viernes, 8 de julio de 2022

Somos los Faustos modernos

Escultura doble de Mefistófeles. India
Hace ya algún tiempo que llegó a mi conocimiento la existencia de una escultura tallada en un solo tronco de madera de sicómoro, de autor desconocido del siglo XIX y custodiada en un museo de la India, que cuenta la historia de dos personajes, Mefistófeles y Margaretta, en una sola pieza. Esta impactante escultura doble visible a través del reflejo de un espejo, inspirada en los protagonistas de la obra Fausto de Goethe, me ha llevado a observar con graciosa curiosidad, y con la debida amplitud de miras que ofrece la distancia temporal a la que llamamos Historia, que aquella conducta humana que en antaño se consideraba como mala hoy es considerada como buena, por lo que cabe presuponer que algunos comportamientos socialmente aceptados que hoy en día consideramos como correctos se juzgarán como incorrectos en un futuro no muy lejano, a la luz de nuevos conocimientos por adquirir. Un pensamiento que me deriva, por pura precipitación reflexiva, a la idea gráfica de que el hombre se asemeja a un ratón que en su jaula contextual corre dentro de una gran rueda, donde el avanzar es nuestro continuo temporal como especie, y la rueda un prisma de múltiples caras a través de las cuales concebimos, en cada una de sus reflectancias que son nuestras eras o etapas históricas, diversas maneras de entender el mundo.

Como ejemplo, y echando mano de la citada doble escultura de madera, lo encontramos con el ya prácticamente olvidado demonio Mefistófeles -se cuenta que subordinado de Satanás-, que fue una figura del imaginario popular europeo en plena transición entre la Edad Media y los inicios de la Era Moderna (dígase Renacimiento, siglos XV-XVI), el cual se percibía como la representación más refinada del mal. Mefistófeles o Mefisto, como también se le conocía, era caracterizado con ropas fastuosas propias de la nobleza (actual clase social alta) y con una mente fría, racional, y por tanto con un alto nivel de lógica, mediante la cual atrapaba mentalmente a las personas y conseguía que siguiesen sus designios, que no eran otros que las personas perdieran la fe en Dios y se focalizasen en una vida práctica por pragmática basada en un sistema moral propio de sociedades avanzadas como consecuencia de la revolución científica e industrial. Un intelectual ateo en toda regla, en definitiva, y aun así etimológicamente su nombre significa “aquel que no ama la luz” o “el enemigo de la luz”. Una definición muy ad hoc para la Iglesia católica de la época, cabe subrayar de paso, que en plena Contrarreforma protagonizó su particular cruzada contra todo conocimiento científico que fuera contrario a la visión teológica del mundo, entre cuyas víctimas se encontró como ya sabemos el maestro Galileo cuyos trabajos fueron prohibidos por ser contrarios a la “luz” de la Biblia.

Sobra decir, bajo nuestra justa posición actual en el prisma de la rueda de ratón de la humanidad, que Mefistófeles es la perfecta alegoría, siete siglos después, de la visión cosmológica referencial de las sociedades occidentales laicas y tecnológicas contemporáneas; por lo que hoy en día ya no se consideraría un enemigo de la luz sino contrariamente un amante de la misma, entendiendo el concepto de luz en este sentido como fuente del conocimiento racional exento de misticismo.

Por otro lado, y como es sabido comúnmente, toda alegoría, aunque sea de tinte demoniaca, lleva asociada en su contraparte un ideario humano al que busca representar, que en el caso de Mefistófeles no es otro que el de reprochar una conducta humana por moralmente contraria a los cánones establecidos. Un comportamiento censurable socialmente para la época pre contemporánea cuyo perfil de personalidad viene encarnado por la figura literaria del Fausto, caracterizado por ser un hombre inteligente y de gran éxito, pero también insatisfecho con su vida, que hace un pacto con el demonio por el cual entrega su alma a cambio del conocimiento ilimitado y los placeres mundanos (obtener el amor de la bella doncella Margaretta). En este sentido, no hay que ser muy agudos intelectualmente para percibir, a groso modo, que los ciudadanos-consumidores de las sociedades actuales, tan hedonistas como competitivos profesionalmente por capitalistas, somos los nuevos Faustos. ¿O acaso, en nuestras dinámicas diarias, no nos encantaría alcanzar mayores cuotas de conocimiento para ser más competitivos laboralmente, a la vez que poder disfrutar de aquellos placeres de la vida con los que soñamos? Y, aún más, e hipocresía aparte, ¿acaso, en nuestro quehacer cotidiano, no vendemos en muchos casos nuestra alma al sustituto generacional de Mefistófeles que no es otro que el dios Dinero?. Pues al final, como rezaba el lema de los Reyes Católicos: tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.

Sí, aceptémoslo, somos los Faustos modernos en una sociedad gobernada por el heredero de Mefistófeles. De hecho, quizás los seres humanos, justamente por nuestra condición humana, siempre hemos sido Faustos. De ahí la universalidad de la obra del novelista alemán Goethe. Aunque, en todo caso, esta es una reflexión ciertamente ligera por ociosa que deberá someterse a revisión en un horizonte no muy lejano, pues en el continuo girar de nuestra propia rueda de ratón como especie, quién sabe qué visión y percepción nueva del mundo nos ofrecerá la reflectación de otra cara aun por descubrir del prisma. Será entonces interesante conocer, aunque servidor ya no lo atestigüe, qué juicio de valor moral tendrán las futuras generaciones, al ver la escultura doble de madera, sobre el significado conceptual simbólico de Mefistófeles y Fausto. Si es que para entonces, avances tecnológicos intrusivos mediante, aún no ha sucumbido el pensamiento libre por crítico del ser humano, bajo el pesado rodillo de la apisonadora institucional del pensamiento único. Sea como fuere, he aquí un claro exponente de relativismo moral y epistemológico.