jueves, 28 de julio de 2022

¿Cuándo te diste cuenta que eras Alguien? (Trastorno por Autoengaño social)

Esta pregunta realizada en un entorno educativo por parte de una coordinadora de actividades formativas a un profesor invitado, dejó estupefacta a mi mujer Teresa hace un par de días atrás, y más cuando la admiración y consiguiente adulación hacia dicha persona se justificaba única y exclusivamente en el elevado número de seguidores que ostenta en las redes sociales, medio donde expone quehaceres domésticos que ni de lejos pueden considerarse profesionales en su materia aun queriendo ser indulgente.  –“¿Cuándo te diste cuenta que eras Alguien?”, me repetía atónita una y otra vez Teresa al llegar a casa sin poder dejar de recordar el momentum, perpleja por el crédito colectivo dado implícitamente a la pregunta. Pues esta cuestión, fuera de ser inocente como muy bien advirtió mi compañera de vida, parte de la proposición tácita de que el valor de una persona es directamente proporcional al volumen de su popularidad en términos de followers. Lo cual, aunque casa perfectamente bajo la lógica de la sociedad de consumo contemporánea, es categóricamente incierta.

Lo interesante de la anécdota, y por tanto el nudo gordiano a resolver que da pie a la presente reflexión, lo encontramos en el mismo enunciado de la pregunta, que parte del axioma de que una Persona es Alguien en oposición a otra Persona que No es Alguien. Es decir, que una Persona es Alguien y No Alguien, lo cual obviamente son dos juicios que en su negación recíproca no pueden ser verdaderos a la vez, lo que nos sitúa de lleno en el terreno abonado por el Principio de Contradicción de la Lógica clásica. No obstante, dicha contradicción encuentra su reducto de salvación  mediante el Principio de Razón Suficiente también propio de la Lógica aunque menos clásica y por ello más controvertida, que dicta que la autenticidad de algo puede demostrarse por su práctica o deducción contextual, en cuyo caso y bajo dicho precepto marco debemos otorgarle al concepto descriptivo “Alguien” un Valor Social complementario para validar su acreditación proposicional, siendo así pues Alguien quien tiene Valor Social y No Alguien quien No tiene Valor Social. Lo cual, de paso, nos permite no contradecir ni explícita ni tácitamente el Principio de Identidad que reza que una Persona es una Persona. Véase aquí un ejemplo clarificador de que el papel aguanta cualquier elucubración mental por enrevesada que sea.

No obstante, la afirmación de que una Persona es Alguien en términos sociales, siendo toda persona un ser social por naturaleza porque como seres humanos nos desarrollamos en el seno de una sociedad, implica claramente que desde un punto de vista sociológico el valor de una Persona se mide por su Valor Social. Y que, por tanto, los parámetros sobre los que se mide dicho valor vienen establecidos por la propia sociedad. O, dicho en otras palabras, una Persona no vale por ser persona en calidad de ser humano stricto sensu, sino por el valor que le adjudica el sistema social. Hecho que si bien es triste, es una persistencia empírica en el continuo de la historia de la humanidad, aunque no por ello deba ser necesariamente cierta. Al menos no lo es para el pensamiento humanista, aunque sí para la filosofía capitalista que impera en las sociedades presentes donde el capital prima como bien superior a alcanzar y defender por encima de las propias personas, las cuales quedamos relegadas a meros consumidores y/o consumibles del engranaje del mercadeo. De ahí la actual tendencia en auge de crear marcas personales (sobre todo para la gran mayoría que no disfruta de rentas de capital), que no es más que el proceso por el que una persona se transforma en un producto de consumo con mayor o menor rigor y desvergüenza, con el fin de convertirse en un bien objeto de transacción comercial en un mercado económico de salvaje competencia.

En línea con este hilo argumental, siendo las personas sujetos consumidores, y sustentándose nuestras sociedades en el modus operandi económico de la cultura de consumo, son los propios ciudadanos-consumidores los que determinan por su predilección de gustos y modas de turno -no sin ayuda marketiniana de los intereses partidistas del Mercado- qué persona-producto es más o menos consumible. Un hábito conductual de consumo colectivo parejo a un desordenado comportamiento impulsivo por crear y fagocitar nuevos falsos ídolos (en un mundo añorado de antiguos héroes) que, a su vez, determina el grado de Valor Social de las Personas como productos por consumibles mediante método de puja masiva de corte idolátrico. Una dinámica en la que, inevitablemente, la apariencia externa de la persona-producto es un elemento de gestión de venta clave para el éxito comercial (ver: La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea), pues el ámbito natural de todo lo social no es otro que la exposición pública. De ahí que el Valor Social de “Alguien” vaya íntimamente ligado con su apariencia externa. De lo que se deduce que una Persona es Alguien en tanto en cuanto atesora un Valor Social bajo parámetros de apariencia pública demandada.

No obstante, es imperioso apuntar que la pauta conductual expuesta es el resultado de un fenómeno de autoengaño que la sociedad de consumo recrea en detrimento de la propia realidad, ya que toda Persona es Alguien, con independencia del Valor Social que caprichosamente otorguemos al ser humano en cada singularidad espacio-temporal de nuestra historia. Pues toda Persona es mucho más que el rol social que desarrolla, ya que uno no es aquello que hace, sino aquello que Es. Y más aún en un mundo tan volátil por cambiante como el que vivimos, donde la reinvención personal es la única constante inmutable. Afirmar lo contrario, aunque sea mediante el uso ad hoc de un Principio de Razón Suficiente ajustado a nuestros intereses, no lo hace más verdad, sino al contrario revela una sociedad enferma por enajenada que yace sumida en una autocreída falsedad. Un complaciente autoengaño colectivo que solo conduce a que las personas se pierdan exteriormente en detrimento de poder autoconocerse (razón de la fragilidad psicoemocional), a que busquen ser aquello que no son bajo la lógica de una identidad reafirmada en el Yo-de los Otros (causa de infelicidad existencial), a que se empecinen en perseguir e imitar modelos de éxitos ajenos (principio fundamental de todo fracaso individual), y a que desvirtúen los virtuosos valores humanos en favor de una moralina que exalta el egoísmo económico como filosofía de vida (inicio del declive del humanismo por inanición ética). Una suma de elementos que, en su conjunto, reduce a la Persona en una moneda de cambio cuyo precio fija el Mercado, evidenciando así el hecho de que vivimos en una sociedad con un marcado cuadro de trastorno cognitivo por autoengaño de la realidad.

Expuesto lo cual, y como bien dijo un filósofo indio-estadounidense, es evidente que no es saludable estar adaptado a una sociedad profundamente enferma. Aunque, por otro lado, no es fácil coexistir en dicha dicotomía, ya que para una sociedad autoengañada su mentira es su verdad, mientras que aquel que tiene consciencia del autoengaño social o bien es un mentiroso o bien es un loco a los ojos de esta sociedad enferma que se reafirma en su autoengañada verdad. Y ya sabemos que todo loco, por definición, es un inadaptado social. Así como sabemos que no existe carga suficiente de lógica en el universo conocido para convencer de la verdad objetiva a quien vive inmerso en la enajenación de la realidad. Es por ello que, aún a expensas de que me tilden de loco, ante la pregunta de ¿cuándo te diste cuenta que eras Alguien?, solo cabe una única respuesta válida por cierta: desde el mismo momento que tuve razón de ser y, sobre todo, desde que tengo consciencia de mi Yo Soy. Ninguna Persona es Alguien por su Valor Social, sino por ser Persona, aunque ello lleva implícito un trabajo de autoconocimiento de quién uno Es. El Valor Social solo es un grado de reconocimiento público de aquello que hace una Persona, no de lo que Es. Lo que una Persona Es equivale a su substancia natural, mientras que aquello que una Persona hace representa su accidente temporal. Preguntémonos pues, ¿por qué vivimos en una sociedad que valoramos más el hacer que el Ser? ¿A quién le interesa más la perpetuidad de esta dinámica? ¿Quién sale beneficiado? Y, ante todo, ¿qué implicaciones sociales, y por tanto humanas, tiene?. Y quizás, tras reflexionar sobre estas preguntas podamos comenzar a vislumbrar el Principio de Realidad que subyace más allá del velo impuesto por la enajenación colectiva. Expuesto lo cual, y llegados a este punto, el turno ahora es tuyo: ¿y tú, cuándo te diste cuenta que eras Alguien?.