martes, 11 de enero de 2022

El Metaverso: la Metafísica del hombre digital que plantea cuestiones morales, políticas y sociales

La Metafísica es tan antigua como el hombre, pues el hombre siempre se ha preguntado qué existe más allá de la realidad física. Escuelas esotéricas o teológicas aparte protagonizadas por corrientes religiosas más o menos institucionalizadas a lo largo de la Historia, la Metafísica representa una rama de la Filosofía que, como bien decretó Kant, es un conocimiento especulativo derivado de la Razón. Es decir, que denominamos Metafísica a aquella materia que estudia los principios y fundamentos de la realidad física misma, mediante el uso de la facultad humana del pensamiento analítico y crítico a luz de los Principios de la Lógica. Y si bien se considera a Platón como el primer filósofo metafísico por iniciar el estudio del ser tal y como es -aunque su metafísica se fundamentaba en el imaginario de unas ideas apriorísticas al ser humano, que sintetizó en su popular por didáctico Mito de la Caverna-, en verdad se estima a su discípulo Aristóteles como el padre de la Metafísica, quien calificó a esta rama de la Filosofía como “ciencia primera”. Lo cual, por otra parte, resulta una catalogación altamente relevante para la consistencia de la Filosofía como disciplina académica atemporal, dado que no es casual ni baladí que el método científico se base en los tres Principios de la Lógica (Identidad, No Contradicción, y Tercero Excluido) que el propio Aristóteles formalizó hace ya más de dos milenios, y que son a su vez el fundamento contemporáneo de la Razón pura propia tanto de la Filosofía (desde hace más de dos mil años con origen en la Antigua Grecia) como de la Ciencia moderna (desde hace más de seis siglos con un origen más tardío en el Renacimiento).

Es por ello que no es de extrañar que los filósofos del presente siglo echemos mano de la ciencia moderna para hacer Metafísica, desde el mismo momento en que el conocimiento científico traspasó el umbral del mundo físico. Ni que a la par los científicos echen mano de la Filosofía para teorizar nuevos escenarios de realidades posibles, Lógica mediante, pendientes de validación empírica a futuro. Lo que no es impedimento, a la vez, sino que contrariamente es imperiosamente necesario, que la Filosofía reflexione sobre la propia ciencia como materia objeto de estudio que afecta profundamente al ser humano y, por extensión, a la naturaleza de su propia realidad (Ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento). Pues, como afirmaba Aristóteles, la Filosofía es la ciencia que busca los principios y causas primeras de todo lo existente. Pero, ¿y si lo existente existe aun no siendo físico, en cualquiera de sus escalas posibles, sino virtual?.

Tal es el caso que acontece con el Metaverso, una realidad paralela al mundo físico donde las personas se interrelacionan en toda dimensión social del ser humano manifestable, y en cualquier emplazamiento imaginable, mediante la plena sensación de estar presentes sin estarlo físicamente, mediante la adopción de alter egos en forma de avatares, que no son más que una manifestación digital de las personas físicas en un espacio virtual. Una realidad paralela que fusiona los mundos analógico y digital, como evolución cualitativa natural del mundo humano fruto de la sociabilización de las redes sociales actuales. Cuya nueva era inauguramos ya aun sin saberlo en el pasado 2003, como año cero del Metaverso mediante el entorno virtual SecondLife, donde las personas hemos pasado progresivamente a ser piezas de software y el ser humano se está convirtiendo, de facto, en un Metahumano (más allá de humano).

Es por ello que, sin lugar a dudas, y a pesar que la idea se nos resista mentalmente o que nos agrade en mayor o menor medida, es una certeza que el Metaverso representará una nueva era evolutiva para el hombre, marcada por la capacidad trascendental de ampliar los límites de lo que significa la vida humana, por redefinición de los principios de la misma realidad conocida. Que se dice pronto. Una nueva realidad donde la materia objeto de estudio de la Metafísica del hombre, en calidad de Metahumano, será a partir de ahora el Metaverso. Pues siendo la Metafísica la disciplina que estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad, si ésta cambia -para desconcierto de los filósofos clásicos-, el foco de atención de la realidad perceptible de estudio para la Metafísica también debe cambiar (o al menos complementarse), y asimismo sus ramas filosóficas derivadas.

En este sentido, de entre las diversas ramas filosóficas derivadas de la “ciencia primera” en términos aristotélicos, deseo destacar tres aspectos claves sobre el Metaverso en materia de Filosofía de la Moral, Filosofía Política, y Filosofía de la Sociedad, que considero de interés general a reflexionar en estos momentos, por ser susceptibles de generar disrupciones a futuro relevantes para el sistema referencial humano conocido. Si bien, como apunte para posibles interesados en lecturas más amplia, señalar que ya traté algunas cuestiones de interés reflexivo previo relativas a los proto-versos (ecosistemas tecnológicos anteriores al Metaverso que forman parte de nuestra cotidianeidad), sobre éstas y otras ramas de pensamiento como son la Epistemología, la Filosofía de la Lógica, la Filosofía de la Ciencia, la Filosofía de la Mente, y la Filosofía de la Economía, recogidas en la sección Robología/Roboética de mi Vademécum del Ser Humano. Dicho lo cual, afrontemos sin dilación y de manera sintetizada las tres grandes cuestiones que plantean los Metaversos.

Metaverso y Moral

En primer lugar, debemos ser conscientes que, en el Metaverso, las personas como avatares u manifestaciones digitales no están exentas de responder a dilemas morales y desafíos éticos. Pues al final el Metaverso no es más que un reflejo desinhibido del mundo físico, en una realidad cuyos únicos límites los marca la imaginación, ya sea ésta de creación humana o artificial. En este sentido, la pregunta que se tercia no es otra que aquella que dé respuesta a qué sistema de valores morales impera en el Metaverso. Si tenemos en cuenta que el principio fundamental del Metaverso no es otro que buscar y explotar un nuevo por alternativo significado de la vida, donde las personas se puedan autorrealizar como humanos -aun siendo digitales-, en un mundo virtual sin limitaciones de capacidades naturales y de multicontextos posibles para todas las personas, y que para asegurar la participación de las personas en dicha realidad paralela el propio sistema digital debe crear un fuerte vínculo de afiliación, mediante tácticas neuronales de adicción que explotan la dopamina (que produce sensaciones tan placenteras como relajantes), y a su vez creando bias o sesgos cognitivos (que llevan a una distorsión del juicio sobre lo que es real, e incluso sobre lo que está bien y lo que está mal), en lo que se denomina la estrategia de la “economía de la atención” ampliamente explotada por las redes sociales y la industria del ocio; podemos deducir que el sistema de valores aplicable en el Metaverso es el propio al de una filosofía de corte hedonista, que busca principalmente convertir a las personas en consumidores adictivo-compulsivos no reflexivos (Ver: La Ética mundial no puede estar en manos de los ingenieros informáticos). Un paradigma filosófico de vida que, sea dicho de paso, es un punto y seguido -claramente de carácter exponencial- del ideal social que promueve el Mercado liberal en el que nos desarrollamos actualmente como sujetos, donde la individualidad es el bien máximo a alcanzar dentro de la cultura consumista para beneficio del propio Mercado, en oposición y desprecio directo a los valores humanistas clásicos. Por lo que cabe suponer que, siendo el Metaverso un mundo digital desarrollado por el Mercado y con el potencial suficiente para ser plenamente realizado, que existe más allá del mundo analógico en el que vivimos para sustitución del mismo, aquello que hagamos moralmente en aquel mundo digital lo reproduciremos en este mundo real en un inevitable efecto conductual de espejos comunicantes. Pues es de suponer, conociendo la débil naturaleza psicoemocional del ser humano, que las personas vivirán moralmente sin distinción alguna de la realidad, ya sea digital o física, en la que transiten. O, dicho en otras palabras, y sin intermediación mediante de un sistema educativo de contra peso que ni está ni se le espera, todo apunta a que el Metaverso acabará por herir de muerte a un sistema ético humanista, el único capaz de trascender a la humanidad sobre su propia naturaleza animal, para convertir moralmente al ser humano en algo diferente al concepto que entendemos como “humano”.

Metaverso y Democracia

En segundo lugar, y no por ello menos importante, destacar la implicación del Metaverso sobre la realidad política de los sistemas de organización social de las personas. Pensemos que siendo el Metaverso una realidad híbrida entre el mundo físico y digital, requiere para su desarrollo natural de un incremento substancial de sensores y cámaras interconectadas en el mundo real, inclusive en el ámbito de nuestra propia intimidad personal, con el objetivo de generar el flujo de datos de información necesarios para crear su realidad paralela, lo cual convertirá en un chiste el actual escenario social de dispositivos móviles en términos de inmersión tecnológica. He aquí, pues, que no solo aumentará el poder de vigilancia del Metaverso sobre el ser humano en calidad de ciudadano-consumidor, sino asimismo aumentará el peligro a la privacidad de nuestros datos como personas libres y, en consecuencia, los individuos estaremos sometidas a un mayor control social como masa (Ver: Dataísmo y Humanismo, ¿una relación incompatible?). Un inminente horizonte social a treinta años vista a más tardar que, a todas luces, acabará atentando contra los propios principios rectores de la Democracia tal y como la conocemos. Ya que debemos de ser conscientes que, el control de dichos datos sociales y personales no estarán en manos de nuestros gobernantes electos e instituciones democráticas, sino a merced del selecto elenco de personas no electas que dirigen el Mercado del Metaverso (dígase grandes corporaciones tecnológicas). Y ya sabemos que al Mercado no le interesa absolutamente nada la Democracia, como modelo de organización política de una sociedad de mercado, si no le es beneficiosa para sus cuentas de explotación (Principio económico de Costo de Oportunidad). Por lo que podemos deducir, con diáfana claridad, que el desarrollo del Metaverso llevará implícito una previsible transformación de las sociedades democráticas a otros modelos de organización social más oligárquicos, donde los derechos sociales y civiles, y por extensión la libertad individual de las personas, quedarán sujetos a los intereses del Mercado. O, dicho en otras palabras, el Metaverso puede presuponer el principio del final de la evolución milenaria de la Democracia como modelo de gobierno conocido.   

Metaverso y Sociedad

Y, en tercer lugar, cabe hacer mención a las implicaciones sociales que pueden preverse en el desarrollo natural del Metaverso. En este sentido, y a mi entender personal, destacaré dos por su relevancia y a modo de ejemplos de la disruptividad del Metaverso: una de carácter de justicia social, y otra de naturaleza sociológica sobre la salud de la inteligencia individual de las personas.

Respecto a la primera, el hecho de que el Metaverso sea de base tecnológica, y aún más si cabe sobre una tecnología que requiere de una gran capacidad de transmisión de datos para reproducir e interactuar dentro del mundo digital paralelo, es de esperar que la implantación del Metaverso genere un sunami social que polarice el mundo real entre países desarrollados con acceso a dicha tecnología y países no desarrollados sin acceso a la misma, lo cual agravará abismalmente la actual brecha de desigualdad e injusticia social a nivel mundial. Es decir, el Metaverso representará, sin lugar a dudas, el punto de inflexión para el inicio de una nueva era distópica que dividirá la humanidad en dos realidades confrontadas: un mundo desarrollado y rico por tecnológico donde vivirán los Metahumanos, y un mundo subdesarrollado y pobre por carente de tecnología donde vivirán los humanos. Y, entre medio o intermundos veremos emerger, tiempo al tiempo, alguna figura jurídica metafóricamente semejante al mítico Cerbero que haga las funciones de Guardián de los Mundos, esencialmente para custodia del primer mundo digital frente al segundo mundo analógico.

Mientras que en lo que se refiere a la segunda implicación social, señalar que en una nueva realidad paralela como es el Metaverso, donde se compartirá el conocimiento en un entorno de inteligencia colectiva expandida, donde las personas se especializarán en ciertas parcelas de conocimiento y no en otras por complejidad del propio sistema, y donde las personas consumirán intelectualmente menos energía consiguiendo a la par mayor eficacia de autorrealización personal - como nunca antes se haya visto en la historia de la humanidad - desde el confort de su intimidad y exentos de pensamiento crítico alguno, es de prever que el nivel cognitivo del Metahumano a título individual se vea reducido significativamente por dependencia directa de la inteligencia colectiva propia del Metaverso, por simple economía evolutiva. Es decir, las aptitudes del ser humano como individuo relacionadas con el procesamiento de la información, las cuales implican el uso de la memoria, la atención, la percepción, la creatividad y el pensamiento abstracto o analógico, se verán previsiblemente menguadas por influencia de la variación adaptativa de la mente humana a un nuevo entorno profundamente inmersivo más complaciente existencialmente. O, dicho en otras palabras, el Metaverso traerá consigo una fenomenología social en la que el ser humano se relacione mayormente bajo la lógica de la inteligencia colectiva propia de las colonias de hormigas, que como individuos con libre albedrío en pleno uso de su consciencia singular por propia, lo que reducirá irremediablemente los niveles de inteligencia individual media de las personas.

Expuestas estas tres, de entre otras, grandes cuestiones que plantea el Metaverso, referentes en este caso al orden moral, político y social, que sin duda requieren de una seria reflexión por parte de todos para dilucidar sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo de cara a las futuras generaciones, lo que parece evidente es que nos encaminamos ciegamente hacia un futurible en el que la nueva realidad metafísica absorberá y cocreará al ser humano con independencia de nuestra realidad substancialmente natural, atentando deliberadamente de paso contra la consciencia, el libre albedrío, la independencia emocional y el pensamiento crítico de los individuos como pago obligado para su metamorfosis evolutiva en Metahumanos (Ver las conclusiones del Teorema y de las Leyes en entornos de metaversos en la reflexión “Las Tres Leyes (a establecer) del Omniverso”).

No obstante, el Filósofo Efímero que escribe reflexiona desde sus recién cumplidos cincuenta años, por lo que previsiblemente - gracia de las Moiras mediante- seré ya un octogenario cuando el Metaverso se haga carne en el orbe del primer mundo (que ya no será sólo occidental). Lo cual, no puedo negarlo, me llena de satisfacción al percibir que, pipa en boca, continuaré enfrentando como hombre libre la materia de estudio de la Metafísica, y de sus otras ramas filosóficas derivadas, desde mi atalaya personal de la realidad natural. Qué le voy a hacer, cada cual es hijo de su tiempo, y personalmente me congratulo de ser un hombre del siglo pasado, viendo lo que se nos viene encima. Por lo que solo me toca por decir, de humano a futuros Metahumanos, que aquellos que me precedan deberán de lidiar sus propias revoluciones reflexivas sobre nuestra frágil especie y su realidad, si es que aún preservan la libre capacidad de pensar. La Historia, como siempre, lo atestiguará. Alea iacta est!


viernes, 7 de enero de 2022

El independentista catalán no acepta su propia identidad milenaria

Hoy es siete de enero, el día posterior a la partida de los Reyes Magos de Oriente, en el que la normalidad (dígase realidad normalizada, que no por ello normal) retoma su pulso. Personalmente siempre he percibido este día como el verdadero pistoletazo de salida del calendario gregoriano a un nuevo año, tras semanas previas de una intensa transición festivo-gastronómica de corte casi medieval por el año que abandonamos. ¡Cómo nos gusta la fiesta! ¡Y el buen comer!. Hoy, sin lugar a dudas, comienza de facto entre regalos ya abiertos más o menos acertados, y empachados hasta la saciedad, un nuevo 2022 por estrenar. Un año por transitar lleno de retos en todos los ámbitos sociales, que afectan a la vida cotidiana de las personas, derivados tanto por la crisis económica global estructural que lastramos desde hace más de una década, como por las continuas disrupciones tecnológicas que sin aviso ni permiso ponen patas arriba la sociedad actual por conocida para desubicación del más talentoso o moderno, como por el aún más si cabe agravante social de una pandemia aún por superar en unos tiempos que llueve sobre mojado. Y, por si fuéramos pocos, como reza el refranero castellano, parió la abuela. O al menos en mi tierra catalana, donde contamos además con un movimiento político independentista que desde hace diez años rema obstinadamente en sentido contrario a toda lógica evolutiva en pleno siglo XXI, destacando entre sus logros el habernos situado a la cola de España, entre otros parámetros socioeconómicos más bien deprimentes, en materia de prestaciones de servicios públicos (como sanidad o educación), en competitividad fiscal, o en PIB nacional. Lo cual, ironía mediante, no deja de tener su mérito por el hecho objetivo que los catalanes, con anterioridad a la irrupción de la erosiva inteligencia independentista, ocupábamos el pódium estatal en referencia productiva y de bienestar social de toda España.

Respecto a los movimientos independentistas, qué decir más que honestamente considero que todo pueblo tiene el pleno derecho legítimo a reivindicar su legado histórico singular. Tal es el caso contemporáneo, por poner un ejemplo cercano al uso, de una Escocia británica con renovados aires segregacionistas, cuyas aspiraciones políticas actuales independentistas se inspiran en haber sido un reino con una larga dinastía propia durante casi 900 años hasta que a principios del siglo XVIII se adhirió al Reino de Gran Bretaña. De hecho, Escocia permaneció tres veces más tiempo como reino independiente que como país integrado al Reino Unido. Pero no así sucede con el independentismo catalán, el cual aunque vende sin vergüenza una tergiversada historia inexistente, nunca tuvo ni reino, ni rey, ni Historia propia en mayúsculas fuera del Reino de España.

Tanto es así que cabe apuntar, para posibles despistados, que los orígenes de la Cataluña geográfica contemporánea nace de un conjunto de condados autónomos creados en el siglo VIII por los monarcas carolingios (reyes francos que gobernaron en la Europa Occidental de la Alta Edad Media), con el objetivo de detener la expansión musulmana sobre los entonces dominios del Reino de la Hispania Visigoda (recordemos que los visigodos fueron los que derrotaron al Imperio Romano e invadieron la península ibérica en el s. V, y que posteriormente cayeron ante la invasión musulmana). Y que este conjunto de pequeños condados creados por los francos, cada uno con su conde respectivo, recibió el nombre de Marca Hispánica. En este corte temporal, la Barcelona entonces musulmana (actual capital de Cataluña) fue conquistada por los francos en el año 801 por el rey de Aquitania Luis el Piadoso, creando así el Condado de Barcelona, que dependía directamente del rey francés, llamado también Luís I de Francia. (Recomiendo aquí la entretenida novela “Aquitania”, de Eva Gª Sáenz de Urturi, que fue premio Planeta de 2020, para deleite de los amantes de las novelas históricas).      

Durante los doscientos años posteriores, los diversos condados que conformaban parte de la actual Cataluña geográfica no solo batallaron entre sí por la simple avaricia de ampliar los límites de sus condados, sino a su vez para defenderse de las tropas musulmanas aún presentes en la península, destacando el Condado de Barcelona por sus gestas conquistadoras. Un condado éste, al que si bien le sucedieron diversos condes de linaje variado con relatos de fratricidio inclusive, reforzó su autoridad política en la zona por la progresiva falta de influencia de los reyes francos (que lidiaban en otras batallas), llegándose en un momento dado a autoproclamarse como Principado (al territorio formado por los condados de Barcelona, Gerona y Osona), y como Príncipe al Conde de Barcelona. Por supuesto, el influyente por aguerrido Conde de Barcelona no podía hacerse llamar rey, porque su soberano seguía siendo el rey franco (en este caso y a esas alturas de la dinastía de los Capetos, una de las realezas más importantes de la Europa de aquellos tiempos).

No pasa poco más de un cuarto de siglo en que el Conde de Barcelona, por matrimonio concertado, se une a la Corona de Aragón, creando así una dinastía real nueva de marca hispánica. Desde entonces, todos los Reyes de la Corona de Aragón ostentaron, a su vez, el título de Conde de Barcelona. Es decir, la Cataluña geográfica actual formaba parte, como un territorio más, de la Corona de Aragón. Y cabe recordar que, posteriormente, la Corona de Aragón se integró en la corona dinástica de Castilla a mediados del s. XV con las bodas de Fernando el Católico e Isabel la Católica, más popularmente conocidos como los Reyes Católicos, que son los precursores de la actual realidad sociopolítica española.

Respecto al título de Condado de Barcelona propiamente dicho, señalar que se mantuvo vigente hasta que el rey español Felipe V de Borbón, ganador de la Guerra de Sucesión frente a la casa de Austria, lo abolió en 1714 mediante los famosos Decretos de Nueva Planta (en los que también abolió todas las leyes e instituciones propias del Reino de Aragón -que incluía el Principado de Cataluña-, el Reino de Valencia, y el Reino de Mallorca, para unificarlos bajo la organización jurídica y administrativa de la Corona de Castilla). Desde entonces el Condado de Barcelona, y por ende el Principado de Cataluña, dejó de ser una entidad jurídica diferenciada, y el espacio político de la actual Cataluña solo volvería a definirse como tal mediante la constitución de la Mancomunidad de Cataluña (1914-1925) y posteriormente como la comunidad autónoma actual que es Cataluña, con base en los estatutos de autonomía de 1932, 1979 y 2006, y siempre y en todo caso como territorio perteneciente al Reino de España. Por otro lado, el título soberano de conde de Barcelona continuó ligado al titular de la corona española, el cual sigue siendo hoy en día uno de los títulos del actual rey Felipe VI de España. 

Expuesto lo cual aun someramente, podemos afirmar que el catalán independentista contemporáneo, más allá de su imaginario enajenador, no es más que un ciudadano español que no acepta su propia identidad milenaria. Pues anhela recuperar la independencia histórica de una Cataluña que, como parte de la historia real de España, nunca fue ni un reino ni un estado independiente. Sin entrar a juzgar, por su irrelevancia histórica, la autoproclamación de independencia política de Cataluña que duró seis días en la llamada República Catalana de 1641 (bajo la supuesta protección del Rey de Francia de turno en el contexto de la guerra franco-española contra el rey Felipe IV de España), la proclamación del Estado Catalán del 6 de octubre de 1934 por parte de Lluís Companys que solo duró un día (en el marco de la II República Española que presidió Manuel Azaña, quien sea dicho de paso calificó de traidores a los políticos catalanes), así como la reciente declaración unilateral de independencia del Parlamento de Cataluña el 27 de octubre de 2017 que duró 56 irrisorios segundos, y que llevó al entonces Presidente de la Generalitat Puigdemont a fugarse hasta la fecha de la Justicia española, y a la comunidad autónoma de Cataluña a ser intervenida por el Estado durante ocho meses al amparo de la Constitución española previo a la convocatoria de nuevos comicios electorales democráticos en Cataluña. Por lo que, en realidad y ajustados a Historia, podríamos decir que el independentista catalán si alguna clase de independencia debiera reivindicar es aquella sujeta al legado de la Corona de Aragón o, inclusive, a la propia de los Reyes Católicos como propulsores de la Casa de los Austrias (frente a los actuales Borbones), y no otra. Pues esta es su herencia histórica, mal le pese o mal le eduquen (Ver: Recortarla Historia de España, o cómo hacer que una sociedad pierda su identidad). Por algo será que la bandera de Cataluña es la tradicional señera de los Reyes de la Corona de Aragón, y asimismo es parte inherente del escudo de la monarquía española ya desde el estandarte de los Reyes Católicos en la creación del denominado Estado de la Monarquía Hispánica.

Y tras este baño de realidad iluminada, dejemos la historia ficción para juegos de rol, videojuegos, o avatares de un metaverso por recrear, y volvamos a la sensatez (seny) como rasgo característico del catalán, por favor. Que, por unos o por otros, la rica por diversa casa catalana sigue sin barrer, y nuestro deteriorado Estado de Bienestar Social no puede esperar ni un minuto más de nuestra urgente atención. A ver si en este año nuevo que iniciamos nuestros gobernantes catalanes aceptan su verdadera identidad histórica y, reconciliados con un legado que es de todos, demuestran su diligencia púbica con los problemas cotidianos del resto de ciudadanos catalanes del 2022. Por desear, que no quede. Fiat lux!

Ver: Cuaderno de Bitácora del Filósofo Efímero sobre el Independentismo Catalán