jueves, 30 de diciembre de 2021

El Bitcoin será sociabilizado (por las autoridades monetarias), o no será

Hace un par de semanas escasas coincidí azarosamente, en una comida ociosa en el Círculo del Liceo de Barcelona, con el fundador del primer unicornio de internet de España (empresa que, a su vez, fue la primera startup española en salir a bolsa en un mercado principal), con quien departí calurosamente una larga conversación, entre plato y plato, sobre el mundo de las criptomonedas y la derivada tecnología Blockchain.  Qué decir que mi interlocutor, muy diestro en dichas materias, despertó tanto mi curiosidad -ya de por sí insaciable por todo nuevo conocimiento-, como mi necesidad imperiosa de someterle a una batería de preguntas que quizás rayara el tercer grado. Y si bien mi compañero comensal me intentó vender no solo los beneficios sino incluso las virtudes de la nueva generación de internet, elevándola a categoría de panacea de la libertad individual y de la universalización democrática del dinero, no pude más que intuir ciertos puntos débiles del sistema en cuestión que deseo exponer en esta breve reflexión. Así pues, de esos lodos estos barros.

Por todos es sabido que el Bitcoin es una moneda exclusivamente digital y no física, llamada también criptomoneda porque su configuración está encriptada por algoritmos digitales para evitar modificaciones posibles en el mundo de internet, cuya razón de ser es la de pretender erigirse en una moneda de uso mundial libre de las zarpas del sistema financiero clásico, díganse los bancos comerciales, y asimismo libre de ser controlado por ningún país. El Bitcoin, sin lugar a dudas, es hoy en día la moneda digital más popular por extendida, siendo la primera de su estirpe desde que surgió en enero de 2009, a la que le siguieron a posteriori una multiplicidad de criptomonedas alternativas como son el Litecon, el Ripple, el Dogecoin, o el Peercoin, entre otras tantas. Si alguien se pregunta quién creó el primer Bitcoin, nadie lo sabe. De hecho, se desconoce si fue una persona o un grupo de personas, y si éstas son personas físicas o jurídicas, y si tanto las unas como las otras tenían intenciones en origen desinteresadas o, por el contrario, claramente interesadas. Lo único que se ha revelado para conocimiento de la opinión pública es el nombre de Satoshi Nakamoto como su supuesto creador, el cual es un nombre certeramente ficticio que agranda aún más el misterio del origen de las criptomonedas. A partir de aquí, uno no puede dejar de preguntarse quién emite, cómo se regula, y qué valor real ostenta como moneda el Bitcoin, como ejemplo máximo del submundo de las criptomonedas. En definitiva, uno se pregunta cómo funciona. Para dar a luz a estas cuestiones, intentaré ser lo más claro y conciso posible según mi conocimiento hasta la fecha, como exposición previa necesaria a la reflexión filosófica consiguiente.

¿Quién emite, cómo se regula, y qué valor real tiene el Bitcoin?

Comencemos por el principio. La entidad emisora de bitcoins, lo que a la par hace las funciones de Banco Central Mundial de facto, es un algoritmo digital, el cual emite volúmenes periódicos de dicha moneda digital. Pero la emisión de la moneda digital en curso no es ilimitada, ya que el algoritmo reduce por dos el número de producción de bitcoins cada cuatro años, hasta que acabe emitiendo el total de 21 millones de bitcoins que el algoritmo tiene programado de origen. Un proceso de obsolescencia programada, el cual se prevé que finalice dentro de aproximadamente cien años. La razón de la limitación de la emisión de monedas radica, básicamente, en la estrategia de conseguir que el Bitcoin vaya adquiriendo progresivamente un valor mayor que cualquier otra moneda física del mercado, ya que éstas son susceptibles de ser devaluadas por las políticas monetarias de sus bancos centrales según conveniencias coyunturales. En este sentido, podríamos decir que la naturaleza esencial del Bitcoin toma como claro referente la dinámica del valor de mercado del oro como activo financiero de recurso limitado.

Sigamos. Referirse al mecanismo regulador del Bitcoin ya es un poco más complejo, aunque es de suma importancia entenderlo, ya que en él reside el ideario de un espíritu romántico, tan rebelde como libertador, que busca actuar de contrasistema al establishment imperante en el mundo global, y que sirve de reclamo idealista a millones de personas bajo un imaginario parejo al popular movimiento Anonymous. En este sentido, el Bitcoin se basa en la denominada tecnología del Blockchain (“cadena de bloques”, siendo cada bloque un eslabón de la cadena que contiene información inalterable), que no es más que una gran base de datos o registro público que puede ser compartido por multitud de usuarios privados a la vez, como tú o como yo, y que permite almacenar información de manera inalterada y organizada. O, relatado de manera más concreta, diremos que el Bitcoin existe y forma parte de una gran red de ordenadores domésticos descentralizados a nivel mundial, en los que en cada uno de ellos hay una copia alojada del software de Blockchain que cualquier hijo de buen vecino puede descargarse en su ordenador por internet de manera gratuita, convirtiéndose dicho ordenador doméstico de esta manera en lo que se denomina un “nodo” de Blockchain. Estos nodos tienen la función, principalmente, de que cada transacción realizada en el mundo con la moneda digital se replique en todos y cada uno de dichos nodos distribuidos a lo largo y ancho del planeta, realizando a su vez todos ellos copias sincronizadas de las transacciones efectuadas, lo que convierte a la moneda digital en imposible de alterar o modificar. Por lo que, cuando mayor es la red de ordenadores o nodos de Blockchain, mayor es el nivel de seguridad tanto del Bitcoin como de sus operaciones. Expuesto lo cual, la siguiente pregunta que podemos hacernos es: ¿quién valida las transacciones de la moneda digital en la compra de un bien o servicio que utilice bitcoins?. Para ello están los llamados “mineros” que forman parte de los nodos, que reciben susodicho nombre -por analogía con la minería del oro-, porque son personas que se dedican durante horas a extraer de internet bitcoins de transacciones mundiales realizadas con dicha moneda para crear nuevos bloques para la red Blockchain de bitcoins. O, dicho en otras palabras, los mineros validan y sellan las transacciones mundiales realizadas con la moneda digital, y cobran por su arduo trabajo un porcentaje de bitcoins de las transacciones intervenidas como incentivo. Llegados a este punto, la pregunta que se tercia es cómo conseguir bitcoins. Para ello hay tres maneras genéricas: convirtiéndose en un minero, permitiendo que haya gente que nos pague con Bitcoin algún producto o servicio que pongamos a la venta en internet, o directamente comprando bitcoins emitidos usando la moneda clásica de nuestra cuenta corriente. Y, ¿cómo quedan registrados estos bitcoins?, para ello existen aplicaciones de software que hacen las funciones de monederos virtuales. Espero haberlo expuesto de manera entendible.

Y, por último, en este primer apartado introductorio a la materia, lo que interesa saber de manera sobremaneramente a toda persona que vive en el pragmático mundo físico es el grado de validez real que tiene el Bitcoin como moneda. En este punto, si bien es cierto que el Bitcoin lleva revalorizándose al alza continuamente desde su origen, y a pesar que a día de hoy representa aún un activo financiero muy pequeño en relación a otros activos clásicos como pueda ser el dólar o el oro, lo cierto es que el Bitcoin -al igual que el resto de criptomonedas-, no puede considerarse una moneda stricto sensu. Pues si bien almacena valor, no así cumple con la función principal de toda unidad monetaria que es la de facilitar de manera genérica la transferencia de bienes y servicios y, por extensión, tampoco puede ser unidad de cambio de referencia sobre los mismos. Es decir, en la actualidad, servidor no puede, aunque quisiera, dirigirme al estanco de la esquina y comprar con bitcoins mi imprescindible tabaco de pipa. He aquí, pues, la prueba del algodón sobre la validez real del Bitcoin en la vida real por cotidiana.

Las insalvables debilidades humanas del universo Bitcoin

Expuesto lo cual, a modo somero de introducción didáctica de la materia a abordar, ahora sí es el momento de hacer algunas consideraciones reflexivas, desde el pensamiento crítico, sobre el mundo de las criptomonedas y de la derivada de su tecnología Blockchain. Comenzando por las primeras, lo que parece evidente es que, como toda tecnología disruptiva, el Bitcoin va a ayudar a transformar el concepto actual que tenemos sobre el dinero. Pero de ahí a tener la firme creencia de que el Bitcoin consiga democratizar a futuro el control sobre el dinero, es mucho decir, demasiado diría yo, mal les pese a las jóvenes y no tan jóvenes mentes idealistas. Que avanzamos hacia una sociedad sin dinero físico y cada vez más digital es una evidencia empírica, derivada de la regulación que el sistema financiero está imponiendo de manera progresiva en la vida diaria de las personas de a pie. Así como es una obviedad que dicha transición viene regulada por las autoridades monetarias clásicas (Bancos Centrales y Ministerios de Economía de los Gobiernos de turno), con la clara intencionalidad de controlar tanto el dinero en circulación, como la economía sumergida y asimismo el blanqueo de capitales, en cuya ecuación no entra la variable altruista de la democratización universal del dinero para uso y beneficio del conjunto de ciudadanos que coexistimos en el planeta. Seamos realistas. Los Señores del Mercado, que por dominar el espacio natural donde se realizan todas las transacciones comerciales controlan el poder financiero internacional, no tienen interés alguno en dejar en manos de los ciudadanos a título individual el control sobre el flujo y circulación del dinero. Pues va contra su natura, semejante a pedir que por iluminación y gracia divina un lobo desista, de la noche a la mañana, en comer carne para convertirse en vegano (Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana). Por lo que podemos deducir con un alto grado de previsibilidad, lógica mediante, que llegado el momento en el que el Bitcoin u otras criptomonedas alcancen un cierto nivel crítico de relevancia social tras superar su actual fase de experimentación sociológica, las autoridades monetarias las intervengan para sociabilizarlas con la finalidad de integrarlas en el engranaje del sistema (dígase regularizarlas bajo su control). Y, de paso, asegurar la supervivencia de sus cadenas de mando intermedias que no son otras que los bancos comerciales, cuya función real es la de aplicar la política financiera marcada por las autoridades monetarias a escala local.

Pero, junto al más que asegurado intervencionismo -o mejor dicho, fagotización- del omnipresente sistema financiero clásico sobre el Bitcoin en un futuro no muy lejano (de cuya tendencia ya existen precedentes de rabiosa actualidad, entre los que se encuentra China -actual primera potencia económica mundial- que el pasado mes de septiembre ilegalizó por ley cualquier transacción financiera con criptomonedas, sin desmerecer las acciones de fiscalización y regulación del sector que están llevando a cabo EEUU y la Unión Europea), las criptomonedas en su conjunto vislumbran otras debilidades susceptibles de adulterar el ideario de la filosofía new age de las monedas digitales diásporas por libres. De entre ellas, y para no hacerme cansino, destacaré dos tanto por su relevancia como por su claridad pedagógica.

En primer lugar, cabe apuntar que el funcionamiento actual del Bitcoin, como máximo exponente del submundo libre de las criptomonedas, plantea un grave problema de seguridad jurídica, ya que el propio sistema del Blockchain pone patas arriba el propio ordenamiento jurídico sobre el que se sostiene el derecho tanto nacional como internacional, situando en tela de juicio las transacciones comerciales principalmente de bienes, ya sean muebles o inmuebles, que afectan a la propiedad privada y que, por tanto, pueden ser objeto de nulidad procesal (como acaba de suceder en China). De hecho, el Bitcoin actúa de manera ya no alegal, sino paralelamente a la sombra de una supuesta legalidad sin consenso colectivo que se ha autocreado. Tanto es así, que en el universo alternativo del Blockchain el Código es Ley. Es decir, la única Ley observable en el submundo de las criptomonedas es el Código de programación del sistema: lo que pone en el Código se puede hacer y, por el contrario, lo que no aparece en el Código no se puede hacer. Una máxima que choca frontalmente contra cualquier Tribunal de Justicia contemporáneo y que, por si fuera poco, se ve agravado frente al hecho fehaciente que el susodicho Código que es Ley, tal si de la tabla de los Mandamientos de Moisés se tratase, no es más que un código de programación abierto susceptible de ser modificado por cualquier mortal talentoso o, en su caso, por cualquier eventual Moisés iluminado de turno con conocimientos de informática.

Y, en segundo lugar, cabe mencionar la práctica de los mineros -que recordemos son las personas que validan y sellan las transacciones en criptomonedas-, los cuales tienden en la actualidad a agruparse cooperativamente no solo para ser más efectivos en su trabajo (pues la unión hace la fuerza), sino para ser sobre todo más competitivos con respecto a otras agrupaciones de mineros contra los que compiten en extracción de Bitcoins para la creación de la “cadena de bloques” del sistema, pues en ello les va las ganancias. Un proceso éste, el de la creación del sistema Blockchain por parte de los mineros, que si bien debe ser validado conforme a unas normas de consenso dentro del mismo sistema, a la práctica dicha validación resulta bastante trivial para agilidad del crecimiento del propio sistema de Blockchain. Por lo que podemos pronosticar, acorde a la ley de la selección natural inherente en las relaciones humanas de poder, el hecho de que no existe impedimento alguno para que en dicha dinámica evolutiva una agrupación de mineros acabe a futuro por sobreponerse y dominar al resto y, con ello, reformular para beneficio propio corporativista los parámetros de validación del mismo sistema. O, lo que es lo mismo, que el ideario democrático del Blockchain puede muy probablemente acabar convirtiéndose, por evolución natural, en un ideario oligárquico en un horizonte no muy lejano, para prejuicio y decepción de sus más adeptos seguidores.

El Blockchain, reformulado, sí que tiene futuro

Otro capítulo aparte, sin embargo, merece propiamente la tecnología del Blockchain. La cual, si bien nació inicialmente para dar cobertura a las criptomonedas, tiene ya a día de hoy la plena capacidad de elevar a un plano superior el internet de la información actual a uno de valor, abriendo así las puertas a una nueva generación de internet. Ya que el sistema Blockchain sirve para cualquier tipo de transacción que comporte intrínsecamente valor, y con la relevante capacidad innovadora de poder substituir a cualquier intermediario en el proceso, mediante los llamados contratos (de certificación) inteligentes. Es decir, el Blockchain tiene la funcionalidad potencial de desintermediar todos aquellos procesos que, a día de hoy, requieren de intermediarios clásicos que dan valor como puedan ser bancos, notarios, abogados, agentes comerciales, etc. Una nueva tecnología superdisruptiva que, sin bien aún requiere de las bases necesarias para asegurar un marco de seguridad jurídica regia para usuarios y consumidores, se vislumbra claramente como el futuro tecnológico inminente de una nueva era en la que productos y servicios dejarán de depender de terceros, para estar totalmente descentralizados. Sabedores que, en todo este proceso, como en cualquier otro de corte disruptivo, el mercado laboral de profesiones tradicionales se verá, indudablemente, profundamente alterado. Aunque este es trigo de otro costal, merecedor de una futura reflexión.

Llegados a este punto, y volviendo al cuerpo nuclear del discurso centrado en el Bitcoin, no quisiera finalizar sin señalar que, aunque pueda parecer paradójico, personalmente como humanista que soy me siento atraído por el imaginario romántico de crear dinero alternativo al circuito del sistema monetario imperante, principalmente como posible medio opcional para reducir la desigualdad social en el mundo. Y que, si bien percibo que el Bitcoin no es una solución a largo plazo, no por ello desmerece el valor del camino sembrado para la democratización de una nueva y futura versión de moneda universal digital más perfecta en su funcionalidad.

Respecto a mi compañero ocasional de mesa, retomando el hilo inicial del artículo, qué decir más que le agradezco el haberme despertado el interés por deliberar sobre la temática de rabiosa actualidad. Y aunque por más apasionado que se mostró en venderme las bondades de la criptomoneda, al calor de la enriquecedora comida compartida -de la que sea dicho de paso, el apartado gastronómico aun pasando a segundo plano fue excelente-, todo y queriendo no pude comprarle sus argumentos, sino más bien exponerle mis dudas razonadas que dejo por escrito en la presente reflexión, por si pudieran servirle de apunte a algún interesado. Siendo consciente, a su vez, que puedo estar equivocado, si bien mi foro interno me dicta lo contrario. Sea como fuere, y quizás derivado de ser un hombre del siglo pasado que intenta proyectarse sobre el alocado presente, seguiré aferrado a la moneda física de curso legal bajo la máxima de que más vale pájaro en mano que ciento volando. Ya que, a todas luces y bajo licencia de pensador, concluyo que el futuro del Bitcoin pasa por ser sociabilizado por las autoridades monetarias, o no será. Al pan, pan, y al vino, vino. Qué le vamos a hacer.