domingo, 15 de mayo de 2022

La era de los Robots transformará la clase trabajadora humana en una clase social ociosa

La injerencia cada vez más patente de la era robótica en todos los niveles de la sociedad humana, de carácter tan progresiva como imparable, no cambiará las reglas de juego de la hegemónica economía de libre mercado, entendida ésta como un orden social mundial basado en que los medios de producción deben ser de propiedad privada, el mercado sirve como mecanismo para asignar los recursos escasos de manera teóricamente eficiente y el capital sirve como fuente para generar riqueza. Ni tampoco cambiará el status quo de los cuatro grandes poderes económicos mundiales, fundamentados en la industria energética, la industria sanitaria, la industria alimentaria y la industria militar, no seamos ingenuos. Pero sí que va a producir profundos cambios en el mercado laboral tal y como lo entendemos, ya que de manera inevitable la mano de obra productiva va a dejar de ser humana para pasar a ser robótica en un futuro a medio plazo, a la luz de la búsqueda empresarial del dorado que representan los principios de la eficiencia, la eficacia y la efectividad en las cadenas de valor de todo bien de servicio y producto para consumo de masas.

Un proceso evolutivo hacia una nueva era de la sociedad humana que si bien hace tan sólo casi seis años atrás podía intuirse, tal y como ya reflejé en mi reflexión de entonces bajo título “Los Robots cotizarán en la Seguridad Social (y cambiarán la sociedad)”, hoy en día es casi una evidencia que se respira en el aire (Alemania ya ha declarado en enero de este año que quiere que los robots coticen para pagar las pensiones) a falta de consumar la transición a dos décadas vista gracia mediante de la nueva generación de robots más o menos humanoides (díganse los Tesla Bots u Optimus Subprime) a punto de entrar en escena en el mercado laboral productivo. Ya entonces por el 2016, la perspectiva de una nueva realidad que introduce la figura del robot en nuestras sociedades me hacía reflexionar sobre la evolución de la humanidad en sí misma. No tanto hacia dónde nos dirigimos, sino cómo nos desarrollamos o evolucionamos. Pues si bien pensábamos que el zenit de la humanidad llegaría por un alto nivel de desarrollo humanista, que vendría de la mano de una justicia social equitativa y un respeto y promoción por la diversidad y diferencia de talentos e inteligencias múltiples existentes entre los seres humanos, parece que estábamos bien equivocados. Ya que todo apunta a que el Humanismo -entendiéndolo como la capacidad de asegurar un bienestar mínimo para el conjunto de los ciudadanos- va a ser repensado por desarrollado mediante la creación de una nueva especie inteligente, inferior en derechos pero superior en altas capacidades, para que trabaje por los seres humanos: los robots.

Frente a este futurible escenario, donde la mano de obra trabajadora va a ser irremediablemente robótica de manera transversal al conjunto de áreas productivas de la sociedad humana (principalmente y en una primera fase en el denominado primer mundo), la pregunta que se tercia es doble: ¿de qué vivirá el ser humano medio si se le excluye de la posibilidad de trabajar por eliminación de facto del principio de oportunidad social real, en beneficio de las altas capacidades de los robots? Y, ¿a qué tareas existenciales por cotidianas se centrará entonces la mayoría del conjunto de la sociedad humana excluida del mercado laboral?.

Respecto a la primera pregunta, lógica mediante, si bien las sociedades humanas se basan en un sistema económico de libre mercado que camina de manera imparable hacia su robotización integral, dichas sociedades se organizan bajo principios políticos bajo la figura tutelada de los Estados. Los cuales, por puro instinto primario de evitar cualquier posible contexto social distópico que genere inestabilidad política y ponga en peligro el orden del establishment imperante, se verán obligados a desplegar de manera progresiva un paraguas político de cobertura de derechos sociales a sus ciudadanos para garantizarles una vida digna, dígase Estado de Bienestar Social, con independencia del régimen más o menos democrático de dichos Estados. Unos derechos sociales que deberán ser retribuidos a los ciudadanos de manera tan indirecta, como es el caso del acceso a la Sanidad, a la Educación o al Transporte público; como de manera directa, como es el caso de la posibilidad de acceder a una vivienda o de asegurar una alimentación y una vestimenta diaria digna, en cuyo supuesto deberá instrumentalizarse algún tipo de renta mínima vital y universal (ya en fase de consolidación en muchos países democráticos). Es decir, el ciudadano medio, en un contexto de un mundo robotizado que monopolizará el mercado laboral y que por tanto liquidará los principios sociales de Igualdad y de Oportunidad, tan solo podrá vivir mediante subsidio del Estado por una prestación económica, directa e indirecta, de duración indefinida y, previsiblemente, especialmente dirigida a una presumible gran parte de la población no activa aun estando en edad de trabajar.  

Expuesto lo cual, la pregunta obligada que se deriva no es otra que dé respuesta a cómo los Estados van a costear dichos subsidios masivos. La respuesta no podemos encontrarla más que en la propia capacidad productiva de valor de la mano de obra robótica. Ed decir, los Estados van a verse obligados a transitar de un PIB nacional de base humana a otro de base robótica, donde ésta acabará por acaparar la suma del valor de todos los bienes, servicios e inversiones de un país. De hecho, las altas capacidades de la Inteligencia Artificial (Ver, como ejemplo:  La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas), en su valor competitivo exponencial, ayudarán sin lugar a dudas a desbloquear el nivel de crecimiento de las actuales economías occidentales estructuralmente estancadas, mediante la innovación en nuevos activos económicos para el bienestar y el consumo humano, fuentes energéticas innovadoras incluidas. Un proceso que sin lugar a dudas vendrá de la mano de las grandes compañías tecnológicas como motores disruptivos de la economía, así como de cambios en la legislación sobre el tratamiento de los robots en calidad de entes productivos cotizantes para las arcas del Estado.

Mientras que, respecto a la segunda pregunta de a qué van a dedicar su vida los ciudadanos subsidiados por el Estado, en un mundo en el que mayoritariamente no podrán trabajar de manera productiva (a excepción de una pequeña élite adaptada para los nuevos trabajos tecnológicos de alto valor), la respuesta es simple por exclusión: al sector cuaternario y de ocio. Como sabemos, entendemos como sector cuaternario a aquella parte de la economía no productiva basada en la gestión del conocimiento, tales como la educación, la consultoría, la investigación, la cultura e incluso la política; es decir, todos aquellos servicios imposibles de mecanizar, o al menos de momento (pues ya conocemos la existencia, por ejemplo, de casos de robots ya integrados en administraciones públicas como burócratas o inclusive en escuelas como profesores). No obstante, sea como fuere, será interesante observar qué porcentaje de la población subsidiaria se decanta, en un futuro robotizado, por el sector cuaternario o por el sector ocio. Un ocio cada vez más virtual, sea dicho de paso y Metaverso mediante a la esquina de la década, que todo apunta a que se consagrará como el nuevo opio intraneuronal del pueblo para regocijo y control de masas por parte de los actores del nuevo orden social imperante. Entonces, podríamos preguntarnos, ¿para qué se necesitarán a los nuevos ciudadanos subsidiados en un mundo robotizado? La respuesta es diáfana: por su valor de ciudadanos-consumidores, pues no hay posibilidad de generar riqueza en una economía de libre mercado, por muy robotizada que sea, sin consumidores de los bienes y productos producidos. De hecho, un sistema económico de mercado, sin consumidores, no es un sistema económico de mercado. He aquí que la razón de existencia futura del hombre contemporáneo medio se salva por la campana.

Otro cantar derivado del escenario expuesto será la capacidad de libre albedrío y de pensamiento crítico que tendrá el nuevo hombre en la era robótica, cuya realidad -bajo parámetros estrictamente de extrapolación estadística sociológica- dejará de ser natural, en el horizonte de un futurible próximo, por imposición de un metaverso virtual bajo control impositivo de una mente colectiva tecnológica que anulará la individualidad (como ya somos testigos en la actual era de las redes sociales y del internet dirigido algorítmicamente, y que se verá maximizado por la nueva tecnológica de la interfaz mente-ordenador que ya se anuncia), lo cual potenciará la deseducación generalizada en la capacidad reflexiva y analítica de pensar del ciudadano medio, castigando asimismo la escasa opinión divergente que resista aunque esté fundamentada en los principios de la Lógica por ser contraria al pensamiento único impuesto, y por ende abocando al Humanismo al suicidio social. Y todo ello con nuevas e ingeniosas herramientas de control de masas complementarias, en materia política, como son los incipientes créditos sociales más o menos enmascarados que premian o penalizan las conductas humanas cotidianas. Es decir, la libertad, como principio vertebrador de un sistema de organización social democrático y como principio fundamental para la vida digna de las personas, va camino de cederse colectivamente -de manera tan inconsciente como voluntaria- a favor de un sistema totalitario que provea y asegure una vida existencial ociosa al hombre medio subsidiado por el Estado en plena era robótica.   

Sí, sin lugar a dudas, la era de los Robots transformará la clase trabajadora humana en una clase social mayoritariamente ociosa, cuyo precio, no obstante, se prevé alto para los derechos civiles, sociales y políticos del hasta la fecha denominado hombre libre. Un hombre que si bien se encuentra irrefutablemente ante las puertas evolutivas de una nueva especie de ser humano -dígase transhumano, posthumano o metahumano, tecnología mediante-, que coexistirá a la par con una nueva especie de seres artificiales inteligentes, asimismo inicia una nueva era que se caracterizará por el ocaso de la humanidad, y por extensión del Humanismo, conocido desde los albores de las primeras civilizaciones. Y no, no es pesimismo como un colega me criticaba hace poco en una tertulia discernida, sino proyección de una realidad futura plausible a la luz de los datos evolutivos de la sociedad contemporánea.

Como vemos, y tras la presente exposición somera del tema que nos ocupa, las implicaciones que nos vienen en el proceso irreversible de la substitución de una mano de obra humana por otra robótica son muchas y profundas, lo que generará un cambio disruptivo en las sociedades humanas (al menos del primer mundo, en una primera fase), y para la metafísica y la gnoseología como materias de estudio identitario del propio ser humano. Por lo que, llegados a este punto y a modo conclusivo, sólo cabe revindicar más Robología y menos evolución socio-tecnológica a ciegas.