sábado, 12 de febrero de 2022

La sociedad de la angustia

 

En una sociedad no reflexiva, sino contrariamente impulsiva en gran medida por el propio nivel de aceleración del mundo -del cual podemos observar los acontecimientos globales a tiempo real gracias a una conexión adictiva con los dispositivos móviles-, nos hemos habituado a consumir listas infinitas de hechos cotidianos de la realidad en forma de noticias exprés sin atender a sus causas. Pues un hecho, ya sea circunstancial o estructural, elevado a noticia no es más que el efecto de una causa primigenia que lo originó. Y si paramos a observar por un momento las causas de los hechos, más o menos recurrentes en un carrusel con distintos protagonistas y telones de fondo, que diariamente copan los informativos en sus múltiples formatos, podemos deducir que en la mayoría de los casos la causa substancial o primera no es otra que la angustia.

Si entendemos que la angustia es un estado afectivo personal de alteración psicoemocional e inclusive físico como reacción natural frente a un peligro perceptible, desencadenado por una emoción básica tan ancestral como es el miedo, ya sea éste de naturaleza real o ficticia, estando este miedo en estado descontrolado, observaremos diáfanamente como la angustia es la causa que tiene como efecto muchos de los hechos noticieros de nuestra realidad más cotidiana. Pues podemos ver angustia en las masivas prácticas convulsivas del culto a la belleza del cuerpo, angustia en el aumento de casos de enfermedades mentales infantojuveniles tras experimentar las consecuencias sociales de una pandemia, angustia en las personas que con plena impotencia se ven inmersas en una más que posible guerra inminente, angustia en los desazonados trabajadores por encontrar un anhelado puesto de trabajo aunque sea bajo sueldo precario, angustia en las personas jóvenes, mayores y ancianas por no llegar a final de mes en un debatir diario inhumano entre comida o alquiler o calefacción, angustia en los pequeños y medianos emprendedores y empresarios por no perder sus empresas en un contexto de crisis económica estructural, angustia en los desconsolados casos de suicidios por desahucio, angustia en los campesinos por falta de agua que riegue sus campos por razones del cambio climático, y otros tantos ejemplos de rabiosa actualidad donde la angustia se presenta como causa denominador común subyacente. En este sentido y expuestos algunos sucesos informativos a modo ejemplificador, cabe puntualizar que nos referimos a la angustia realista y no a la neurótica, como bien distinguirían los psicoanalistas, como causa tractora de gran parte de los hechos que en su acontecer revelan el negativo, aun sin quererlo, de la sociedad contemporánea.

Pero, ¿por qué nos hallamos frente a una sociedad de la angustia?. ¿Cuál es el peligro perceptible que desemboca en un miedo tan descontrolado como genérico que desarrolla cuadros de angustia personal y colectivo?. ¿De dónde surge esa angustia como causa común a los múltiples efectos que se manifiestan como hechos sociales aparentemente independientes entre sí por su singularidad?. No hay que ser muy agudos para deducir que la sociedad de la angustia se encuentra enraizada en un miedo humano -profundamente humano como diría Nietzsche-, de perder o no poder alcanzar o recuperar un estado de bienestar personal, como fundamento para la subsistencia individual y familiar de una vida socialmente digna, en el contexto de un mundo competitivamente agresivo de recursos limitados marcado por la exaltación egoísta del individualismo como bien superior. O, dicho en otras palabras, la sociedad de la angustia tiene su razón de ser natural en una sociedad salvaje donde prima el sálvese quien pueda hobbesiano (homo homini lupus), donde los Estados de Bienestar Social se han convertido en entelequias de libros teóricos bajo la fuerte presión ejercida por una ávida filosofía económica excluyente (neoliberalismo).

No obstante, sea como fuere que la sociedad de la angustia es un efecto o por su contra una causa directa del modelo de sociedad contemporáneo, pues tanto monta monta tanto, lo cierto es que si Hipócrates o Hume pudieran observarnos (permítaseme aquí una licencia de autor en una comparativa histórica entre el concepto de angustia contemporánea y la teoría humoral -o de los cuatro humores- propia de la antigüedad que perduró hasta la ilustración), el filósofo griego padre de la medicina nos diagnosticaría a los actuales ciudadanos occidentales como enfermos de humor melancólico (propio de caracteres abatidos, decaídos o deprimidos, que no dejan de ser rasgos conductuales asociados a la angustia), mientras que el filósofo ilustrado escocés definiría nuestros Estados como modelos de organización social enfermos por un exceso de bilis negra. En este punto, no puedo dejar de apuntar, como nota curiosa en el lateral de la página, que los humoralistas antiguos situaban anatómicamente la bilis negra que provoca el humor melancólico en el bazo, y es justamente en este órgano donde la medicina psicosomática milenaria oriental ubica el origen de la tendencia humana a la obsesión, siendo ciertamente la angustia como alteración psicoemocional y física fruto de un miedo obsesivo.     

Pero volvamos al núcleo substancial de la sociedad de la angustia que nos ocupa, donde podemos percibir que la angustia se ha convertido en el eje vertebrador existencialista del ser humano contemporáneo, pero no en un sentido existencialista heideggeriano de corte metafísico, sino en un sentido de existencialismo práctico, pues el ciudadano presente no se angustia sobre cuestiones abstractas sino sobre temas mundanos por pragmáticos que obedecen al principio de realidad cotidiano. Expuesto lo cual, y sabedores que la angustia es una enfermedad causal de índole sociológico del siglo XXI, con independencia de sus múltiples efectos accidentales manifestados, y cuya sintomatología afecta a nivel tanto intelectual, como emocional y física de las personas que la padecen, no podemos dejar de preguntarnos cómo puede sanarse la angustia realista, que no la neurótica. Dejando de lado cuestiones propias de la Filosofía de la Sociedad, de la Política y de la Economía, que abarcarían temáticas relativas a la subsanación de las desigualdades sociales como garante para un estado equitativo de bienestar social colectivo y por extensión psicoemocional de las personas en calidad de seres sociales, temas que por otro lado ya he tratado en anteriores reflexiones (sin que ello implique cansancio alguno por tratarlas en un futuro próximo), me decantaré en esta ocasión por lo que denomino la Filosofía de la Mente. En este sentido, si entendemos que la angustia es una alteración personal fruto de un miedo descontrolado, asimismo entenderemos que los cuadros de angustia requieren de una óptima gestión emocional para controlar dicho miedo perceptible, materia que desarrolla la Inteligencia Emocional (cuyas técnicas prácticas ya desarrollé extensamente en el libro “Manual de la Persona Feliz”). No obstante, cabe subrayar que una adecuada gestión emocional de la angustia no implica su eliminación de facto, ya que es un sentimiento natural por inherente al ser humano en convergencia con la vida, pero sí que implica poderla tratar en su justa medida desde un ánimo saludable versus otro de índole enfermizo (El problema no es la angustia en sí misma, sino nuestra reacción a la misma). La pregunta del millón, por tanto, en una sociedad estructurada sobre la angustia, no puede ser otra del por qué de la inexistencia de la inteligencia emocional como materia transversal en los sistemas educativos occidentales. Seguramente, mal nos pese, en estos tiempos de exaltación del capital sobre cualquier otro valor humanista resulta más rentable una sociedad enferma por maleable, que una sociedad sana con autoridad propia autocontrolada por consciente. Pues la gestión del autocontrol psicoemocional como fundamento nuclear de la inteligencia emocional parte, indivisiblemente, de una conducta reflexiva de la persona consigo misma y con su entorno más inmediato desde una consciencia activa, la cual es el germen del pensamiento crítico. Una facultad humana ésta, la del pensamiento crítico, percibida altamente peligrosa en la sociedad actual subyugada a un férreo control de masas, sea dicho de paso.

Sí, vivimos en la sociedad de la angustia, retroalimentada intencionadamente por una prohibición tácita colectiva a la reflexión y a un proactivo desconocimiento masivo a la gestión emocional, donde las personas se pierden entre sombras chinas incapaces de percibir las manos que las proyectan. Y he aquí, entre medio de tantos claro-oscuros, los filósofos, que por reflexionar no podemos dejar de angustiarnos, sí, pero desde la serenidad de un espíritu autodomado (en complacencia de una diversión inteligente donde la vida está ligada al juego de pensar, como bien apuntó Ortega y Gasset en su Raciovitalismo). Aunque, en todo caso, es mejor la angustia del reflexivo que la angustia del irreflexivo, pues mientras la primera tiene límites lógicos la segunda puede llegar a ser infinita, y no hay infinitud que los hombros de una persona pueda gestionar. Quizás, y sólo quizás, detrás de la angustia (existencial práctica) del irreflexivo solo resida el aburrimiento, como decía Schopenhauer, y no hay peor tormento para un ser irreflexivo que el aburrimiento de su propia existencia. ¡Que la música no pare, pues aunque produzca angustia, la angustia es muestra inequívoca de estar vivos!.