martes, 28 de diciembre de 2021

El hombre contemporáneo no piensa, sólo cree

Que la mayoría de las personas sólo tiene capacidad para creer, y no para pensar, es una máxima que ya categorizó en su día Schopenhauer, pero que se mantiene en plena vigencia, aún más si cabe, en los tiempos actuales. Entendiendo la capacidad de creer no en sentido de confianza o de fe (creencia-en), sino en su pleno significado conceptual de creencia como actitud psico conductual de una persona que asume una idea, un pensamiento, o un hecho como verdadero (creencia-de-que), sin intermediación de pensamiento crítico alguno que examine el grado de veracidad de dicha supuesta verdad inducida socialmente. De hecho, vivimos en una sociedad donde el conocimiento, medios de comunicación omniscientes mediante interconectados a las personas como rasgo característico de la era digital, se ha convertido en información, y ésta se suministra masivamente en cápsulas o píldoras de contenidos prediseñadas para ingesta directa del ciudadano-consumidor no pensante, el cual vive regurgitándolas en su vida diaria en un ciclo vicioso sine die a modo de simple rumiante.

Vivir en una sociedad donde las personas basan su existencia en la creencia y no en el raciocinio tiene una clara derivada sociológica de control de masas, ya que si el ciudadano medio no sabe percibir que es real de lo que no lo es, que es verdadero de aquello que es una falacia, dicho ciudadano no tiene capacidad alguna para resistirse a la realidad manipulada impuesta. Una premisa de oro para la manipulación social, elevada a ley fundamental en un mundo orwelliano, sobre la que el ciudadano-consumidor del siglo XXI ha sido adiestrado magistralmente gracias a la técnica invasiva del ruido mediático de dispositivos móviles digitales -acoplados al organismo como prótesis extensivas de la propia persona-, que inducen a consumir compulsivamente ideas y estados de opinión paquetizados por terceros, los cuales se integran en la psiqué del ciudadano-consumidor como propios desde la plena percepción personal de creerlos como verdades absolutas. Y, en este contexto, las personas viven convencidas de que las cosas son como son, y se relacionan como se relacionan, sin alternativa de realidad social posible por irrefutable, aunque ello produzca un profundo sentir de congoja vital.

Más allá de la obviedad de que el ciudadano creyente y no pensante es un ciudadano que ha perdido la libertad individual, pues tanto su posible libre albedrío como su destino potencial está sujeto a un movimiento de pensamiento colectivo deliberadamente manipulado, por inducido externamente, el escenario sociológico plantea diversas preguntas propias de la Filosofía de la Sociedad, e incluso de la Gnoseología, que cabe presentar en orden de lógico desarrollo argumental para una adecuada exposición didáctica.

La primera pregunta que se tercia no puede ser otra que aquella que dé respuesta a qué sujeto o entidad está detrás de la manipulación de la realidad social, mediante la estrategia del diseño,  manufacturación, y paquetización de ideas y estados de opinión para consumo masivo. En este punto no hay que ser un Sherlock Holmes para seguir la cadena a la inversa de los consumibles, en una sociedad global articulada sobre la economía de libre competencia inmersa en la era digital, y dar con su origen fabril: el Mercado. Sabedores que este concepto que se nos manifiesta interesadamente ambiguo para la mente común, el Mercado, no es más que el eufemismo de un modelo de gobierno autoritario no electo formado por una selecta minoría de personas, las cuales gobiernan sobre los propios Estados y controlan el Derecho Internacional de facto para beneficio de sus acciones comerciales (Ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura Mundial). Tanto es así que, tal si el planteamiento expuesto fuera parte de un silogismo y tuviéramos que extraer una conclusión a modo de metáfora, podríamos afirmar que mientras el reducido elenco de personajes que controlan los bienes y servicios a nivel mundial son los propietarios-beneficiarios del Mercado global, los Gobiernos de turno de los Estados son sus capataces en calidad de cadenas de mando instrumentales, mientras que los ciudadanos-consumidores nos asemejamos a reses en granjas de autoabastecimiento para las arcas financieras de los primeros.

La segunda pregunta que se tercia es aquella que dé respuesta hacia dónde nos conduce, como sociedad, el actual modelo de ciudadanos-consumidores creyentes y no pensantes. Visto el histórico de las dos últimas décadas, especialmente a partir del corte económico temporal decisivo para el denominado Estado de Bienestar Social producido a partir de la Gran Crisis del 2008, queda patente que evolucionamos hacia un sistema productivo en el que progresivamente se ve aumentada la brecha social donde los pocos ricos cada vez son más ricos, y los muchos pobres son cada vez más pobres [Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana , La estafa de ser pobre (modelo Ponzi) y La Productividad actual lleva a la Desigualdad Social]. Un proceso de degradación social progresivo que sigue a la perfección el patrón que describe el efecto de la rana hervida, en el que el ciudadano-consumidor medio se va adaptando paulatinamente a la pérdida de derechos sociales, en medio de un cambio socioambiental sutil tan persistente como irreversible que va erosionando los resortes de los Estados de Bienestar y de Justicia Social, el cual concluirá finalmente con la implantación de un modelo social claramente distópico para prejuicio existencial del ciudadano-consumidor, sin que éste prácticamente se percate del mismo hasta la plena supresión social del derecho a la dignidad personal.   

Y la tercera pregunta que se tercia no puede ser otra que aquella que dé respuesta a si se puede revertir la actual tendencia de suma de sucesos sociológicos que, con toda probabilidad en una proyección a futuro de los acontecimientos, darán como resultado el inquietante futurible expuesto de profundas desigualdades y desequilibrios sociales. Sin desgranar ni prolíferamente ni en profundidad dicha cuestión con variables socio-económicas y políticas múltiples, para no alargar ni aburrir al valiente lector en la presente breve reflexión, percibo que la respuesta es categóricamente negativa, mal me pese, a la luz de dos factores de peso que pueden sintetizar el conjunto de elementos implicados. Por un lado, para revertir la tendencia sociológica actual se requeriría de una masa crítica suficiente de ciudadanos-consumidores pensantes y no creyentes que, desde la fuerza de la razón crítica y al amparo del derecho al bienestar social universal inherente a todo ser humano, plantearan una firme y decidida resistencia socio-política al rodillo del engrasado Mercado que, como verdadera máquina social compactadora, no permite grieta ideológica alguna en la sociedad de consumo homogeneizada. Es decir, no solo el ciudadano-consumidor medio debería despertar de su estado de encefalograma plano, sino que a su vez se requeriría de un volumen de individuos pensantes suficientes para crear un punto divergente de inflexión en la línea temporal evolutiva de la sociedad actual de Mercado. Y, por otro lado, para revertir la tendencia sociológica actual, se requeriría que dicha masa crítica de ciudadanos pensantes fuera capaz de contrarrestar la defensa de ataque natural del sistema, dígase Mercado, que deliberadamente trivializa -dentro de la enajenadora cultura de consumo hedonista hegemónica- cualquier pensamiento potencialmente peligroso por contrario al propio sistema de Mercado imperante.

En definitiva, podemos afirmar que si el hombre contemporáneo no sale de su creencia ciega en la realidad elevada a categoría de verdad creada por el Mercado -quien modela a antojo la sociedad humana para rédito propio-, el hombre continuará subyugando su libertad a un férreo control mental de pensamiento único manipulado, abocándose irremediablemente hacia una sociedad desigual a la par que injusta, tal bovino confiado que desconoce que su final no es otro que el matadero. Todo y así, seamos realistas sin caer en la ingenuidad de pedir peras al olmo, pues por todos es sino sabido sí al menos intuido, que la confortable comodidad autocomplaciente que ofrece un conocimiento precocinado y paquetizado apto para consumo de masas cumple la máxima del ser humano medio del mínimo esfuerzo, ya que mientras éste tenga quien piense y decrete por él mismo, aunque sea de manera malintencionada y falaz, no se esforzará lo más mínimo en pensar por motu proprio, en el supuesto caso que haya aprendido a pensar (Ver: ¿Hemos desaprendido a pensar? y ¿Qué es la Inteligencia? ¿Soy una persona inteligente?). Mientras tanto, y a falta de un milagro, el Mercado puede continuar impunemente castigando el cotidiano existir mundano de la persona media, vilipendiando y suprimiendo en su propia cara sin sonrojarse sus derechos sociales y civiles más fundamentales, puesto que el ciudadano-consumidor, mientras crea y no piense, aguantará lo inaguantable el resto de sus días, incluida la pérdida del derecho a una vida digna. Y entonces ya no habrá oportunidad ni para lamentaciones al puro estilo del rey moro Boabdil, pues al igual que en el síndrome de la rana ésta acabó hervida, el ciudadano-consumidor yacerá hervido y bien hervido. Alea iacta est!