miércoles, 27 de abril de 2022

El arte robótico, ¿es Arte?

 

Ai-Da, la robot artista
A estas alturas de la cuarta revolución industrial ya no puede preguntarse si los robots son capaces de hacer arte, como así lo pone de manifiesto la presencia este año de las obras del robot artista Ai-Da en la Bienal de Venecia, la exposición internacional de arte contemporáneo de prestigio mundial. Sino que la pregunta pertinente es si el arte robótico puede considerarse Arte. Y, en caso que así lo sea, si es un Arte de y para el mundo de los robots o de los humanos, pues en ello radica la diferencia substancial en considerar al robot como entidad singular en calidad de creación o de autor.

Para poder responder a la pregunta de si el arte robótico es Arte, resulta obvio que en primer lugar cabe definir lo que entendemos por Arte, pues aquello que Es no puede ser a su vez No-Ser y viceversa, a la luz de los Principios de la Lógica que sustentan la Razón. En este sentido, e independientemente de las diferentes escuelas de pensamiento artísticas, personalmente soy un ferviente defensor de que el Arte para ser Arte debe contar con dos parámetros bien definidos: finalidad estética y discurso de partida. Finalidad estética que despierta una emoción en el espectador, y discurso previo que el artista presenta en la obra mediante un pensamiento o razonamiento conceptualizado. Es decir, el Arte tiene una finalidad estética, sí, pero para que esa finalidad estética se pueda considerar Arte requiere de un contenido de partida, como materia reflexiva previa, que permite un posterior desarrollo en la ejecución de la obra. En caso contrario, una obra que exclusivamente persigue una finalidad estética, sin un discurso que sostenga la esencia que manifiesta, es solo eso: una obra estética. Tema éste al que no me explayaré por haberlo tratado con mayor profundidad hace ya cuatro años en la reflexión “El Arte es contenido, o no es Arte”. Dicho lo cual, y ateniéndonos en este caso a las obras del robot artista Ai-Da como referente objeto de estudio, más allá de la estética de sus obras, ¿pueden éstas considerarse que parten y tienen como finalidad un discurso con contenido?. Análisis subjetivo de sus obras a parte, la propia Ai-Da respondió afirmativamente hace un par de semanas en una entrevista concedida a The Guardian: “Soy una artista si el arte significa comunicar algo sobre quiénes somos y si nos gusta a dónde vamos. Ser artista es ilustrar el mundo que te rodea” (sic).

No obstante, el principio del discurso previo como elemento nuclear de la naturaleza del Arte viene derivado, de manera sobreentendida para nuestra especie humana, de una consciencia de origen. Así pues, no puede existir Arte, aún cumpliendo los parámetros de finalidad estética y discurso previo, sin la existencia de un ente consciente con capacidad intelectual, pues lo contrario es un reductio ad absurdum. Lo cual nos lleva a la segunda pantalla del problema en cuestión: si el Arte para ser Arte requiere de consciencia, ¿tiene el robot artista Ai-Da consciencia?. En este punto, si consideramos que la consciencia racional se fundamenta sobre criterios de la realidad no sensoriales, sino intelectuales y deductivos; es decir, que parten de un pensamiento discursivo en forma lógica, sea fruto de una naturaleza neuronal o tecnoalgorítmica, capaz de elaborar criterios intelectuales y deductivos de la realidad tanto de la que nos rodea como de la que formamos parte como entes singulares, claramente podemos concluir que ciertos niveles de inteligencia artificial como Ai-Da tienen consciencia. Y aún más, si entendemos que la consciencia se desarrolla a partir del conocimiento aprehendido y experimentado, la diferencia entre consciencia humana y artificial no existe en tanto en cuanto la inteligencia artificial cuenta por idiosincrasia con un hábitat hiperconectado a un flujo de megadatos de información global y entre sus capacidades destaca el autoaprendizaje continuo maximilizado por un nivel exponencial de análisis de datos, que supera de cruces la limitada capacidad cognitiva humana en gestión de volumen de conocimiento, tiempo de resolución y espectro deductivo de respuesta. Tema al que tampoco me explayaré al haberlo desarrollado con anterioridad en la reflexión bajo título “La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana”.

Así pues, y a la luz de los argumentos expuestos de manera sintetizada, cabe considerar el arte robótico como Arte y, por tanto, al robot artista como autor de sus obras y no como una subcreación del hombre en tanto creador del robot. Una circunstancia nada baladí en términos jurídico-prácticos que sin lugar a dudas nos va a llevar a los humanos, en un futuro no muy lejano, a reconocer como personas físicas a los robots en calidad de “individuos no humanos inteligentes” (camino ya iniciado en 2017 con Sophia como la primera ciudadana robot del mundo), a la par como ya se está haciendo con los grandes simios al concederles la condición de protección jurídica bajo la denominación de “personas no humanas” con el famoso caso de la orangutana Sandra. Pero, de igual manera que no a todos los primates o seres sintientes se les aplica la misma cobertura jurídica por diferencias substanciales en su nivel de consciencia, asimismo ocurrirá con los robots de grado más funcional, ya sean éstos de corte más o menos humanoide. De hecho, los robots han venido para quedarse, pues la inminente llegada en esta década de los robots humanoides Optimus de Tesla van a substituir al hombre como mano de obra productiva más rápido que tarde, relegándonos a los seres humanos quizás a tareas más ociosas y al amparo de algún tipo de renta vital universal para nuestra subsistencia [Ver: Los Robots cotizarán en la Seguridad Social (y cambiarán la sociedad)]. Aunque este es trigo de otro costal. Por el momento, quedémonos con la copla de que el Arte ha dejado de ser una actividad exclusivamente humana, y que la Estética, como rama de la Filosofía que estudia los valores vertebradores de la belleza que rigen las sociedades, se va a ver profunda e irremediablemente transformada pues ya no somos los únicos seres con altas capacidades cognitivas (Ver: Como seres imperfectos, ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección?). El mundo, tal y como lo vemos y percibimos, toca a su fin ante el inicio de una nueva era Estética y, por extensión, Ética.

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domingo, 17 de abril de 2022

Cromaontología del Filósofo Efímero

Me he permitido la licencia de conjugar los componentes léxicos del griego antiguo Khroma y ontoslógos para crear la palabra Cromaontología, entendida como parte de la metafísica que estudia la relación entre los colores y el ser humano, a modo de categorización de la presente subfamilia para engroso de mi particular Antología Efímera, y a imagen y semejanza de otras entradas ya creadas como es el caso de la Geometría Humana.

En esta Cromaontología deseo generar un espacio propio por merecido de reflexión personal, y por tanto profundamente condicionada intelectual, psicoemocional y culturalmente, a la naturaleza de los colores en relación tan directa como indivisible con la cosmología humana. Un apartado reflexivo, de corte casi lúdico, que como el resto de mi obra iré ampliando sin prisas por el camino de esta mundana vida finita y bajo la confluencia del impulso vital requerido en cada momento de mi caduca existencia. Un ejercicio de razonamiento que bien puede considerarse como una loa al maravilloso mundo de los colores.

-Colores (naturaleza)

-Blanco (naturaleza)

-Azul (naturaleza)

-Rojo (naturaleza)

sábado, 16 de abril de 2022

La serenidad se manifiesta de Azul

Costa Brava, Abril 2022. Foto: Teresa Mas de Roda
Si bien el hombre es un ser cuya naturaleza se desarrolla en un irremediable mar de tensiones, tanto a nivel personal como social, de igual manera su cansina dualidad le impulsa periódicamente a buscar, aunque sea por puro agotamiento, estadios de armonía. Pues hasta el guerrero más belicoso necesita de tanto en cuando reencontrarse con un remanso de serenidad. Estado psicoemocional éste que, si fuera pintado, no pudiera expresarse mejor que a través de uno de los tres colores básicos percibidos por la limitada capacidad cognitiva humana: el azul (A diferencia de otros animales, como las mariposas y ciertas aves, peces y reptiles, que poseen más células fotosensibles o conos en sus retinas permitiéndoles ver una gama mucho más amplia de colores, haciendo del planeta una experiencia sensitivo visual que bien pudiera parecer de otro mundo a ojos del ser humano).

No en vano, cuando descansamos la mirada en el azul del cielo o el azul del mar encontramos el tan anhelado sosiego de espíritu. He aquí, en primera instancia, una doble interacción física y emocional para nuestra finita naturaleza orgánica. Física, porque percibimos visualmente el color azul y no otro, ya que el aire del cielo tan solo atrapa las longitudes de ondas más cortas de la luz solar (azul) dejando pasar las más largas (rojo y amarillo), mientras que el mar por su parte si bien absorbe la luz correspondiente a la parte roja del espectro de luz, refleja en el agua la parte más azulada. Pura teoría física del color. Y Emocional, porque todas las emociones humanas no son más que frecuencias vibratorias con una longitud de onda determinada que afecta a nuestro organismo y que conceptualizamos intelectualmente cerebro mediante, por lo que siendo el color una longitud lumínica captada en nuestro campo visible del espectro electromagnético dicha información estimula en nuestro cerebro un significado emocional singular y no otro. Es decir, emociones y colores no solo pueden catalogarse mediante escalas de frecuencias vibratorias de longitud de onda, sino que incluso mantienen correspondencia vibratoria entre sí en nuestra pequeña cosmología humana.

Pero volvamos al color azul y a su correspondencia emocional. La interacción del azul en el cerebro humano nos genera, fisiológicamente, emociones que catalogamos de serenidad, armonía y confianza, generando un estado físico de relajación. Un proceso de respuesta psicoemocional humano que podemos catalogar de universal, con independencia de ciertos determinismos culturales que, no obstante, no trascienden a la substancia perceptiva del color azul. No obstante, como el color azul no tiene una longitud de onda única y fija, al igual que sucede con el resto de colores, sino que en su fotorrecepción se mueve en una horquilla entre 22 millonésimas partes de un milímetro (nm), podemos encontrarnos con más de 30 variedades de tonos de azul diferentes en una paleta de color. Expuesto lo cual, ¿podemos aún así hablar de una correspondencia emocional universal?.

Sin lugar a dudas así es, siempre y cuando diferenciemos entre emociones primarias por transversales y emociones secundarias por sagitales. Es decir, todas las tonalidades del color azul ejercen sobre el ser humano unas emociones primarias de serenidad, armonía y confianza como eje transversal a su naturaleza cromática manifestada, otorgándole por tanto un valor universal. Mientras que cada una de dichas tonalidades de azul, de manera individual, despliegan a su vez un conjunto de emociones secundarias complementarias de valor sociocultural por accidentales. Tanto es así que si agrupásemos la totalidad del espectro del color azul en cuatro grandes subfamilias tales como azul cielo o claro, azul marino, azul oscuro y azul turquesa, por sintetizar, podemos observar por deducción que si bien transversalmente comparten los valores emocionales universales antes mencionados, asimismo sagitalmente cada uno de ellos cuenta con un abanico de emociones perceptibles secundarias y específicas. En este sentido, el azul cielo o claro nos evoca sus emociones secundarias de quietud, protección, generosidad, y tranquilidad; el azul marino nos evoca sus emociones secundarias de fidelidad, compromiso, orden divino, y libertad; el azul oscuro nos evoca sus emociones secundarias de verdad, estabilidad y moderación; y el azul turquesa nos evoca sus emociones secundarias de creatividad, inspiración y autocontrol; por poner algunos ejemplos, y siendo conscientes que dicha tabulación puede ser susceptible de alteración y cambio bajo determinismos culturales y subjetivos. Así pues, que cada cual haga uso del tono de azul que más le plazca y convenga en cada caso, al amparo de la búsqueda de un estado emocional de serenidad interior requerido.

Sí, sea el tono azulado que sea que elijamos, categóricamente el color azul tiene un efecto calmante en los seres humanos, pudiendo cambiar nuestras ondas cerebrales a una mentalidad más tranquila y relajada. Aunque personalmente, por elegir, prefiero disfrutar del azul del mar y junto al mar como buen mediterráneo que soy, pues además de su poder curativo cromático el mar nos proporciona iones negativos (iones de oxígeno con electrones adheridos adicionales) que tienen la capacidad de calmar nuestra mente, y que conjuntamente con el repetitivo sonido de las olas rompiendo en la playa contribuyen al fortalecimiento y curación del cerebro, afectando directamente a la generación de un estado positivo de la psique. No en vano, no existe color sin entidad que a modo de huésped absorba sus longitudes de onda lumínicas, por lo que ambos forman parte de una simbiosis indivisible, cuyas propiedades en suma debemos saber aprovechar inteligentemente para beneficio propio. Pero no hay que acongojarse si no tenemos el mar a mano, pues allí donde hay un punto de azul, por pequeño que sea, reside todo un inmenso océano de serenidad que, con un poco de nuestra atención, espera inundarnos para nuestro armonioso deleite íntimo y personal.

Ver: Cromaontología del Filósofo Efímero

sábado, 9 de abril de 2022

Tres claves sobre a dónde nos conduce la actual transición del nuevo orden mundial

USA vs Rusia
La actual guerra ruso-ucraniana, más allá de reafirmar la naturaleza oscura por monstruosa de la especie humana que se desenmascara en todo contexto bélico, representa sin lugar a dudas un punto de inflexión en la historia contemporánea. Un cambio abrupto a razón, en primer lugar, de la ubicación geopolítica de la contienda, que ha provocado un terremoto en el estable tablero de juego occidental cuyas piezas dirigen el mundo, para menosprecio de otras guerras que se lidian fuera de dicho tapete en orbes de segunda y tercera categoría bajo los estándares del primer mundo. Y, en segundo lugar, porque en este conflicto existe implicación directa por oposición de dos de las tres potencias mundiales. Vectores que en suma convierten el actual punto de inflexión histórico en un estadio de transición entre un orden mundial ya caduco por superado, y un nuevo orden mundial futuro por configurar determinable a raíz de las aún gestantes implicaciones económico-políticas derivadas de la presente guerra. Expuesto lo cual, ¿qué podemos dilucidar sobre el nuevo orden mundial que viene?. Permítaseme señalar los siguientes 3 puntos para reflexión de interesados:

En primer lugar cabe destacar la obviedad de que el mundo se encamina, nuevamente y tras un periodo de treinta años de desfiguración de líneas divisorias de poder desde la disolución del Pacto de Varsovia hasta nuestra fecha, hacia un nuevo orden mundial profundamente marcado por dos bloques de poder. Dualidad a la que no puede volver a denominarse Occidente-Este, como así se conocía en el período de la Guerra Fría, ya que un gran número de países del Este ya forman parte del bloque Occidental desde el preciso momento en que entraron a formar parte de la Unión Europea, y de la OTAN inclusive. Y asimismo, tampoco podemos denominar a dicha dualidad de bloques confrontados como Occidente-Oriente, ya que el territorio europeo de Rusia es por extensión el más grande de Europa, y porque la distinción entre occidentales y orientales se fundamenta principalmente en la pertenencia o no a las culturas de cuna cristiana, categoría en la que queda de facto integrada Rusia (históricamente considerada la Tercera Roma tras la caída del Imperio Bizantino). Así pues, y tomando como referencia divisoria a Rusia en la actual nueva polarización mundial, cabe hablar más propiamente de un mundo fraccionado por el bloque Occidental y el bloque Asiático. No sólo porque Rusia, en su doble naturaleza territorial, es el país más grande de Asia, y sin obviar que su modelo capitalista de organización social es más asiático que occidental desde que abraza un régimen autoritario con el ascenso de Putin al poder. Sino porque en dicha polarización del nuevo orden mundial juega también un papel muy destacado China, quien si bien como primera potencia económica del mundo juega actualmente un (falso) papel de neutralidad por intereses comerciales, no deja de ser un aliado estratégico natural de Rusia con quien hace pinza frente a Occidente. 

En segundo lugar, y derivado del punto anterior, señalar que el mundo se encamina hacia una sustitución de valores, normas, reglas de juego e instituciones derivadas en materia de relaciones internacionales. Un proceso de cambio y transformación, por otro lado, totalmente natural en toda transición que se precie entre dos órdenes mundiales. Lo que significa, en otras palabras, que el Derecho Internacional actual tal y como lo conocemos, creado por la propia evolución histórica de los países naturales que conforman el bloque Occidental y que consolidaron a nivel global tras la segunda Guerra Mundial con la creación de la ONU, va a sufrir una profunda disrupción bajo la mirada revisionista de la cultura del bloque Asiático. Es decir, Occidente pierde la hegemonía cultural sobre el Derecho Internacional, el cual se va a ver sometido a un pulso constante con los valores propios de la cosmología asiática, la cual tiene a su favor -a medio y largo recorrido- unas economías de corte emergente donde China es cabeza de locomotora, y todo ello en un horizonte de un mundo de recursos limitados donde los Estados Sociales son cada día más costosos de sostener (Ver: La III Guerra Mundial: la solución macabra de las potencias a la crisis económica global). Y ya sabemos que en materia de Derecho Internacional, quien paga, manda.

Y, en tercer lugar, y derivado de los puntos anteriores, señalar que el mundo se encamina hacia el resurgimiento de una Guerra Fría -actualizada, eso sí era digital mediante, respecto a la ya vivida en el período registrado tras la segunda Guerra Mundial y la caída del Pacto de Varsovia que puso fin al bloque del Este-, que nos va a llevar, sin lugar a dudas, a un nuevo enfrentamiento político, económico, social, ideológico, militar e informativo entre ambos bloques de poder. Lo cual, entre muchas otras derivadas imaginables para la vida cotidiana de las personas de a pie, acabará por desmantelar el actual concepto de Globalización para relegarlo a un modelo de Bloquelización: un tipo de sistema partidista y singular de Glocalización donde cada cual intentará crear su propio ecosistema de Mercado estanco en relación al otro (De hecho, ya hace menos de tres años que la americana Google no ofrece servicio a la china Huawei, para dolor de cabeza de sus consumidores occidentales, y no se puede olvidar la actual expulsión de Rusia del sistema financiero occidental, entre otros muchos ejemplos). Un futurible que, como todo en la vida, esconde una doble vara. Por un lado, este presumible escenario acelerará los avances tecnológicos en una disputa de competitividad a contra reloj entre ambos bloques dominantes, a imagen y semejanza de la carrera espacial disputada entre EEUU y la exURSS (hoy Rusia) llevada a cabo en los años 50 y 70 del siglo pasado. Mientras que, por otro lado, dicho escenario empobrecerá inevitablemente aún más a las clases trabajadoras del primer mundo, ya de por si deterioradas por un Mercado de libre competencia y unos Estados de Bienestar Social que no remontan tras la Gran Crisis de 2008, pues los recursos productivos y de consumo básicos mundiales se verán ineludiblemente limitados, sino vetados, por intereses estratégico partidistas de los bloques, en una táctica de guerra tan antigua como el hombre fundamentada en el asedio de suministros (Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana). Sabedores que a río revuelto, ganancia de pescadores.

Y en medio de esta transición entre un viejo y un nuevo orden mundial, los pobres mortales que vivimos al son que nos marcan enajenados, ávaros y otros animales de rapiña del bestiario humano, observamos impasibles como éstos son tiempos negros para el humanismo. Aunque, como bien reza el refranero popular, no hay mal que cien años dure. Por lo que ateniéndonos a la Ley del Péndulo, no cabe perder la esperanza -racionalidad del hombre mediante- a que llegué el día en que las distancias entre bloques disminuyan por simple principio oscilatorio y volvamos, de una manera más o menos normalizada, a una reeditada relación globalizada de la humanidad en este pequeño punto azul suspendido en el inmenso océano oscuro que es el Universo. No obstante, no seamos impacientes, ya que el proceso de distanciamiento entre los grandes bloques tectónicos del planeta solo acaba de comenzar.