jueves, 30 de junio de 2022

Que cada cual se meta en la cama con quien le plazca

Copa Warren, s.I d.C.
En ocasión de la celebración esta semana del día mundial del orgullo LGTBIQA+ (colectivo integrado por lesbianas, gais, trans, bisexuales, intersexuales, queers, asexuales, y otros no heterosexuales), y con independencia de la complejidad de dicha nomenclatura acrónima cargada de un vasto significado conceptual, lo cierto es que no dejo de asombrarme ante el hecho que en el orbe occidental, y en pleno siglo XXI, tanto la tendencia y la orientación sexual como la diversidad de modelos de familia sea aún hoy en día objeto de debate, e incluso de crispación social con tristes episodios homofóbicos de rabiosa actualidad. Aunque, sociología mediante, si entendemos que el mundo occidental ha sido culturalmente esculpido a sangre y culpa durante dos mil años por la filosofía católica, moralmente represora contra el sexo fuera del ámbito matrimonial heterosexual y de la circunscripción propia de la función reproductora, podemos interpretar del por qué el sexo y las relaciones sentimentales entre personas, lejos de ser un tema normalizado, aún levanta pasiones primitivas entre congéneres. Un tema de debate a todas luces tan anacrónico moralmente como la obcecación de persistir en la antigua idea católica de que la Tierra es el centro del universo conocido (cuya refutación casi lleva a Galileo a la pena de muerte por parte de los santos padres de la Iglesia, los cuales le exculparon 360 años más tarde y a regañadientes ya en los finales del siglo XX).

Lo cierto es que la idea de la práctica sexual como un acto exclusivamente de funcionalidad reproductora, así como de la férrea creencia en un solo modelo de familia limitado únicamente al tipo heterosexual, es una idea cultural -y profundamente católica- y no universal, por lo que no tiene cabida en las sociedades laicas contemporáneas, cuyos estados sociales y democráticos de derecho se fundamentan en la defensa de la dignidad del ser humano por encima de sus credos y tendencias y orientaciones sexuales y sentimentales.

De hecho, a los detractores contemporáneos de la libertad sexual y la diversidad de modelos de familia -que no es casualidad que se limite a la comunidad de feligreses católicos-, cabe recordarles que no fue Jesús de Nazaret, sino el teólogo argelino Agustín de Hipona quien cuatro siglos después de la muerte del mesías cristiano (s.IV) relacionó el sexo con la lujuria y con el concepto de pecado original; y que asimismo tampoco fue la inspiradora figura de Jesús, sino el papa italiano Gregorio VI siete siglos más tarde (s.XI) quien declaró el matrimonio entre hombre y mujer como sacramento (signo indisoluble de la gracia del Dios católico) y lo sometió bajo control de la entonces todopoderosa Iglesia, sepultando así con estos hitos eclesiásticos siglos de tradición greco-romana de desinhibición sexual y de prácticas matrimoniales esporádicas entre la población, las cuales solo eran meros instrumentos legales de las clases altas para garantizarse la herencia patrimonial. Es decir, la reforma radical que sufrió la visión del sexo y del modelo de familia de la era clásica en su paso a la era cristiana fue fruto de decisiones tomadas por hombres, profundamente mundanos por humanos, condicionados contextualmente a su época y tiempo. Una toma de posición sobre la cosmología humana que por ser cultural es temporal, y por tanto siempre susceptible de ser modificada para mejor a la luz de nuevos tiempos más evolucionados; parejo, por poner un ejemplo, a cuando en su momento y durante siglos la Iglesia defendió y aceptó la esclavitud de seres humanos como parte del mundo secular, prohibiéndola posteriormente en el siglo XVI para amerindios y más tarde en el siglo XIX para africanos. Y de igual manera que en la actualidad, como nota esclarecedora para católicos despistados, el presente Papa Francisco, como máximo representante de la Iglesia Católica del siglo XXI, ha declarado alto y claro que ni el sexo es pecado, ni el placer es católico, condenando en este sentido “(…) una moral santurrona, un moralismo que no tiene sentido y que, en todo caso, puede haber sido, en algún momento, una mala interpretación del mensaje cristiano” (libro entrevista en Terra Futura. Diálogos con el Papa Francisco sobre ecología, Giunti Editore, 2020). Es decir, y a modo de apunte para mal entendidos conservadores católicos trasnochados que se escandalizan frente a un beso lésbico, un matrimonio homosexual, o una fiesta social de reafirmación no heterosexual, que sepan que los credos culturales, como conjunto de conocimientos adquiridos mediante el desarrollo de las facultades intelectuales humanas en una sociedad en continua evolución, son un ente dinámico que por reactualizarse constantemente están vivos, ya que en caso contrario no puede hablarse de cultura sino de fundamentalismo. Siendo justamente el fundamentalismo, entendido en parámetros de nuestras sociedades modernas, antagónico a los principios rectores de la Democracia.

En este sentido, los conceptos de sexo y familia propios de las sociedades contemporáneas laicas por democráticas tienen más similitud con aquellos conceptos análogos acogidos en las antiguas culturas griegas y romanas, cunas de nuestra civilización occidental y cuyas sociedades vertebradas en el culto a la vida (y por ende al placer) eran mucho más abiertas y tolerantes con las relaciones sexuales y sentimentales entre personas, que con la visión medievalista represiva que aún coletea como sombra alargada en occidente por influencia de una filosofía popular católica sin actualizar.   

Juzgar la valía como ser humano de una persona por con quién se acuesta en la cama, por quién tiene como pareja más o menos estable, por qué modelo de relación familiar opta, o con qué ropa se viste es propio de mentes pequeñas y retardadas. O acaso, ¿vale menos la filosofía de Platón o los inventos de Leonardo da Vinci por haber ambos mantenido sexo con hombres, o vale menos la literatura de Virginia Woolf por ser bisexual, o es menos capaz la astronauta Anne McClain por ser lesbiana, entre una larga lista de hombres y mujeres notables de la historia de la humanidad?. Cada cual que se meta en la cama con quien le plazca, solo faltaría. A la sociedad lo que es de la sociedad, y al sexo y a las relaciones sentimentales -en la intimidad de la vida de cada cual- lo que le son propios. Y frente al fundamentalismo de homófobos y homófobas (verdaderos guardianes de las llaves del ostracismo), más educación en valores humanos y en historia de la humanidad por favor y, en su defecto, que les sea aplicado de manera reglamentaria los principios fundamentales de la Democracia como sistema de organización social moderna con todo el peso reeducador de la ley.