lunes, 6 de diciembre de 2021

La Prodigalidad, el freno de urgencia familiar que el Capitalismo esconde

Vivimos en una época en que el derecho de propiedad es un bien sagrado, y el uso y explotación por parte de un titular del conjunto de sus bienes materiales no tiene límites. O, dicho en otras palabras, el propietario de un patrimonio puede hacer con él lo que le plazca a su antojo, inclusive dilapidarlo hasta reducirlo a la nada. Una práctica que, de hecho, en un mundo consumista donde brillan y se jalean los excesos, es aceptada plenamente bajo el influjo del credo de la filosofía capitalista ultraliberal como nueva religión de masas dominante.

No obstante, es por muchos desconocidos -acción deliberada mediante por el propio Capitalismo-, la existencia de un tecnicismo milenario que limita al propietario de un patrimonio su derecho de explotación sobre el mismo, situándolo en su justa condición de velador responsable de dicho patrimonio para con sus descendientes, principalmente. Es decir, aunque una persona ostente la titularidad de un patrimonio, éste también es a la práctica de sus hijos. Por lo que la tan manoseada frase del “Yo te mantengo” dicha por un padre a un hijo (extensible de hijo a padre y de cónyuge a cónyuge), realmente debe reformularse como “Yo me mantengo mediante el uso que tú haces de mi patrimonio” a decir de un hijo a un padre. Pues, en este sentido, efectivamente el hijo ostenta un derecho sobre el patrimonio que, aunque sea en potencia (por falta de titularidad efectiva), no por ello es violentable.  

Dicho tecnicismo que persiste hasta nuestros días, tiene su origen en el derecho de los antiguos romanos, quienes crearon la figura jurídica del prodigus (Pródigo), entendiéndola como aquella persona “quien no es capaz de llevar cuenta y límite en sus gastos, sino que se arruina dilapidando y malgastando sus bienes”. Una figura que, mal le pese al Capitalismo, perdura en la actualidad bajo el término jurídico de Prodigalidad, y que tiene como objetivo atender al peligro que la conducta de un propietario de un patrimonio entraña para el propio patrimonio y, particularmente, para las expectativas sucesorias que sus familiares más próximos albergan sobre este patrimonio. Como vemos, el Pródigo es aquella persona que malgasta su patrimonio en detrimento presente y futuro de su propia familia. Y la Prodigalidad es, por su parte, la figura jurídica que permite actuar a descendientes, ascendientes, o cónyuges, contra la conducta de la persona pródiga que malgasta su caudal con ligereza y/o desorden a capricho. O, al menos, así se contempla en los ordenamientos jurídicos de los países contemporáneos que utilizan el derecho continental europeo, derivado en gran parte del derecho romano (además del germano, del canónico y del pensamiento de la ilustración), y que representa el sistema jurídico más utilizado del planeta (El resto de países utilizan, principalmente, el derecho anglosajón o el derecho islámico).

Pero, historia y filosofía del Derecho a parte, lo relevante es observar cómo tanto la naturaleza sustancial del hombre como ser social desmesurado a controlar no ha variado a lo largo de más de dos mil años de civilización (nihil novum sub sole), como el hecho que la exaltación del individualismo como máxima del modelo social del Capitalismo tiene límites, en materia de gestión patrimonial, en el uso y despliegue de su propia libertad. Aunque al mismo Capitalismo no le guste publicitar, para total desconocimiento de la mayoría de mortales.

El hecho que el derecho sobre el patrimonio sea extensible al resto de la familia más próxima, con independencia del grado de consanguinidad de los miembros y de quién ostente la titularidad (que por esencia es provisional, pues la vida del titular del patrimonio es temporal), tiene interesantes y relevantes implicaciones filosóficas. Veamos:

En primer lugar, por obvia, cabe apuntar la implicación acorde a la Filosofía de la Moral, pues el titular de un patrimonio familiar tiene la obligatoriedad ética de una gestión responsable con y sobre los bienes comunes más allá de su propia muerte. Es decir, la conducta socialmente recurrente sujeta al principio de que tras la muerte del titular del patrimonio sus herederos “ya se apañarán con lo que quede”, es una conducta claramente pródiga.

En segundo lugar, cabe apuntar la implicación acorde a la Filosofía Social y Económica, pues el derecho común tácito de un grupo familiar sobre un mismo patrimonio hace de éste una propiedad privada compartida de facto. Es decir, la gestión del patrimonio deviene, por aplicación de la ética de la responsabilidad, de carácter mancomunado. Pues todos y cada uno de los miembros de una familia, en pleno uso de sus facultades mentales, tiene derecho a sopesar y decidir sobre las implicaciones personales respecto a las expectativas de beneficio del patrimonio presentes y futuras derivadas de su gestión.  

Y, en tercer lugar, cabe apuntar la implicación acorde a la Filosofía Ontológica, pues la propiedad privada compartida por familiar, sujeta al principio de gestión mancomunado, pone en relieve la importancia relacional entre persona (ente universal por lo que es) y patrimonio (ente particular por lo que se tiene) como elementos tan codependientes como causales para garantizar la dignidad de vida del ser humano.

No hay que decir que dichas implicaciones de la Filosofía de la Moral, Social y Económica, y Ontológica, de marcado carácter humanista, son irrelevantes y aún más menospreciables para la filosofía imperante del Capitalismo, cuyo éxito deviene de la creación de una propia moralina fundamentada en el egoísmo cortoplacista en el contexto de una cultura consumista de corte hedonista. No obstante, ley milenaria mediante, siempre queda la opción del freno de urgencia, a conductas capitalistas familiares insolidarias con sus consanguíneos por despilfarradoras, como es la figura reglada de la Prodigalidad. Aunque, no es menos cierto que, en temas familiares con relaciones idiosincrásicamente complejas por cargadas de tóxicos chantajes emocionales, pocos son los que se atreven a ponerle el cascabel al gato. Pues la persona pródiga, es Pródigo toda la vida, en su profundo sentimiento individualista de un derecho divino adquirido como propio por nacimiento, el cual defenderá soberbiamente con uñas y dientes. Pues él o ella, desde su religiosa concepción capitalista, es quien mantiene al resto de miembros desde la comodidad del uso de un patrimonio familiar explotado en exclusividad y, tras su fallecimiento, que se apañen los que quedan con aquello que quede. Si éste, amigo lector, es tu caso, a falta de gallardía procesal, que sean los dioses del Olimpo los que tengan a bien ampararte. Pues no hay tesoro, por opulento que sea, que a un derrochador aguante.