viernes, 25 de marzo de 2022

¿Por qué percibimos como propias descripciones objetivamente generales?

Hace unos días atrás, una conocida artista multidisciplinar octogenaria me comentaba que las poesías, si bien los poetas escriben para sí mismos, son entendidas como mensajes personales para todos aquellos que las leen. Lo cual es cierto. Ello me ha hecho recordar el famoso efecto Forer (también llamado efecto Barnum), que describe cómo las personas podemos concebir como específicamente propios descripciones que, paradójicamente, son en realidad vagas y lo suficientemente genéricas como para aplicarse a una amplia gama de individuos dispares entre sí. Tal y como sucede con los horóscopos, la adivinación, o incluso algunos tipos de test de personalidad, y que sin lugar a dudas el marketing de consumo sabe explotar magistralmente. Sólo tenemos que observar el influjo que los mal llamados influencers de la actual era digital ejercen sobre un número nada desdeñable de la población, a través de exponer públicamente sus rutinas diarias más privadas sin vergüenza ni decoro -promoción de marcas publicitarias mediante- por medio de las redes sociales, consiguiendo un falso efecto espejo con las vidas disociadas de sus fans o seguidores que se sienten psicoemocionalmente simbiotizados. En este punto, no puedo dejar de aconsejar mi reflexión crítica, plasmada negro sobre blanco hace poco más de tres años, bajo título: Los Influencers, el desalentador polígrafo de la sociedad.

No obstante, lo que sinceramente me importa no es tanto describir dicha situación sociológicamente foreriana, sino reflexionar sobre su fenomenología, lo cual es el objetivo central del presente artículo: ¿por qué percibimos subjetivamente como propias descripciones objetivamente generales?. La respuesta simple se halla en nuestra naturaleza egocéntrica, sin lugar a dudas, maximizada aún más si cabe por una filosofía de vida individualista al amparo de la cultura hedonista propia de una sociedad de mercado. Pero abordemos, con cierto atrevimiento, a buscar aquella respuesta más compleja por múltiple como método de análisis para dilucidar su casuística. En este sentido, personalmente percibo, sin profundizar excesiva ni ampliamente, tres grandes líneas argumentales que se retroalimentan entre sí a modo de proposiciones que desembocan en un mismo juicio de valor conclusivo. Veamos:

En primer lugar, solo puede entenderse el efecto Forer desde la aceptación de la nulidad del principio de dualidad Yo-Otros (o, Yo y no-Yo) en la naturaleza humana, donde la dicotomía entre la Parte (individuo) y el Todo (comunidad humana) no existe. Lo único existente es la diferencia de tiempos y espacios entre las diversas experiencias vitales que el Todo como entidad orgánica manifiesta, a modo de cubo de rubik que juega consigo mismo, entre sus diferentes Partes o miembros. O, dicho en otras palabras, todo ser humano, ante una misma circunstancia existencial, es susceptible de compartir potencialmente los mismos sentimientos y pensamientos, así como de reaccionar y relacionarse con su entorno más inmediato de la misma manera (Es por ello que la Historia no deja de repetirse). Por lo que la diferencia entre las expresiones psicoemocionales de las personas no se haya en su singularidad individual, mal le pese a ególatras y narcisistas, sino más bien en su diferencia circunstancial. Siendo la circunstancia accidental, mientras que la materia humana como taxonomía de la especie es substancial.

En segundo lugar, no puede entenderse el efecto Forer sin la intervención de un sesgo cognitivo de serie en la substancia psicológica de nuestra materia humana, el cual nos induce a aceptar como propios todos aquellos atributos positivos de una descripción objetivamente general, en detrimento mayormente de aquellos de carácter negativo que descartamos en modo automático. Una falacia en la validación identitaria personal, por devenir contrario al principio de realidad, que bebe directamente de un rasgo inherente al ser humano íntimamente ligado a nuestro ancestral instinto de supervivencia: la esperanza. Pero no de la esperanza como cualidad de confianza en un futuro mejor, sino como desiderátum stricto sensu, donde el individuo muestra su deseo de ser o alcanzar una expectativa vital aún no cumplida. He aquí el secreto del ímpetu incansable de la vida.

Y, en tercer lugar, cabe entender el efecto Forer bajo la pedagógica lógica matemática de Henry Segerman, quien dicta que todo plano tridimensional lineal (entiéndase como un espacio euclidiano plano que podemos recrear en un folio o un ordenador) es solo una proyección del espacio cuatridimensional curvo. Es decir, que en el factor temporal propio del espacio tetradimensional radica la causa nuclear de las circunstancias accidentales de las personas en este carrusel que llamamos vida, el cual genera la ilusión percibida de la fragmentación entre individuos y comunidad, mientras que la naturaleza subyacente humana (de carácter tridimensional) es inmutable en su esencia. Por lo que podemos concluir que las múltiples formas en las que se manifiesta la vida humana, aún sin experimentarlas el conjunto de los individuos a título personal en el poliédrico continuo espacio-temporal, no son más que proyecciones de una resonancia por contenidas en un substrato común que no es otro que la materia humana como substancia. 

Expuesto lo cual, efectivamente resulta absolutamente natural el hecho de sentirnos identificados íntimamente con los demás, aún sin vivir las mismas experiencias o incluso sin compartir el mismo tiempo vivido, ya sea este real o ficticio (como pueda tratarse al ser observadores empáticos de una película de fantasía o de ciencia ficción). Nuestra cosmología tiene como eje y unidad de medida a un ser humano que no puede levantar cabeza de su ombligo, y aun queriéndonos diferenciar individualmente por reafirmación de nuestras particulares accidentales sociales, culturales, económicas o biológicas, nuestra materia de base es profunda e idiosincrásicamente atemporal. No obstante, cabe apuntar por otro lado, el hecho que la confirmación de la universalidad sociológica foreriana no es incompatible, a su vez, con una reivindicación personal de nuestro ego (Ver: Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal). ¡Solo faltaría!. Pues si algo caracteriza a la naturaleza humana es nuestra capacidad de conciliar opuestos teóricamente irreconciliables, siendo la paradoja e incluso la incoherencia nuestro modus operandi. Al hombre lo que le es mundano, y al ser humano lo que le es universal.