martes, 7 de diciembre de 2021

El pensador mudo que escribe con letra invisible

Solo abrir las ventanas justo cuando uno se levanta ya puede percibir que fuera, en el mundo exterior de las urbes civilizadas, hay mucho ruido. Un ruido disonante y estridente que bloquea los sentidos por saturación. Y, por si fuera poco, ese ruido es producido por una ráfaga incesante de estímulos visuales, tan agresivos como embotadores, semejantes a las luces y láseres de flashes intermitentes de las discotecas. Un mundo atrapado en una caja de resonancia cuya exaltada frecuencia carga de electricidad estática el mismo aire que respiramos, para desquicio del sistema nervioso del más sosegado. Y, en medio de este hábitat enervante, solo se escuchan las opiniones de aquellos que, medios de comunicación y redes sociales mediante, compran un espacio de paréntesis para hacerse distinguibles entre tanto estrépito, en formato de programa televisivo o radio, spot publicitario, o publicación en editorial, prensa o plataformas de internet. Sabedores que dichas voces, que sobresalen previo pago por encima de la onda de frecuencia del estruendo ambiental, no son más que teloneros que cumplen una función beneplácita por necesaria para la continuidad del propio ruido.  

No es de extrañar, en consecuencia, que en este ambiente ruidoso los pensadores sean mudos. No porque no tengan capacidad de habla, sino porque sus palabras no alcanzan a escucharse. Y si plasman sus pensamientos en escritos, éstos acaban escribiéndose con letra invisible. No porque no puedan leerse, sino porque sus reflexiones no son atendidas por nadie al no poder sobreponerse al envolvente halo de ruido. De hecho, el proceso intelectual deliberativo del pensador nace del silencio, por lo que su naturaleza ya parte de inicio en clara desventaja por ser diametralmente opuesta al ruido. Un ruido que, en definitiva, busca la enajenación de la mente humana para incitarla deliberadamente a un estado de encefalograma plano, donde la masa zombificada baila a un mismo ritmo. (Ver: Breve diserción sobre el Ruido y el Silencio Personal y Social)

No obstante, que nadie se lleve a engaño en una sociedad egocentrista, el pensador no piensa para que se le escuche o se le lea, sino que sus reflexiones forman parte de una necesidad personal, casi fisiológica, de dar sentido a su propia existencia. Y, de paso, como dinámica de autosanación en un mundo tan dispar como irracional que intenta descifrar a modo de juego existencial. (Ver: La filosofía como terapia personal). Lo que no es incompatible, a su vez, al hecho que el pensador no desee -que no es lo mismo que tener necesidad- el compartir sus pensamientos como ser social que es, en el sentir de una inherente vocación de aportar valor al conjunto de la sociedad. Dicho lo cual, no hay pensador que cese de reflexionar a expensas de un ruido ambiental que no solo le enmudece, sino que lo invisibiliza a ojos de los demás. Es por ello que, siendo el hábitat natural del pensador el silencio, y sin padrinos naturales ni capacidad económica suficiente para adquirir paréntesis de notoriedad alguno que haga de cuña sobre la frecuencia del ruido, el pensador, desde su intimidad reflexiva, es mudo y escribe con letra invisible.

Así pues, lo relevante, para la coherencia con la naturaleza propia del pensador, no radica en ser mudo o invisible al mundo exterior, sino saberse escuchar y poderse leer en el mundo interior de uno mismo. Semejante al bienestar placentero que se siente en la mismidad, sentado solo en la playa frente al inmenso mar, al reflexionar sobre los aspectos más mundanos como trascendentales de la vida. El pensar es silencio y soledad (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado). Y el pensador, un buscador curioso del sentido de la verdad. Es por ello que, si alguna elegía se compone tras mi muerte, solo pido que se me recuerde como un pensador que, pipa en boca, disfrutó de su viaje mortal reflexionando sobre la insondable vida (cuyas notas recogió en su bitácora personal del Vademécum del Ser Humano). Dixi!