jueves, 30 de junio de 2022

Que cada cual se meta en la cama con quien le plazca

Copa Warren, s.I d.C.
En ocasión de la celebración esta semana del día mundial del orgullo LGTBIQA+ (colectivo integrado por lesbianas, gais, trans, bisexuales, intersexuales, queers, asexuales, y otros no heterosexuales), y con independencia de la complejidad de dicha nomenclatura acrónima cargada de un vasto significado conceptual, lo cierto es que no dejo de asombrarme ante el hecho que en el orbe occidental, y en pleno siglo XXI, tanto la tendencia y la orientación sexual como la diversidad de modelos de familia sea aún hoy en día objeto de debate, e incluso de crispación social con tristes episodios homofóbicos de rabiosa actualidad. Aunque, sociología mediante, si entendemos que el mundo occidental ha sido culturalmente esculpido a sangre y culpa durante dos mil años por la filosofía católica, moralmente represora contra el sexo fuera del ámbito matrimonial heterosexual y de la circunscripción propia de la función reproductora, podemos interpretar del por qué el sexo y las relaciones sentimentales entre personas, lejos de ser un tema normalizado, aún levanta pasiones primitivas entre congéneres. Un tema de debate a todas luces tan anacrónico moralmente como la obcecación de persistir en la antigua idea católica de que la Tierra es el centro del universo conocido (cuya refutación casi lleva a Galileo a la pena de muerte por parte de los santos padres de la Iglesia, los cuales le exculparon 360 años más tarde y a regañadientes ya en los finales del siglo XX).

Lo cierto es que la idea de la práctica sexual como un acto exclusivamente de funcionalidad reproductora, así como de la férrea creencia en un solo modelo de familia limitado únicamente al tipo heterosexual, es una idea cultural -y profundamente católica- y no universal, por lo que no tiene cabida en las sociedades laicas contemporáneas, cuyos estados sociales y democráticos de derecho se fundamentan en la defensa de la dignidad del ser humano por encima de sus credos y tendencias y orientaciones sexuales y sentimentales.

De hecho, a los detractores contemporáneos de la libertad sexual y la diversidad de modelos de familia -que no es casualidad que se limite a la comunidad de feligreses católicos-, cabe recordarles que no fue Jesús de Nazaret, sino el teólogo argelino Agustín de Hipona quien cuatro siglos después de la muerte del mesías cristiano (s.IV) relacionó el sexo con la lujuria y con el concepto de pecado original; y que asimismo tampoco fue la inspiradora figura de Jesús, sino el papa italiano Gregorio VI siete siglos más tarde (s.XI) quien declaró el matrimonio entre hombre y mujer como sacramento (signo indisoluble de la gracia del Dios católico) y lo sometió bajo control de la entonces todopoderosa Iglesia, sepultando así con estos hitos eclesiásticos siglos de tradición greco-romana de desinhibición sexual y de prácticas matrimoniales esporádicas entre la población, las cuales solo eran meros instrumentos legales de las clases altas para garantizarse la herencia patrimonial. Es decir, la reforma radical que sufrió la visión del sexo y del modelo de familia de la era clásica en su paso a la era cristiana fue fruto de decisiones tomadas por hombres, profundamente mundanos por humanos, condicionados contextualmente a su época y tiempo. Una toma de posición sobre la cosmología humana que por ser cultural es temporal, y por tanto siempre susceptible de ser modificada para mejor a la luz de nuevos tiempos más evolucionados; parejo, por poner un ejemplo, a cuando en su momento y durante siglos la Iglesia defendió y aceptó la esclavitud de seres humanos como parte del mundo secular, prohibiéndola posteriormente en el siglo XVI para amerindios y más tarde en el siglo XIX para africanos. Y de igual manera que en la actualidad, como nota esclarecedora para católicos despistados, el presente Papa Francisco, como máximo representante de la Iglesia Católica del siglo XXI, ha declarado alto y claro que ni el sexo es pecado, ni el placer es católico, condenando en este sentido “(…) una moral santurrona, un moralismo que no tiene sentido y que, en todo caso, puede haber sido, en algún momento, una mala interpretación del mensaje cristiano” (libro entrevista en Terra Futura. Diálogos con el Papa Francisco sobre ecología, Giunti Editore, 2020). Es decir, y a modo de apunte para mal entendidos conservadores católicos trasnochados que se escandalizan frente a un beso lésbico, un matrimonio homosexual, o una fiesta social de reafirmación no heterosexual, que sepan que los credos culturales, como conjunto de conocimientos adquiridos mediante el desarrollo de las facultades intelectuales humanas en una sociedad en continua evolución, son un ente dinámico que por reactualizarse constantemente están vivos, ya que en caso contrario no puede hablarse de cultura sino de fundamentalismo. Siendo justamente el fundamentalismo, entendido en parámetros de nuestras sociedades modernas, antagónico a los principios rectores de la Democracia.

En este sentido, los conceptos de sexo y familia propios de las sociedades contemporáneas laicas por democráticas tienen más similitud con aquellos conceptos análogos acogidos en las antiguas culturas griegas y romanas, cunas de nuestra civilización occidental y cuyas sociedades vertebradas en el culto a la vida (y por ende al placer) eran mucho más abiertas y tolerantes con las relaciones sexuales y sentimentales entre personas, que con la visión medievalista represiva que aún coletea como sombra alargada en occidente por influencia de una filosofía popular católica sin actualizar.   

Juzgar la valía como ser humano de una persona por con quién se acuesta en la cama, por quién tiene como pareja más o menos estable, por qué modelo de relación familiar opta, o con qué ropa se viste es propio de mentes pequeñas y retardadas. O acaso, ¿vale menos la filosofía de Platón o los inventos de Leonardo da Vinci por haber ambos mantenido sexo con hombres, o vale menos la literatura de Virginia Woolf por ser bisexual, o es menos capaz la astronauta Anne McClain por ser lesbiana, entre una larga lista de hombres y mujeres notables de la historia de la humanidad?. Cada cual que se meta en la cama con quien le plazca, solo faltaría. A la sociedad lo que es de la sociedad, y al sexo y a las relaciones sentimentales -en la intimidad de la vida de cada cual- lo que le son propios. Y frente al fundamentalismo de homófobos y homófobas (verdaderos guardianes de las llaves del ostracismo), más educación en valores humanos y en historia de la humanidad por favor y, en su defecto, que les sea aplicado de manera reglamentaria los principios fundamentales de la Democracia como sistema de organización social moderna con todo el peso reeducador de la ley.   


sábado, 25 de junio de 2022

El Pensamiento Crítico como Sentido Vital

Hoy es el quinto día, suma y sigue, que me encuentro oficialmente bajo los efectos de alguna variante del Covid, según potestad otorgada por las Autoridades Sanitarias al Test de Antígenos suministrado en farmacias. Un incordio, vaya. Entre los efectos secundarios más relevantes tales como continua somnolencia, cabeza embotada, malestar general y temperatura corporal anormal, destacaría la anulación -o desconexión temporal- intelectual por ejercer el Pensamiento Crítico. Una circunstancia que si bien podría pasar desapercibida por insignificante para una sociedad castrada en su capacidad de pensar, es altamente alarmante para un servidor, al igual que para el resto de filósofos u hombres pensantes, para quienes el Pensamiento Crítico representa no solo una necesidad psicológica, sino que dota de significado propio a la vida personal misma. O, dicho en otras palabras, la facultad del Pensamiento Crítico representa nuestro Sentido Existencial individual, sin el cual nos convertiríamos en hormigas con antenas amputadas deambulando en medio de un inabarcable arenal hostil. He aquí nuestro terror más íntimo: no solo no poder discernir entre la verdad y la falacia de la realidad, sino aún más percibir complacientemente que todo está bien sabiendo íntimamente a la vez que se trata de un engaño inexpugnable.

Ciertamente, hay quienes temen perder más otras cosas, como la ilusión y la pasión propia de la juventud con el paso de los años, o el dejar de motivarse frente a los nuevos retos de la vida, o el perecer en su ensoñación idealizada por un mañana mejor, pero para el filósofo no hay mayor pesadilla que sumergirse en un estadio de pensamiento plano exento de Pensamiento Crítico, semejante al que produce la comisura de la sonrisa boba de aquel que ha perdido consciencia de sí mismo y de su entorno. Pues para el pensador, el Pensamiento Crítico es una necesidad prácticamente biológica pareja al aire que imperiosamente se requiere para respirar, y sin el cual las neuronas se marchitan y con ellas se desdibuja progresivamente y sin remedio el camino que conduce a la trascendentalidad del ser humano; la cual no llena estómagos, pero sí nutre el alma durante el viaje mundano.

Un camino de trascendencia íntima y personal que no es otro que la búsqueda de la esencia o verdad última de las cosas (el arjé de los primeros filósofos), para lo que se requiere cuestionar la verdad incuestionable por establecida, lo cual solo es posible a través del Pensamiento Crítico como herramienta que desestructura -para volver a reconstruir bajo nuevas combinaciones posibles- la realidad conocida. Filosofando, si cabe, a martillazos, como diría Nietzsche. Pues el filósofo es como un minero que, a pico y pala intelectual, sin reparo a ensuciarse busca en el interior aparentemente oscuro de la realidad para intentar extraer la verdad. Y en esa actividad extractiva, proceso a través del cual hace Filosofía, vive en comunión con su propio Sentido Vital (aunque ello le aboque al ensimismamiento o a la reprobación e incluso al suicidio social).

[Pausa. Mi mujer me reclama para tomarme la enésima pastilla correspondiente]

Volviendo al teclado, acabo de recordar que hace unos días atrás leí que se ha cumplido los 389 años de la fecha en que Galileo, frente al Tribunal del Santo Oficio de la Iglesia Católica, abjuró contra su propia teoría que decretaba que era el Sol y no la Tierra el centro del Universo conocido. Lo cierto es que de no abjurar, Galileo hubiese acabado condenado a muerte, como así sucedió con otros coetáneos más vehementes. Pero no es menos cierto que si bien el renacentista italiano ha pasado a la posteridad como inventor, matemático, físico y principalmente como padre de la Astronomía, él trabajaba por y para ser reconocido como filósofo tal y como él mismo se percibía, amén a su profundo sentido existencial fundamentado en dar luz a la verdad última de las cosas, como así atestiguó en múltiples ocasiones (En este punto recomiendo el apasionante libro “Galileo, el genio y el hombre” de James Reston, Jr.). Con ello deseo puntualizar que si bien todo filósofo se autoimpone voto de fidelidad en relación con su Pensamiento Crítico en tanto deviene la razón de ser de su propio Sentido Existencial, éste siempre es de dimensión interna y no por ello debe ser inmutablemente externa (a tenor de los posibles peligros existentes que pueden concurrir en la vida de un hombre), pues ser filósofo no implica ser mártir, a excepción de casos que confirman la regla como acaeció con Sócrates.

Expuesto lo cual, el objetivo de esta breve reflexión, más allá de obligarme con cierta torpeza a engrasar una mente embotada por el virus del Covid tras unos de días de angustioso encefalograma plano, no es otro que el de reivindicar el Pensamiento Crítico como instrumento, largamente refrendado por hombres pensantes, que puede ayudar a las personas a encontrar un sentido a la vida. Si amas pensar críticamente (aunque sea por necesidad psicoemocional), si además intuyes que eres bueno (sabiendo que no hay maestría sin práctica), y asimismo crees que el mundo lo necesita (con independencia de tu alcance personal), no lo dudes, has encontrado tu razón de ser en el Pensamiento Crítico. Que por otro lado no debe confundirse con la moda japonesa del Ikigai, pues en esta sociedad occidental, lamentablemente, no existe retribución alguna por este más que notable Sentido Existencial. Y es que, en resumidas cuentas, la búsqueda de la verdad, por medio del Pensamiento Crítico, deviene la última frontera para el ser humano libre. Aunque para ello, en primera e imperativa instancia, hay que aprender a pensar. Cogito ergo sum!


martes, 21 de junio de 2022

España, un país de señoritos pobres (radiografía de la economía española)

En España tenemos un serio problema, y es que vivimos como ricos cuando en realidad somos pobres, a imagen y semejanza de los hidalgos de antaño o de los nobles contemporáneos que aparentan riqueza mientras gestionan míseros patrimonios. Una conducta generalizada de corte casi patológica fundamentada en la importancia de la apariencia externa, en un mal entendido honor patrio de la imagen pública ante todo, aunque seamos en verdad un país de camareros. En la mayoría de casos licenciados, eso sí, pero cuerpo de servidumbre profesional en definitiva, por y para el servicio de terceros señores con divisas más poderosas. Quizás este orgullo trasnochado, que nos hace aparentar más de lo que somos, tal si de un juego de ilusionismo se tratase, procede a partes iguales tanto de la envía por lo ajeno como deporte ancestral nacional, como de la añoranza por la grandeza de un imperio perdido donde nunca se puso el sol a lo largo de más de tres siglos.

Sea como fuere, nuestro halo de país occidental rico es una falacia entre semejantes, aun posicionados en el cuarto puesto del ranking de PIB’s europeos, pues no por más facturar se tiene más, como bien sabe hasta el tendero de la esquina. Un autoengaño colectivo de imaginario de país rico sostenido, por pinzas, gracias a tres factores externos:

1.-Un Banco Central Europeo que nos compra toda la deuda pública permitiendo que la consentida España disfrute hasta la fecha de una Prima de Riesgo baja y, por ende, de una financiación barata en mercados internacionales.

2.-Una Comisión Europea que nos inyecta unos Fondos económicos europeos, a modo de esteroides anabolizantes, que financia nuestro tan costoso como ruinoso Estado de Bienestar Social y otros gastos de naturaleza más caprichosos.

3.-Y, una misma Comunidad Europea que, por causa de fuerza mayor de una España con un motor privado sin potencia, no ha tenido más remedio que permitirnos flexibilizar nuestro techo de gasto público, lo cual no hace más que aumentar nuestro desorbitado endeudamiento nacional.

Como vemos, un ciclo vicioso donde el pez español se come su propia cola, todo y rezando que ni el Banco Central Europeo ni la Comisión Europea cesen en su ejercicio de ángeles de la guarda o, en su defecto, de persistir en recrearnos la ilusión de un status de vida que no es generado de motu proprio. Mientras la UE se aferre con ciega lealtad a su compromiso por la (utópica) convergencia económica entre los diferentes países de la zona euro, los españoles podemos continuar disfrutando de pan y circo, inconscientemente ajenos al peligro de estar colgados por pinzas sobre un abismo.

Y si esta situación ya es objetivamente frágil de por sí, lo único que nos faltaba ahora es la inestabilidad de la coyuntura internacional, en pleno proceso geoestratégico de redefinición de aquello que entendemos por globalización -guerra ruso-ucraniana con crisis alimentaria y energética mediante-, provocando que la inflación se dispare y con ella se active la tópica medida tan reguladora como aturdidora (análoga a los efectos que un antibiótico produce en un paciente) de la subida de los tipos de interés. Lo cual, previsiblemente, va a llevar a España a una situación que los chamanes de nuestra sociedad que no son otros que los economistas denominan como estanflación: un estadio donde la inflación no deja de crecer mientras coexiste con tasas de desempleo elevadas, produciendo un estancamiento de la economía. De hecho, en términos de PIB nacional, en este año ya llevamos el freno de mano puesto. Aunque, todo hay que decirlo, mientras al españolito de a pie no le falte pan, queso o chorizo y vino, y a estas alturas del año un poquito de sol y playa, seguiremos andado el camino con porte de señoritos. No obstante, el pobre, aunque señorito se vista, pobre se queda.

Sí, la economía española es pobre, y justamente porque no queremos verlo deviene sempiterna; es decir, que dicho estado de pobreza si bien tuvo un principio contemporáneo con la Gran Crisis del 2008 parece que no tenga fin, amén de cómo afrontamos la situación, connivencia en suma de unos políticos que a todas luces resultan incompetentes como gestores públicos. Una ceguera colectivamente autoinducida que nos va a llevar como país a un suicidio social, a tenor de que mientras redirigimos y centramos nuestras energías en dar cobertura social pública a una población creciente cada vez más necesitada de subsidios, hacemos a la vez poco o nada en desarrollar una economía productiva estructural como país. Lo cual es parejo a dedicarse solo a achicar una embarcación que hace aguas, sin atender la puesta a punto de su motor gripado, cuya necesidad de potencia y velocidad serán vitales en caso que sobrevenga una más que probable inminente tempestad de alta mar. Y todo y así, tal es el grado de nuestra enajenación social que aún nos sentimos orgullosos frente al hecho que la industria tractora de la economía de nuestro país, nuestro motor económico por excelencia, se fundamenta en servir cervezas a turistas. Eso sí, sin perder el porte de señorío de tiempos pasados que nos caracteriza.


martes, 14 de junio de 2022

Diccionario del Alma (Epiglotis / Esclarecer) XLIª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.

Epiglotis: Semáforo digestivo.

Epígrafe: Spoiler.

Epigrama: El ingenio del poeta.

Epilepsia: Tormenta cosmonerviosa.

Epiléptico, -ca: Viajero interdimensional.

Epilogar: Deshojar la esencia de algo.

Epílogo: Un último suspiro intencionado.

Episcopado: El tránsito de un pastor de dogmas.

Episcopal: 1. Un sistema más de control social. 2. La asfixiante cerrazón del fajín morado.

Episódico, -ca: Una anécdota en la línea temporal.

Episodio: La importancia de los momentos.

Epístola: El dinosaurio de la era digital.

Epistolar: Radiografiar el alma.

Epistolario: La prueba archivada de una relación.

Epitafio: La alabanza de los sin rostro.

Epitalamio: En muchos casos, un canto al principio del fin de una historia de amor.

Epitelial: Del vestir interno del cuerpo.

Epíteto: La redundancia de lo evidente.

Epítome: Un tráiler antiguo.

Época: La de uno siempre es la más relevante.

Epopeya: La mitificación de lo mundano.

Equidad: 1. El sentido de la Democracia. 2. El cáncer del Mercado.

Equidistante: El espacio de confort de los políticos.

Equidistar: El juego existencial de malabares de la persona superficial y pusilánime.

Équidos: La culturalización de los caballos y primos hermanos.

Equilátero,-ra: La perfección angular de una idea apriorística que fascina al hombre desde tiempos ancestrales.

Equilibrar: Reconciliar opuestos.

Equilibrio: El bien personal máximo a alcanzar.

Equilibrista: El trabajador con un sueldo precario.

Equino, -na: La nobleza hecha animal.

Equinoccio: La paridad en el tiempo vivido y soñado.

Equinodermos: Una estrella de mar insultada.

Equipaje: Cuanto más ligero, mejor.

Equipar: 1. Cubrir de necesidad una circunstancia. 2. Prepararse frente a un futuro.

Equiparar: Homogeneizar la singularidad.

Equipo: La fuerza de la suma de intencionalidades.

Equitación: El clasismo a través del deporte.

Equitativo, -va: Una actitud social manifestada en exclusividad en el seno familiar.

Equivalencia: El eslabón perdido en un mercado laboral en continua transformación.

Equivalente: El llanto entre niños de raza y clase social dispar.

Equivaler: La substancia olvidada de los Principios de Igualdad y Oportunidad.

Equivocación: Rasgo que nos hace humanos.

Equivocadamente: Muchos de los pensamientos pasados.

Equivocar: La ineludible lección del aprendizaje.

Equívoco, -ca: La persona de dos caras.

Era: El espacio inter puntos de inflexión.

Erario: El banquete de los políticos.

Erección: El punto de apoyo de Arquímedes del patriarcado.

Eréctil: La potencialidad de la subyugación.

Erecto, -ta: La espada de Damocles masculina.

Eremita: Una opción de vida inteligente.

Eremítico, -ca: El Filósofo.

Erguido, -da: La Autoestima, siempre.

Erguir: Constantemente, la dignidad existencial.

Erial: Las fiestas sociales superficiales.

Erigir: 1. La responsabilidad de los padres con sus hijos. 2. El deber de uno mismo con su vida,

Erisipela: Un tipo de arte bacteriano.

Erizar: La imbecilidad humana, y aún  más si cabe la de aquellos que gobiernan.

Erizo: La prevención hecha norma de vida.

Ermita: Una isla para creyentes.

Ermitaño, -ña: Una vocación frustrada, seguramente por falta de valentía personal.

Erosión: El precio de estar vivo.

Erosionar: El efecto de la convivencia entre mundos emocionales inmaduros.

Erótico, -ca: La inteligencia femenina.

Errabundo, -da: Un parado o desempleado.

Erradicar: Tantas cosas que su listado implicado una obra interminable.

Errante: Aquel que no tiene Autoridad Interna.

Errar: Estigmatización social tanto de mentes cerradas como de envidiosos.

Errata: La manifestación humanamente imperfecta del escritor.

Errático, -ca: El estudiante que tras acabar sus estudios busca trabajo en un mercado laboral escaso.

Erre: Una “r” con personalidad.

Erróneo, -ea: Permanecer en un lugar donde ya no hay que permanecer.

Error: Una prueba de la experiencia a corregir.

Eructar: La liberación del estómago.

Eructo: Parte de un lenguaje cultural.

Erudición: Un buen hábito en mal deshábito.

Erudito, -ta: Un náufrago social.

Erupción: 1. La violencia manifestada. 2. El clamor de la tierra.

Eruptivo, -va: La pobreza social.

Esbeltez: El culto obsesivo de la estética moderna.

Esbelto,-ta: La loa de la superficialidad.

Esbirro: Un ultraliberal.

Esbozar: Opinar sin pensamiento crítico.

Esbozo: El conocimiento de la masa.

Escabechar: Discriminar a antojo.

Escabeche: La vida en vinagre.

Escabechina: Lo que hace el mercado laboral con los profesionales maduros.

Escabel: La almohada de los pies.

Escabroso, -sa: La reinvención profesional.

Escabullirse: El arte de la política.

Escacharrar: Técnica markentina de la industria.

Escafandra: Traje humano de pez.

Escala: La referencia espacial del hombre.

Escalada: Un ascensor social sin atajos.

Escalador, -ra: Un tipo de rebelde gravitacional que no llego a comprender.

Escalafón: Una disposición mundana de poder.

Escalar: Disposición mental para salir fuera de la propia caja.

Escaldadura: El instante previo de la rana al percatarse que la están hirviendo.

Escaldar: Algunos pantalones cortos en verano.

Escaleno: La discusión entre las partes.

Escalera: La subida facilitada.

Escalinata: 1. Una entrada para grandes egos. 2. La extensión orgánica de un volumen con su espacio colindante.

Escalofrío: La profunda boca negra de la incertidumbre.

Escalón: La alegría de la rutina.

Escalonar: A mi edad, los desfases festivo nocturnos.

Escama: Parte nuclear de la armadura animal.

Escamocho: Aquel que vive sin vivir en él.

Escamoso, -sa: Propio de los nervios a flor de piel.

Escamotear: Ayer mismo, un móvil a un amigo.

Escamoteo: Lo que el Mercado hace con los derechos cívicos y sociales de las personas.

Escampada: Mi mente cuando escribo.

Escampar: El preludio de una nueva reflexión.

Escanciar: Una habilidad fuera de mis posibilidades.

Escandalera: Ritual nocturno de trogloditas urbanos en la plaza frente a mi casa.

Escandalizar: Ser coherente y sincero con uno mismo y frente a los demás.

Escándalo: Entretenimiento de vieja/os y pusilánimes.

Escandaloso, -sa: La ignorancia y la superficialidad generalizada.

Escandallo: El cinturón de castidad del arte gastronómico.

Escaño: Actualmente, la devaluación de la soberanía popular.

Escapada: 1. Periódicamente, siempre necesaria. 2. Proceso de reoxigenación.

Escapar: 1. La ilusión de los ilusos. 2. Un posible solo apto para rentas privilegiadas.

Escaparate: Mis escritos.

Escapatoria: Mis pensamientos.

Escape: En esta sociedad llena de obligaciones, una misión imposible.

Escapulario: Uno de tantos yugos para los creyentes.

Escaque: 1. Un espacio por conquistar o defender. 2. Un árbol en un bosque.

Escaqueado, -da: En Cataluña, el poder del Estado.

Escara: La cara de la fragilidad humana.

Escarabajear: La búsqueda de una solución a un problema.

Escarabajo: Un insecto estéticamente fascinante.

Escaramujo: La placenta de una bella flor.

Escaramuza: La reivindicación sobre la propiedad de los bebés.

Escarapela: La importancia de la afiliación.

Escarbar: Buscar algo para beneficio propio.

Escarcha: El manto del invierno.

Escarchar: Lo que los humanos hacemos con las decisiones que no se desean tomar.

Escarda: Acariciar la tierra.

Escarlata: El color del poder.

Escarlatina: Uno de los precios de salir de la placenta.

Escarmentar: El ineludible costo de la experiencia.

Escarmiento: La lección recurrente del esclavo que se cree una persona libre.

Escarnecer: 1. La plática del mal. 2. Manifestación del ultraclasismo.

Escarnio: El suicidio social ejercido por el sistema.

Escarola: Comestible solo con salsa de romesco.

Escarpia: El sustento vital de un cuadro.

Escarpín: El relax del pie.

Escasamente: La lógica sobre la sinrazón.

Escasear: El trabajo remunerado para ciertas profesiones y para ciertas edades.

Escasez: De claridad mental.

Escaso,-sa: Personas sin sesgos cognitivos.

Escatimar: Un hurto sigiloso.

Escatología: La regla general de una imperante moda vulgar.

Escayola: 1. La ilusión de la solidez. 2. Un blanqueador de fealdades.

Escena: La vida.

Escenario: La realidad.

Escénico, -ca: Cuando el despertador matinal levanta el telón del día.

Escenografía: El hábitat de cada persona.

Escepticismo: (Social) En retroceso por ausencia de un pensamiento crítico colectivo.

Escéptico,-ca: El filósofo por antonomasia.

Escisión: La Razón del fundamentalismo ideológico o religioso.

Esclarecer: Impetuosidad existencial del libre pensador.


Última entrada: Entelequia / Epifanía XL Entrega

miércoles, 8 de junio de 2022

El Parado o Desempleado: un valor barato para el Mercado

Hacer mención al valor de las cosas es, en definitiva, entrar en materia de Filosofía de la Economía. Puesto que fijar cualquier valor monetario, mal le pese a los ultraliberales, deviene uno de los principios morales fundamentales de la ciencia económica, ya que dependiendo de la naturaleza de dichos principios se proyectará uno u otro tipo de ética social. Así pues, dime qué valor le otorgas a las cosas y te diré qué sociedad estás construyendo.

No obstante, para focalizar la presente reflexión sobre el valor de las cosas debemos aterrizar, a modo introductorio, en las arenas tan pragmáticas como especulativas de la Economía y, más específicamente, en la Teoría del Valor (paradójicamente formulada por Karl Marx) que sostiene que el valor de algo es directamente proporcional al trabajo socialmente necesario para producirlo. Es decir, que el valor de las cosas se calcula en base al tiempo-costo promedio de los sectores productivos de la sociedad implicados (ya sea una planta fabril privada o un sistema público educativo) para crear o producir dicha determinada cosa. Una teoría, plenamente vigente siglo y medio largo después, elevada a categoría de ley en el actual mercado capitalista con un plus subjetivo fundamentado por el deseo de adquisición del ciudadano-consumidor, e indulgencia mediante del grado cuantitativo de los limitados recursos disponibles. [Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana]

Pero, si hablamos de un Parado, como persona en calidad de fuerza de trabajo activa desempleada stricto sensu, ¿qué valor tiene socialmente en términos económicos?. Desde el punto de vista de la Economía, tanto en su dimensión como valor de uso (que es aquel intrínseco que posee para satisfacer una necesidad), como en su dimensión de valor de cambio (que es aquella valoración monetaria que el Mercado le otorga como entidad susceptible de transacción comercial), queda claro que el Parado no tiene valor económico alguno. Lo cual no significa, contrariamente, que una persona desempleada no tenga valor social, amén a sus derechos civiles, políticos y sociales inherentes. Así pues, en términos estrictamente sociológicos, ¿qué valor tiene un Parado?.

Para dar respuesta a la pregunta planteada, me permito acogerme al espíritu universal, por acorde a Moral (humanista), de la Ley del Valor y del Precio estipulada por el grupo de intelectuales del siglo XVI que formaron la llamada Escuela de Salamanca (cuna de la ciencia económica occidental), los cuales estipularon que el valor de las cosas no depende de su necesidad entendida en sentido subjetivo o utilitarista, sino objetivo. O, lo que es lo mismo y extrapolado al caso que nos ocupa, un Parado no tiene valor de uso y de cambio monetario por lo que hace o aporta a una sociedad productiva, sino en tanto que ES una persona en calidad de ser social amparada de manera inalienable por los derechos naturales fundamentales. Y que, por tanto, su valor económico social viene determinado, por defecto, por el precio justo del costo en la cobertura de sus necesidades básicas para el desarrollo de una vida digna, cuyo valor debe fijarse contextualmente mediante derecho positivo por parte de un Estado garantista.

No obstante, a nadie se le escapa que vivimos en un sistema de organización social basado en la economía de mercado en un mundo globalizado, donde los Estados como comunidades sociales soberanas e independientes ciertamente están supeditados a una entidad supraestatal que denominamos Mercado (Ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial). Y que es justamente el Mercado, con sus opacos y antidemocráticos por no electos consejos de gobierno, quien determina el valor económico social de las cosas, Parados incluidos (grupo social que puede extenderse a la familia de los trabajadores precarios). Pues éstos, más allá de sus derechos civiles, políticos y sociales en calidad de supuestos ciudadanos libres, viven y se desarrollan bajo la lógica productivista del Mercado. He aquí la coexistencia de dos conceptos de valores antagónicos: dígase el relacionado con la cualidad que tiene el Parado al ser considerado como un bien social a la luz de la Moral (de la que bebe los principios rectores de todo Estado Social y Democrático de Derecho), dígase el relacionado con la cualidad que tiene el Parado al ser considerado como un bien utilitario en un sentido de bien económico transaccionable dentro de un contexto capitalista. Un pulso entre dos conceptos de valor del Parado en igual sentido y opuesta dirección del que extraemos, evidencia empírica sociológica mediante, que en la actualidad el valor productivista se impone holgadamente a cualquier consideración posible referente al valor moral del Parado, quedando éste desprotegido socialmente en la cobertura de sus derechos más fundamentales. Es decir, el Parado resulta ser de facto un valor barato por insignificante en referencia a la escala del omnipotente engranaje del Mercado. O, dicho en otras palabras, el Mercado contemporáneo percibe en sus cuentas de explotación como irrelevante los altos porcentajes sociales de personas desempleadas existentes (ignorando por tanto la correspondiente suma de historias de desgracias personales), por lo que no considera a priori la necesidad de autorregularse en este sentido.

Otro cantar pudiera ser, a corto y medio plazo, y derivado por el aumento imparable de la brecha de desigualdad social existente, por el progresivo incremento del costo de la vida, y por el previsible desabastecimiento global de productos básicos, que el orbe occidental se vea inmerso nuevamente en una crisis de subsistencia semejante a las acaecidas en la Europa del siglo XV hasta prácticamente la Segunda Guerra Mundial con los denominados motines del pan, donde la multitud pretendía asegurarse el abastecimiento suficiente de alimentos básicos (fundamentalmente pan) a un precio asequible, generando los consiguientes estallidos y conflictos sociales que tuvieron lugar en la época. Sería presumiblemente entonces que el Mercado tal y como lo conocemos, en su afán de supervivencia, virase hacia una Economía Moral para hacer frente a un comportamiento generalizado de la población distinto a lo que presupone las reglas de una economía liberal, ayuda mediante de la intervención de los Estados en materia de políticas sociales paliativas (Ver: El Capitalismo neoliberal ha muerto ¡Viva el Capitalismo Humanista!). Y, en este contexto, sin lugar a dudas el Parado o Desempleado cotizaría en un valor caro para el Mercado por penalización social.

Futuribles posibles aparte a las puertas de una crisis alimentaria y energética que nadie desea, mientras la tensión actualmente existente entre la oferta y la demanda aguante, y el ciudadano-consumidor medio persista en su infinita paciencia de adaptarse -tal si padeciera del síndrome de la rana hervida- al progresivo aumento del estado de injusticia social al que se ve sometido impúdicamente, el Parado o Desempleado continuarán siendo un valor barato para el Mercado.  



viernes, 3 de junio de 2022

Punto y aparte, un proceso vital en las personas

Conocemos el punto y aparte como aquel signo de puntuación ortográfico que marca el final de un párrafo dentro de un texto y que, sin ser el final del mismo texto, da paso a un nuevo párrafo. Es decir, el punto y aparte es un cambio de ritmo de una historia, pero no así su final, pues se asemeja al pasar una página o un capítulo inclusive de un libro. Un interruptus que bien puede extrapolarse a algún momento experimentado en el continuo narrativo de la historia de una persona. Una imagen metafórica que desde hace días atrás clama mi atención reflexiva al saber la intención, de la mano de un ser querido, de tatuarse en el cuerpo dicho signo de puntuación como manifestación y declaración de principios de una metamorfosis personal experimentada en su línea vital.  

Lo que está claro es que el punto y aparte se revela en la vida de una persona ante una rotura o caducidad del sistema de referencias de su realidad más inmediata, que hasta la fecha se consideraba como válido por útil. Pero la rotura o caducidad de dicha inercia existencial temporal no deviene en punto y aparte stricto sensu hasta el preciso momento en el que la persona tiene consciencia de ello, pues el punto y aparte, antes de devenir de facto en un cambio de paradigma en la vida de la persona, es previamente un efecto inflexivo psicoemocional. O, dicho en otras palabras, sin consciencia de la rotura o caducidad de una situación personal como causa no puede existir un punto y aparte existencial como efecto.

Por otro lado, cabe apuntar que no hay parto sin dolor, por lo que la experiencia consciente de algo que se ha roto o que ha llegado a su fin en nuestras vidas no es un proceso aséptico, pues somos seres inherentemente sintientes, y nuestro mundo emocional como sistema primario cognitivo existe justamente para reaccionar frente a los estímulos de nuestro entorno. ¿Quién puede sentirse bien ante el hecho de percatarse que aquello que creía que era ya no es, y que las expectativas puestas en una historia personal han saltado por los aires?. Lo cierto es que nadie. Por lo que emocionalmente el proceso del punto y aparte, consciencia mediante, suele transitar en su duelo sanador singular de la experiencia de la tristeza por impotencia, a la rabia por desagrado, y de ésta a la aceptación por racionalización de la nueva realidad.  

Sí, el vacío en el salto interpárrafos de nuestra propia historia personal, propio del proceso natural del punto y aparte, está lleno de sombras, fantasmas y temores por un futuro incierto que debe reconstruirse sobre los escombros de los cimientos que aún queden en pie. Pero la línea narrativa vital, en contra de estancarse, continúa en su flujo existencial. Pues lo único certero es que la vida siempre prosigue y que, como ya apuntó Heráclito hace más de 27 siglos, nunca nada es siempre igual. Una lección de Impermanencia que si bien la vida no se cansa de repetirnos hasta la saciedad (y más si cabe en estos tiempos presentes), la psiqué humana se resiste a admitirlo en nuestra tozudez por aferrarnos a la ilusión de una zona de confort personal que, en muchas ocasiones, no nos damos cuenta que no es tal hasta que nos vemos obligados a salir de ella.

Pero tras el salto del vacío interpárrafos de nuestra narrativa individual, en un proceso tan catársico (por doloroso) como metamorfósico (porque ya no somos los mismos), reencontramos la paz y el equilibrio interior en la liviandad del ser al habernos desprovisto, aunque haya sido por la fuerza de las circunstancias, de un espacio vital que ya estaba roto o caduco y que únicamente lastraba nuestra experiencia, tal enorme peso de una losa cargada a hombros, que nos impedía volar sobre nuevos y renovados horizontes. Pues, el efecto psicoemocional del punto y aparte resulta una oportunidad para que las personas no solo salgan renovadas, sino asimismo actualizadas en una mejor versión de sí mismas frente a la nueva realidad. Al fin y al cabo, éste es un proceso de autoconocimiento y de crecimiento personal, en el que la persona, si es capaz de reencontrar la luz de su propia esencia más allá de los determinismos contextuales que falsamente decretaban su sentido de identidad, sale fortalecida como ser humano en la reafirmación de su propia mismidad. O, lo que es lo mismo, aprende a ser fiel a sí mismo a la par que aprende a no ceder su autoridad individual frente a terceras personas o circunstancias que buscan confundirlo, distorsionarlo e incluso encadenarlo en una vida que no es propia y que, por ende, vende una falsa felicidad ajena llena de puntos y seguido. Aunque esta es una evolución que requiere experiencia vital mediante, no exenta de la dualidad prueba-error. Pero, para todo error, aun consentido en el tiempo por inconsciencia vital, existe la gracia personal del punto y aparte. Abramos pues los ojos, a la luz de la consciencia, y llenemos nuestro libro personal de tantos puntos y aparte como requiramos en nuestro desarrollo como seres humanos. Que nadie, absolutamente nadie, escriba nuestro libro por nosotros, pues nadie puede vivir la vida por otro. Fiat lux!