lo conozcan, este bono social está en funcionamiento en China de manera obligatoria desde 2020 -aunque comenzó con pruebas piloto sociológicas de ámbito regional ya en 2009- y, básicamente, consiste en un sistema de puntuación que premia a los "buenos" ciudadanos  a la vez que sanciona a aquellos considerados como "malos" ciudadanos. Una criba social, posibilitada gracias a técnicas de control de masas por Inteligencia Artificial y procesamiento de grandes cantidades de datos, que califica individualmente a cada ciudadano basándose en cuatro parámetros bien definidos: 1.-Su historial crediticio; 2.-El cumplimiento de sus obligaciones sociales (tal como el pago de impuestos); 3.-Su comportamiento y hábitos civiles (tal como colarse en el metro o contaminar el medioambiente); y, 4.- Su información personal (tal como deslegitimar al Gobierno); y que tiene como objetivo -según el gobierno de Pekín- garantizar el bien superior de la armonía social y ayudar en la crisis de deuda del país. Pero, ¿qué pasa con los ciudadanos calificados como “malos”, a aquellos que se les quitan puntos?, cabe preguntarse. Pues que entran en una lista negra que conlleva la restricción de derechos civiles que afecta, por ejemplo, al beneficio de una hipoteca o a la compra de una propiedad, a la libre movilidad en avión o en tren de alta velocidad, y al acceso a ciertos puestos del mercado laboral o al disfrute de internet, entre otras medidas restrictivas.  

Lo cierto es que si hacemos una extrapolación del Crédito Social a la inversa, es decir si buscamos el paralelismo chino en nuestro sistema de organización social democrático, puede que dichas medidas nos resuenen aunque de manera menos evidente por desunificadas bajo un mismo cuerpo administrativo. Veámoslo por partes:

1.-Control ciudadano mediante el historial crediticio en un sistema democrático:

A nadie se le escapa, y más tras la Gran Crisis del 2008, que aquellos ciudadanos con deudas económicas pasan a engrosar las listas negras de las entidades financieras (dígase ASNEF, RAI, CCI y equivalentes), las cuales diferencian a los “malos” ciudadanos de los “buenos”. Sin contar que éstos últimos, previo a beneficiarse de un activo económico, deben someterse a los temidos ratios financieros de liquidez, de gestión o actividad, de endeudamiento o apalancamiento, y de rentabilidad marcados por los bancos, bajo la lógica de una economía de mercado ciertamente especulativa por libre. Una criba social, sin duda, que bien puede asemejarse al Crédito Social chino, pues su calificación negativa restringe de facto nuestros derechos en materia de adquisición de bienes y servicios. De hecho, y como apunte, señalar que dicho Crédito Social es una extensión evolutiva del sistema de calificación crediticia financiera existente en China. Así pues, de aquellos barros estos lodos. Y aún más, mientras allí la política de criba económico-social de los ciudadanos se establece a través de un Estado socialista con economía de mercado dirigido por un único partido, aquí, no nos engañemos, se establece mediante un Mercado liberal que dirige a un sistema multipartidista que conforman los Estados democráticos (Un Estado intangible que gobierna sobre los Estados tangibles o el Estado dentro del Estado).

2.-Control ciudadano mediante el cumplimiento de las obligaciones sociales en un sistema democrático:

A nadie se le escapa, asimismo, que la obligación social por excelencia de los ciudadanos de los países democráticos no es otra que la de contribuir al sostenimiento del gasto público. Es decir, a pagar impuestos. Un cumplimiento cuyo férreo control ejerce el Gobierno (en España a través de la Agencia Tributaria) sobre los ciudadanos, cribando a aquellos ciudadanos “buenos” de aquellos “malos” a los que incluye en su lista negra (denominada lista de morosos que, al igual que en China, se hace pública), y cuyo castigo social es el embargo de sus bienes y cuentas corrientes. Un ejercicio de Crédito Social Camuflado, eso sí bajo el precepto lícito -por ajustado a Derecho- de la obligatoriedad individual de contribuir al costoso sistema del Estado de Bienestar Social del que gozamos todos como miembros de una misma comunidad.

3.-Control ciudadano mediante su comportamiento y hábitos civiles en un sistema democrático:

A nadie se le escapa, por otro lado, el control gubernamental en materia de comportamiento y hábitos civiles que los ciudadanos democráticos estamos sometidos constantemente por causas de bien mayor. ¿Quién no recuerda las propias derivadas de la reciente crisis sanitaria del Covid?, cuyas penalizaciones iban para negacionistas y díscolos desde limitar el acceso al Servicio Público de Salud, a la detención por infligir la limitación de los toques de queda, o a la retirada del derecho a la libre movilidad en avión o tren, entre otros. Y, ¿qué decir de los nuevos controles impuestos derivados de la actual crisis energética?, cuyas penalizaciones por incumplimiento de un comportamiento normativo en el ahorro energético conllevan multas económicas nada despreciables. Sin olvidar, como caso ejemplificador de un sistema de calificación por puntos parejo al Crédito Social chino, el control gubernamental de los ciudadanos respecto a las normas de seguridad vial, cuyas infracciones conllevan la pérdida de puntos del carnet de conducir que pueden acarrear la retirada del derecho a conducir un vehículo. O el control sobre la prohibición de fumar en espacios público. O… una larga lista de controles sobre nuestros comportamientos y hábitos civiles que no nos acabaríamos, y todo ello en un sistema social calificado como democrático donde la libertad individual es un derecho fundamental.

Sí, pero es que en China se censura hasta el uso de internet, habrá quien replique como supuesto paradigmático de un modelo social tirano. Ciertamente, al igual que no es menos cierto que en nuestras latitudes no solo el Mercado, a través de las grandes corporaciones tecnológicas, tienen la plena potestad de limitar nuestro derecho a la libre expresión en el ciberespacio, sino que el propio Gobierno de España, en este caso, ejecuta en el ejercicio de su autoridad la monitorización sistemática de la información que los ciudadanos libres subimos a las redes sociales, llegando incluso penalizar ciertas manifestaciones públicas con penas que incluyen la cárcel (véase la denominada Ley Mordaza). Créditos Sociales Camuflados, como podemos observar, que nada tienen que envidiar a los made in China.       

4.-Control ciudadano mediante su información personal en un sistema democrático:

Y por último, poco hay que añadir del control que ejerce el Mercado sobre nuestra información personal, complicidad incluida de los propios ciudadanos que exponemos sin pudor nuestra vida íntima en el gran escaparate de internet, y que el propio Mercado utiliza, saltándose todas las barreras legales en materia de protección de datos y del derecho a la privacidad, para beneficio propio y manipulación consumista nuestro. Una información personal que el Mercado utiliza para controlar, por poner un ejemplo menos evidente, la barrera de acceso al sector laboral para mayores de 45 años. Otro Crédito Social Camuflado que suma y sigue. Sin menospreciar las técnicas de criptocracia que el sistema democrático tiene como método efectivo de control de masas (ver: La inopia informativa como estrategia de control social).

Lo que queda patente, a la vista de los ejemplos expuestos y sin intención de hacer un acopio metódico de casos por cada uno de los bloques anteriores que sería más propio de una tesis, es que la acción sistemática de controlar a los ciudadanos, y por extensión la institucionalización del cribaje de los mismos en buenos y malos, es consustancial al ejercicio de gobernar por parte de cualquier sistema de modelo de organización social, ya sea éste democrático o no. Pues toda organización social humana se basa en un engranaje que se vertebra e interrelaciona mediante niveles de poder. Lo cual, por otra parte, cabe aclarar enfáticamente que la presente reflexión no pretende en absoluto blanquear un sistema totalitario como es el chino, sino tan solo evidenciar la existencia de nuestro particular sistema de referencias de un Crédito Social Camuflado.

La diferencia sustancial entre nuestro Crédito Social Camuflado y el Crédito Social chino radica, principalmente, en que en éste último no existe un proceso legal garantista en su aplicación, en el que tampoco se reconoce por inexistentes los derechos civiles como principios fundamentales de los ciudadanos, y en el que no hay cabida para el derecho a la privacidad y a la libre expresión de los ciudadanos por ausencia del reconocimiento de los ciudadanos en calidad de personas libres. Además de que el control social en China se lleva a cabo mediante una utilización intensiva de métodos tecnológicos (dígase reconocimiento fácil y videovigilancia, entre otros), aunque este es un aspecto al que, aunque sea de manera menos evidente, pronto nos equipararemos. Y sino, tiempo al tiempo en una sociedad cada vez más tecnológica.  

Expuesto lo cual, sirva la presente reflexión para meditar sobre la salubridad de nuestros derechos civiles en calidad de personas libres por demócratas, a la luz de un entramado de controles ciudadanos que ponen en evidencia un Crédito Social Camuflado cada vez más férreo por consistente ayuda mediante de las nuevas tecnologías, el cual quizás nos lleve a plantearnos si somos tan libres como creemos, y si nuestro sistema de organización social ha pasado de ser una Democracia a una Controlcracia. Que la viga en el ojo ajeno no nos impida ver la paja, ya enquistada, en el ojo propio. Y dado por finalizados estos pensamientos, aprovecho la libertad de fumarme una pipa frente al mar en mi tiempo de relax y a la vista de todos, no sin recelo que este placentero hábito personal sea perceptible en un futuro no muy lejano de restricciones para algunos de mis derechos civiles.    

 

domingo, 14 de agosto de 2022

¡Los Robots Humanoides ya están aquí! ¿Qué implicaciones sociales tiene?

Aún de vacaciones en algún punto de la costa del Mare Nostrum, la noticia todavía fresca del lanzamiento de un nuevo robot humanoide por parte de la corporación china Xiaomi, me hace imaginar sin demasiado esfuerzo un futuro no muy lejano en el que el socorrista de la playa sea un robot, donde haya personas que vengan a disfrutar del mar en compañía de sus humanoides domésticos, y en que los camareros de los chiringuitos, bares y restaurantes del paseo marítimo colindante sean asimismo autómatas más o menos agraciados. Un futurible, eso sí, solo apto para ciertos lares del primer mundo, ya que los androides humanoides se presentan como un pequeño lujo al alcance de pocas carteras. O al menos, y como siempre pasa, hasta que la demanda aumente hasta alcanzar niveles de popularización.

Lo cierto es que la presentación del nuevo CyberOne, como así denomina la empresa china a su humanoide, más allá de su elegante estética deviene una sorpresa disruptiva relativa por esperada al tener su precedente en los no menos espectaculares robots Atlas y Optimus, de las compañías BostonDynamics y Tesla, respectivamente. No obstante, si bien estos últimos están concebidos para realizar aquellos tipos de tareas consideradas como peligrosas y aburridas para los seres humanos en un contexto laboral-productivo, en el concepto más estricto de robot trabajador, el humanoide chino por su parte tiene la capacidad de detectar emociones humanas y entablar una conversación, lo cual evidencia que en su salto cualitativo viene para ocupar el goloso nicho de mercado de los humanoides domésticos de compañía.

Las implicaciones socio-económicas y políticas, y por ende filosóficas, de la entrada de la humanidad en la nueva era de los robots humanoides, como es de suponer, son varias y nada inocuas. Unas de las más evidentes son: por un lado, el más que presumible incremento de la brecha social en el seno del primer mundo, y sobre todo entre un primer mundo altamente tecnológico -basado en  la Inteligencia Artificial-, y un segundo y tercer mundo pretecnológico; y, por otro lado, la previsible profunda reestructuración del mercado laboral del primer mundo en su transición de una mano de obra productiva humana a otra más eficaz, eficiente y efectiva de naturaleza robótica, lo que acarreará como efecto secundario directo una irremediable revisión de los Estados de Bienestar Social (ver: Como seres imperfectos, ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección? y La era de los Robots transformará la clase trabajadora humana en una clase social ociosa). Temas éstos que requieren de un capítulo de desarrollo aparte por su relevancia, y a los que en parte ya me he referido en anteriores deliberaciones en materia de Robología. 

No obstante, en la presente reflexión me interesa centrarme particularmente en la entrada en escena del humanoide de compañía doméstico. Puesto que con independencia de que estos androides, con toda seguridad, acabarán por suplantar a los dispositivos móviles actuales como consumibles adictivos por parte de una sociedad de consumo tan dependiente por voluble psicológicamente (ver: Siri o la evidencia de la fragilidad emocional humana)-, resulta plausible plantearse que estos nuevos robots humanizados van a generar grandes implicaciones filosóficas objeto de estudio de la Roboética (dígase la materia que observa la Inteligencia Artificial de manera transversal al conjunto de ramas de la Filosofía contemporánea), que cabe discernir. Veamos, sin ánimo de extendernos, tres de las cuestiones más relevantes por su incidencia directa en la vida diaria de las personas:

1.-¿Los robots humanoides domésticos enriquecerán la vida humana?

Si entendemos el concepto enriquecer en el sentido de mejorar la calidad de vida cotidiana de las personas, y por tanto concebimos a los humanoides como medios instrumentales domésticos, parejos a una nueva generación de electrodomésticos utilitarios inteligentes, la respuesta puede parecernos positiva. Sin embargo, el hecho que dichos aparatos de hogar tengan apariencia humana y que interrelacionen con el mundo emocional humano puede provocar cuadros colectivos de desajuste psicoemocional que afecte al ámbito de la sociabilización propiamente humana, lo cual puede inducirnos a una respuesta de índole negativo. Como vemos, he aquí claroscuros en un balance entre utilidad y uso que, claramente, en un futuro pronosticable alcanzará el ámbito nada desdeñable de la salud mental pública, en parámetros de calidad y capacidad de la gestión emocional humana, por parte de los individuos miembros de las nuevas sociedades.

2.-¿Los robots humanoides domésticos generarán confianza?

Si entendemos la confianza en términos de seguridad, en tanto que las acciones de los robots se nos muestran predecibles, comprensibles y por tanto transparentes al servicio de las necesidades domésticas y dentro de los parámetros establecidos por la Ética humana, la respuesta puede parecernos positiva. No obstante, cabe no olvidar que, a diferencia de un aparato doméstico eléctrico tradicional, la esencia primera de la Inteligencia Artificial como rasgo característico de un robot humanoide es el autoaprendizaje, que se basa en los análisis predictivos mediante la identificación de patrones en la gestión de datos masivos que escapan a la capacidad cognitiva humana, los cuales a su vez pueden o no ser supervisados intencionalmente o por incapacidad del hombre para su validación funcional. Punto en el que nos lleva a plantearnos, por tratarse de escenarios verosímiles, tanto la posibilidad de un desarrollo evolutivo autónomo por parte de los androides domésticos ajeno al control humano (ver: La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana y La Roboética o la falacia de controlar a los robots), como en la posibilidad de una manipulación externa humana deliberada de los robots mediante la alteración de los algoritmos base de su autoaprendizaje y patrones de comportamiento (ver: La Ética mundial no puede estar en manos delos ingenieros informáticos), lo cual puede inducirnos asimismo a una respuesta de índole negativo. Una dicotomía entre seguridad y carencia real de control que deberá ser resuelta por el Mercado, a su vez que vigilada de manera activa, legislación mediante, por parte de los Estados.       

3.-¿Los robots humanoides domésticos cumplirán con las leyes de privacidad y los derechos civiles?

Este es un punto interesante a plantearnos, ya que a día de hoy ni las grandes compañías tecnológicas del denominado orbe democrático cumplen con las leyes de privacidad en materia de protección de datos personales, codicia mediante de la lógica de una economía de mercado donde los ciudadanos somos potenciales consumidores y nuestros datos más íntimos son objeto de mercadeo aun sin consentimiento propio. Mientras que respecto a los derechos civiles, ¿a cuáles nos referimos? ¿A los propios de los Estados Democráticos y Sociales de Derecho, o a los de los países autoritarios? No obviemos que el robot humanoide doméstico CyberOne es de producción china, un país que descarta la Democracia como valor universal, y donde la vida cotidiana de sus conciudadanos es férreamente monitorizada con programas de reconocimiento facial y videovigilancia por ausencia de derechos civiles. Entendiendo éstos como los derechos fundamentales que tenemos las personas occidentales, entre otros, a disfrutar de la libertad y la seguridad individual, o de la libre circulación. Expuesto lo cual, ¿podemos confiar que el nuevo humanoide doméstico chino, en el caso que llegue a comercializarse en nuestro mercado, cumpla con las leyes de privacidad y los derechos civiles a los que estamos acostumbrados en calidad de ciudadanos libres? O, por el contrario, ¿nos veremos expuestos a reproducir un día cualquiera por inesperado el argumento distópico de la rebelión de los androides protagonizada en la película “Yo, robot”, como un nuevo método de estrategia invasora por parte de una potencia extranjera en clara tendencia político-comercial expansiva?. No olvidemos que, como reza el refrán y constata la Historia de la humanidad, la realidad a menudo supera a la ficción.

Cómo vemos, aunque haya sido de manera sintetizada en una fugaz reflexión en tiempo de ocio estival, la inocente versión de un robot bajo la amable apariencia de un humanoide doméstico con capacidad de hablar y de entender nuestras emociones, de inocente tiene poco a la luz de las múltiples implicaciones sociales y por tanto filosóficas que puede llegar a desplegar. Y si bien no deseo aparecer como un antiandroidiano, pues de hecho no solo me considero un entusiasta de los robots humanoides sino que además me agrada la idea asociativa entre humano y robot, entendiendo asimismo que al desarrollo tecnológico no hay quien le ponga puertas al igual que sucede con el campo, ello no nos exime de ponderar las consecuencias y el alcance que comporta la irrupción de los robots inteligentes en nuestras vidas. Ya que, aunque no seamos conscientes de la dimensión del cambio que se nos avecina, la Era Robótica ya está aquí para transformar la realidad humana de manera transgresora. Preguntémonos qué tipo de humanoide estamos creando y nos responderemos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Fiat lux!