miércoles, 3 de noviembre de 2021

Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás

Esta máxima lapidaria popularizada por el primer libro de las religiones monoteístas (dígase del Génesis, cuyos autores son desconocidos), y que se contextualiza en la sentencia que un ser supremo al que denominamos Dios anuncia a Adán (el primer hombre) tras ser expulsado del mítico Jardín del Edén: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás" (G. 3,19), adquiere una nueva y actualizada contemporaneidad con el reciente descubrimiento por parte de científicos japoneses de la creación de la vida a partir de materia inorgánica. O, dicho en otras palabras, los investigadores de la Universidad de Hiroshima acaban de demostrar cómo la química (ciencia que estudia las sustancias materiales y sus interacciones, entre ellas el polvo), crea ni más ni menos que biología (ciencia que estudia los seres vivos).   

Más allá de la atractiva novedad científica, la noticia de actualidad -que debo confesar atrajo mi interés como polilla a la luz-, despertó rápidamente mi atención por su complementaria y no por ello menor trascendencia filosófica. Ya que, de dicha demostración práctica en laboratorio sobre el origen inorgánico de la vida, anteriormente teorizado a principios del siglo pasado en el denominado proceso de coacervación, emergieron diáfanamente en mi mente dos axiomas derivados (de posible escarnio para hombres de fe), que rezan como sigue:

1.-La esencia última de la chispa de la vida de los seres orgánicos es la materia.

Y, 2.-La vida es un accidente de la materia en su única intencionalidad de replicarse a sí misma.

El primer axioma derivado no hace más que reafirmar el aforismo del “Memento, homo, quia pulvis es” (recuerda, hombre, que polvo eres), pues los seres humanos, como seres vivos, procedemos del polvo de la materia. Y, siendo ésta el arjé o esencia última, es la materia a su vez, a la luz de la lógica de toda singularidad espacio-temporal, nuestro destino final como completa el aforismo latino: “(…) et in pulverem reverteris” (y al polvo [de la materia] volverás). Un razonamiento de peso respaldado, más aún si cabe, por el conocimiento humano que tenemos sobre la luz visible, la cual nace de la materia y muere con ella. Sabedores que desde épocas ancestrales identificamos la luz con la vida misma, y la ausencia de luz, por oposición, con la no-vida. A pesar que la materia que crea la luz emerge, a la par, de un Universo inmerso en la más absoluta oscuridad; aunque este es trigo de otro costal. (Ver: ¿Y si la oscuridad, y no la luz, es el origen de la vida? Entonces, ¿Dios es oscuridad?)

El segundo axioma derivado, por su parte, nos señala que no existe intencionalidad predeterminada alguna por parte de la materia, como esencia última de la vida, en crear justamente vida orgánica. Sino que ésta no es más que el resultado accidental de la capacidad de autorreplicación y evolución de la propia materia en unas condiciones ambientales químicas concretas en la Tierra, a lo largo de poco más de 4 mil millones de años, dando lugar a los primeros organismos unicelulares similares a las bacterias, los cuales se desarrollaron hasta la aparición de la especie homo hace 2,5 millones de años, concurriendo 2,3 millones de años después en la existencia de los “humanos modernos” (hace solo 200 mil años). No obstante, si bien la energía química de la materia no busca per se crear vida sino replicarse a sí misma en un Universo en expansión (al igual que la gravedad es un fenómeno natural por el que los objetos con masa son atraídos entre sí, sin intencionalidad predefinida alguna de impedir que los papeles del escritorio salgan flotando por la habitación), teniendo claro por tanto que la vida es un accidente de la evolución de la propia naturaleza sustancial de la materia inorgánica; ello no nos impele a preguntarnos paralelamente sobre el origen mismo del ser humano tal y como lo conocemos, cuya línea evolutiva cronológica y genética difiere del resto de animales del planeta. Un tema este, altamente apasionante, al que no entraré por no ser objeto central de la presente reflexión, y por haberlo desarrollado con anterioridad -para lectores interesados- bajo el título: ¿Cuál es el origen del Hombre?.

Así pues, vistos sumariamente los dos axiomas filosóficos (propios de la metafísica y la ontología) derivados del hito científico nipón de crear biología a partir de la química de la materia, lo cual otorga validez a las teorías modernas sobre los principios del origen de la vida, solo cabe preguntarse si el hombre tiene capacidad de trascenderse más allá de la singularidad de la materia. Bajo el credo de las religiones monoteístas que comparten el compendio de fuentes que conocemos como Génesis, y del resto de las más de 4 mil religiones diferentes existentes en el mundo a día de hoy, la respuesta es inequívoca en la firme creencia de un más allá, pues las religiones tienen la capacidad de capitalizar el arte de reconciliar naturalezas tan antagónicas como son los conceptos de la vida y de la muerte bajo el precepto de la fe. Y sobre las religiones ya me manifesté en su día mediante la reflexión “Sacerdotes: relatores de mitos que juegan con la esperanza de los hombres”. Por lo que intentar teorizar sobre la trascendencia del ser humano sobre la materia, que es lo mismo que aludir a una posible vida después de la muerte, desde la razón pura (es decir, exenta de cualquier fe determinista), es a todas luces caer de pleno en el fango de un reductio ad absurdum. Pues conjugar en una misma ecuación humana vida y muerte es una contradicción lógica solo apta para la paradoja del gato de Schrödinger que, sea dicho de paso, nadie hasta la fecha ha podido demostrar. Lo contrario, fe mediante por muy romántica imaginería que sea, solo es disonancia cognitiva o en el peor de los casos enajenación mental, muy que le pese a casi el 80 por ciento de creyentes existentes el en mundo.

Así que recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás. Un aforismo que, cabe puntualizar para posibles despistados, no exime al hombre de la responsabilidad individual de trascenderse en vida sobre su propia condición animal, sino que aún más le compromete de facto y por deber natural a la luz de los valores humanistas. La morada más allá de la muerte, de la que no sabemos nada, dejémosla para Hades, que los vivientes ya tenemos suficiente con la morada de los vivos.