jueves, 3 de febrero de 2022

El conflicto de Ucrania: la geopolítica expansiva de los romanos aplicada al s.XXI

Llevamos unas semanas levantándonos con la inquietud en el cuerpo ante la incerteza de escuchar el sonido del shofar, medios de comunicación mediante, que anuncie un nuevo conflicto armado en la vieja Europa. Un desasosegado cuerno de batalla que, paradójicamente y sirva como primer apunte reflexivo, no está en manos de Europa, sino en posesión de potencias de terceros continentes como es Rusia y Estados Unidos, los cuales litigian sobre la soberanía de un país situado en nuestra Europa Oriental como es la ortodoxa Ucrania. De hecho, ya no es solo que Europa no posea el preciado cuerno cuyo sonido similar al de un trombón tiene el poder del llamado de la guerra, lo que evidencia nuestra vergonzante intrascendencia en los devenires del conflicto territorial, sino que además queda patente que nuestro sino como europeos se encuentra preso en despachos de agoreros ajenos. Dígase aquí los propios del complejo gobierno de Estados Unidos quien, mediante su caballo de Troya que no es otro que la OTAN en nuestro milenario continente, dicta, manda y ordena a capricho en nombre usurpado de todos los europeos.

Ciertamente, el conflicto entre las dos (de las tres) potencias mundiales sobre Ucrania viene ya de lejos desde la disolución en primer lugar del Pacto de Varsovia y en segundo lugar de la Unión Soviética a finales del siglo XX, y aún cabe remontarse unos cuantos siglos más atrás para dar con el origen de la histórica mala relación vecinal entre rusos y ucranianos. Así como no es menos cierto que la responsabilidad sobre la reciente escalada de tensión entre Estados Unidos y Rusia es compartida a partes iguales, conclusión a la que todo observador objetivo puede llegar si es capaz de ver más allá de las campañas de desinformación bombardeadas desde ambos bloques para consumo del resto de ingenuos mortales (Pues toda causa belli, antes que militar es informativa). Por lo que no es objeto de la presente reflexión entrar en el barro sobre quién es ahora el agresor, sobre quién agredió primero, o sobre quién agrede más a quién. Para ello ya están los tertulianos mediáticos de oficio que se ganan el sueldo mareando la perdiz como hipnotizadores de audiencias, al más puro estilo del Flautista De Hamelin cada cual con su parroquia, y bajo los colores partidistas de sus respectivos escudos de armas.

Así pues, si somos capaces de superar el yermo debate del “y tú más” y nos enajenamos transitoriamente del cuerno de batalla desempolvado que aún no resonado, podemos serenamente atisbar la razón substancial del conflicto de rabiosa actualidad: la necesidad de las potencias mundiales de expandir su espacio de influencia. Una imperiosa necesidad de estrategia geopolítica de Estados Unidos y Rusia, sin obviar las acciones expansivas de la actual potencia China que se relega a un discreto segundo plano a la espera de su momentum propicio, que se nos muestran parejas a las iniciadas por el Imperio Romano en el siglo I antes de Cristo, y que llevó al Imperio -bajo el gobierno de Trajano en el año 117- a alcanzar su máximo esplendor tras ocupar gran parte de Europa y parte del norte de África, Asia y Oriente Medio. Pues, como dirían los latinos, nihil nobum sub sole (no hay nada nuevo bajo el sol).

Al final, la necesidad de corte biopolítico que tienen los países más poderosos del planeta, a lo largo de la historia de la humanidad, de expandir los espacios de influencia más allá de sus lindes naturales, no es otra que la de alimentar y mantener los costosos privilegios de bienestar social de sus metrópolis. Así, el Imperio Romano intentó -con su política expansiva- saciar a una insostenible Roma del panem et circenses, Estados Unidos por su parte se esfuerza en nutrir a un Washington desconcertado que acaba de verse relegado a la segunda posición de potencia económica mundial tras la arrasadora China que aún coge impulso, mientras que Rusia se ve con la obligación desesperada de sustentar a un Moscú que observa como su poder internacional basado en hidrocarburos y soldados está en clara depreciación acelerada en una nueva era de economía digital global. Entendiendo, asimismo y como apunte obvio por lógico para posibles puntillistas, que el concepto de metrópolis centralizada del siglo I después de Cristo resulta mucho más amplio y diversificado en el contexto actual de los países del siglo XXI.

Pero demos otro paso al frente en nuestro entretenimiento reflexivo: ¿Qué significa alimentar a la metrópolis?. De manera sintetizada diremos que, en definitiva, equivale a la necesidad que tienen los Estados en lidiar por mantener el status quo de su orden interno establecido, menester herculiano que es directamente proporcional al grado de potencia mundial que se ostente. Es decir, cuánto mayor es el poderío económico de un Estado, mayor es el esfuerzo requerido por mantener la sostenibilidad de dicho poderío (recursos externos adquiridos mediante, de manera más o menos lícita). Un tenso, a la vez que desgastante, equilibrio de fuerza de los Estados en calidad de potencias que busca mantener el nivel de calidad de vida sociocultural de sus conciudadanos (dígase el estilo de vida americano o ruso). Es por ello que no cabe extrañarse, en un mundo profundamente insolidario de recursos limitados, que poderío económico y poderío militar formen parte indivisible de una misma naturaleza política, pues el segundo asegura de manera complementaria la viabilidad del primero. Aunque, como es por todos sabido, no hay imperio que mil años dure. Una máxima que si bien es conocida por todas las potencias mundiales no por ello es de trago agradable, y justamente por aplicación de la ley natural de dicha máxima las potencias suelen mostrarse más peligrosas si cabe por imprevisibles llegado el intuido inicio del fin de sus gloriosos tiempos pasados, tal es el caso del tándem ruso-americano. Pues si algo temen las potencias más que al hecho de dejar de ser referentes mundiales, es precisamente las consecuencias sociales directas que pueden concurrir con efecto cascada en el seno de sus propios Estados, a imagen y semejanza del derrumbe de la Antigua Roma. Ya que la posible pérdida en la sostenibilidad del tenso equilibrio de fuerzas que mantiene sus cuotas de Bienestar Social interno conllevará, irremediablemente por sinergia gravitatoria, al surgimiento de desigualdades sociales locales. Y es, en los contextos de desigualdades sociales, justamente, donde germinan los movimientos antisistema que, por idiosincrasia, se manifiestan violentamente contra el orden establecido. A los hechos de antaño y presentes cabe remitirse.

Por lo que podemos afirmar, a modo conclusivo, que mientras el ser humano no sea capaz de extinguir las desigualdades sociales en el mundo a escala global, los países con mayor músculo económico y por ende militar del planeta tenderán por evolución natural a expandir sus espacios de influencia sobre otros países soberanos, como impulso automático de supervivencia orgánica ciega para garantizarse la estabilidad de su establishment interno. El emblema del SPQR (Senātus Populus que Rōmānus, todo por “el Senado y el Pueblo Romano”) como blasón que las legiones romanas portaban en sus conquistas, está hoy en día en plena vigencia para las legiones de combate de las potencias modernas, las cuales tan solo han cambiado la última sigla del histórico emblema por la inicial nominativa de su país. Y respecto al caso que nos ocupa de Ucrania, como en toda contienda de trincheras, qué más decir que a estas alturas, como dijo el César, la suerte ya está echada (para impotencia del resto de europeos).[Ver: La Democracia no existe como valor universal y cabe defenderla de enemigos externos (Aviso a Euronavegantes)]. Europa, por lo que más quieras, ¡despierta de tu letargo ingenuo!.