martes, 9 de noviembre de 2021

El Orgullo como principio ético del ser humano

Es curioso observar cómo, hoy en día, el orgullo como característica conductual del ser humano es considerada una actitud peyorativa por consenso colectivo en el mundo occidental. Hasta el punto que socialmente se ha mimetizado con los conceptos de la soberbia y la vanidad -valores los cuales ya traté en anteriores reflexiones (Ver: Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir y La Vanidad, un comportamiento social normalizado en auge)-, entendiendo actualmente el orgullo al más puro estilo de la hibris de los griegos clásicos en una lectura reduccionista de sentimiento desmesurado, incluso irracional y desequilibrado, de una arrogancia personal stricto sensu. Tanto es así, que hasta la psicología moderna no es ajena a la estigmatización del orgullo, enjuiciándola como una actitud altiva de superioridad negativa por falsa, fruto de un sentimiento de inferioridad enmascarado. Siendo el caso más ejemplificador de una conducta orgullosa negativa, por su supuesta incongruencia en el choque de opuestos, aquella de rabiosa actualidad (en la presente situación de profunda brecha social derivada de una interminable crisis económica) que manifiesta una persona necesitada (dígase una individuo en situación de pobreza material), ante su negativa de recibir ayuda por parte de una tercera persona (dígase en forma de dinero gratuito u otros beneficios tanto materiales como inmateriales). 

Si bien la actitud individual anteriormente expuesta puede generar sorpresa en el contexto de una sociedad contemporánea de marcado carácter egoísta por hedonista (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo), no es baladí preguntarse qué fundamenta -en términos generales- la supuesta conducta orgullosa de una persona necesitada frente a la negativa de recibir la ayuda que precisa, con el objetivo precisamente de entender y acotar en su justa medida el concepto que podemos denominar “orgullo natural” en el marco de la idiosincrasia humana. En este sentido, si profundizamos más allá de la pátina de la conducta manifestada, podemos inducir que la persona de perfil orgullosa responde a un código ético propio, sin cuyos principios la persona siente devaluada su percepción de dignidad humana. Es decir, en este contexto, el orgullo natural se manifiesta como un principio ético del ser humano, despojado del cual la persona se percibe exento de valor alguno como individuo. O, dicho en otras palabras, sin principios una persona no vale nada, siendo el orgullo natural una actitud de defensa y preservación de dichos principios. 

Así pues, si concebimos el orgullo como principio ético del ser humano que vela por su propia dignidad natural (sujeto, claro está, al libre albedrío de cada persona en relación a una circunstancia concreta y no a otra), en consecuencia, no podemos entender el orgullo natural como una actitud socialmente degradante, sino todo lo contrario, pues dignifica a la persona frente a la inequidad inherente que conlleva la vida social. Por lo que solo puede comprenderse la tendencia social actual generalizada, que menosprecia y se burla del orgullo personal, en el entorno de una sociedad donde los principios éticos, y la misma dignidad de la vida humana, han sido sino ya eliminados sí ciertamente neutralizados, en nuestro caso, por el rodillo filosófico de una economía de mercado amoral. Y ya se sabe que en una sociedad que vive de espaldas a los principios éticos, donde la validez de las personas se reduce a su utilidad para beneficio individual, resulta prácticamente imposible que pueda otorgarse valor social alguno a una actitud como el orgullo natural fundamentado en los extintos principios éticos.

Expuesto lo cual, podemos definir el orgullo natural, en su sentido de principio ético, como una declaración propia del ser humano que sustenta y da sentido a la necesidad moral del desarrollo de una vida individual vivida con dignidad. Un axioma del que derivan dos proposiciones: por un lado, que el orgullo como actitud sustancial se fundamenta en el derecho natural que bebe directamente de los valores morales universales (Ver: Reflexiones del Filósofo Efímero sobre los Valores Universales del Ser Humano), y que por tanto trasciende a toda moralina que pueda imperar en un espacio social temporal concreto; mientras que, por otro lado, el orgullo natural en su condición de valor moral es una actitud consciente sujeta a la razón práctica del ser humano, en tanto y en cuanto la ética subyacente deviene de la racionalidad del reconocimiento de las conductas personales y colectivas.

Desde esta óptica, queda evidenciado que el orgullo natural cabe entenderse como una cualidad virtuosa que permite a la persona esculpir su propia y singular dignidad formal práctica en connivencia con sus circunstancias existenciales, a imagen y semejanza del escultor que modela la corporeidad de un espíritu silencioso que dignifica la naturaleza bruta esencial del material cincelado. Y, en este proceso de desarrollo y crecimiento de dignificación personal, en un mundo altamente invasivo y despreciativo por la vida ajena, el orgullo natural no solo se afianza desde un alto sentido trascendental de libertad personal, sino sobre todo y específicamente desde la construcción de una fuerte Autoridad Interna (que es aquella disposición conductual que permite a la persona relacionarse consigo mismo y con los demás en coherencia con sus propio principios éticos) a la luz de la moral humanista por universal (Ver: Valórate, ámate, y vive desde tu Autoridad Interna). Siendo, justamente, la Autoridad Interna el elemento estructural diáfanamente diferenciador entre el orgullo natural y el orgullo desmesurado o hibris griego que desemboca en la soberbia y la vanidad.

Así es, sin orgullo natural toda persona pierde la línea de defensa de su propia dignidad humana, viéndose arrastrado inconscientemente a cualquiera de los nueve círculos del infierno en vida de Dante, donde el hombre queda sometido a su naturaleza animal para gratificación de los sátiros y las satiresas que reinan en el mundo superficial de la vida social. Es por ello que, en ocasiones, más vale mostrarse firme y desagradablemente orgulloso frente al asegurado enojo de personas tan pusilánimes como desnaturalizadas, que traicionar la dignidad humana personal que da sentido vital a nuestra existencia. Pues en ella radica, en mi caso pipa en boca, la placentera tranquilidad de nuestra propia consciencia. Sabedores, a su vez, que como bien decía Tolstoi: A ojos del infinito, todo orgullo no es más que polvo y ceniza. (Ver: Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás). Dixi!