domingo, 13 de marzo de 2022

La III Guerra Mundial: la solución macabra de las potencias a la crisis económica global

Hoy, en el decimonoveno día de la guerra entre Rusia y Ucrania, cabe destacar la reiteración, por enésima vez en la historia de la humanidad, de la infausta máxima que sentencia la prescindibilidad de la vida humana como bien social. O, dicho en otras palabras, los valores humanistas que rigen propiamente la dignidad de las personas y la paz devienen factores irrelevantes -muy que nos pese a la mayoría de personas de buena voluntad-, en la ecuación de la guerra como motor de desarrollo económico para las potencias mundiales. Y es que, al final, toda casus belli se reduce a un interés económico partidista, no seamos manipuladamente ingenuos (Ver: El conflicto de Ucrania: la geopolítica expansiva de los romanos aplicada al s.XXI).

La guerra que nos ocupa no deja de ser una crisis que, aludiendo a su etimología japonesa, representa tanto un peligro como una oportunidad a la par, en términos económicos. Una oportunidad, sin lugar a dudas, para las potencias mundiales intervinientes. Y un peligro, indudablemente, para el resto de países implicados como somos aquellos pertenecientes a la zona euro del milenario continente. Tanto es así que, hace unos días atrás, un analista militar comentaba que en el actual pulso protagonizado entre EEUU y Rusia en el marco del conflicto de Ucrania, Europa no solo no se encuentra en la mesa de negociación, sino que Europa forma parte del menú. Una afirmación tan veraz como tristemente descriptiva de la realidad presente para tomar nota.

Ciertamente, para la triada que conforma la potencia mundial contemporáneas (EEUU, Rusia, y China), la aberrante guerra en Ucrania -y su altamente probable expansión a terceros países colindantes que desembocaría en una III Guerra Mundial-, representa una oportunidad en términos de desarrollo de la productividad nacional, y por ende de reorganización del orden internacional, en el contexto de una crisis económica global estructural (la cual arrastramos sin levantar cabeza desde la Gran Recesión de 2008 hasta nuestros días), que resulta difícil de desaprovechar una vez levantada la veda sobre el respeto al derecho internacional como garante de la paz y del acatamiento a los derechos humanos. Pero vayamos caso por caso, o cabeza de la triada por cabeza.

Históricamente, el crecimiento económico estadounidense ha sido protagonizado por el aumento de la productividad generada a raíz del progreso tecnológico, que se considera un efecto spin-off o subproducto del desarrollo militar, por lo que en el propio código de adn de EEUU como potencia mundial existe grabado a fuego y sangre la necesidad de la guerra como elemento estratégico para el desarrollo de su economía. Siendo la industria armamentística, junto con la energética (que en el conflicto bélico de rabiosa actualidad van de la mano), las industrias que más dinero generan a nivel mundial. Y, no siendo baladí en este caso, que la mayor potencia mundial armamentística sea justamente EEUU, cuyas empresas copan el 60 por ciento del mercado global. Así como no es casualidad, por otro lado, que los países miembros de la OTAN, entidad controlada desde su origen por EEUU, deban cumplir con el compromiso de gasto en defensa con un mínimo del 2 por ciento de su PIB que la organización tiene fijado estatutariamente, gasto militar que sobra apuntar que mayormente tiene como destino final las arcas estadounidenses. Expuesto lo cual, si a ello le sumamos la imperiosa necesidad de EEUU de reactivar su economía, relegada desde hace ya unos meses atrás a segunda posición mundial detrás de la emergente e imparable China; sumado al conocimiento pasado que tiene EEUU de haber experimentado un crecimiento exponencial a costa de beneficiarse de una Europa débil y necesitada de ayuda comercial tras la segunda guerra mundial; y suma y sigue al hecho que la invasión iniciada por Rusia sobre Ucrania tiene su causa principal en la presión que EEUU ha ejercido sobre sus fronteras, en su expansión territorial por el viejo continente mediante la OTAN como su instrumento ejecutor; la cuenta de resultados sobre la intencionalidad norteamericana queda diáfanamente clara. O, dicho en otras palabras, a EEUU le interesa, en la búsqueda de una redefinición de la estrategia comercial internacional para la supervivencia económica nacional, tanto un escenario de guerra abierta más allá de sus fronteras, como una Europa gravemente devaluada económicamente.    

Por su parte, la Tercera Roma tras la caída del Imperio Bizantino o Imperio Romano Oriental que no es otra que Rusia -de hecho “César” en ruso es “Zar”-, con independencia de su manifiesta oposición a permitir que su exsoviética Ucrania soberana desde 1991 forme parte de la OTAN (intención recogida en firme en su Constitución desde el 2019) con el fin de evitar sentirse acorralada con futuros previsibles misiles de EEUU bajo bandera de la OTAN a menos de 800 Km de Moscú (no hay animal feroz más peligroso que aquel que se siente acorralado. En este punto, uno no puede dejar de preguntarse: ¿cómo reaccionaría EEUU si el caso fuera a la inversa?); y, con el objetivo decidido de recuperar la capital de Ucrania, Kiev, donde históricamente se fundó el Estado de Rusia en el siglo IX (una carga histórico-cultural relevante para el imperialismo de Putin); también aprovecha la ocasión para hacer sus números. Pues toda guerra, como ya hemos apuntado, se reduce a un interés económico partidista en un balance reflexionado de pérdidas y ganancias. En este sentido, sin dejar de denunciar las atrocidades elevadas a categoría de crímenes de guerra que el ejército ruso está causando impiadosamente contra la población civil ucraniana -dignas de la mayor repulsión que nos retrotraen a la época de la Alemania Nazi-, en el contexto de una visión particular de Rusia de castigar al pueblo ucraniano por los reiterados desplantes y deslealtades hacia la Madre Patria Rusa en los últimos años en calidad de república independiente exsoviética que reniega de sus orígenes para reconvertirse como país occidental al amparo de la Europa de la OTAN; lo que parece evidente es que Rusia, la onceaba economía mundial en depreciación acelerada basada principalmente en la industria armamentística (en segunda posición a mucha distancia de EEUU, pero que tiene como socio principal a China) y en la industria energética de los hidrocarburos, está claro que busca no perder su liderazgo geopolítico como potencia mundial europea (gracias mediante al acopio del mayor arsenal nuclear militar existente en el planeta, al nulo liderazgo de facto de la Unión Europea, y a su influencia real sobre países de Oriente Medio y Asia). Así como busca, a su vez, reactivarse económicamente a través tanto de recuperar por derecho natural los ricos recursos de Ucrania (previo a una actividad productiva de reconstrucción de un país destrozado en obra civil y militar) que capitalizaría para beneficio de abastecimiento propio y de transacciones comerciales internacionales, como así lucrarse de paso a cargo de una debilitada Unión Europea que, a largo plazo y tras rebajar el dolor causado por la guerra (pues el tiempo todo lo relativiza y borra memorias colectivas), dependerá irremediablemente aún más del mercado de bienes ruso. Por lo que, desde esta perspectiva, podemos decir que la visión económico estratégica de Rusia es a medio y largo plazo, mientras que la visión de los países miembros de la Europa occidental u otanistas es claramente presentalista.         

Y a todo esto nos queda China, primera potencia económica mundial y la cuarta a nivel armamentístico, que desde su modelo económico expansivo de capitalismo orgánico bajo preceptos socialcomunistas que le ha llevado a conquistar comercialmente el mundo en una fase de internacionalización aún en proceso de desarrollo, protagoniza un rol de baja intensidad en la actual guerra entre Rusia y Ucrania al estilo de “nadar y guardar la ropa” con mesurada discreción. Una postura de equilibrios necesarios a mantener entre su aliado natural por vecindad que es Rusia y sus intereses comerciales en el orbe occidental, cuyo desgaste en políticas comerciales tanto de EEUU como del mercado europeo a causa de la guerra le beneficia como estrategia sobrevenida para sostener una vasta clase media propia cada vez más costosa (que lastra su ritmo de crecimiento) mediante un replanteamiento a su favor del comercio internacional por necesidades del mercado. De hecho, la guerra entre Rusia y Ucrania (y una estadísticamente probable III Guerra Mundial) ahonda en el cáncer endémico de la economía de mercado capitalista occidental que no es otro que la inflación. Una debilidad o talón de Aquiles occidental del que China hace su fortaleza, pues siendo primera potencia económica mundial tiene capacidad para acaparar aquellos productos escasos que son de necesidad productiva básica para el resto del mundo y, bajo la lógica del mercado, especular en consecuencia su comercialización con precios al alza para mayor beneficio propio y empobrecimiento del resto (Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana). En este sentido, y en el contexto bélico mundial actual, China tan solo tiene que reafirmarse al amparo de uno de sus proverbios ancestrales para consolidarse como potencial mundial del siglo XXI y XXII: “Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar el cadáver de tu enemigo flotando” (del libro sobre tácticas y estrategias militares “El Arte de la Guerra”, del general chino SunTzu). Paciencia e inteligencia, con una pátina oportunista de diplomacia internacional blanqueada, para beneficio económico propio en tiempos de adversidad en un mercado occidental tan sobresaturado como desgastado. Mientras continúa su labor, sin prisas pero sin pausa, en colonizar sigilosamente los mercados emergentes de África y Latinoamérica en una ayuda interesada por madurar progresivamente su nivel de desarrollo económico en calidad de consumidores de bienes y servicios potenciales futuros.

Como vemos, las grandes fuerzas tectónicas del orden mundial están en movimiento tras casi 80 años de aceptable tranquilidad global (tras el fin de la segunda guerra mundial), relegando a los principios de la Paz Perpetua kantiana en una entelequia para la raza humana. Una vez más, la historia nos demuestra la prescindibilidad de la vida humana como bien social en favor del bien privado de carácter nacional, siendo el imperialismo en sus múltiples manifestaciones el punto de apoyo de Arquímedes en el que se basa el frágil equilibrio mundial entre fuerzas económicas opuestas en un mundo de recursos limitados, y donde la guerra, tan ancestral por idiosincrática al propio hombre, deviene irremediablemente un revulsivo reorganizador de los niveles de poder de naturaleza cíclica. Mientras exista el hombre la guerra existirá, pues siendo el hombre un ser individualista por naturaleza, la guerra no es más que la manifestación de un individualismo belicista que busca el interés del bienestar personal (recursos económicos mediante) por encima del valor de la vida ajena. En la cosmología humana, el fin, aunque sea aberrante incluso para el propio Maquiavelo, continúa sine die justificando los medios. Quizás, y solo quizás, el ser humano alcance la anhelada Paz Perpetua cuando deje de ser humano, aunque no sé qué escenario me produce mayor terror (pero esta es harina de otro costal). Nihil novum sub sole.