martes, 30 de noviembre de 2021

La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana

Si cada vez puedes comprar menos con el mismo dinero, o te cuesta llegar más a final de mes con el mismo salario, es que padeces la enfermedad vírica de la Inflación, cuya naturaleza no es biológica sino económica. De hecho, la Inflación no es ni más ni menos que el resultado de la pérdida de poder adquisitivo que sufrimos los ciudadanos, causado por el aumento de precios de los bienes y servicios que consumimos habitualmente. Por lo que tranquilo, no se trata de una enfermedad rara que te afecta solo a ti, sino que contrariamente es una enfermedad epidémica que la padecemos prácticamente todos. Un palabro, la Inflación, que seguro has escuchado últimamente de manera reiterada por ser noticia de rabiosa actualidad, ya que representa la reaparición tan intensa como abrupta de uno de los Jinetes del Apocalipsis de la economía global (tras casi tres décadas de cierta tranquilidad en el orbe occidental), justamente, cuando tímidamente iniciábamos la tan anhelada recuperación económica tras la devastación sufrida por la peste del Covid-19.

Es por ello que cabe concebir la Inflación, en su más amplia ascendencia mitológica, como un verdadero monstruo terrorífico para cualquier economía con independencia de su cuna ideológica, pues afecta directamente a la calidad de vida de las personas, en tanto en cuanto somos ciudadanos-consumidores en una sociedad de mercado. Hecho éste que, por sí mismo, merece el interés de cualquier filósofo contemporáneo que se precie, por lo que la presente reflexión la enmarco -como apunte aclaratorio- dentro de la Filosofía de la Economía. (Ver el apartado de la temática filosófica sobre la economía en el glosario de reflexiones del Vademécum del Ser Humano). Ya que la Economía, al fin y al cabo, no es más que Filosofía aplicada sobre modelos de organización social: dime qué economía ejecutas, y te diré qué tipo de sociedad construyes. He aquí mi breve alegato como filósofo, a modo introductorio, en defensa personal por el interés que me despierta el tema de la Inflación.

Dicho lo cual, iniciemos en el relato reflexivo de la temática objeto de análisis desde la vertiente más agradable, para progresivamente ir desvelando su naturaleza más cruenta: Si alguna faceta tiene de positiva el monstruo de la Inflación es que se puede medir, y todo aquello que podemos medir es susceptible de poderse gestionar, aun en contextos complejos como los actuales. Siendo su termómetro de medición la variación interanual (subida o bajada) de los precios de los productos y servicios que las personas consumimos habitualmente (dígase cesta familiar), respecto al presupuesto de las familias (dígase capacidad de gasto medio del hogar). Termómetro al que los economistas denominan Índice de Precios al Consumidor, más conocido como IPC. El cual, como todos sabemos por simple experiencia empírica cotidiana, a día de hoy se sitúa por las nubes para empobrecimiento y consiguiente dolor de cabeza de la mayoría.

Pero, tan importante como saber medir el nivel de peligrosidad o capacidad de destrucción del monstruo, resulta aún más relevante conocer sus causas. Pues toda gestión, para ser efectiva, debe atacar de manera directa las causas que originan el problema en cuestión. Y he aquí la dificultad del asunto, pues estas causas son tan variadas como complicadas en un mundo humano de por si enrevesado. Veamos a continuación las tres causas que, personalmente, considero las más destacables por sintetizadas en el panorama socio-económico global actual:

1.-Acaparamiento de productos

Si integramos en una misma ecuación el factor del aumento de la población mundial y el factor de escasez tanto de recursos como de capacidad productiva humana, nos dará como resultado obvio la fuerte tentación por parte de gobiernos y de grandes corporaciones de acaparar productos (ya sean bienes primarios o secundarios) para garantizarse su autoabastecimiento, en detrimento del derecho legítimo de terceros de disfrutar de los mismos. Una política que a la práctica siguen tanto gobiernos, como es el caso destacado de China como reciente primera economía mundial que manifiesta una fuerte necesidad fagocitadora de recursos y productos internacionales para cubrir su descomunal apetito interno, como multinacionales consolidadas que luchan por no perder sus cuotas de mercado, y cuya tendencia tanto de unos como de otros en acumular y retener productos para un abastecimiento a futuro se ha visto agudizado, aún más si cabe, por el temor de volver a experimentar la reciente mala experiencia de la carencia de suministros derivada por el parón absoluto de la economía productiva que, durante un largo año, causó la pandemia del Covid-19. Una tendencia de acaparamiento de bienes por parte de las entidades jurídicas más poderosas del planeta que, irremediablemente, provoca una escasez de oferta en un mercado global de gran demanda, lo que se traduce en aumento de precios.

2.-Falta de oferta suficiente

Derivado de la causa anterior de una falta de oferta suficiente para cubrir las necesidades de todos, es popularmente sabido que lo escaso se traduce en caro, pues al final quien adquiere un producto o bien limitado es aquel con mayor capacidad económica, para regocijo de comerciales que siempre buscan vender al mejor postor. Pues, poderoso caballero es Don Dinero, como bien ya apuntó Quevedo. Y si, además, da la casualidad que la escasez de dicho bien o servicio (como pueda ser la energía, los cereales, o los chips, por poner algunos ejemplos) resulta imprescindible para la realización de un bien o servicio complementario final (como puedan ser, en línea con los ejemplos previos, la electricidad, el pan o el pienso de ganado, o los coches o los teléfonos móviles), aquellos encarecen a su vez toda la cadena de producción de éstos, repercutiendo por tanto en el bolsillo de los consumidores finales en un efecto dominó de aumento de precios.

3.-Especulación comercial

Y ya se sabe que, como reza el refranero, a río revuelto, ganancia de pescadores. Es decir, que los buitres de los mercados financieros, desde la comodidad de sus despachos enmoquetados en los rascacielos de las grandes urbes financieras diseminadas a lo largo y ancho del mundo, aprovechan dicha situación de desequilibrio de distribución de recursos para sacar provecho propio mediante la estrategia comercial de la especulación. Un método de mercadeo, tan antiguo como el propio hombre, que reside en comprar en un lugar productos de necesidad general para revenderlos en otro lugar a un precio superior, para mayor miseria de aquellos que necesitan comprarlos. Una táctica comercial que acarrea una flagrante alteración de los precios, haciendo de los ricos más ricos y de los pobres más pobres, en contextos de crisis económica.

Así pues, como podemos deducir sin esfuerzo, ciertamente la Inflación es un monstruo que políticamente es claramente antidemocrático, socialmente profundamente injusto, y económicamente maliciosamente cancerígeno para el Bienestar Social de la gran mayoría de ciudadanos de a pie. Aunque no es menos cierto, a la par, que la Inflación deviene una gallina de los huevos de oro a ojos de los Señores del Dinero, quienes ejercen de mano omnipotente que mece a antojo el Mercado, bajo un sistema moral propio por partidista diametralmente opuesto al del resto de mortales. Tengámoslo presente.  

Expuesto lo cual, la pregunta del millón no puede ser otra que aquella que cuestiona qué medidas optan nuestras autoridades monetarias para controlar y mantener la estabilidad económica, que afecta directamente a la calidad de vida de las personas, en una situación de alta Inflación como la actual. Sabedores que las autoridades monetarias están formadas por los gobiernos (ministerios de economía) y los bancos centrales de cada país. Y que, en Europa, además, al participar de una moneda única oficial, los países miembros estamos supeditados a su vez a los dictámenes del Banco Central Europeo. En este sentido, la respuesta a la pregunta millonaria se sintetiza, principalmente, en cuatro líneas de acción:

1.-Aumento de los tipos de interés

El tipo de interés es, ni más ni menos, el precio que pagamos a un banco a cambio de que nos preste dinero. Por lo que, si los tipos suben, obviamente se pedirán menos préstamos. Una acción deliberada que busca disminuir el dinero en circulación, por lo que se reduce el consumo y, por ende, bajan los precios de los productos y servicios. Una estrategia que, como todos sabemos, si bien puede ayudar a mitigar al monstruo de la Inflación, afecta negativamente a la economía productiva de las pequeñas y medianas empresas (que representan el 80% del tejido empresarial de un país desarrollado), por lo que es un pez de miseria que se come la cola, donde el ciudadano medio deja de gestionar dinero para gestionar deudas.

2.-Cerrar el grifo bancario

Como medida complementaria a la anterior, y para que las autoridades monetarias se aseguren la reducción de dinero en circulación, éstas obligan a los bancos comerciales a tener más dinero líquido como garantía de sus depósitos (que no son más que los ahorros que los clientes dejan en su banco durante un tiempo determinado) sin meterles mano, lo que limita directamente y en sentido negativo a sus políticas comerciales de vender productos bancarios (como son los créditos), que a la práctica se traduce en que los bancos cierran el grifo de liquidez a sus clientes. Es decir, aquí se cumple el axioma de que los bancos te ofrecen un paraguas cuando hace sol y te lo quitan cuando llueve. Y ya sabemos que, sin financiación bancaria, no hay actividad empresarial que levante cabeza o despegue (en el caso concreto de los emprendedores) en una situación de crisis de consumo, lo que perjudica a la viabilidad de la reactivación de la economía productiva de un país.

3.-Vender deuda pública

Y como refuerzo de las dos medidas antecedentes expuestas, los gobiernos inflacionistas ponen en venta su deuda pública (que es el exceso de gasto sobre los ingresos del conjunto de sus administraciones públicas), tanto a particulares como a otros gobiernos. Una venta que se realiza, gracia mediante, la garantía del Estado de que se les devolverá el dinero con un beneficio comercial marcado por un tipo de interés beneficioso, como recompensa o compensación por el hecho de asumir el riesgo financiero que implica comprar deuda ajena (lo que se conoce, en un sentido amplio, como Prima de Riesgo). Una medida que, además de permitir a los gobiernos afrontar parcialmente sus gastos, tiene como objetivo principal disminuir el dinero en circulación, para así bajar el consumo y reducir los precios de los productos y servicios. Lo que nos lleva de vuelta a los tristes efectos secundarios, para el conjunto de la ciudadanía, propios de la casilla de salida que marca la acción del aumento de los tipos de interés.

4.-Aumento de los salarios  

No obstante, junto a las tres medidas estrella de política monetaria descritas, encontramos una cuarta acción de intento de lucha anti inflacionista que, si bien no es de autoría propia de las autoridades monetarias como las anteriores, también juega un papel relevante en el tablero de juego por su notoriedad pública, megáfono en mano. Me refiero a la petición de aumento de salarios que los agentes sociales, y más específicamente los sindicatos de trabajadores, reclaman a gobierno y patronal para hacer frente al monstruo de la Inflación que, como sabemos, es responsable directo de la pérdida del poder adquisitivo de los ciudadanos. Una exigencia sindicalista fundamentada en la lógica, en definitiva, de aumentar el dinero en circulación y, asimismo, aumentar la capacidad de consumo, en un intento de neutralizar el alto coste que sufre la cesta familiar en un contexto de Inflación. Un planteamiento del que puede observarse, sin ser demasiado sagaz, que topa de frente con las medidas estándar de las autoridades monetarias (poniendo de paso en un tenso aprieto a los gobiernos de la zona euro con su garante económico, que no es otro que el Banco Central Europeo, y sus alineadas políticas económicas comunitarias), así como enfrenta un choque de trenes contra un tejido empresarial maltrecho por una interminable crisis económica, la cual dura ya más de dos décadas tras la caída de la financiera norteamericana Lehman Brothers en 2008.

En resumidas cuentas, visto lo visto, las medidas por las que optan las autoridades democráticas para abatir al monstruo de la Inflación no son nada alentadoras, pues se resumen -más allá de la entelequia de los sindicatos que plantean un problema de imposible solución- en obligarnos a los ciudadanos a tener menos dinero para consumir menos, provocando por imperativo legal un efecto dominó en claro prejuicio para los emprendedores, profesionales, y las pequeñas y medianas empresas, que en su conjunto sostienen, mediante su actividad fiscal, el denostado Estado del Bienestar Social que es el único modelo que puede garantizar la vida digna de las personas. O, dicho en otras palabras, las medidas de las autoridades monetarias no solo no afrontan de raíz las causas de origen de la Inflación, sino que le hacen el juego y, con ello, siguen bailando al ritmo de aquellos que se benefician de las atrocidades del monstruo.

La solución al problema de la Inflación, por tanto, no existe. La Inflación ha venido para quedarse todo lo que pueda. Pues éste es un monstruo construido a partir de la avaricia humana, donde sus causas primogénitas encuentran su razón de ser en un profundo sentido de insolidario egoísmo como rasgo natural del hombre. Y si bien dichos vicios humanos son susceptibles de ser transmutados en virtudes, educación en valores humanistas mediante, no hay superhombre o superorganización sobre la faz de la tierra capaz de colocar a estas alturas de la película el cascabel al feroz e irascible por codicioso monstruo. Por lo que el horizonte de nuestra especie se vislumbra, en una exponencial tendencia de aumento poblacional y de escasez de recursos y de oferta, en una altamente probable sociedad distópica caracterizada por una abismal brecha de desigualdad e injusticia social entre ricos y pobres. Imaginar un futurible alternativo es pura candidez pueril. Pero tranquilidad, no hay necesidad de alarmarse, pues el dolor de la triste realidad será neutralizado previsiblemente por los adecuados medios enajenadores de control de masas, metaversos incluidos. Y si no, tiempo al tiempo. Pues sale más a cuenta anestesiar la conciencia de los hombres, que sacrificar la gallina de los huevos de oro que representa la Inflación.