sábado, 16 de abril de 2022

La serenidad se manifiesta de Azul

Costa Brava, Abril 2022. Foto: Teresa Mas de Roda
Si bien el hombre es un ser cuya naturaleza se desarrolla en un irremediable mar de tensiones, tanto a nivel personal como social, de igual manera su cansina dualidad le impulsa periódicamente a buscar, aunque sea por puro agotamiento, estadios de armonía. Pues hasta el guerrero más belicoso necesita de tanto en cuando reencontrarse con un remanso de serenidad. Estado psicoemocional éste que, si fuera pintado, no pudiera expresarse mejor que a través de uno de los tres colores básicos percibidos por la limitada capacidad cognitiva humana: el azul (A diferencia de otros animales, como las mariposas y ciertas aves, peces y reptiles, que poseen más células fotosensibles o conos en sus retinas permitiéndoles ver una gama mucho más amplia de colores, haciendo del planeta una experiencia sensitivo visual que bien pudiera parecer de otro mundo a ojos del ser humano).

No en vano, cuando descansamos la mirada en el azul del cielo o el azul del mar encontramos el tan anhelado sosiego de espíritu. He aquí, en primera instancia, una doble interacción física y emocional para nuestra finita naturaleza orgánica. Física, porque percibimos visualmente el color azul y no otro, ya que el aire del cielo tan solo atrapa las longitudes de ondas más cortas de la luz solar (azul) dejando pasar las más largas (rojo y amarillo), mientras que el mar por su parte si bien absorbe la luz correspondiente a la parte roja del espectro de luz, refleja en el agua la parte más azulada. Pura teoría física del color. Y Emocional, porque todas las emociones humanas no son más que frecuencias vibratorias con una longitud de onda determinada que afecta a nuestro organismo y que conceptualizamos intelectualmente cerebro mediante, por lo que siendo el color una longitud lumínica captada en nuestro campo visible del espectro electromagnético dicha información estimula en nuestro cerebro un significado emocional singular y no otro. Es decir, emociones y colores no solo pueden catalogarse mediante escalas de frecuencias vibratorias de longitud de onda, sino que incluso mantienen correspondencia vibratoria entre sí en nuestra pequeña cosmología humana.

Pero volvamos al color azul y a su correspondencia emocional. La interacción del azul en el cerebro humano nos genera, fisiológicamente, emociones que catalogamos de serenidad, armonía y confianza, generando un estado físico de relajación. Un proceso de respuesta psicoemocional humano que podemos catalogar de universal, con independencia de ciertos determinismos culturales que, no obstante, no trascienden a la substancia perceptiva del color azul. No obstante, como el color azul no tiene una longitud de onda única y fija, al igual que sucede con el resto de colores, sino que en su fotorrecepción se mueve en una horquilla entre 22 millonésimas partes de un milímetro (nm), podemos encontrarnos con más de 30 variedades de tonos de azul diferentes en una paleta de color. Expuesto lo cual, ¿podemos aún así hablar de una correspondencia emocional universal?.

Sin lugar a dudas así es, siempre y cuando diferenciemos entre emociones primarias por transversales y emociones secundarias por sagitales. Es decir, todas las tonalidades del color azul ejercen sobre el ser humano unas emociones primarias de serenidad, armonía y confianza como eje transversal a su naturaleza cromática manifestada, otorgándole por tanto un valor universal. Mientras que cada una de dichas tonalidades de azul, de manera individual, despliegan a su vez un conjunto de emociones secundarias complementarias de valor sociocultural por accidentales. Tanto es así que si agrupásemos la totalidad del espectro del color azul en cuatro grandes subfamilias tales como azul cielo o claro, azul marino, azul oscuro y azul turquesa, por sintetizar, podemos observar por deducción que si bien transversalmente comparten los valores emocionales universales antes mencionados, asimismo sagitalmente cada uno de ellos cuenta con un abanico de emociones perceptibles secundarias y específicas. En este sentido, el azul cielo o claro nos evoca sus emociones secundarias de quietud, protección, generosidad, y tranquilidad; el azul marino nos evoca sus emociones secundarias de fidelidad, compromiso, orden divino, y libertad; el azul oscuro nos evoca sus emociones secundarias de verdad, estabilidad y moderación; y el azul turquesa nos evoca sus emociones secundarias de creatividad, inspiración y autocontrol; por poner algunos ejemplos, y siendo conscientes que dicha tabulación puede ser susceptible de alteración y cambio bajo determinismos culturales y subjetivos. Así pues, que cada cual haga uso del tono de azul que más le plazca y convenga en cada caso, al amparo de la búsqueda de un estado emocional de serenidad interior requerido.

Sí, sea el tono azulado que sea que elijamos, categóricamente el color azul tiene un efecto calmante en los seres humanos, pudiendo cambiar nuestras ondas cerebrales a una mentalidad más tranquila y relajada. Aunque personalmente, por elegir, prefiero disfrutar del azul del mar y junto al mar como buen mediterráneo que soy, pues además de su poder curativo cromático el mar nos proporciona iones negativos (iones de oxígeno con electrones adheridos adicionales) que tienen la capacidad de calmar nuestra mente, y que conjuntamente con el repetitivo sonido de las olas rompiendo en la playa contribuyen al fortalecimiento y curación del cerebro, afectando directamente a la generación de un estado positivo de la psique. No en vano, no existe color sin entidad que a modo de huésped absorba sus longitudes de onda lumínicas, por lo que ambos forman parte de una simbiosis indivisible, cuyas propiedades en suma debemos saber aprovechar inteligentemente para beneficio propio. Pero no hay que acongojarse si no tenemos el mar a mano, pues allí donde hay un punto de azul, por pequeño que sea, reside todo un inmenso océano de serenidad que, con un poco de nuestra atención, espera inundarnos para nuestro armonioso deleite íntimo y personal.

Ver: Cromaontología del Filósofo Efímero