lunes, 11 de julio de 2022

Vas animalis o animal florero: verborrea incontenida, esnobismo y superficialidad

Hace tiempo que deseo ampliar mi particular colección de animales fantásticos, sita en mi antología efímera denominada Bestiario Urbano, con la incorporación del Vas animalis o animal florero. Un espécimen de género tanto femenino como masculino que principalmente podemos encontrar en los idílicos pastos de la alta sociedad, que no debe confundirse con los fastuosos vergeles de la high society cuyo acceso a dicha reserva natural solo es apta para nuevos ricos y famosos de tabloides y reels sociales. Para aquellos que no sepan la diferencia, la alta sociedad es un reducto social formado por los vestigios de la antigua aristocracia, familias de sangre y apellido con linaje e independientemente de que ostenten o no títulos nobiliarios en la actualidad, que a diferencia de la high society mantienen como máxima postura pública la discreción y, en muchos casos, disfrutan a duras penas de sus roídos patrimonios, no sin ello privarse de concurrir por los elitistas clubes privados de las grandes ciudades -tales cotos sociales para miradas indiscretas del resto de pobres mortales-, donde se regocijan de su alcurnia en un entorno ocioso de relaciones endogámicas que rememora las cortes reales de antaño. Y, como en toda corte, no faltan los acólitos, o mejor dicho los secuaces de baja cuna con aspiraciones, que pago de servidumbre mediante merodean los círculos de la alta sociedad tales moscas a la miel, aunque estos son merecedores de un capítulo aparte.     

En este ecosistema de la alta sociedad en el que se respira cierto aire viciado por cerrado, donde la apariencia es la tarjeta gold de la interrelación social, viven y se desarrollan los Vas animalis. Pertenecientes a la familia Apicem Aurum, y a la subfamilia Homo Gallinaceo, se caracterizan principalmente por su esnobismo, que les lleva a imitar de manera exagerada comportamientos e ideas que consideran distinguidos por elegantes, a la par que desprecian con sibilino ademán toda clase social diferente a la propia por considerarla inferior; asimismo se caracterizan por su verborrea incontenida, ya que al igual que sucede con los tiburones que no pueden dejar de moverse porque si no morirían, lo mismo le sucedería a este espécimen si dejase de hablar desenfrenadamente, tal y como muy agudamente me señaló en su día mi mujer Teresa; y, en tercer lugar, pero no por ello menos relevante, se caracterizan por el hecho irrefutable de que su identidad personal tiene la misma función y consistencia existencial que la de un florero vacío, de ahí el nombre de Vas animalis o animal florero.   

Por otro lado, para aquellos que les gusta la etología animal, es fácil concluir, tras un periodo de tiempo suficiente de paciente observación, que una de las conductas más prevalentes del Vas animalis es la mentira. Es decir, mienten más que hablan. La causa la encontramos en dos factores psicológicos bien diferenciados. Por una parte, su incontinencia verbal les obliga a reinventar continuamente, o más aún a inventar, los hechos descriptivos de una misma realidad para no caer en la tediosa repetición frente a un grupo social siempre reincidente por selecto, aunque en ello incurran sin despeinarse en descaradas incoherencias y contradicciones propias. Y, por otra parte, su esnobismo, que por ser una conducta esencialmente despreciativa por creerse una estirpe superior es propio de personas tóxicas, les impele siempre y sin excepción a reinventar la realidad cuando se sienten inculpados con el objetivo de trasladar su culpabilidad a terceras personas o, en su defecto, inventar historias de falso victimismo que las exima de responsabilidad alguna. Ya que el sentido vital del Vas animalis es, justamente, prevalecer como el florero más sobresaliente de cualquier habitación, enmascarando cualquier grieta por pequeña que sea que pueda afearlo.

Y asimismo, junto a la mentira, el Vas animalis destaca por otra conducta relevante digna de mención, que no es otra que su superficialidad. La cual le incapacita para poder mantener ninguna conversación de cierta profundidad intelectual, pues su idiosincrasia no es la de reflexionar sino la de embellecer, haciendo suyos en cada circunstancia requerida aquellos argumentos fútiles fuera de toda estridencia que encajen con el ambiente social del momento, parejo al comportamiento instintivo de un camaleón que busca integrarse con su entorno o al afán de un decorador que busca armonizar los diferentes elementos que componen una estancia. De ahí que la identidad personal del espécimen tenga la misma función y consistencia existencial que la de un florero vacío. Entendiendo el concepto de florero, en el más estricto sentido, en su calidad de recipiente que sirve para decorar y cuya función ornamental es la de contener flores cambiantes para adornar. Por lo que no cabe extrañarse que los Vas animalis o animales floreros suelan mostrarse en público como personas diplomáticas por antonomasia, aunque su naturaleza esnobista les empuje por impulso natural a criticar afiladamente ya en privado a propios y a extraños.

Debo sincerarme que, sin ser un etólogo animal, mi profundo conocimiento del Vas animalis reside en que mantengo un trato de estrecha proximidad, y a través de ellos -o mejor dicho de ellas, porque objetivamente las hembras son mayoritarias-, puedo observar su naturaleza en su propio hábitat, así como la de otros miembros de las familias del Apicem Aurum y de la subfamilia del Homo Gallinaceo, todos ellos emparentados entre sí por pertenecer al círculo vicioso por endogámico de la alta sociedad.

Qué decir que como filósofo de carácter reflexivo caso como agua y aceite con la superficialidad, el esnobismo y la verborrea incontenida de los Vas animalis. Aunque, visto en positivo, debo reconocer que sin la incómoda proximidad personal con el hábitat natural de los animales floreros no contaría con esta rara avis para engrandar mi colección del Bestiario Urbano. Por lo que tan solo acabaré esta nueva reflexión recomendando, para aquellos que puedan toparse con un Vas animalis, que guarden la debida distancia de seguridad y, en su defecto, se esfuercen en fortalecer su dignidad personal mediante el ejercicio de una inamovible Autoridad Interna, pues los propios etólogos advierten que la exposición continuada a los influjos manipuladores de estos especímenes es causa de empobrecimiento mental y de languidez vital. O dicho en otras palabras, si ves venir a un animal florero corre en sentido contrario todo lo que puedas. Pues ríanse ustedes del sentido tan expansivo como territorial de los agresivos avestruces.