miércoles, 15 de diciembre de 2021

¿Queda registrada mi edad en el Universo?

Tras casi una semana de haber cumplido los cincuenta, llevo días preguntándome cómo queda anotada mi edad biológica en el registro del Universo conocido por observable, pues toda energía queda registrada en la naturaleza cósmica, ¿no?, aunque solo sea mediante el proceso chequeable de transferencia de energía que continuamente se produce entre los flujos energéticos que conforman un mismo ecosistema. Tal y como, bien sabemos, dispone el popular principio de conservación de la energía (primera ley de la termodinámica).

Por imaginar, imagino mi edad registrada en la escala física humana como un anillo o una mueca más en el mitológico gran árbol de la vida, o quizás como un grabado en números arábigos o romanos (50 o L) sobre alguna tablilla de cuenta cuentas a manos de las Moiras o de la mismísima Parca, o puede que tan solo se trate de una efímera anotación por volátil combinación de números binarios (110010) en el mundo digital de un Metaverso impermanente. Mientras que, a escala subatómica o cuántica, por imaginar, me imagino representado por una multiplicidad casi fractal de números cuánticos (principales, secundarios o azimutales, magnéticos, y de espín, como mínimo), que en la suma de su conjunto no hacen más que intentar describir mi complejo espacio atómico orbital dentro del sistema universal. Sabedor, como marca el principio de Heisenberg, que mi posición existencial es, a su vez, incierta por imposible de determinar para el propio Universo. Entonces, siendo el Universo indisolublemente físico y subatómico, ¿puede determinar y aún más registrar mi edad?.

En el mundo físico no hay duda, pues la edad no es más que una representación humana del tiempo, el cual siempre viaja en una sola dirección que es hacia adelante, semejante a una flecha que vuela por el aire. Una evidencia empírica razonada a la luz de la segunda ley de la termodinámica (que establece que todo sistema evoluciona irremediablemente hacia un estado más caótico, y no al revés, pues en todo proceso de transferencia y transformación de energía se pierde parte de ésta), y de la entropía (que es la irreversibilidad de dicho caos, cuya naturaleza solo puede aumentar y no disminuir), principios físicos de los que extraemos el convencimiento irrefutable de que el tiempo solo avanza en la dirección en que aumenta la entropía: que no es otro que la búsqueda del fin de la vida humana tal y como la entendemos. Pero en el mundo subatómico la cosa cambia para desquicio del más cuerdo, pues el tiempo a escala cuántica se manifiesta en una superposición de estados donde pasado, presente y futuro se funden, y en la que los procesos de causa y efecto se invierten. Es decir, el tiempo a escala cuántica no sigue la lógica de una flecha que solo avanza hacia el futuro, sino que coexiste en una doble dirección en la que tanto avanza hacia el futuro como a la par retrocede hacia el pasado, en un estado de superposición de dos realidades sensitivamente antagónicas que conforman una misma naturaleza. Entonces, siendo el tiempo del Universo una magnitud que ordena los sucesos en secuencias indivisiblemente futuras y pasadas por igual a diferente escala, vuelvo a preguntarme: ¿puede el Universo determinar y aún más registrar mi edad?. Y aún más, si yo, como ser viviente, soy indudablemente una manifestación física a partir de una dimensión subatómica, ¿cumplo o descumplo años? (Ver: Desfreír el huevo, ¿el salto evolutivo de la conciencia humana?)

Lo cierto es que la segunda ley de la termodinámica, si somos sinceros, no tiene demasiado sentido en un Universo sin límites, y por tanto infinito. Pensar lo contrario contradeciría la primera ley. Pues la energía de un cuerpo, en su evolución entrópica, no se diluye en la nada sino que se transforma en una nueva energía dentro del mismo Universo sin límites de espacio ni de tiempo, al igual que hace una hoja tras caer del árbol para volver a formar parte de la tierra de la que surgió. Y todo y así, nuestra propia entropía nos lleva a desaparecer en el mundo físico. Aunque no así a nivel subatómico, donde nuestras partículas materiales más esenciales pueden estar simultáneamente en dos lugares espacio-temporales diferentes como es en un presente existente y en un presente inexistente. Un dilema digno de la alta magia que, si no lo resolvió el mismísimo gato de Schrödinger, no voy a ser yo quien lo resuelva. Quien sabe, quizás la respuesta tengamos que hallarla en la sabiduría del profesor Albus Dumbledore, director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería (personaje de la saga de Harry Potter, como apunte para los no neófitos del cine fantástico).  

Sea como fuere, parece que al Universo poco le importa registrar mi edad, siendo una materia indiferente tan solo de relevante observación para el polvo de los hombres (Ver: Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás). Y el polvo, aunque sea el elemento substancial sobre el que hemos construido nuestra ilusoria densa realidad humana, polvo es para el Universo. Todo y así, y derivado de mi naturaleza egocéntrica común a todos los mortales, me decantó por creer románticamente que mis años quedan registrados, a modo de collar de cuentas, en el hilo de la vida que manejan las Moiras como personificaciones del destino de los humanos (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?). Pues, a pesar del evidente absoluto desinterés e impasibilidad del Universo respecto a registrar nuestros años de edad, siempre nos queda la mitología (de religiones extintas o vigentes) para nuestra propia complacencia. Dicho lo cual, pipa en boca, me encamino con espíritu relajado a cumplir un aniversario más, indulgencia mediante de las imperturbables Moiras.