martes, 5 de julio de 2022

La OTAN, el imprescindible escudo defensivo disuasorio de los países demócratas

Hace ya unos días escasos que ha finalizado la XXX Cumbre de la Alianza Atlántica en Madrid, la cual ha copado los informativos internacionales por su relevancia histórica pareja, desde mi humilde punto de vista, al desplome del bloque soviético. Episodios y términos estos que, tengamos una visión justa por relativista, acabarán por ser simples notas a pie de página en los libros de texto de futuras generaciones (si es que los planes de estudio venideros no hacen recorte de temas de estudio, siguiendo con su terca tendencia contemporánea en analfabetizar a nuestros jóvenes como método social de control de masas). Dicho lo cual, y con independencia de cómo escribamos el futuro, no puedo dejar de asemejar el episodio de la Cumbre de la OTAN en Madrid con el despertar de los antiguos argonautas de Ulises, díganse en este caso de los ciudadanos de las democracias occidentales, tras permanecer en un largo estadio de ensoñación inducido por ingesta de la flor de loto en la isla de Eea, o en nuestro caso en particular por un exceso de etnocentrismo endogámico de la Europa milenaria, propio ya no de los efectos embriagadores de la hechicera Circe sino de nuestra complaciente cultura tan transigente como hedonista bajo la ancestral creencia de ser la viva manifestación del ombligo del mundo.

Y en este desvelar abrupto no exento de jaqueca colectiva como la que debieron sufrir los famosos argonautas, desgracia mediante de la catártica guerra ruso-ucraniana que suma y sigue, no solo hemos despertado de bruces por el haz cegador originado por la conciencia reveladora de que la Democracia no existe como valor universal, sino aún más ante el hecho indiscutible de que para asegurarnos la paz debemos, aun sin quererlo, prepararnos para la guerra [Ver: La Democracia no existe como valor universal y cabe defenderla de enemigos externos (Aviso a Euronavegantes)]. Un principio de realidad que, aunque en sociedades democráticas como las nuestras generan inevitablemente opciones o tendencias sociales aparentemente incoherentes u opuestas entre sí por la diversidad de sensibilidades existentes, acaba por resolverse bajo la lógica del trilema clásico:

1.-¿Queremos como sociedad velar por la Democracia y mantener la paz, pero sin defendernos de enemigos totalitarios que nos amenazan militarmente?, entonces somos incapaces.

2.-¿Podemos defendernos militarmente, pero no queremos?, entonces somos suicidas por irresponsables como sociedad.

3.-¿Podemos defendernos y queremos?, entonces debemos irremediablemente militarizarnos.

De hecho, está de más apuntar que todos los ciudadanos de las sociedades democráticas somos pacifistas, por lo que aquellos (los menos, sea dicho de paso) que se oponen a la militarización de nuestras sociedades como medio preventivo para asegurar la paz son simplemente antimilitaristas, lo cual es una posición contra lógica a la vista del trilema expuesto, un reductio ad absurdum no solo en el contexto contemporáneo de las convulsas relaciones internacionales, sino asimismo para la propia dimensión antropológica del ser humano. Pues el ser humano, mientras continúe siendo humano, es un ser animal beligerante por naturaleza desde que hace casi tres millones de años aun tan solo siendo Homo habilis creamos nuestras primeras armas, las cuales por ser rudimentarias no por ello eran menos mortales.

Un punto y aparte se merece las sombras que rodean a la propia OTAN como organización, principalmente relativas a quién entre los socios miembros hace negocio partidista a costa del resto, qué tipo de niveles de poder reales se establecen internamente entre los países participantes en la nueva reorganización geoestratégica del mundo, y del por qué la vieja Europa tanto cede su liderazgo a terceros como se ve incapacitada para tener un ejército propio común. Preguntas cuyas respuestas son propias del orbe histórico, político-económico, e incluso ontológico, y que ya fueron abarcadas a groso modo en reflexiones anteriores (Ver: Tres claves sobre a dónde nos conduce la actual transición del nuevo orden mundial, y La III Guerra Mundial: la solución macabra de las potencias a la crisis económica global). Pero todo y así, aunque en toda comunidad de vecinos o de propietarios existen sus más y sus menos, las fortalezas de la nueva OTAN superan de creces a sus debilidades o sombras internas en el marco de la era presente. Pues su naturaleza como organización internacional defensiva, que no ofensiva, no solo la alinea con el espíritu democrático, sino que la hace imprescindible para salvaguardar este nuestro modelo de organización y de estilo de vida social frente a los nuevos peligros potenciales totalitarios del siglo XXI. En este sentido, si tuviéramos que hacer un símil cinéfilo, la actual OTAN bien podría ser, con una diferencia de tiempo de siglo y medio, la organización antecesora de la Federación Unida de Planetas de la saga de ciencia ficción Star Trek, la cual busca defender los principios fundamentales de la Carta Magna de las Naciones Unidas (ONU) en el universo conocido y por explorar.

Analogías cinéfilo-pedagógicas aparte, lo cierto es que la paz en el mundo es una guerra que los ciudadanos democráticos nunca vamos a ganar, pero que asimismo nunca podemos dejar de librar. Y ante enemigos reales que desean menoscabar por la fuerza nuestro modelo de sociedad libre y pacífico, mediante la violación del derecho internacional que vela por el respeto inalienable de las soberanías nacionales, no existe receta alternativa más que el poder disuasorio armamentístico que representa nuestro escudo militar al que denominamos OTAN. Pues, como reza el sabio refrán, más vale prevenir que curar. Que el horror y la tragedia de la guerra, aunque siempre indeseable para todos los pueblos del planeta, solo la conozcamos los demócratas a través de la pantalla del televisor. Como ya decretó Platón en el siglo IV a.C., en su obra La República, la propia Democracia requiere defenderse mediante la fuerza disuasoria de un liderazgo armado. No seamos ilusamente buenistas, pues ser pacifista, en nuestro mundo contemporáneo, no es incompatible con el hecho de apoyar el necesario por imprescindible militarismo de nuestras sociedades.