domingo, 20 de febrero de 2022

La esencia trascendentalmente paradójica del Blanco

En el merecido día semanal del descanso del guerrero, que en mi calendario mundano no es otro que el sábadomingo, me gusta de relajar la mente abstrayéndola de la dimensión cotidiana para hacerla viajar por otros lares más volátiles por abstractos, si el denso e incisivo presente propio de los mortales lo permite. De hecho, antes de acostarme la noche anterior ya me regocijaba al pensar sobré qué tema podría dedicar la reflexión en este sexto-séptimo día de la semana. Fue entonces cuando me vino a la memoria un ejercicio escolar de infancia donde el disco de Newton era el protagonista. Se trataba de un pequeño disco de cartón dividido en siete sectores, cada uno de ellos pintados con los colores rojo, naranja, amarillo, verde, lila, azul y violeta, a cuyo centro del cartón el maestro nos instó a atravesarlo parcialmente con un lápiz o bolígrafo a mano, para seguidamente invitarnos a hacerlo girar sobre la mesa a modo de peonza. Cuál fue la sorpresa de todos al ver que al girar el disco a gran velocidad los colores combinados crearon ópticamente el color Blanco. Un grato recuerdo de infancia que me ha llevado a decidirme por el concepto del Blanco como tema de mi presente reflexión. Fue entonces que me percaté, a la par, que aún siendo un apasionado de los colores, tan sólo había dedicado una reflexión con anterioridad a dicha temática (Ver: Canto filosófico a los Colores). Y que quizás, la presente deliberación sobre el Blanco podría ser el inicio de una serie de pensamientos que dieran como cuerpo a una antología efímera sobre los colores, a imagen y semejanza de la realizada con las figuras geométricas (Ver: Geometría Humana del Filósofo Efímero). El tiempo - o el viento, como cantó Bob Dylan-, lo dirá.

Entrando ya en materia sobre el Blanco como color stricto sensu, podemos afirmar en calidad de axioma que la substancia (en términos clásicos) del Blanco es el Todo, fruto de un razonamiento inductivo por contraste diametralmente opuesto al negro (oscuridad) que lo percibimos como la nada o el vacío. Un Todo substancial del Blanco, como esencia que alberga la totalidad de la luz manifestada (como queda patente en el disco de Newton), cuya luz es la vida misma desde la lógica de la inferencia. Y si bien es cierto que la luz no es materia sino energía, no es menos cierto que la vida se manifiesta como materia visible mediante la absorción de la luz, y que incluso dicha luz puede convertirse en materia conforme a la famosa ley de Einstein “E=mc2” (Ver: La Luz, la nueva tecnología del futuro de la humanidad). Por lo que podemos resolver que el Blanco como entidad es la vida en potencia, pues a partir del mismo toda realidad emergente es posible.

Por otro lado, es riguroso señalar que el axioma anteriormente expuesto no deja de ser una paradoja en sí mismo, ya que el Todo del Blanco como esencia que alberga la totalidad cromática de la luz manifestada que es la vida, en realidad a escala cósmica tiene su origen en el negro de la nada o del vacío que representa el 95 por ciento del Universo (Ver: ¿Y si es la oscuridad, y no la luz, el origen de la vida? Entonces, ¿Dios es oscuridad?). Por lo que la esencia última del Blanco como el Todo solo podemos enmarcarlo a escala de la física clásica o Filosofía Natural, que comprende cualquier dimensión de la realidad que no trate la cosmología física (escalas mayores) ni la física cuántica (escalas atómicas). De hecho, tanto a escalas mayores como atómicas de la física es, justamente, del negro del vacío del Universo desde donde se crea la materia que es germen de la vida (Ver: El hombre juega a los dados creando materia del Vacío). Es decir, el Blanco como longitud de onda perceptible del espectro electromagnético es substancialmente el Todo en el marco, y no otro, de la existencia de la luz como manifestación de la vida. Y solo y exclusivamente en este contexto, y en contraposición a dicha línea argumental de la Filosofía Natural como singularidad cósmica, el negro como producto de la ausencia de luz cabe concebirlo como la nada o el vacío de la vida, tal y como ya se ha expuesto.

De manera complementaria, a nadie se le escapa que la naturaleza del Blanco en calidad de color perceptible visualmente que genera señales nerviosas en el cerebro de los seres vivos, más allá de su concepto intelectual del Todo como substancia, tiene claras implicaciones psicoemocionales en los seres humanos generando estados de paz, sosiego e incluso plenitud. Por lo que si bien la substancia del Blanco es el Todo, su accidente o substancia segunda como diría Aristóteles -la manifestación en este caso psicoemocional de lo que Es-, son aquellos sentimientos derivados de estados emocionales propios de un ánimo armonioso (en los que tiene cabida, injerencia cultural mediante, percepciones asociadas al mundo de las ideas tales como la pureza, la honestidad, la inocencia, la libertad, o la trascendencia, entre otros). ¿Cómo no nos va a inducir el Blanco a un estado de armonía, si en su observancia nos sumergimos intuitivamente en el equilibrio existente sobre todo aquello que conforma el conjunto de la cosmogonía humana perceptible?, donde el Blanco se presiente, en su naturaleza de idea apriorística, más que una parte, un Uno con el Todo.

Y, aún más, si tuviéramos que darle corporeidad al Blanco, trascendiendo tanto su manifestación accidental como su rasgo substancial en calidad de alfa y omega de la vida, entre los diversos sólidos Platónicos que conforman el universo de la geometría humana podríamos conjeturar que el Blanco es un ente esférico (Ver: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos). Pero no un ente esférico infinito en su expansión, como nos pudiera parecer, sino un ente limitado pues queda físicamente circunscrito al ámbito finito del desarrollo de la vida propio de la Filosofía Natural.

Dicho lo cual, y para acabar este breve discernimiento ocioso, apuntar que El Blanco, aun siendo una singularidad cosmológica, en su singularidad es substancialmente un Todo manifestado en una suma de acontecimientos accidentales que conforman la vida misma. Pues no hay mayor totalidad para un ser vivo que la vida que percibe y donde se desarrolla como ser sintiente y, en algunos casos, también como ser pensante. Y en esa totalidad, inequívocamente el Blanco supera las dualidades del mundo, iluminándonos el camino inverso hacia la unidad primogénita desde la diversidad manifestada. No en vano, nuestra historia accidental que es la vida parte y la escribimos desde nuestro personal lienzo en Blanco. Que cada cual, pues, proyecte sobre el Blanco vital su realidad existencial tan deseada como posible, sabedores que en la blanca génesis cualquiera puede reencontrarse a si mism@ en medio de un mundo aparentemente caótico.

 Ver: Cromaontología del Filósofo Efímero

sábado, 12 de febrero de 2022

La sociedad de la angustia

 

En una sociedad no reflexiva, sino contrariamente impulsiva en gran medida por el propio nivel de aceleración del mundo -del cual podemos observar los acontecimientos globales a tiempo real gracias a una conexión adictiva con los dispositivos móviles-, nos hemos habituado a consumir listas infinitas de hechos cotidianos de la realidad en forma de noticias exprés sin atender a sus causas. Pues un hecho, ya sea circunstancial o estructural, elevado a noticia no es más que el efecto de una causa primigenia que lo originó. Y si paramos a observar por un momento las causas de los hechos, más o menos recurrentes en un carrusel con distintos protagonistas y telones de fondo, que diariamente copan los informativos en sus múltiples formatos, podemos deducir que en la mayoría de los casos la causa substancial o primera no es otra que la angustia.

Si entendemos que la angustia es un estado afectivo personal de alteración psicoemocional e inclusive físico como reacción natural frente a un peligro perceptible, desencadenado por una emoción básica tan ancestral como es el miedo, ya sea éste de naturaleza real o ficticia, estando este miedo en estado descontrolado, observaremos diáfanamente como la angustia es la causa que tiene como efecto muchos de los hechos noticieros de nuestra realidad más cotidiana. Pues podemos ver angustia en las masivas prácticas convulsivas del culto a la belleza del cuerpo, angustia en el aumento de casos de enfermedades mentales infantojuveniles tras experimentar las consecuencias sociales de una pandemia, angustia en las personas que con plena impotencia se ven inmersas en una más que posible guerra inminente, angustia en los desazonados trabajadores por encontrar un anhelado puesto de trabajo aunque sea bajo sueldo precario, angustia en las personas jóvenes, mayores y ancianas por no llegar a final de mes en un debatir diario inhumano entre comida o alquiler o calefacción, angustia en los pequeños y medianos emprendedores y empresarios por no perder sus empresas en un contexto de crisis económica estructural, angustia en los desconsolados casos de suicidios por desahucio, angustia en los campesinos por falta de agua que riegue sus campos por razones del cambio climático, y otros tantos ejemplos de rabiosa actualidad donde la angustia se presenta como causa denominador común subyacente. En este sentido y expuestos algunos sucesos informativos a modo ejemplificador, cabe puntualizar que nos referimos a la angustia realista y no a la neurótica, como bien distinguirían los psicoanalistas, como causa tractora de gran parte de los hechos que en su acontecer revelan el negativo, aun sin quererlo, de la sociedad contemporánea.

Pero, ¿por qué nos hallamos frente a una sociedad de la angustia?. ¿Cuál es el peligro perceptible que desemboca en un miedo tan descontrolado como genérico que desarrolla cuadros de angustia personal y colectivo?. ¿De dónde surge esa angustia como causa común a los múltiples efectos que se manifiestan como hechos sociales aparentemente independientes entre sí por su singularidad?. No hay que ser muy agudos para deducir que la sociedad de la angustia se encuentra enraizada en un miedo humano -profundamente humano como diría Nietzsche-, de perder o no poder alcanzar o recuperar un estado de bienestar personal, como fundamento para la subsistencia individual y familiar de una vida socialmente digna, en el contexto de un mundo competitivamente agresivo de recursos limitados marcado por la exaltación egoísta del individualismo como bien superior. O, dicho en otras palabras, la sociedad de la angustia tiene su razón de ser natural en una sociedad salvaje donde prima el sálvese quien pueda hobbesiano (homo homini lupus), donde los Estados de Bienestar Social se han convertido en entelequias de libros teóricos bajo la fuerte presión ejercida por una ávida filosofía económica excluyente (neoliberalismo).

No obstante, sea como fuere que la sociedad de la angustia es un efecto o por su contra una causa directa del modelo de sociedad contemporáneo, pues tanto monta monta tanto, lo cierto es que si Hipócrates o Hume pudieran observarnos (permítaseme aquí una licencia de autor en una comparativa histórica entre el concepto de angustia contemporánea y la teoría humoral -o de los cuatro humores- propia de la antigüedad que perduró hasta la ilustración), el filósofo griego padre de la medicina nos diagnosticaría a los actuales ciudadanos occidentales como enfermos de humor melancólico (propio de caracteres abatidos, decaídos o deprimidos, que no dejan de ser rasgos conductuales asociados a la angustia), mientras que el filósofo ilustrado escocés definiría nuestros Estados como modelos de organización social enfermos por un exceso de bilis negra. En este punto, no puedo dejar de apuntar, como nota curiosa en el lateral de la página, que los humoralistas antiguos situaban anatómicamente la bilis negra que provoca el humor melancólico en el bazo, y es justamente en este órgano donde la medicina psicosomática milenaria oriental ubica el origen de la tendencia humana a la obsesión, siendo ciertamente la angustia como alteración psicoemocional y física fruto de un miedo obsesivo.     

Pero volvamos al núcleo substancial de la sociedad de la angustia que nos ocupa, donde podemos percibir que la angustia se ha convertido en el eje vertebrador existencialista del ser humano contemporáneo, pero no en un sentido existencialista heideggeriano de corte metafísico, sino en un sentido de existencialismo práctico, pues el ciudadano presente no se angustia sobre cuestiones abstractas sino sobre temas mundanos por pragmáticos que obedecen al principio de realidad cotidiano. Expuesto lo cual, y sabedores que la angustia es una enfermedad causal de índole sociológico del siglo XXI, con independencia de sus múltiples efectos accidentales manifestados, y cuya sintomatología afecta a nivel tanto intelectual, como emocional y física de las personas que la padecen, no podemos dejar de preguntarnos cómo puede sanarse la angustia realista, que no la neurótica. Dejando de lado cuestiones propias de la Filosofía de la Sociedad, de la Política y de la Economía, que abarcarían temáticas relativas a la subsanación de las desigualdades sociales como garante para un estado equitativo de bienestar social colectivo y por extensión psicoemocional de las personas en calidad de seres sociales, temas que por otro lado ya he tratado en anteriores reflexiones (sin que ello implique cansancio alguno por tratarlas en un futuro próximo), me decantaré en esta ocasión por lo que denomino la Filosofía de la Mente. En este sentido, si entendemos que la angustia es una alteración personal fruto de un miedo descontrolado, asimismo entenderemos que los cuadros de angustia requieren de una óptima gestión emocional para controlar dicho miedo perceptible, materia que desarrolla la Inteligencia Emocional (cuyas técnicas prácticas ya desarrollé extensamente en el libro “Manual de la Persona Feliz”). No obstante, cabe subrayar que una adecuada gestión emocional de la angustia no implica su eliminación de facto, ya que es un sentimiento natural por inherente al ser humano en convergencia con la vida, pero sí que implica poderla tratar en su justa medida desde un ánimo saludable versus otro de índole enfermizo (El problema no es la angustia en sí misma, sino nuestra reacción a la misma). La pregunta del millón, por tanto, en una sociedad estructurada sobre la angustia, no puede ser otra del por qué de la inexistencia de la inteligencia emocional como materia transversal en los sistemas educativos occidentales. Seguramente, mal nos pese, en estos tiempos de exaltación del capital sobre cualquier otro valor humanista resulta más rentable una sociedad enferma por maleable, que una sociedad sana con autoridad propia autocontrolada por consciente. Pues la gestión del autocontrol psicoemocional como fundamento nuclear de la inteligencia emocional parte, indivisiblemente, de una conducta reflexiva de la persona consigo misma y con su entorno más inmediato desde una consciencia activa, la cual es el germen del pensamiento crítico. Una facultad humana ésta, la del pensamiento crítico, percibida altamente peligrosa en la sociedad actual subyugada a un férreo control de masas, sea dicho de paso.

Sí, vivimos en la sociedad de la angustia, retroalimentada intencionadamente por una prohibición tácita colectiva a la reflexión y a un proactivo desconocimiento masivo a la gestión emocional, donde las personas se pierden entre sombras chinas incapaces de percibir las manos que las proyectan. Y he aquí, entre medio de tantos claro-oscuros, los filósofos, que por reflexionar no podemos dejar de angustiarnos, sí, pero desde la serenidad de un espíritu autodomado (en complacencia de una diversión inteligente donde la vida está ligada al juego de pensar, como bien apuntó Ortega y Gasset en su Raciovitalismo). Aunque, en todo caso, es mejor la angustia del reflexivo que la angustia del irreflexivo, pues mientras la primera tiene límites lógicos la segunda puede llegar a ser infinita, y no hay infinitud que los hombros de una persona pueda gestionar. Quizás, y sólo quizás, detrás de la angustia (existencial práctica) del irreflexivo solo resida el aburrimiento, como decía Schopenhauer, y no hay peor tormento para un ser irreflexivo que el aburrimiento de su propia existencia. ¡Que la música no pare, pues aunque produzca angustia, la angustia es muestra inequívoca de estar vivos!.  

 

jueves, 3 de febrero de 2022

El conflicto de Ucrania: la geopolítica expansiva de los romanos aplicada al s.XXI

Llevamos unas semanas levantándonos con la inquietud en el cuerpo ante la incerteza de escuchar el sonido del shofar, medios de comunicación mediante, que anuncie un nuevo conflicto armado en la vieja Europa. Un desasosegado cuerno de batalla que, paradójicamente y sirva como primer apunte reflexivo, no está en manos de Europa, sino en posesión de potencias de terceros continentes como es Rusia y Estados Unidos, los cuales litigian sobre la soberanía de un país situado en nuestra Europa Oriental como es la ortodoxa Ucrania. De hecho, ya no es solo que Europa no posea el preciado cuerno cuyo sonido similar al de un trombón tiene el poder del llamado de la guerra, lo que evidencia nuestra vergonzante intrascendencia en los devenires del conflicto territorial, sino que además queda patente que nuestro sino como europeos se encuentra preso en despachos de agoreros ajenos. Dígase aquí los propios del complejo gobierno de Estados Unidos quien, mediante su caballo de Troya que no es otro que la OTAN en nuestro milenario continente, dicta, manda y ordena a capricho en nombre usurpado de todos los europeos.

Ciertamente, el conflicto entre las dos (de las tres) potencias mundiales sobre Ucrania viene ya de lejos desde la disolución en primer lugar del Pacto de Varsovia y en segundo lugar de la Unión Soviética a finales del siglo XX, y aún cabe remontarse unos cuantos siglos más atrás para dar con el origen de la histórica mala relación vecinal entre rusos y ucranianos. Así como no es menos cierto que la responsabilidad sobre la reciente escalada de tensión entre Estados Unidos y Rusia es compartida a partes iguales, conclusión a la que todo observador objetivo puede llegar si es capaz de ver más allá de las campañas de desinformación bombardeadas desde ambos bloques para consumo del resto de ingenuos mortales (Pues toda causa belli, antes que militar es informativa). Por lo que no es objeto de la presente reflexión entrar en el barro sobre quién es ahora el agresor, sobre quién agredió primero, o sobre quién agrede más a quién. Para ello ya están los tertulianos mediáticos de oficio que se ganan el sueldo mareando la perdiz como hipnotizadores de audiencias, al más puro estilo del Flautista De Hamelin cada cual con su parroquia, y bajo los colores partidistas de sus respectivos escudos de armas.

Así pues, si somos capaces de superar el yermo debate del “y tú más” y nos enajenamos transitoriamente del cuerno de batalla desempolvado que aún no resonado, podemos serenamente atisbar la razón substancial del conflicto de rabiosa actualidad: la necesidad de las potencias mundiales de expandir su espacio de influencia. Una imperiosa necesidad de estrategia geopolítica de Estados Unidos y Rusia, sin obviar las acciones expansivas de la actual potencia China que se relega a un discreto segundo plano a la espera de su momentum propicio, que se nos muestran parejas a las iniciadas por el Imperio Romano en el siglo I antes de Cristo, y que llevó al Imperio -bajo el gobierno de Trajano en el año 117- a alcanzar su máximo esplendor tras ocupar gran parte de Europa y parte del norte de África, Asia y Oriente Medio. Pues, como dirían los latinos, nihil nobum sub sole (no hay nada nuevo bajo el sol).

Al final, la necesidad de corte biopolítico que tienen los países más poderosos del planeta, a lo largo de la historia de la humanidad, de expandir los espacios de influencia más allá de sus lindes naturales, no es otra que la de alimentar y mantener los costosos privilegios de bienestar social de sus metrópolis. Así, el Imperio Romano intentó -con su política expansiva- saciar a una insostenible Roma del panem et circenses, Estados Unidos por su parte se esfuerza en nutrir a un Washington desconcertado que acaba de verse relegado a la segunda posición de potencia económica mundial tras la arrasadora China que aún coge impulso, mientras que Rusia se ve con la obligación desesperada de sustentar a un Moscú que observa como su poder internacional basado en hidrocarburos y soldados está en clara depreciación acelerada en una nueva era de economía digital global. Entendiendo, asimismo y como apunte obvio por lógico para posibles puntillistas, que el concepto de metrópolis centralizada del siglo I después de Cristo resulta mucho más amplio y diversificado en el contexto actual de los países del siglo XXI.

Pero demos otro paso al frente en nuestro entretenimiento reflexivo: ¿Qué significa alimentar a la metrópolis?. De manera sintetizada diremos que, en definitiva, equivale a la necesidad que tienen los Estados en lidiar por mantener el status quo de su orden interno establecido, menester herculiano que es directamente proporcional al grado de potencia mundial que se ostente. Es decir, cuánto mayor es el poderío económico de un Estado, mayor es el esfuerzo requerido por mantener la sostenibilidad de dicho poderío (recursos externos adquiridos mediante, de manera más o menos lícita). Un tenso, a la vez que desgastante, equilibrio de fuerza de los Estados en calidad de potencias que busca mantener el nivel de calidad de vida sociocultural de sus conciudadanos (dígase el estilo de vida americano o ruso). Es por ello que no cabe extrañarse, en un mundo profundamente insolidario de recursos limitados, que poderío económico y poderío militar formen parte indivisible de una misma naturaleza política, pues el segundo asegura de manera complementaria la viabilidad del primero. Aunque, como es por todos sabido, no hay imperio que mil años dure. Una máxima que si bien es conocida por todas las potencias mundiales no por ello es de trago agradable, y justamente por aplicación de la ley natural de dicha máxima las potencias suelen mostrarse más peligrosas si cabe por imprevisibles llegado el intuido inicio del fin de sus gloriosos tiempos pasados, tal es el caso del tándem ruso-americano. Pues si algo temen las potencias más que al hecho de dejar de ser referentes mundiales, es precisamente las consecuencias sociales directas que pueden concurrir con efecto cascada en el seno de sus propios Estados, a imagen y semejanza del derrumbe de la Antigua Roma. Ya que la posible pérdida en la sostenibilidad del tenso equilibrio de fuerzas que mantiene sus cuotas de Bienestar Social interno conllevará, irremediablemente por sinergia gravitatoria, al surgimiento de desigualdades sociales locales. Y es, en los contextos de desigualdades sociales, justamente, donde germinan los movimientos antisistema que, por idiosincrasia, se manifiestan violentamente contra el orden establecido. A los hechos de antaño y presentes cabe remitirse.

Por lo que podemos afirmar, a modo conclusivo, que mientras el ser humano no sea capaz de extinguir las desigualdades sociales en el mundo a escala global, los países con mayor músculo económico y por ende militar del planeta tenderán por evolución natural a expandir sus espacios de influencia sobre otros países soberanos, como impulso automático de supervivencia orgánica ciega para garantizarse la estabilidad de su establishment interno. El emblema del SPQR (Senātus Populus que Rōmānus, todo por “el Senado y el Pueblo Romano”) como blasón que las legiones romanas portaban en sus conquistas, está hoy en día en plena vigencia para las legiones de combate de las potencias modernas, las cuales tan solo han cambiado la última sigla del histórico emblema por la inicial nominativa de su país. Y respecto al caso que nos ocupa de Ucrania, como en toda contienda de trincheras, qué más decir que a estas alturas, como dijo el César, la suerte ya está echada (para impotencia del resto de europeos).[Ver: La Democracia no existe como valor universal y cabe defenderla de enemigos externos (Aviso a Euronavegantes)]. Europa, por lo que más quieras, ¡despierta de tu letargo ingenuo!.