jueves, 23 de diciembre de 2021

Recortar la Historia de España, o cómo hacer que una sociedad pierda su identidad

Los Reyes Católicos impartiendo justicia
La cultura es símbolo de identidad de una sociedad, como es por todos bien sabido. Así como también sabemos que la cultura es el conjunto de usos, costumbres y tradiciones que conforman dicha sociedad, en la que la Historia representa la raíz y sustrato vertebrador de la misma, a imagen y semejanza del adn como material genético que conforma la singularidad de un organismo vivo. O, dicho en otras palabras, sin Historia no hay cultura, y sin ésta y sobre todo sin aquella, no hay identidad social y, por ende, individual. Es por ello que podemos afirmar que un sistema de educación que elimine aquella parte nuclear de la Historia, cuyo conocimiento representa la razón de ser y explica el modelo socio-político contemporáneo de un país, es un sistema educacional que apuesta de manera deliberada por un proceso de pérdida de identidad de su propia sociedad. Un supuesto que, si bien nos pudiera parecer impensable por contrario a la lógica del buen hacer social, deviene una triste realidad en la enésima vigente reforma educativa española que afecta peyorativamente en este caso a la asignatura -y no a otra- de Historia de España, en un suma y sigue de políticas cargadas de despropósitos educativos desde hace ya cuatro décadas y con independencia del cromatismo ideológico del Ejecutivo de turno. En este punto, recomiendo la lectura del artículo “Una España sin Edad Media, una España sin El Cid” de Óscar Villarroel, profesor de Historia Medieval de la UCM.

No cabe señalar por obvio, en esta línea argumental, que dicho fehaciente acto intencionado del Legislativo español de amputar institucionalmente parte de una educación obligatoria del conocimiento sobre la Historia de nuestro pueblo, deja a nuestras futuras generaciones huérfanas de facto de sus propios orígenes milenarios y, por tanto, de la herencia cultural que por derecho natural tienen sobre su carácter histórico como rasgo socio conductual inherente. Ya que la herencia histórica, de inviolable arraigo ancestral, tiene como fin último el conectar a nuestros jóvenes -dentro de la línea temporal genealógica compartida de un pueblo común- con el saber de quiénes son en el mundo en calidad de identidad cultural diferenciada. Y aun así, y contra todo sensato pronóstico, el sistema educativo español parece ir en sentido diametralmente opuesto, como si buscase difuminar de la mente colectiva del planeta la identidad histórica española.

La gravedad de la situación, por tanto, no solo radica en que los garantes de la res publica (que destacan por la ausencia de su brillantez intelectual a la par que por su desmesurado afán por hacer acopio de privilegios) muestran, sin siquiera despeinarse, una clara actitud negligente contra Ética, al violentar un derecho natural consubstancial de toda persona como es su legitimidad a una identidad cultural propia. Sino que, asimismo, sus letradas señorías abren la caja de Pandora -quisiera creer que inconscientemente, pero no por ello menos culposo- a la manipulación de la Historia para beneficio de sectarismos ideológicos de perfil totalitario, como son los movimientos políticos segregacionistas. Tanto es así que, por poner un ejemplo, la actual tergiversación histórica que los jóvenes catalanes sufren a día de hoy en las aulas por parte de acólitos de los partidos independentistas que gobiernan en Cataluña -por omisión cómplice del Estado, cabe apuntar-, convertirá irremediablemente en verdad aceptada socialmente la flagrante mentira histórica de que Cataluña fue un Reino en la Edad Media con rey y ejército propio (para conveniencia del fantástico relato del nacionalismo catalán), entre otras barbaridades al uso, ante la inexistencia del derecho a una contrarréplica posible por parte de un saber histórico certero causado por la mutilación de la asignatura de Historia de España. La cual, desde ahora y gracia mediante de nuestros gobernantes, se enseñará a partir del corte temporal de Felipe V de Borbón como vencedor de la Guerra de Sucesión (s. XVIII), en detrimento por eliminación del temario educativo de una trascendental Edad Media que conformó la realidad socio-cultural de la España actual, y sin la cual no puede entenderse por extensión la propia realidad de la Europa contemporánea como civilización continental.

Si, además, somos conscientes que los ciudadanos de las sociedades modernas, desde hace ya tiempo, cedimos la responsabilidad de la transmisión intergeneracional del legado histórico propio a las entidades educativas y al amparo de los Estados, en el caso que éstos hagan dejadez de sus obligaciones naturales como se hace patente visto lo expuesto en el caso educativo de España, no cabe esperar que, por inusual acto iluminado de gracia divina, nuestras nuevas generaciones subsanen dicha huerfanidad intelectual de motu propio y a título individual. Y aún menos, si cabe, en el agravante por irreversible espacio socio contextual presente, donde se impone de manera progresiva un metaverso social teledirigido por un agente externo y a espaldas de toda gestión pública como es el Mercado, a quien además solo le interesan los ciudadanos en calidad de consumidores compulsivos no reflexivos. Perfiles conductuales los cuales, sea dicho de paso, el Mercado ya tiene asegurado desde el mismo momento en que nuestro malogrado sistema educativo ha conseguido erradicar, obedientemente, la práctica totalidad de la asignatura de Filosofía que permitía a nuestros jóvenes no solo desarrollar la capacidad del pensamiento crítico, sino aún más la de aprender a pensar. Por lo que resulta una evidencia empírica el desazonado hecho de que en España estamos construyendo una sociedad de ciudadanos no pensantes y, a partir de ahora, también sin identidad histórica propia.

La pregunta pertinente que se tercia, por tanto, no puede ser otra que aquella que dé respuesta al por qué de dicho interés en sumir a las futuras generaciones en el olvido de su propia Historia por desconocimiento inducido. Lo que parece plausible es que siendo ésta una acción de naturaleza política, cabe descartar tota posible causalidad por desidia de gobernanza, pues los políticos no mueven un dedo sin rédito, no seamos ingenuos. Por lo que cabe suponer que el interés por parte del complot aritmético parlamentario de la fragmentada Cámara Legislativa española en hacer que su propia sociedad pierda su identidad cultural radica, justamente, en el interés que dicha suma de diputados de conveniencia tiene por construir una nueva identidad nacional substitutoria para beneficio político propio. He aquí, a la luz de los hechos, que se revela la verdadera esencia maquiavélica del legislativo español contemporáneo, quien sin ruborizarse no duda en atentar contra el bien común por patrimonial del Estado. Un mal hacer que, aunque lo ignoren y mal les pese, la propia Historia de España acabará por juzgarlos.

Expuesto lo cual, quizás sea el momento que las familias volvamos a reunirnos alrededor de la chimenea del salón para transmitir oralmente la Historia de España con antiguos libros en mano, como único medio de hacer perdurar el legado de una milenaria identidad social propia, aun a sabiendas que pueda llegar a ser un saber prohibido. Pues, al fin y al cabo, ¿qué es una persona carente de identidad cultural hereditaria sino un apátrida histórico?, semejante a una persona sin rostro, a una hormiga sin antenas, o a un árbol sin raíces. La Historia no es solo una sucesión de acontecimientos predecesores que configuran nuestra realidad social, sino que es la savia misma que da sentido de identidad existencial a los miembros que conforman una misma comunidad social, como partícipes de un tronco cultural común. Pues un hombre sin Historia es un hombre tan desarraigado como vacío de valores legados, y todo aquello que yace vacío es tentado de ser manipulado en su seno interior desde el exterior para beneficio de terceros torticeros. Reunámonos pues, al calor de un fuego en el hogar con sentido de responsabilidad familiar, para transmitir el 90 por ciento de nuestra Historia (correspondiente al periodo de la Edad Media) a nuestros descendientes, pues suyo es por derecho natural el conocimiento de su herencia histórica. Fiat lux!