lunes, 25 de julio de 2022

El color rojo, un arquetipo ancestral que nos ayuda a definir la realidad

En estos días de verano de extremo calor en gran parte del planeta se percibe aunque sea inconscientemente, e incluso en algunos lares se sufre bien conscientemente por patente, un entorno ambiental teñido por el color rojo, lo cual me sirve de excusa reflexiva para ampliar mi Cromantología del Filósofo Efímero a modo lúdico de entretenimiento mental en el pasar de las horas bochornosas. Qué le vamos a hacer, cada cual se ameniza de la mejor manera que puede y sabe. Así pues, de este calor esta cavilación sobre el rojo. Un color primario que por si algo podemos caracterizarlo, ya entrando en materia, es porque emocionalmente lo percibimos de manera indivisible con el estado de ánimo de la pasión. Y esta, que cabe no olvidar tiene la capacidad de dominar la voluntad y perturbar la razón de las personas, se distingue por ser un oxímoron por idiosincrasia, ya que en su naturaleza substancial coexiste tanto el amor (la vida) como el odio (la muerte). Por lo que podemos decir, como primer axioma, que el rojo es un color que concilia dos sentimientos opuestos entre sí.

Pero aún más, la pasión como afecto emocional ligada de manera intrínseca al color rojo no es de naturaleza templada, indiferente o reflexiva, sino todo lo contrario se manifiesta de manera vehemente, lo cual por empatía simbólica la relacionamos intuitivamente en el imaginario cosmológico humano con el elemento natural del fuego, ya sea éste en su dimensión de crear, renovar, o destruir. Tres vértices de un mismo cuerpo (rojo, pasión, fuego) que bien podemos trasladarlo al mundo geométrico como un triángulo equilátero. El cual, siendo todos sus lados iguales, lo coloquemos del lado que lo pongamos siempre señalará en sentido ascendente, que no es otra que la dirección que sigue el espacio-tiempo en la expansión del propio universo. O, dicho en otras palabras, el color rojo en su extensión geométrica reafirma la máxima de que la vida siempre lucha por hacerse camino hacia adelante.

Así pues, y sin entrar en las características físicas del color por asépticas para la presente reflexión que se limitan al umbral de la longitud de onda de luz percibida, podemos definir que la naturaleza metafísica del rojo -como materia que reflexiona sobre los principios fundamentales de su realidad conceptual- viene dada tanto por su dualidad en la conciliación friccionante de polaridades opuestas (amor-odio, vida-muerte), como por su dirección y sentido ascendente (movimiento de la fuerza de la vida por hacerse camino). Características que no son nada baladí para la limitada facultad cognitiva humana, ya que si nos atrevemos a aterrizar de un salto de la metafísica a la epistemología como filosofía que estudia los fundamentos del conocimiento humano, nos percataremos que el color rojo nos ayuda a definir o remarcar la realidad percibida. De hecho, y como apunte argumental pedagógico, hoy en día sabemos (gracias a la antropología lingüística) que si los hombres contásemos con una lengua formada por tan solo tres palabras para identificar la apariencia externa de las cosas, éstas no serían otras que: claro, oscuro y rojo; con independencia de los fonemas usados en cada idioma para la distinción de dichos conceptos cromáticos.

Qué decir, en consonancia con esta línea de pensamiento, que la percepción del rojo como un color cálido de tipo incandescente por vital bien puede situarse en el orbe de las ideas apriorísticas humanas, que son aquellas nociones o representaciones mentales elementales que los seres humanos traemos de serie desde el momento incluso anterior a nuestra propia concepción, semejante a la percepción geométrica innata que tenemos del mundo. Un razonamiento que, por lógica deductiva, convierte al color rojo en un arquetipo sin duda ancestral.

Es curioso, por otra parte y ya entrado en las pantanosas aguas de la moral, el poco uso y costumbre cotidiana del color rojo en las sociedades occidentales herederas del humanismo cristiano, como si las personas modernas tuviéramos cierto miedo atávico -no sin una pizca de superstición milenaria residual (no olvidemos que los pecados del infierno se pintan de rojo)- frente al hecho de disponer de éste vibrante color en nuestra vida diaria. Quizás sea porque culturalmente lo consideramos un color demasiado destacado, atrevido o incluso descaradamente existencial reivindicativo, aunque este es un tema ciertamente apasionado para otra posible reflexión. Pues no hay reflexión filosófica que al intentar despejar una pregunta no genere respuestas que inviten a nuevas cuestiones por responder.

Sea como fuera, pipa en boca al resguardo del calor en mi atemperado despacho, miro a mi alrededor y me percato de la ausencia prácticamente absoluta del color rojo. Lo cual me hace pensar que va siendo hora de poner un poco de incandescencia cromática en mi vida. ¿Cómo no?, un tema más a reflexionar.