martes, 23 de noviembre de 2021

La solución real que nos esconden al Cambio Climático y al Apagón Energético

Si algo tienen como denominador común tanto el Cambio Climático como el Apagón Energético es, justamente, la producción de energía eléctrica. Y más específicamente, su dependencia generalizada a los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), cuyo procesamiento genera emisiones de gases contaminantes a la atmósfera que resultan tóxicos para la vida, por un lado, y cuyas reservas naturales son limitadas, por otro lado.  Sabedores, a la par, que resulta imposible concebir la sociedad contemporánea sin electricidad. He aquí la paradoja en forma de círculo vicioso, donde vida y no-vida civilizada comparten punto repetitivo de partida y final en una misma estructura lógica por cerrada en sí misma, semejante al pez que se muerde la cola.

No obstante, éste dialelo deviene falaz en tanto y cuanto es un argumento que aunque parezca válido por comprado socialmente, no lo es; pues lleva implícito una manipulación deliberada del conocimiento de fondo. Es decir, la producción de la energía eléctrica que sustenta la sociedad de Mercado, y por ende la sociedad del Bienestar Social, no tiene por qué ser inherente y necesariamente peligrosa para la sociedad misma. De hecho, es por todos sabido que la alternativa a los combustibles fósiles es, sin lugar a dudas, las energías renovables procedentes de las energías primarias de la naturaleza tales como el viento, la radiación solar, las mareas o la energía térmica de la Tierra. Y, en menor manera y como opción secundaria, los combustibles nucleares (uranio y plutonio), ya que si bien éstos no emiten emisiones de CO2 ni otros gases contaminantes a la atmósfera, su reserva es limitada y su generación de residuos radiactivos son potencialmente nocivos durante miles de años, lo que acarrea un serio problema de seguridad en materia de almacenamiento que el hombre no ha llegado a resolver.

Pero la manipulación que subyace a la validez argumental, asumida colectivamente, en referencia al círculo vicioso entre sostenibilidad de un modelo de desarrollo social basado en la electricidad y el nefasto efecto colateral del Cambio Climático, e incluso respecto a la psicosis mundial de rabiosa actualidad a un supuesto Apagón Energético de tintes apocalípticos, no se limita ni centra en la relación de fuentes de energía no-renovables y renovables utilizadas a nivel mundial (4,4% nuclear, 10,8% renovables, 23,9% gas natural, 27,2% carbón, y 33,6% petróleo, según datos de 2019. Cuyos porcentajes, por otro lado, cabe apuntar que varían substancialmente a escala local según los países; como es el caso de España -octavo país del mundo con mayor potencia instalada renovable-, que el año pasado alcanzó una cuota del 43,6% de generación de electricidad por energías renovables, y aun así sigue siendo una economía fuertemente dependiente del gas natural procedente de terceros e inestables países, lo que le impide erradicar la lacra de la pobreza energética entre millones de conciudadanos). Sino que la manipulación real de fondo de dicho círculo vicioso radica, precisamente, en la reticencia de la industria energética en desarrollar la ciencia del almacenamiento de la energía eléctrica, díganse baterías. Pues, en tal caso, el supranegocio oligopolista de la energía vería reducido sustancialmente sus márgenes comerciales, ya que la implementación popular de dichas baterías permitiría cargar y almacenar electricidad cuando en las centrales eléctricas (renovables y no renovables) hubiera exceso de energía a un menor coste, y descargarse cuando fuera alto, bajando en consecuencia el precio medio por hora de electricidad para el consumidor final. Además de que la tecnología de las baterías podría potenciar la cultura del autoabastecimiento para la independencia energética doméstica.

Tal es la manipulación argumental del círculo viciado aceptado como realidad inmutable por el ciudadano-consumidor, que las empresas energéticas no se cansan en reiterar una y tantas veces como haga falta -mediante la complicidad comprada de los medios de comunicación generalistas-, la máxima de que la energía eléctrica no puede acumularse, y que, por tanto, cada vez que la consumimos las centrales eléctricas la generan ex profeso en ese mismo instante, por lo que el consumo es directo de empresa eléctrica a necesidad personal o profesional del consumidor.

Ciertamente, las soluciones de almacenamiento de energía eléctrica aún están poco desarrolladas, siendo las baterías de litio y de hidrógeno las más eficaces, por delante de otros sistemas. Pero no es menos cierto que existen algunos casos de éxito relevante que auguran un futuro alentador, como es el caso, entre otros, de la batería más grande del mundo construida por la compañía Tesla en una extensión de una hectárea en el Hornsdale power Reserve y en un tiempo récord de 60 días, a raíz de una crisis energética sufrida en Australia en 2017. Una macro batería de litio que actualmente tiene una potencia de energía suficiente para iluminar 78.000 hogares al año. Mientras que a nivel de uso doméstico, cabe destacar las baterías Powerwall de la misma casa comercial, que combinándolas con energía solar fotovoltaica, permite a una unidad familiar o comunidad de vecinos generar su propio autoconsumo eléctrico sin depender de la red eléctrica pública.

Como podemos deducir, la tecnología de la acumulación de la energía eléctrica es un mal negocio para una industria energética que, en la actualidad, representa cerca del 9 por ciento del PIB mundial. Una cuota de mercado que si bien nos puede parecer pequeña no lo es así su gran influencia que ostenta sobre la economía y los mercados financieros internacionales, afectando al precio de todos los bienes de consumo de nuestras sociedades y, por ende, a la calidad de vida de las personas. Pues todo aquello que consumimos depende, en primera instancia, de la electricidad. Sin obviar, sea dicho de paso, que la industria energética tiene la plena capacidad de controlar las relaciones geopolítica globales en un mundo interdependiente energéticamente, estableciendo los equilibrios de poder entre países en materia de comercio internacional.

La ciencia de las baterías eléctricas, para uso colectivo y doméstico, junto a las energías renovables, es un peligro real para el negocio de la industria energética tradicional, no solo porque afectaría de lleno a sus cuatro principales líneas de negocio monopolísticas: la generación de energía (centrales eléctricas), la transmisión de energía (torres eléctricas y transformadores), la distribución de energía (subestaciones y contadores de luz), y la comercialización de la energía (empresas emisoras de facturas); sino también porque representaría un revulsivo en el avance significativo de la descarbonización mundial y la reducción de la intensidad energética (consumir menos electricidad haciendo lo mismo), lo que iría en claro beneficio de poder mitigar el Cambio Climático y neutralizar el peligro de un posible Apagón Energético. Y, aún más, la potestad sobre la fijación del precio de la electricidad dejaría de estar en manos exclusivas de la industria energética, para tutela democrática de los Estados como garantes del Bienestar Social de sus ciudadanos. El precio de la electricidad como bien particular (de las eléctricas), pasaría a convertirse por tanto en un bien social (de los gobiernos).

Expuesto lo cual, queda claro que la paradoja en forma de círculo vicioso que concibe que la producción de la energía eléctrica que sustenta la sociedad contemporánea es irremediablemente peligrosa para la sociedad misma, es una falacia por manipulación de un conocimiento relevante por necesario que se esconde al ciudadano-consumidor en un claro interés privado que prima sobre el interés público. Pues el hombre de nuestro tiempo, ciencia mediante, tiene el conocimiento y los medios suficientes para desarrollar la tecnología de la acumulación de electricidad a niveles de excelencia y en tiempo récord si así lo prioriza (Para muestra el ejemplo de la vacuna contra el Covid). Un pequeño paso para el hombre, pero un gran avance para la humanidad, que implicaría la democratización y la sostenibilidad medioambiental de la energía eléctrica, y al que los intereses de los lobbies energéticos no democráticos por privados se oponen con todas sus artimañas. Mientras tanto, nuestros líderes políticos, al son que marca la industria energética, se reúnen sucesivamente en las llamadas cumbres contra el cambio climático para hacer ver que hacen algo sin hacer nada al respecto. Por algo será que nuestros políticos acaban colocados, tras salir de la vida pública, en los consejos de administración de las grandes empresas eléctricas, expresidentes de gobierno incluidos. A buen entendedor, pocas palabras.