sábado, 25 de junio de 2022

El Pensamiento Crítico como Sentido Vital

Hoy es el quinto día, suma y sigue, que me encuentro oficialmente bajo los efectos de alguna variante del Covid, según potestad otorgada por las Autoridades Sanitarias al Test de Antígenos suministrado en farmacias. Un incordio, vaya. Entre los efectos secundarios más relevantes tales como continua somnolencia, cabeza embotada, malestar general y temperatura corporal anormal, destacaría la anulación -o desconexión temporal- intelectual por ejercer el Pensamiento Crítico. Una circunstancia que si bien podría pasar desapercibida por insignificante para una sociedad castrada en su capacidad de pensar, es altamente alarmante para un servidor, al igual que para el resto de filósofos u hombres pensantes, para quienes el Pensamiento Crítico representa no solo una necesidad psicológica, sino que dota de significado propio a la vida personal misma. O, dicho en otras palabras, la facultad del Pensamiento Crítico representa nuestro Sentido Existencial individual, sin el cual nos convertiríamos en hormigas con antenas amputadas deambulando en medio de un inabarcable arenal hostil. He aquí nuestro terror más íntimo: no solo no poder discernir entre la verdad y la falacia de la realidad, sino aún más percibir complacientemente que todo está bien sabiendo íntimamente a la vez que se trata de un engaño inexpugnable.

Ciertamente, hay quienes temen perder más otras cosas, como la ilusión y la pasión propia de la juventud con el paso de los años, o el dejar de motivarse frente a los nuevos retos de la vida, o el perecer en su ensoñación idealizada por un mañana mejor, pero para el filósofo no hay mayor pesadilla que sumergirse en un estadio de pensamiento plano exento de Pensamiento Crítico, semejante al que produce la comisura de la sonrisa boba de aquel que ha perdido consciencia de sí mismo y de su entorno. Pues para el pensador, el Pensamiento Crítico es una necesidad prácticamente biológica pareja al aire que imperiosamente se requiere para respirar, y sin el cual las neuronas se marchitan y con ellas se desdibuja progresivamente y sin remedio el camino que conduce a la trascendentalidad del ser humano; la cual no llena estómagos, pero sí nutre el alma durante el viaje mundano.

Un camino de trascendencia íntima y personal que no es otro que la búsqueda de la esencia o verdad última de las cosas (el arjé de los primeros filósofos), para lo que se requiere cuestionar la verdad incuestionable por establecida, lo cual solo es posible a través del Pensamiento Crítico como herramienta que desestructura -para volver a reconstruir bajo nuevas combinaciones posibles- la realidad conocida. Filosofando, si cabe, a martillazos, como diría Nietzsche. Pues el filósofo es como un minero que, a pico y pala intelectual, sin reparo a ensuciarse busca en el interior aparentemente oscuro de la realidad para intentar extraer la verdad. Y en esa actividad extractiva, proceso a través del cual hace Filosofía, vive en comunión con su propio Sentido Vital (aunque ello le aboque al ensimismamiento o a la reprobación e incluso al suicidio social).

[Pausa. Mi mujer me reclama para tomarme la enésima pastilla correspondiente]

Volviendo al teclado, acabo de recordar que hace unos días atrás leí que se ha cumplido los 389 años de la fecha en que Galileo, frente al Tribunal del Santo Oficio de la Iglesia Católica, abjuró contra su propia teoría que decretaba que era el Sol y no la Tierra el centro del Universo conocido. Lo cierto es que de no abjurar, Galileo hubiese acabado condenado a muerte, como así sucedió con otros coetáneos más vehementes. Pero no es menos cierto que si bien el renacentista italiano ha pasado a la posteridad como inventor, matemático, físico y principalmente como padre de la Astronomía, él trabajaba por y para ser reconocido como filósofo tal y como él mismo se percibía, amén a su profundo sentido existencial fundamentado en dar luz a la verdad última de las cosas, como así atestiguó en múltiples ocasiones (En este punto recomiendo el apasionante libro “Galileo, el genio y el hombre” de James Reston, Jr.). Con ello deseo puntualizar que si bien todo filósofo se autoimpone voto de fidelidad en relación con su Pensamiento Crítico en tanto deviene la razón de ser de su propio Sentido Existencial, éste siempre es de dimensión interna y no por ello debe ser inmutablemente externa (a tenor de los posibles peligros existentes que pueden concurrir en la vida de un hombre), pues ser filósofo no implica ser mártir, a excepción de casos que confirman la regla como acaeció con Sócrates.

Expuesto lo cual, el objetivo de esta breve reflexión, más allá de obligarme con cierta torpeza a engrasar una mente embotada por el virus del Covid tras unos de días de angustioso encefalograma plano, no es otro que el de reivindicar el Pensamiento Crítico como instrumento, largamente refrendado por hombres pensantes, que puede ayudar a las personas a encontrar un sentido a la vida. Si amas pensar críticamente (aunque sea por necesidad psicoemocional), si además intuyes que eres bueno (sabiendo que no hay maestría sin práctica), y asimismo crees que el mundo lo necesita (con independencia de tu alcance personal), no lo dudes, has encontrado tu razón de ser en el Pensamiento Crítico. Que por otro lado no debe confundirse con la moda japonesa del Ikigai, pues en esta sociedad occidental, lamentablemente, no existe retribución alguna por este más que notable Sentido Existencial. Y es que, en resumidas cuentas, la búsqueda de la verdad, por medio del Pensamiento Crítico, deviene la última frontera para el ser humano libre. Aunque para ello, en primera e imperativa instancia, hay que aprender a pensar. Cogito ergo sum!