miércoles, 20 de julio de 2022

El espacio exterior, el plan B real de la Tierra de unos pocos

The Glass replicará la gravedad en la Luna
Hace escasamente unos días atrás escribí mi última reflexión cuyo tema sintetiza su propio título: “El ser humano puede acabar con el planeta en menos de un siglo”.  Una disertación en negro sobre blanco que finalizaba, expresamente, con una imploración abierta: “No nos engañemos, la última frontera a día de hoy no es el espacio, sino la propia Tierra, al menos para la gran mayoría del común de los mortales” (sic). Un punto y final de entonces que ahora retomo como si de un punto y seguido se tratase, ya que deseo centrar la presente reflexión en el escenario real, por viable tecnológicamente, de hacer del espacio exterior más inmediato el plan B de nuestro planeta. O, al menos -y vuelvo a remarcarlo otra vez aunque sea antónimamente-, para una selecta minoría de mortales.

Reconozco, vaya la sinceridad por delante, que la motivación de estas nuevas líneas viene dada por las últimas noticias procedentes del Centro de Espaciología Humana SIC de la Universidad de Kyoto, donde sus investigadores junto al contratista Kajima Corporation presentaron, en una conferencia de prensa celebrada el pasado 5 de julio en dicha universidad nipona, los planes detallados para construir unas impresionantes instalaciones en la Luna y en Marte (denominadas “The Glass”) que permiten la vida humana, así como un sistema de transporte interplanetario que recuerda a un expreso galáctico (al que llaman “Sistema Hexagon Space Track”). Un proyecto cien por cien japonés que, según sus promotores, prevé la construcción de una versión simplificada de estas instalaciones en la Luna para 2050 (¡dentro de tan solo 28 años!), para posteriormente construir masivamente en ésta y en Marte durante los próximos cien años siguientes. Es decir, sin darnos ni cuenta el ser humano se encuentra a un parpadeo de sumergirse en la nueva Era Espacial.

Pero, como es de suponer, Japón no está solo en la carrera por el espacio exterior, pues otros países como Estados Unidos, China, Rusia, o los Emiratos Árabes, ya han presentado sus planes intencionales, cada cual más apasionante, de asentarse en la Luna y en Marte. De hecho, y sin entrar en detalle de los proyectos y solo por remarcar la inminente entrada del hombre en la Era Espacial, señalar que el aventajado Pekín ya ha anunciado su intención de enviar astronautas al planeta rojo en cinco misiones entre 2033 y 2043 dentro del marco de un plan a largo plazo para construir una base habitada permanentemente en Marte y extraer sus recursos, sin contar que antes del 2027 (de aquí a cinco años) quiere llegar a la Luna para asentarse en el polo sur de nuestro satélite, donde no es casualidad la existencia de agua bajo su superficie lo que lo convierte en un enclave estratégico. Todo un atractivo argumental, no exento de recelos e intrigas económico-militares entre el elenco de países participantes, que bien puede ser fuente de inspiración para nuevas películas de ciencia (no)ficción en la competición del hombre por colonizar el espacio exterior. Y, todo ello, mientras la Tierra continúa agonizando por una sobreexplotación humana de los recursos naturales del planeta sin opción de regeneración, y por un modelo productivo de bienes de consumo humano altamente cancerígeno al que conocemos como Cambio Climático, el cual como ya comenzamos a percibir es peligrosamente contrario a la vida conocida en este nuestro globo terráqueo.

Sí, todo apunta -avances tecnológicos y científicos mediante-, que el ser humano colonizará en breve la Luna y Marte, lo cual será el primer paso para asentarse el día de mañana en nuevos satélites y planetas al alcance de futuras manos, normalizando asimismo el tránsito de pasajeros y mercancías por el espacio interplanetario conquistado. Un hito de la humanidad, solo parejo al descubrimiento de América, del que no podemos perder de vista que se trata, en definitiva, de un proceso de colonización. Y que si bien el paisaje difiere, es altamente predecible que la conducta humana persista. Por lo que ya sea en la Tierra o en el espacio, la lógica humana colonizadora se repetirá. Dicho lo cual, resulta pronosticable el señalar que la inminente colonización de la Luna y Marte, a la que seguramente se sumarán los dos satélites de éste por simple proximidad, se caracterizará por tres factores diferenciales: uno de carácter económico, centrado en la explotación de recursos por parte de los países colonizadores; otro segundo de carácter social y derivado del primero, centrado en la migración de mano de obra terráquea necesaria que generará asentamientos de clase trabajadora (fuerza defensiva militar inclusive); y un tercero de carácter de ocio cultural, centrado en acoger a las clases sociales pudientes de la Tierra que, buscando un entorno más confortable, huyan de las restricciones de recursos básicos para la vida y de las pésimas condiciones ambientales a las que estamos condenando a nuestro bello planeta azul.

Qué decir que, como en toda sociedad, en dichas nuevas colonias espaciales se generará imperativamente una pirámide social con la consiguiente graduación de las diferentes clases sociales integrantes, así como alguna forma de modelo de gobierno autónomo que, replicación de la Historia de la humanidad mediante, puede que acabe por luchar por su independencia política total con respecto a sus países terráqueos de origen en un futuro no muy lejano. No obstante, sea como fuere, para el primer futurible grupo selecto por reducido de humanos terráqueos, selecto ya sea por selección laboral o ya sea por capacidad electiva por rentas de capital, el espacio exterior se presentará como un plan B viable para la Tierra, mientras la inmensa mayoría de seres humanos malviviremos en un planeta moribundo.

Que la Tierra avanza a marchas aceleradas y sin tregua hacia un aumento progresivo de las temperaturas globales, con los consiguientes estragos climatológicos y desertización del planeta, que conlleva la extinción de ecosistemas y nos aboca a la escasez de alimentos y a la restricción de un elemento tan imprescindible para la vida como es el agua, es una evidencia empírica que todos conocemos por pasiva o activa pero que no deseamos ver. Todos, a excepción de aquel grupo de personas no electas que concentran y gestionan el 80 por ciento de los recursos y del consumo mundial (ver: El mercado, el nuevo modelo de Dictadura Mundial), los cuales no solo ven hacia dónde se encamina el mundo sino que buscan e impulsan su propio plan B de supervivencia fuera del propio planeta. Una proactividad, que explora anticiparse al resultado de los acontecimientos, nada altruista, no nos equivoquemos. Aquí no hay cabida para los principios democráticos de igualdad de oportunidades o de justicia social, sino solo y exclusivamente para la máxima egoísta arengada al grito de sálvese quien pueda. Y, como en todo mar revuelto hay ganancia de pescadores, la crisis humanitaria por medioambiental en la Tierra junto a la colonización del espacio exterior se presenta, sin lugar a dudas, como una gran oportunidad a futuro para la redefinición de las relaciones de poder en el seno de la especie humana, donde el más fuerte (que es sinónimo de poderoso) siempre gana, mal les pese a los guionistas de Disney.

Por otro lado, está claro que la agonía por la que pasa el planeta tiene su propio desarrollo temporal, lo que significa que la Tierra no colapsará de un día para otro sino que vivimos en una época de transición hacia un nuevo horizonte de corte distópico por conocer, periodo en el cual los seres humanos o mejor dicho los terráqueos nos iremos adaptando bajo la pauta del síndrome de la rana hervida, seguramente hasta que llegue el día en que las futuras generaciones carezcan de recuerdo alguno de pertenencia a un hábitat relativamente amigable como el que experimentamos en la actualidad.

Expuesto lo cual, y a modo conclusivo, es evidente que a todos nos apasiona los anuncios de la conquista del espacio exterior por parte del hombre, servidor el primero, pero ello no nos debe impedir la capacidad de ver con claridad hacia qué tipo de abismo estamos abocando a nuestro planeta y, aún más, qué consecuencias sociales acarreará para la vida diaria de la gran mayoría de la humanidad en un futuro no muy lejano. Un asunto capital que no solo es materia de análisis para la Filosofía Política, Social y Económica, sino aún más para la Filosofía de la Moral con respecto al propio hombre y, de manera especial por indisoluble, asimismo con nuestro Medio Ambiente. Así pues, no permitamos, por responsabilidad colectiva, que las estrellas nos impidan ver los pocos árboles (en sentido amplio) que aún nos quedan, pues su destino es el nuestro por compartido.