sábado, 23 de julio de 2022

Si el Fuego fuera conocimiento, ¿qué deberíamos aprender?

Incendio en Ourense, Galicia (España), julio 2022
Europa se quema en estos días de julio de altas temperaturas históricas, tal si de un intento de replicar a gran escala la calcinación de Roma -en el también mes de julio aunque del año 64 d.C.- se tratase. A diferencia de que si bien en antaño acaeció un episodio más bien esporádico, los múltiples y simultáneos incendios feroces de la actualidad, que devastan amplias zonas de sur a norte del continente, parecen ser el preludio del inicio de una nueva era de olas de calor de tendencia catastrófica, por no decir apocalíptica -tal como ha aseverado la OMS-, a la que aun sin quererlo los seres humanos contemporáneos no vamos a tener más remedio que acostumbrarnos y, sobre todo, aprender a gestionarlo con celeridad, pues en ello nos va la vida. Todo y así, y con independencia de sus causas -díganse cambio climático, abandono de parques forestales por despoblación rural, imprudencia e imbecilidad humana, y uso de materiales de obra civil y pública no aptos para altas temperaturas-, lo que personalmente llama mi atención, en este ciclo emergente marcado por una crónica de tierras quemadas anunciadas (con la consiguiente pérdida de bienes y vidas humanas), no es otro que el fenómeno bautizado como “fuego inextinguible”. Cuyo nombre, como es de suponer aun no siendo su llama de naturaleza eterna, viene dado tanto por la voracidad imparable del fuego como nunca antes se había visto, como por la atónita percepción de impotencia del hombre moderno por contener dicha virulencia.

Resulta paradójico que sea justamente el fuego, el mismo que el titán Prometeo robó a Zeus para infundir la claridad del conocimiento en el ignorante ser humano allá por los tiempos de los albores de la humanidad, el que ahora está sometiendo bajo cenizas a la civilización del hombre ilustrado. Una paradoja de la que, bien mirado y con un poco de atención por nuestra parte, podemos dilucidar el contenido de una parábola diáfana: el conocimiento tanto puede construir como destruir. Pues, de hecho, es precisamente nuestro mal uso del conocimiento el que posibilita que el planeta sufra las consecuencias del calentamiento global, y que nuestros bosques acumulen una gran carga de combustible forestal a la espera que una chispa o una llama los prenda. Sabedores que el fuego solo requiere de tres elementos para generar su festiva combustión: combustible, energía de activación (calor), y el mismo oxígeno que necesitamos todos para respirar.  Un tres en uno ignífero que el hombre, mal uso del conocimiento mediante, nos empeñamos en retroalimentar mientras emulamos a los tres monos que no ven, no escuchan y no hablan, para posteriormente rasgarnos las vestiduras en público al coro colectivo de un llanto lánguido tras la augurada calamidad.

Sin entrar en el ciclo natural de vida y muerte del fuego, cuya dimensión trascendental por antropológica ya traté años atrás bajo la reflexión “El Fuego como elemento de la vida y la muerte humana”, cabe apuntar que el fuego, aunque temido por su evidente peligrosidad para la vida, es un elemento natural más de los ecosistemas con una función muy concreta desde el inicio de los tiempos: la modelación y regeneración de la fauna y la flora de un hábitat concreto. O, dicho en otras palabras, el fuego es un elemento regulador del propio medio ambiente, al igual que el resto de elementos de la naturaleza. Una condición que los seres humanos contemporáneos olvidamos fácilmente cuando nos asentamos en un entorno idílico por natural, y aún más cuando dejamos de culturalizar dicho hábitat medioambiental, ya sea por causa del éxodo obligado por parte de autóctonos rurales que migran hacia enclaves urbanos en busca de un cambio de vida a mejor, ya sea por la inacción a consciencia por parte de neorrurales o urbanitas de segunda residencia que buscan disfrutar de un paisaje asalvajado de postal, ya sea por un mal entendido concepto purista de cero intervencionismo humano en la naturaleza por parte de las Administraciones locales que se erigen como preservadores medioambientales. Una lógica humana coetánea, en todo caso, que choca de frente con la lógica ancestral del fuego.

Pero no es menos cierto que, ecosistemas medioambientales aparte, las ciudades no quedan exentas de los efectos del ciclo emergente de incendios que los europeos del siglo XXI presenciamos iniciarse. En este caso, el calor producido por las altas temperaturas derivadas del Cambio Climático convierte a ciertos materiales de los que están compuestos nuestros bienes de consumo cotidiano, los cuales son perceptibles de sufrir estrés térmico, en el combustible urbano de ignición perfecto para el fuego como sustitutivo del combustible forestal. Una evidencia tan nueva como de rabiosa actualidad en gran parte de la vieja Europa que, a falta de que el hombre pueda y aún más quiera revertir el calentamiento global en su imparable tendencia creciente, las nuevas generaciones van a tener que verse obligadas a modificar las características técnicas de los consumibles, si no quieren ver como sus ciudades construidas sobre las teas de materiales sintéticos se reducen a cenizas un año sí y otro también. Como reza el refrán, lo que el fuego no destruye, lo fortalece.

Quien sabe, si el fuego encierra la mítica iluminación del conocimiento divino regalado al hombre por dioses ya olvidados, quizás su reciente renovada flamante intención en esta nueva era hegemónica de incendios no sea otra que la de volver a poner luz, a los actuales humanos ignorantes por irresponsables e inconscientes, en nuestra limitada facultad de comprender por medio de la razón la naturaleza, cualidades y relaciones que conlleva nuestra conducta autodestructiva. Por lo que, en consonancia con esta línea argumental, si podemos ver más allá de la devastación y la desolación humeante que los incendios dejan tras de sí, entenderemos que si bien el fuego es un continente volátil por atemporal y aespacial que se hace lugar vaciando lo existente a su paso, el conocimiento es su verdadero contenido que subyace en dicho cenizo vacío. Un conocimiento que nos hace entender, a la luz de la lógica, el principio universal de causalidad, y que por tanto nos invita a comprender que en vez de poner nuestro esfuerzo e inteligencia al servicio de intentar apagar fuegos inextinguibles en modo ofensivo, deberíamos centrarnos defensivamente en evitar la tormenta de fuego perfecta que conlleva la coexistencia de grandes cargas de combustible rurales abandonadas y urbanas potenciales, junto a las altas temperaturas ambientales descontroladas. Aunque aquí, como en otras cuestiones de la vida, con los intereses del hombre hemos topado, pues esta es materia que afecta de manera directa tanto al patrón humano de explotación y gestión de recursos naturales, como al modelo productivo fabril de reconversión de dichos recursos en bienes de consumo.

Bien nos hubiera ido que en tiempos de titanes nos hubiesen regalado algún que otro elemento divino que, complementando al fuego de Prometeo, nos ayudase a contrarrestar tanto el presentismo existencial como la cortedad de miras que trágicamente nos caracteriza a los seres humanos. Pero así son las cosas, y así somos por las capacidades que tenemos. Y, en su defecto, la era del fuego inextinguible resultará irremediablemente más virulenta a cada año que pase, quizás hasta que logre iluminar nuestra prepotente ignorancia o que, en su desesperado intento por esforzarse en alumbrarnos de conocimiento, acabemos por  consumirnos bajo la vasta llama abrasadora por causas de inanición racional. Todo es posible, aunque en toda suma de historias solo hay lugar para un único resultado final. Fiat lux!