lunes, 1 de noviembre de 2021

Una mente bloqueada o incluso rota pronto formará parte del pasado

 

Si bien la mente tiene un alto límite de elasticidad, permitiéndole soportar tensiones máximas sin sufrir deformaciones permanentes, y una ingente resistencia a la tracción, sin llegar al punto de rotura sin retorno; nada en este mundo, inclusive el acero o el diamante, es indestructible. Aunque, como sabemos, la diferencia sustancial entre la mente y la aleación de hierro y carbono, o el mineral de carbono, es que si bien la primera cuenta con la capacidad natural de la adaptabilidad por dúctil (de hecho, nunca pensamos dos veces con la misma mente), los segundos son de estructura rígida y por tanto inflexibles a los cambios y presiones. Lo cual no significa, a la par, que una mente elástica y resistente sea una mente sana. De hecho, a ojos de psicólogos y psiquiatras, el hito de la medicina moderna radica justamente en haber conseguido que no haya persona en el planeta que se salve de tener algún cuadro de patología mental referenciada (lo cual, por otra parte, es altamente peligroso para el concepto de Razón pura y, asimismo, para el propio Principio de Realidad; aunque este es trigo de otro costal).

Ciertamente, aun afirmando la existencia de una imperativa franja de normalidad racional en la que la mayoría de las personas vivimos en pleno uso consciente de nuestras facultades mentales a la luz de la Lógica (cuyos principios fijados por Aristóteles son fundamento nuclear sobre los que se sustenta el razonamiento empírico de la ciencia contemporánea), no es menos cierto que todas las personas coexistimos bajo las sombras de nuestros propios sesgos cognitivos que -tal si de bloqueos mentales cabe entender por determinismos biológicos, ambientales o psicológicos-, distorsionan de facto los procesos mentales abocándonos a juicios de valor tan inexactos como ilógicos. Es por ello que no es de extrañar la observancia, inclusive en personas de corte marcadamente racional, de ciertos comportamientos ilógicos puntuales, cuyo grado de intensidad exteriorizada están directamente relacionados con la capacitación individual en materia de gestión emocional. Pues, al fin y al cabo, los bloqueos racionales mentales transitorios, producidos por sesgos cognitivos inherentes a la propia persona, suelen emerger en forma de frustración frente a una situación objeto de conflicto, pudiendo llegar a explosionar en modo de rabia incontenida, a imagen y semejanza de una furiosa erupción volcánica precedida por seísmos de mayor o menor magnitud en un entorno cotidiano vital. Una reacción emocional irracional -humana, profundamente humana-, solo subsanable mediante el autoconocimiento en materia de inteligencia emocional, ya sea por medios propios o en ayuda de terceros profesionales en su defecto, en la que la templanza de la madurez propia de la edad ejerce un efecto ansiolítico por desdramatizador relevantemente positivo.    

Pero, más allá de los sesgos cognitivos comunes a todos los seres humanos por idiosincrasia, y retomando el hilo inicial de esta breve reflexión, cabe recordar que, hasta la mente, con su suficiencia auto regenerativa, es susceptible de poder romperse en términos psicológicos. Y ello ocurre, sin lugar a dudas y metáfora en mano, cuando un bloqueo mental supera en fuerza la energía cinética del engranaje de las estructuras neurológicas, abocándolas al colapso por rotura de las mismas. Es entonces que la sinfonía psicológica sucumbe a un estado alterado de caos, generando un campo gravitatorio propio del bloqueo mental -a imagen y semejanza de un agujero negro-, donde la realidad se curva sobre sí misma dentro del cerebro del individuo atrapando en la oscuridad cualquier haz de luz vital. Qué decir en este punto, con independencia de la indiscutible importancia de aprender a gestionar los bloqueos mentales para una buena salud psicoemocional, y de que éstos puedan derivar de caracteres endógenos o exógenos por condicionantes fisiológicos y/o ambientales, que resulta una obviedad señalar el hecho fehaciente que una persona con una mente rota es un ser muerto en vida, el cual acaba deambulando sin rumbo ni sentido existencial fuera del territorio conocido por la franja de la normalidad racional y, por ende, ajeno a todo Principio de Realidad.

No obstante, si bien hoy en día una mente fracturada deviene una singularidad irreversible, quién sabe si dentro de unas décadas el hombre pueda alcanzar un estadio de conocimiento suficiente capaz de poderla restaurar, relegando los cuadros médicos de las denominadas enfermedades mentales al ostracismo de los libros de historia. Pues de igual manera que en la actualidad ya se investiga sobre el uso de células madre del cerebro humano para perfeccionar microchips, en aras del desarrollo potencial de la inteligencia artificial (o dicho en otras palabras: dotar a la inteligencia artificial de neuronas humanas), este podría ser un camino de doble dirección en el que se dote a su vez al cerebro humano de una  biointeligencia artificial para una buena e incluso mejorada funcionalidad. Un horizonte futurible de la medicina que, todo y así, no está exento de los peligros potenciales, susceptibles a plantear en materia tanto de Ética como de Roboética, del uso comercial de las previsibles derivaciones de las interfaces hombre-máquinas que ya se pueden intuir (Ver: Neurotecnología: el peligro de la pérdida de control sobre la percepción de la realidad, y La Neurotecnología, el paso del Hombre libre a un Posthumano mentalmente controlado). Y todo ello, sin descartar que la buena gestión emocional de los posibles bloqueos mentales de las personas, fruto de sus propios sesgos cognitivos, llegue a tratarse en un futuro no muy lejano mediante manipulación genética (Ver: La gestión emocional del futuro será tratada con manipulación genética), para beneficio de una sociedad productiva de mercado global.   

Sea cual sea el provenir que le depara al ser humano del mañana en su suma de historias posibles, lo que parece probable es que tanto la fractura de la mente, como los bloqueos mentales, son una realidad de nuestro tiempo presente que en un periodo relativamente breve podrían formar parte del pasado de la historia de la humanidad (brechas sociales de igualdad de oportunidades a parte). Pero, hasta que no lleguen estas supuestas buenas nuevas, con todas sus luces y sombras por dilucidar, el hombre contemporáneo aún continúa estando condenado a afrontar en solitario el cuidado de su propia salud mental para la existencia de una vida, si más no, lo más equilibrada posible bajo la máxima virtuosa del in medio virtus aristotélico (la virtud se haya en el punto medio: dígase de la prudencia y la moderación que deben imponerse ante una situación de extremos como actitud conductual). Un quehacer al que, sin lugar a dudas, nos cabe entregarnos responsablemente en un firme compromiso de bienestar con uno mismo y con nuestro entorno más inmediato.