martes, 30 de noviembre de 2021

La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana

Si cada vez puedes comprar menos con el mismo dinero, o te cuesta llegar más a final de mes con el mismo salario, es que padeces la enfermedad vírica de la Inflación, cuya naturaleza no es biológica sino económica. De hecho, la Inflación no es ni más ni menos que el resultado de la pérdida de poder adquisitivo que sufrimos los ciudadanos, causado por el aumento de precios de los bienes y servicios que consumimos habitualmente. Por lo que tranquilo, no se trata de una enfermedad rara que te afecta solo a ti, sino que contrariamente es una enfermedad epidémica que la padecemos prácticamente todos. Un palabro, la Inflación, que seguro has escuchado últimamente de manera reiterada por ser noticia de rabiosa actualidad, ya que representa la reaparición tan intensa como abrupta de uno de los Jinetes del Apocalipsis de la economía global (tras casi tres décadas de cierta tranquilidad en el orbe occidental), justamente, cuando tímidamente iniciábamos la tan anhelada recuperación económica tras la devastación sufrida por la peste del Covid-19.

Es por ello que cabe concebir la Inflación, en su más amplia ascendencia mitológica, como un verdadero monstruo terrorífico para cualquier economía con independencia de su cuna ideológica, pues afecta directamente a la calidad de vida de las personas, en tanto en cuanto somos ciudadanos-consumidores en una sociedad de mercado. Hecho éste que, por sí mismo, merece el interés de cualquier filósofo contemporáneo que se precie, por lo que la presente reflexión la enmarco -como apunte aclaratorio- dentro de la Filosofía de la Economía. (Ver el apartado de la temática filosófica sobre la economía en el glosario de reflexiones del Vademécum del Ser Humano). Ya que la Economía, al fin y al cabo, no es más que Filosofía aplicada sobre modelos de organización social: dime qué economía ejecutas, y te diré qué tipo de sociedad construyes. He aquí mi breve alegato como filósofo, a modo introductorio, en defensa personal por el interés que me despierta el tema de la Inflación.

Dicho lo cual, iniciemos en el relato reflexivo de la temática objeto de análisis desde la vertiente más agradable, para progresivamente ir desvelando su naturaleza más cruenta: Si alguna faceta tiene de positiva el monstruo de la Inflación es que se puede medir, y todo aquello que podemos medir es susceptible de poderse gestionar, aun en contextos complejos como los actuales. Siendo su termómetro de medición la variación interanual (subida o bajada) de los precios de los productos y servicios que las personas consumimos habitualmente (dígase cesta familiar), respecto al presupuesto de las familias (dígase capacidad de gasto medio del hogar). Termómetro al que los economistas denominan Índice de Precios al Consumidor, más conocido como IPC. El cual, como todos sabemos por simple experiencia empírica cotidiana, a día de hoy se sitúa por las nubes para empobrecimiento y consiguiente dolor de cabeza de la mayoría.

Pero, tan importante como saber medir el nivel de peligrosidad o capacidad de destrucción del monstruo, resulta aún más relevante conocer sus causas. Pues toda gestión, para ser efectiva, debe atacar de manera directa las causas que originan el problema en cuestión. Y he aquí la dificultad del asunto, pues estas causas son tan variadas como complicadas en un mundo humano de por si enrevesado. Veamos a continuación las tres causas que, personalmente, considero las más destacables por sintetizadas en el panorama socio-económico global actual:

1.-Acaparamiento de productos

Si integramos en una misma ecuación el factor del aumento de la población mundial y el factor de escasez tanto de recursos como de capacidad productiva humana, nos dará como resultado obvio la fuerte tentación por parte de gobiernos y de grandes corporaciones de acaparar productos (ya sean bienes primarios o secundarios) para garantizarse su autoabastecimiento, en detrimento del derecho legítimo de terceros de disfrutar de los mismos. Una política que a la práctica siguen tanto gobiernos, como es el caso destacado de China como reciente primera economía mundial que manifiesta una fuerte necesidad fagocitadora de recursos y productos internacionales para cubrir su descomunal apetito interno, como multinacionales consolidadas que luchan por no perder sus cuotas de mercado, y cuya tendencia tanto de unos como de otros en acumular y retener productos para un abastecimiento a futuro se ha visto agudizado, aún más si cabe, por el temor de volver a experimentar la reciente mala experiencia de la carencia de suministros derivada por el parón absoluto de la economía productiva que, durante un largo año, causó la pandemia del Covid-19. Una tendencia de acaparamiento de bienes por parte de las entidades jurídicas más poderosas del planeta que, irremediablemente, provoca una escasez de oferta en un mercado global de gran demanda, lo que se traduce en aumento de precios.

2.-Falta de oferta suficiente

Derivado de la causa anterior de una falta de oferta suficiente para cubrir las necesidades de todos, es popularmente sabido que lo escaso se traduce en caro, pues al final quien adquiere un producto o bien limitado es aquel con mayor capacidad económica, para regocijo de comerciales que siempre buscan vender al mejor postor. Pues, poderoso caballero es Don Dinero, como bien ya apuntó Quevedo. Y si, además, da la casualidad que la escasez de dicho bien o servicio (como pueda ser la energía, los cereales, o los chips, por poner algunos ejemplos) resulta imprescindible para la realización de un bien o servicio complementario final (como puedan ser, en línea con los ejemplos previos, la electricidad, el pan o el pienso de ganado, o los coches o los teléfonos móviles), aquellos encarecen a su vez toda la cadena de producción de éstos, repercutiendo por tanto en el bolsillo de los consumidores finales en un efecto dominó de aumento de precios.

3.-Especulación comercial

Y ya se sabe que, como reza el refranero, a río revuelto, ganancia de pescadores. Es decir, que los buitres de los mercados financieros, desde la comodidad de sus despachos enmoquetados en los rascacielos de las grandes urbes financieras diseminadas a lo largo y ancho del mundo, aprovechan dicha situación de desequilibrio de distribución de recursos para sacar provecho propio mediante la estrategia comercial de la especulación. Un método de mercadeo, tan antiguo como el propio hombre, que reside en comprar en un lugar productos de necesidad general para revenderlos en otro lugar a un precio superior, para mayor miseria de aquellos que necesitan comprarlos. Una táctica comercial que acarrea una flagrante alteración de los precios, haciendo de los ricos más ricos y de los pobres más pobres, en contextos de crisis económica.

Así pues, como podemos deducir sin esfuerzo, ciertamente la Inflación es un monstruo que políticamente es claramente antidemocrático, socialmente profundamente injusto, y económicamente maliciosamente cancerígeno para el Bienestar Social de la gran mayoría de ciudadanos de a pie. Aunque no es menos cierto, a la par, que la Inflación deviene una gallina de los huevos de oro a ojos de los Señores del Dinero, quienes ejercen de mano omnipotente que mece a antojo el Mercado, bajo un sistema moral propio por partidista diametralmente opuesto al del resto de mortales. Tengámoslo presente.  

Expuesto lo cual, la pregunta del millón no puede ser otra que aquella que cuestiona qué medidas optan nuestras autoridades monetarias para controlar y mantener la estabilidad económica, que afecta directamente a la calidad de vida de las personas, en una situación de alta Inflación como la actual. Sabedores que las autoridades monetarias están formadas por los gobiernos (ministerios de economía) y los bancos centrales de cada país. Y que, en Europa, además, al participar de una moneda única oficial, los países miembros estamos supeditados a su vez a los dictámenes del Banco Central Europeo. En este sentido, la respuesta a la pregunta millonaria se sintetiza, principalmente, en cuatro líneas de acción:

1.-Aumento de los tipos de interés

El tipo de interés es, ni más ni menos, el precio que pagamos a un banco a cambio de que nos preste dinero. Por lo que, si los tipos suben, obviamente se pedirán menos préstamos. Una acción deliberada que busca disminuir el dinero en circulación, por lo que se reduce el consumo y, por ende, bajan los precios de los productos y servicios. Una estrategia que, como todos sabemos, si bien puede ayudar a mitigar al monstruo de la Inflación, afecta negativamente a la economía productiva de las pequeñas y medianas empresas (que representan el 80% del tejido empresarial de un país desarrollado), por lo que es un pez de miseria que se come la cola, donde el ciudadano medio deja de gestionar dinero para gestionar deudas.

2.-Cerrar el grifo bancario

Como medida complementaria a la anterior, y para que las autoridades monetarias se aseguren la reducción de dinero en circulación, éstas obligan a los bancos comerciales a tener más dinero líquido como garantía de sus depósitos (que no son más que los ahorros que los clientes dejan en su banco durante un tiempo determinado) sin meterles mano, lo que limita directamente y en sentido negativo a sus políticas comerciales de vender productos bancarios (como son los créditos), que a la práctica se traduce en que los bancos cierran el grifo de liquidez a sus clientes. Es decir, aquí se cumple el axioma de que los bancos te ofrecen un paraguas cuando hace sol y te lo quitan cuando llueve. Y ya sabemos que, sin financiación bancaria, no hay actividad empresarial que levante cabeza o despegue (en el caso concreto de los emprendedores) en una situación de crisis de consumo, lo que perjudica a la viabilidad de la reactivación de la economía productiva de un país.

3.-Vender deuda pública

Y como refuerzo de las dos medidas antecedentes expuestas, los gobiernos inflacionistas ponen en venta su deuda pública (que es el exceso de gasto sobre los ingresos del conjunto de sus administraciones públicas), tanto a particulares como a otros gobiernos. Una venta que se realiza, gracia mediante, la garantía del Estado de que se les devolverá el dinero con un beneficio comercial marcado por un tipo de interés beneficioso, como recompensa o compensación por el hecho de asumir el riesgo financiero que implica comprar deuda ajena (lo que se conoce, en un sentido amplio, como Prima de Riesgo). Una medida que, además de permitir a los gobiernos afrontar parcialmente sus gastos, tiene como objetivo principal disminuir el dinero en circulación, para así bajar el consumo y reducir los precios de los productos y servicios. Lo que nos lleva de vuelta a los tristes efectos secundarios, para el conjunto de la ciudadanía, propios de la casilla de salida que marca la acción del aumento de los tipos de interés.

4.-Aumento de los salarios  

No obstante, junto a las tres medidas estrella de política monetaria descritas, encontramos una cuarta acción de intento de lucha anti inflacionista que, si bien no es de autoría propia de las autoridades monetarias como las anteriores, también juega un papel relevante en el tablero de juego por su notoriedad pública, megáfono en mano. Me refiero a la petición de aumento de salarios que los agentes sociales, y más específicamente los sindicatos de trabajadores, reclaman a gobierno y patronal para hacer frente al monstruo de la Inflación que, como sabemos, es responsable directo de la pérdida del poder adquisitivo de los ciudadanos. Una exigencia sindicalista fundamentada en la lógica, en definitiva, de aumentar el dinero en circulación y, asimismo, aumentar la capacidad de consumo, en un intento de neutralizar el alto coste que sufre la cesta familiar en un contexto de Inflación. Un planteamiento del que puede observarse, sin ser demasiado sagaz, que topa de frente con las medidas estándar de las autoridades monetarias (poniendo de paso en un tenso aprieto a los gobiernos de la zona euro con su garante económico, que no es otro que el Banco Central Europeo, y sus alineadas políticas económicas comunitarias), así como enfrenta un choque de trenes contra un tejido empresarial maltrecho por una interminable crisis económica, la cual dura ya más de dos décadas tras la caída de la financiera norteamericana Lehman Brothers en 2008.

En resumidas cuentas, visto lo visto, las medidas por las que optan las autoridades democráticas para abatir al monstruo de la Inflación no son nada alentadoras, pues se resumen -más allá de la entelequia de los sindicatos que plantean un problema de imposible solución- en obligarnos a los ciudadanos a tener menos dinero para consumir menos, provocando por imperativo legal un efecto dominó en claro prejuicio para los emprendedores, profesionales, y las pequeñas y medianas empresas, que en su conjunto sostienen, mediante su actividad fiscal, el denostado Estado del Bienestar Social que es el único modelo que puede garantizar la vida digna de las personas. O, dicho en otras palabras, las medidas de las autoridades monetarias no solo no afrontan de raíz las causas de origen de la Inflación, sino que le hacen el juego y, con ello, siguen bailando al ritmo de aquellos que se benefician de las atrocidades del monstruo.

La solución al problema de la Inflación, por tanto, no existe. La Inflación ha venido para quedarse todo lo que pueda. Pues éste es un monstruo construido a partir de la avaricia humana, donde sus causas primogénitas encuentran su razón de ser en un profundo sentido de insolidario egoísmo como rasgo natural del hombre. Y si bien dichos vicios humanos son susceptibles de ser transmutados en virtudes, educación en valores humanistas mediante, no hay superhombre o superorganización sobre la faz de la tierra capaz de colocar a estas alturas de la película el cascabel al feroz e irascible por codicioso monstruo. Por lo que el horizonte de nuestra especie se vislumbra, en una exponencial tendencia de aumento poblacional y de escasez de recursos y de oferta, en una altamente probable sociedad distópica caracterizada por una abismal brecha de desigualdad e injusticia social entre ricos y pobres. Imaginar un futurible alternativo es pura candidez pueril. Pero tranquilidad, no hay necesidad de alarmarse, pues el dolor de la triste realidad será neutralizado previsiblemente por los adecuados medios enajenadores de control de masas, metaversos incluidos. Y si no, tiempo al tiempo. Pues sale más a cuenta anestesiar la conciencia de los hombres, que sacrificar la gallina de los huevos de oro que representa la Inflación.

 

sábado, 27 de noviembre de 2021

La Sociabilidad: el quinto lado del cuadrado

Para la geometría, un cuadrado es un cuadrilátero regular, es decir, una figura con cuatro lados iguales, cuatro ángulos rectos y dos diagonales iguales como bien sabemos desde edad temprana; pero no así en cambio lo es para la ontología, como materia que estudia el ser y sus relaciones del “ser en cuanto ser”, para la que el cuadrado tiene un quinto lado. En otras palabras, para la cosmología humana, donde la inexactitud es un principio universal que contrasta por oposición contra el principio de exactitud que rige la ciencia geométrica por ser una rama derivada de las matemáticas, el cuadrado trasciende su naturaleza tetradimensional basada en los vectores del Yo, la Familia, los Amigos y el Trabajo, manifestando un quinto lado en su desarrollo evolutivo existencial en calidad de ser social. O, dicho en términos más clarificadores, el quinto lado del cuadrado humano es la Sociabilidad.

Si bien los cuatro vectores del cuadrado humano permiten a todo sujeto desarrollarse tanto a nivel personal (necesidad de autoconocimiento de la propia identidad y de autorrealización), como miembro de una unidad familiar (necesidad de seguridad física y emocional), como partícipe de un grupo de intereses comunes (necesidad de afiliación), y como contribuyente a una colectividad productiva (necesidad de subsistencia e independencia económica), donde los vectores tienden a buscar la simetría de lados retroalimentándose de manera codependiente en una misma naturaleza singular, la dinámica evolutiva de dicha entidad existencial cuadrilátera -en su continuo proceso de alineación de las partes- da como resultado indisociable un quinto lado que es el de la Sociabilidad. El cual, en un modelo multidimensional imaginario por superar el espacio euclidiano, podemos percibirlo de manera transversal al resto de lados del cuadrado. Un supuesto, a todas luces, que excede toda lógica geométrica. Pero, ya sabemos que la lógica del ser humano es superior, por su esencia tan cognoscente como creativa, a la suma del conjunto de lenguajes formales propios de la siempre ordenada y demostrable matemáticas.

No obstante, y con independencia del problema irresoluble que representa el quinto lado del cuadrado humano para la geometría clásica, no es menos cierto que podemos confirmar su existencia. Aunque tan solo sea mediante uso del razonamiento inductivo que, si bien éste no garantiza ni la conclusión ni la veracidad de la hipótesis, sí que resulta útil tanto para la vida cotidiana como para el presente juego reflexivo. Así pues, en este sentido y sujeto a este contexto, me centraré a continuación en la Sociabilidad como quinto lado del cuadrado. Entendiendo la Sociabilidad como la práctica voluntaria de habilidades sociales educables para alcanzar un grado determinado de socialización, siendo a su vez la socialización la integración psicoemocional de un individuo en lo que podemos denominar la mente colectiva cultural de una sociedad.

Ciertamente, la Sociabilidad como quinto lado nace y se proyecta desde el resto de partes que limitan el cuadrado humano, o mejor dicho surge como resultado inevitable en la búsqueda de suplir las necesidades por parte de dichos lados, pues tanto la sociabilización se manifiesta con uno mismo (aunque pueda parecer extraño, ya que es un mecanismo inherente al autoproceso de madurez personal que conlleva reconocimiento y aceptación consigo mismo), como se formula en el marco de la familia, así como se despliega en el ámbito de amistades, e igualmente se expresa en el entorno laboral. De hecho, la Sociabilidad es la cualidad humana que permite la relación intra e interpersonal, como animales sociales y conscientes que somos. Y, siendo los lados del cuadrado humano parte diferencial estructural conformados a partir del eje de un cuerpo orgánico vivo, en continua necesidad de alienación por adaptación a un sistema referencial impermanente como es la vida y en oposición a otros cuerpos singulares, asimismo la Sociabilidad es un vector dinámico en continuo desarrollo y evolución. Dicho lo cual, la función principal del quinto lado es doble: por un lado, cohesionar y dar consistencia a la naturaleza substancial identitaria del cuadrado humano en sí mismo, en calidad de sujeto de realidad que es, de manera sostenible en el tiempo; y, por otro lado y como derivación directa, interconectarse de manera significativa con la colmena configurada a partir del conglomerado del resto de cuadrados humanos que conforman la entidad grupal que llamamos sociedad, en calidad de sujeto social. En este sentido, si tuviéramos que plantear la abstracción geométrica del quinto lado de la Sociabilidad en referencia a su cuadrado humano de origen, podríamos planificarlo imaginativamente sobre un plano multidimensional semejante al axón de una neurona, capaz de generar un proceso de sinapsis o comunicación social con su entorno más inmediato.

Pero, abstracción geométrica aparte, la relevancia de la Sociabilidad radica precisamente en otorgar sentido existencial holístico a la persona, tanto en su mismidad como en relación a su realidad social, entendiéndolo como elevación del individuo a la categoría de sujeto con personalidad propia diferenciada por singular. Por lo que, el quinto lado del cuadrado representa, por tanto, el elemento natural imprescindible para que una persona se enriquezca socialmente junto a otros congéneres frente a una misma experiencia (circunstancia o hecho) coincidente, proceso éste al que denomino Conjunción humana (Ver: El sistema de la Conjunción humana social).

Todo y así, cabe apreciar que el vector de la Sociabilidad conlleva un riesgo potencial para los individuos, dentro de la lógica del sistema de la Conjunción humana social, si eliminamos de su ecuación el factor del Criterio Propio (capacidad de juicio y discernimiento derivado de un pensamiento crítico personal). Ya que Sociabilidad sin Criterio Propio produce un efecto colateral de empobrecimiento y consiguiente anulación de la identidad sustancial de la naturaleza del cuadrado humano, transformando a la persona en una ameba social. Es por ello que la Sociabilidad por la Sociabilidad (vacía de significado trascendental), tan en auge en nuestros tiempos, deviene perjudicial para la propia persona como sujeto individual. De lo que se deduce que, si bien el quinto lado del cuadrado humano es imprescindible para la socialización, la Sociabilidad debe ejercerse desde la exigencia del Criterio Propio para la salud de la libertad de toda personalidad individual. O, dicho en otras palabras, más vale que nos tachen de insociables en una sociedad que rinde culto a la sociabilización vacua, que acabar siendo parásitos impersonales en el caldo insustancial gelatinoso de una sociedad superficial. Que la prioridad en el desarrollo del quinto lado, no nos conduzca a desatender la importancia de nuestro propio cuadrado, pues en él radica la idiosincrasia de nuestra personalidad única. El secreto consiste, como siempre, en una vida vivida desde el equilibrio existencial desde el punto medio entre extremos opuestos. In medio virtus!   

 

miércoles, 24 de noviembre de 2021

El sistema de la Conjunción humana social

Hoy, a falta de cómo piense mañana, me place reflexionar sobre lo que denomino la Conjunción humana, que no es más que la experiencia coincidente de dos o más personas en alineación con un mismo punto de observación, ya sea éste una idea, un propósito, o una circunstancia. Y si bien damos por hecho que las conjunciones humanas, propias de las relaciones sociales, son de lo más normal por recurrentes en nuestro entorno inmediato, lo cierto es que su naturaleza es profundamente azarosa por el alto número de variables que participan. Es decir, el hecho de que mínimo dos personas con Criterio Propio coincidan sobre un mismo asunto es prácticamente un milagro. Pues para manifestarse la Conjunción humana deben concurrir factores de oportunismo, de significado intelectual, y de sintonía emocional, entre los observadores y entre éstos y el objeto de observación. Supuesto probabilístico que, contrariamente, no es de aplicación a las personas que participan de una mentalidad colectiva sujeta al pensamiento único, por estar exentas justamente de Criterio Propio, y que por tanto descarto en la presente reflexión, ya que en su caso la Conjunción pasa a ser pura concomitancia por formar parte inherente de una misma naturaleza común (más propia de la Paradoja del Cumpleaños).

Así pues, enmarcando la Conjunción humana como experiencia propia de aquel grupo de personas caracterizado por contar con Criterio Propio (dígase la capacidad de juicio y discernimiento derivado de un pensamiento crítico), cabe entender el factor del oportunismo desde la confluencia en un punto espacio-temporal con un sistema de coordenadas exacto y no otro, cabe entender el factor del significado intelectual desde una percepción conceptual por cultural compartida exenta de sesgos cognitivos, y cabe entender el factor de la sintonía emocional desde la convergencia en un mismo grado de desarrollo y nivel de madurez en materia de gestión emocional. Tres factores que, por evidencia empírica estadística, suelen relacionarse bajo la lógica del siguiente trilema:

1.-Dos o más personas comparten la oportunidad de un mismo objeto de observación, pero con diferente significado conceptual.

2.-Dos o más personas comparten un mismo significado conceptual frente a un objeto de observación, pero con desigual sintonía emocional.

3.-Dos o más personas comparten un mismo significado conceptual y sintonía emocional, pero desde una oportunidad divergente frente a un mismo objeto de observación.

Un trilema del que podemos deducir que, por norma general, la aproximación a la naturaleza de la Conjunción humana en potencia suele abocarnos a una sola elección de entre las tres opciones, donde cada opción posible conduce inevitablemente a un resultado distinto del resto. Dado que, tanto los observadores como lo observado mantienen una relación de conocimiento relativa entre sí, por ser sujetos condicionados a sistemas referenciales diferentes por singulares. Una casuística consecuencia directa de un elemento sustancial que subyace en dicho trilema, el cual no es otro que la competencia personal del Criterio Propio del sujeto observador. Es decir, en términos estadísticos es altamente improbable la coincidencia de dos o más observadores con un mismo por alineado significado intelectual y emocional, sobre la base que toda persona es fruto de sus propios determinismos biológicos, culturales y psicológicos individuales. Ya que, en caso contrario, implicaría la coexistencia en un mismo espacio temporal de dos o más observadores con idéntico nivel y ritmo cognitivo de desarrollo evolutivo psicoemocional. Lo que convertiría el trilema en una certeza de proposiciones, donde todas las opciones darían un mismo resultado válido en su suma por iguales (lo cual, a su vez, sería una señal de clara advertencia de desconfianza al ser representativo de una circunstancia susceptible para un espacio del pensamiento único).  

No obstante, si bien la Conjunción humana es altamente improbable, no por ello es imposible. Y aun siendo su expresión más genérica de carácter puntual en referencia a circunstancias concretas tan aleatorias como discontinuas a lo largo de la vida de las personas, cuando surge potencialmente sostenible en el tiempo su manifestación deviene en rasgo característico esencial del concepto de idea que tenemos sobre la amistad y el amor de pareja. Relaciones interpersonales derivadas que, dada su idiosincrasia dentro de la lógica de la Conjunción humana, representan un tesoro inestimable al que velar en medio del océano probabilístico.    

Por otra parte, señalar que la naturaleza esquiva, por estadísticamente remota, de la Conjunción humana cabe entenderla como un signo inequívoco de la salubridad que goza el Criterio Propio en las personas, y más aún si cabe en una sociedad donde impera la estandarización mental en un mal entendido sentido de inclusión colectivo. De hecho, quien vive desde su Criterio Propio no busca intencionadamente la Conjunción humana como principio social, pues sabe que ésta es dada por un sincronismo causal de una vida azarosa por impermanente, y que vivir persiguiéndola es dejar de vivir la vida propia para cederla voluntaria e inconscientemente a terceros. Es por ello que la normalización sociabilizada de la práctica de la Conjunción humana, patente en aquellas personas que alardean de contar con un número significativo de amigos, es un claro reflejo de la carencia de Criterio Propio y, por ende, de falta de madurez personal. Y, en tal caso, ¿qué nivel de dignidad y de libertad humana le queda a una persona sin Criterio Propio?. La pregunta se responde por sí misma. Como reza el refrán, más vale estar solo que mal acompañado. Y bajo esta exigente máxima, pipa en boca, finalizo esta breve reflexión al buen cuidado del Criterio Propio por personal. Consciente que, en materia de Conjunción humana, lo relevante es la calidad y no la cantidad.


martes, 23 de noviembre de 2021

La solución real que nos esconden al Cambio Climático y al Apagón Energético

Si algo tienen como denominador común tanto el Cambio Climático como el Apagón Energético es, justamente, la producción de energía eléctrica. Y más específicamente, su dependencia generalizada a los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), cuyo procesamiento genera emisiones de gases contaminantes a la atmósfera que resultan tóxicos para la vida, por un lado, y cuyas reservas naturales son limitadas, por otro lado.  Sabedores, a la par, que resulta imposible concebir la sociedad contemporánea sin electricidad. He aquí la paradoja en forma de círculo vicioso, donde vida y no-vida civilizada comparten punto repetitivo de partida y final en una misma estructura lógica por cerrada en sí misma, semejante al pez que se muerde la cola.

No obstante, éste dialelo deviene falaz en tanto y cuanto es un argumento que aunque parezca válido por comprado socialmente, no lo es; pues lleva implícito una manipulación deliberada del conocimiento de fondo. Es decir, la producción de la energía eléctrica que sustenta la sociedad de Mercado, y por ende la sociedad del Bienestar Social, no tiene por qué ser inherente y necesariamente peligrosa para la sociedad misma. De hecho, es por todos sabido que la alternativa a los combustibles fósiles es, sin lugar a dudas, las energías renovables procedentes de las energías primarias de la naturaleza tales como el viento, la radiación solar, las mareas o la energía térmica de la Tierra. Y, en menor manera y como opción secundaria, los combustibles nucleares (uranio y plutonio), ya que si bien éstos no emiten emisiones de CO2 ni otros gases contaminantes a la atmósfera, su reserva es limitada y su generación de residuos radiactivos son potencialmente nocivos durante miles de años, lo que acarrea un serio problema de seguridad en materia de almacenamiento que el hombre no ha llegado a resolver.

Pero la manipulación que subyace a la validez argumental, asumida colectivamente, en referencia al círculo vicioso entre sostenibilidad de un modelo de desarrollo social basado en la electricidad y el nefasto efecto colateral del Cambio Climático, e incluso respecto a la psicosis mundial de rabiosa actualidad a un supuesto Apagón Energético de tintes apocalípticos, no se limita ni centra en la relación de fuentes de energía no-renovables y renovables utilizadas a nivel mundial (4,4% nuclear, 10,8% renovables, 23,9% gas natural, 27,2% carbón, y 33,6% petróleo, según datos de 2019. Cuyos porcentajes, por otro lado, cabe apuntar que varían substancialmente a escala local según los países; como es el caso de España -octavo país del mundo con mayor potencia instalada renovable-, que el año pasado alcanzó una cuota del 43,6% de generación de electricidad por energías renovables, y aun así sigue siendo una economía fuertemente dependiente del gas natural procedente de terceros e inestables países, lo que le impide erradicar la lacra de la pobreza energética entre millones de conciudadanos). Sino que la manipulación real de fondo de dicho círculo vicioso radica, precisamente, en la reticencia de la industria energética en desarrollar la ciencia del almacenamiento de la energía eléctrica, díganse baterías. Pues, en tal caso, el supranegocio oligopolista de la energía vería reducido sustancialmente sus márgenes comerciales, ya que la implementación popular de dichas baterías permitiría cargar y almacenar electricidad cuando en las centrales eléctricas (renovables y no renovables) hubiera exceso de energía a un menor coste, y descargarse cuando fuera alto, bajando en consecuencia el precio medio por hora de electricidad para el consumidor final. Además de que la tecnología de las baterías podría potenciar la cultura del autoabastecimiento para la independencia energética doméstica.

Tal es la manipulación argumental del círculo viciado aceptado como realidad inmutable por el ciudadano-consumidor, que las empresas energéticas no se cansan en reiterar una y tantas veces como haga falta -mediante la complicidad comprada de los medios de comunicación generalistas-, la máxima de que la energía eléctrica no puede acumularse, y que, por tanto, cada vez que la consumimos las centrales eléctricas la generan ex profeso en ese mismo instante, por lo que el consumo es directo de empresa eléctrica a necesidad personal o profesional del consumidor.

Ciertamente, las soluciones de almacenamiento de energía eléctrica aún están poco desarrolladas, siendo las baterías de litio y de hidrógeno las más eficaces, por delante de otros sistemas. Pero no es menos cierto que existen algunos casos de éxito relevante que auguran un futuro alentador, como es el caso, entre otros, de la batería más grande del mundo construida por la compañía Tesla en una extensión de una hectárea en el Hornsdale power Reserve y en un tiempo récord de 60 días, a raíz de una crisis energética sufrida en Australia en 2017. Una macro batería de litio que actualmente tiene una potencia de energía suficiente para iluminar 78.000 hogares al año. Mientras que a nivel de uso doméstico, cabe destacar las baterías Powerwall de la misma casa comercial, que combinándolas con energía solar fotovoltaica, permite a una unidad familiar o comunidad de vecinos generar su propio autoconsumo eléctrico sin depender de la red eléctrica pública.

Como podemos deducir, la tecnología de la acumulación de la energía eléctrica es un mal negocio para una industria energética que, en la actualidad, representa cerca del 9 por ciento del PIB mundial. Una cuota de mercado que si bien nos puede parecer pequeña no lo es así su gran influencia que ostenta sobre la economía y los mercados financieros internacionales, afectando al precio de todos los bienes de consumo de nuestras sociedades y, por ende, a la calidad de vida de las personas. Pues todo aquello que consumimos depende, en primera instancia, de la electricidad. Sin obviar, sea dicho de paso, que la industria energética tiene la plena capacidad de controlar las relaciones geopolítica globales en un mundo interdependiente energéticamente, estableciendo los equilibrios de poder entre países en materia de comercio internacional.

La ciencia de las baterías eléctricas, para uso colectivo y doméstico, junto a las energías renovables, es un peligro real para el negocio de la industria energética tradicional, no solo porque afectaría de lleno a sus cuatro principales líneas de negocio monopolísticas: la generación de energía (centrales eléctricas), la transmisión de energía (torres eléctricas y transformadores), la distribución de energía (subestaciones y contadores de luz), y la comercialización de la energía (empresas emisoras de facturas); sino también porque representaría un revulsivo en el avance significativo de la descarbonización mundial y la reducción de la intensidad energética (consumir menos electricidad haciendo lo mismo), lo que iría en claro beneficio de poder mitigar el Cambio Climático y neutralizar el peligro de un posible Apagón Energético. Y, aún más, la potestad sobre la fijación del precio de la electricidad dejaría de estar en manos exclusivas de la industria energética, para tutela democrática de los Estados como garantes del Bienestar Social de sus ciudadanos. El precio de la electricidad como bien particular (de las eléctricas), pasaría a convertirse por tanto en un bien social (de los gobiernos).

Expuesto lo cual, queda claro que la paradoja en forma de círculo vicioso que concibe que la producción de la energía eléctrica que sustenta la sociedad contemporánea es irremediablemente peligrosa para la sociedad misma, es una falacia por manipulación de un conocimiento relevante por necesario que se esconde al ciudadano-consumidor en un claro interés privado que prima sobre el interés público. Pues el hombre de nuestro tiempo, ciencia mediante, tiene el conocimiento y los medios suficientes para desarrollar la tecnología de la acumulación de electricidad a niveles de excelencia y en tiempo récord si así lo prioriza (Para muestra el ejemplo de la vacuna contra el Covid). Un pequeño paso para el hombre, pero un gran avance para la humanidad, que implicaría la democratización y la sostenibilidad medioambiental de la energía eléctrica, y al que los intereses de los lobbies energéticos no democráticos por privados se oponen con todas sus artimañas. Mientras tanto, nuestros líderes políticos, al son que marca la industria energética, se reúnen sucesivamente en las llamadas cumbres contra el cambio climático para hacer ver que hacen algo sin hacer nada al respecto. Por algo será que nuestros políticos acaban colocados, tras salir de la vida pública, en los consejos de administración de las grandes empresas eléctricas, expresidentes de gobierno incluidos. A buen entendedor, pocas palabras.

 

viernes, 19 de noviembre de 2021

¿Qué es la Inteligencia? ¿Soy una persona inteligente?

Acabo de caer en la cuenta, a estas alturas que, si bien he reflexionado sobre tipos y relaciones diferentes de inteligencias en los últimos años, no lo he hecho específicamente sobre la naturaleza esencial de la Inteligencia. Haciendo un repaso hasta la fecha, observo que he tratado la Inteligencia versus la Felicidad, la Inteligencia Artificial en detrimento de la humana, la Inteligencia Colectiva en un mundo global, la Inteligencia Computacional como nuevo tipo a catalogar, la nomenclatura de la Inteligencia Emocional, la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva como derivada evolutiva de la era digital, la conceptualización de la Inteligencia Morfosocial, la coexistencia de Inteligencias Diferentes, y la fórmula de la gestión de las Inteligencias Múltiples (reflexiones todas ellas recogidas en el apartado de la letra “I” del glosario de términos del Vademécum del Ser Humano), pero no he considerado filosóficamente hasta el momento qué es la Inteligencia stricto sensu.

Para la biología, la respuesta a la pregunta del enunciado de la presente reflexión es muy sencilla, ya que entiende la Inteligencia como la capacidad individual que nos permite adaptarnos a situaciones nuevas para sobrevivir y solventarlas con éxito. Una concepción a todas luces insuficiente para la mente filosófica, ya que acogiéndonos a esta línea argumental podemos considerar como sujetos inteligentes a organismos unicelulares inclusive como son las bacterias. Aunque, de hecho y siendo sinceros, este es un juicio de valor ampliamente extendido en la sociedad contemporánea. Pues comúnmente consideramos a los listillos de turno -bordelines incluidos, estén o no diagnosticados-, que basan su supervivencia social a espaldas de las reglas de la lógica y la moral, como personas inteligentes por tener la capacidad de alcanzar sus objetivos más mundanos bajo la máxima maquiavélica del fin justifica los medios, para ovación de la platea popular.

No obstante, y siendo rigurosos, para que haya Inteligencia deben concurrir irreductiblemente las habilidades de razonar, planificar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y aprender de la experiencia. Es decir, la Inteligencia limitada al mero hecho de tener una memoria privilegiada -que convierte al sujeto en un cronista entretenido para disfrute de tertulias sociales-, limitada a la capacidad de superación reglada de una materia académica -cuyo título ensalza currículums profesionales y decora paredes de un despacho-, o limitada a las habilidades de las relaciones interpersonales -donde la persona se erige en el agradable e hipnotizador rey de la fiesta capaz de vender humo a precio de oro-, no es Inteligencia per se ni aun con las suma de todas ellas, sino simples que no por ello menos destacadas habilidades sociales. (Ver: Apicem Aurum, el pavo juglar que toda fiesta social precisa, Homo Gallináceo: superficialidad, ruido y desorden en nuestra sociedad, y LupusCivitatem, el depredador de la venta directa en la economía de mercado). Habilidades sociales, sea dicho de paso, altamente cotizadas en la sociedad actual que son elevadas a la categoría de (falsa) inteligencia por implausible consenso colectivo.

Pero si alguna de las características de la Inteligencia debe destacarse por su condición de elemento nuclear para el desarrollo necesario del resto de sus componentes, este no es otro que la Razón. Es decir, sin racionamiento no hay Inteligencia, pues solo la capacidad de razonar permite resolver problemas, extraer conclusiones y aprender de manera consciente de los hechos, estableciendo conexiones causales y lógicas necesarias entre ellos (dígase pensamiento creativo). Un axioma del que podemos extraer el siguiente teorema:

1.-No hay Inteligencia sin capacidad de razonamiento, ni éste sin actividad mental derivada del proceso inherente a la facultad de pensar. (Ver: Pensar, la gastronomía del alma que no sirve para comer)

2.-No hay facultad de pensar sin el triple proceso cognitivo de información, reflexión y conclusión, ni esta última resultante exenta del razonamiento crítico que determine el grado de veracidad de la materia objeto de pensamiento a la luz de los Principios de la Lógica. (Ver: ¿Hemos desaprendido a pensar?)

3.-No hay pensamiento crítico por lógico sin consciencia racional, ni ésta sin criterios intelectuales y deductivos sobre la realidad que partan de un pensamiento discursivo en forma lógica. (Ver: ¿Qué es la Consciencia? y La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana).

4.-Y, por tanto y a modo conclusivo, sin razonamiento, ni éste sin pensamiento crítico derivado de una consciencia lógica racional, no puede haber Inteligencia.

Es por ello que, en una sociedad como la presente, en la que la reflexión, el pensamiento crítico y la consciencia lógica en suma han sido desterradas por una visión productivista de pensamiento único -que encapsula sesgadamente el contenido significante de la Realidad a modo de consumibles precocinados-, no es de extrañar que se considere como Inteligencia aquellas habilidades exentas a la idiosincrasia de la misma, para regocijo de mediocres intelectuales. (Ver: ¿Está en peligro el pensamiento individual?)

La Inteligencia, así pues, es una virtud intelectual no innata, tal y como ya argumentó Aristóteles, que incrementa nuestra capacidad de entendimiento sobre el Principio de la Realidad mediante su propio cultivo. Por lo que la Inteligencia requiere de una actitud personal activa en el cuidado y desarrollo de un espacio de consciencia racional propio, dando inexorablemente como resultado directo procesos de pensamiento intelectuales creativos. En este sentido, si me preguntan cuál es elemento externo que revela la Inteligencia de una persona, defenderé que en absoluto es aquella habilidad de tener una memoria prodigiosa pareja a la del elefante, una oratoria incansable similar a la del loro parlante, una capacidad de adaptación al entorno semejante a la del camaleón, una aptitud de inteligencia emocional afín a una mascota canina empática, un talento de escalar estratos sociales análoga a un mono saltarín, o la facultad de subsistir aferrado a un puesto de trabajo equiparable a una garrapata, entre otras ejemplos de la imaginaría fabulesca; sino que la Inteligencia se manifiesta diáfanamente en una persona cuando ésta muestra la aptitud de crear nuevas ideas y conceptos a partir de la combinación de referencias extraídas de la propia Realidad. Pues ello demuestra, ineludiblemente, una indudable suficiencia de consciencia racional crítica por lógica. A la vista de lo cual, uno debe preguntarse si es una persona inteligente o no. He aquí la prueba del algodón.

Tanto si nos respondemos positiva como negativamente a la pregunta de si somos personas inteligentes, es una obviedad apuntar que la Inteligencia está determinada por condicionantes biológicos y fisiológicos, ambientales o culturales, y psicológicos. Y que, en la actualidad, y dependiendo de los condicionantes mencionados, por norma general se cataloga los diferentes grados o niveles de la Inteligencia en discapacidad intelectual, baja capacidad intelectual, capacidad intelectual media, alta capacidad intelectual, y superdotación intelectual. No obstante, y a la luz de los argumentos expuestos con anterioridad, solo podemos hablar de Inteligencia potencial stricto sensu en los tres últimos niveles de catalogación, siendo el resto de niveles campo de cultivo exclusivo para el desarrollo de las habilidades humanas, sin desmérito alguno para estas.

Llegados a este punto, como humanista me interesa hacer una mención especial a la relación entre Inteligencia y Ética, pues como es por todos conocidos y así ha sido vastamente corroborado por la historia de la humanidad para horror y vergüenza de nuestra especie, la Inteligencia no es condición sine qua non para que una persona sea moral, aunque no hay moral sin consciencia racional. Así pues, si bien la moral no es imprescindible para el despliegue de la Inteligencia como facultad humana, su participación sí que resulta imperiosa para transmutar la Inteligencia en una capacidad virtuosa como único camino de trascendencia personal. O, dicho en otras palabras, la amplia franja divisoria entre la Inteligencia y la Sabiduría está formada justamente por la dimensión moral iluminada por y desde los valores universales. (Ver: Solo el camino virtuoso de la Sabiduría hará de este mundo un lugar más feliz). Es decir, sin moral no hay Sabiduría.

Como hemos visto, la Inteligencia es una materia propia de la gnoseología que estudia la posibilidad y fenomenología del conocimiento humano, fuertemente entroncada con la Filosofía de la Sociedad y la Ética por sus relevantes implicaciones. Por lo que, personalmente creo, lo destacable de la presente breve reflexión sobre la naturaleza de la Inteligencia, más allá de la respuesta personal obtenida en la privacidad de nuestro fuero interno sobre si somos personas inteligentes, no solo es qué vamos a hacer individualmente al respecto en el caso que no cumplamos con las características educables que definen el perfil de una persona inteligente (ahora que sabemos lo que es la Inteligencia), sino y sobre todo qué vamos a hacer para transformar ésta sociedad en un espacio más inteligente en términos absolutos. Pues, salvo tristes excepciones de la regla general, la suma de inteligencias personales crea por inflexión crítica un nuevo cuerpo orgánico denominado Inteligencia Colectiva, el cual es la única apuesta segura hacia un mundo cada día mejor por más humano (Ver: La inteligencia colectiva crea millones de combinaciones de mejores realidades posibles). Que cada cual, en la medida de sus posibilidades, haga su pequeña aportación de Inteligencia con él mismo y con los demás. Sabedores que hasta el océano se compone de millones de pequeñas moléculas, por lo que el tamaño no es una excusa válida. Así como tampoco lo es la opcionalidad, pues la Inteligencia, más que un derecho natural, es una obligación moral con nuestra propia condición humana.

 

jueves, 18 de noviembre de 2021

Filosofía versus la Sociedad del Lorem Ipsum

Hoy es el día internacional de la Filosofía, una ciencia mayor que, justamente por buscar la verdad última de hombre y del mundo que le rodea en su amor por la sabiduría, se encuentra menospreciada en una sociedad contemporánea excitada por sobresaturada en el estado de consciencia colectiva del Lorem Ipsum. Un par de palabras latinas populares que podemos reconocer como inicio de una larga frase que prosigue con el “(…) dolor sit  amet,  consectetur adipisicing  elit, sed  do eiusmod tempor incididunt  ut labore  et dolore magna aliqua (…)”, y que sirve como texto estándar que normalmente se usa para pruebas tipográficas, bocetos de diseño o de páginas web, previo a introducir un texto definitivo. Una frase que, para decepción de muchos, realmente no significa nada en concreto, pues su composición es el resultado de la unión de varios textos aleatorios creado por impresores hace 500 años y que ha pervivido hasta los actuales softwares de autoedición, y cuyo origen parece proceder de la obra clásica De finibus bonorum et malorum ("Sobre los fines del bien y del mal"), datada en el 45 a.C., del filósofo romano Cicerón. Es decir, el Lorum Ipsum, y su continuación, es una frase ilegible que no tiene más objetivo que rellenar vacíos de contenido. Es la expresión máxima de la vacuidad del relleno por su insignificancia en su más amplio concepto.

Pero si paramos atención a nuestro alrededor, en un mundo occidental donde la Filosofía ha sido exiliada al ostracismo del saber, el Lorum Ipsum no solo se limita a los editores de textos, sino que podemos encontrarlo ampliamente desplegado y de manera transversal, como una verdadera corriente sociológica, en múltiples facetas de la actividad del hombre de la sociedad de Mercado. De hecho, la política actual, como actividad que gestiona la res publica de nuestro modelo de organización social, se fundamenta y articula sobre los principios del Lorum Ipsum por su flagrante vacuidad e incoherente cuerpo argumental, exento de contenido lógico alguno en materia de bien social, que solo sirve para rellenar de cara a la galería el pequeño margen de espacio público cedido por el Mercado, para beneficio exclusivamente propio de una clase social tan inoperante como insustancial que únicamente persigue perpetuarse en su estatus. Mientras que el Mercado, a su vez, en su talante de gobierno mundial real que no democrático, bajo el férreo yugo de una cultura de consumo de ocio hedonista impuesta como medio de subsistencia de su naturaleza, ha elevado a la categoría de religión social la futilidad del Lorum Ipsum como estrategia zombificadora, y en consecuencia de control de masas, del ciudadano-consumidor quien de manera adoctrinada vive rellenando sus espacios vitales con contenidos tan triviales como volátiles. Y así es como el absurdo movimiento existencial del Lorum Ipsum ocupa la vida cotidiana del hombre moderno, que no sabe quién es, desconoce lo que hace, e ignora a dónde va. (Ver: La mente humana rellena los agujeros del no-saber, aunque sea con mentiras, por salud existencial).

Dicho lo cual, no es baladí afirmar que la esencia de la vigente corriente sociológica del Lorum Ipsum resulta, a todas luces, inmoral; pues priva al ser humano de su derecho natural de conocer stricto sensu y en términos epistemológicos, sabedores que sin conocimiento no hay acceso a la inteligencia y mucho menos a la sabiduría. Y, sin lugar a dudas, representa un acto social deliberado que atenta contra el desarrollo de la capacidad cognitiva del ser humano a la luz de la Lógica respecto a la esencia de la Realidad misma, tanto fenomenológica como trascendental, para regocijo de terceras mentes manipuladoras de vidas propias y ajenas. Pues el Lorum Ipsum es el arte de rellenar la existencia misma desde la vacuidad, donde el contenido está carente de significado, y el continente carente de sustanciabilidad, en el marco referencial de una dialéctica delirante donde la variable reflexiva queda descartada para proliferación de personas no-pensantes. Es por ello que no es de extrañar que, en una sociedad estructurada e inculcada en el Lorum Ipsum, la Filosofía como sistema de razonamiento reflexivo para alcanzar el Principio de Realidad representa un peligro a eliminar. Pues allí donde hay vacuidad el filósofo encuentra la causa primera y fin último de su naturaleza, y allí donde hay insustancialidad el filósofo rellena con la substancia de la Razón lógica. Quizás, el pecado imperdonable del filósofo a ojos de una sociedad enajenada no sea precisamente su capacidad de percibir la verdad última de las cosas, sino especialmente su incontenida sinceridad.  

En un lugar del mediterráneo, a 18 de noviembre de 2021

Día Mundial de la Filosofía

martes, 16 de noviembre de 2021

La Paciencia, ¿es útil en una sociedad vertiginosamente cambiante?

Ciertamente, cuando hacemos mención a la Paciencia la identificamos con aquella conducta humana de afrontar una situación vital con moderación y sosiego de espíritu, actitud virtuosa que conocemos como Templanza, cuya reflexión ya desarrollé en el compendio de las Virtudes Cardinales del Ser Humano. No obstante, no es menos cierto que la Paciencia como actitud virtuosa individual es percibida actualmente, contrariamente, como una aptitud personal no demasiado positiva en una sociedad altamente competitiva, agudizada aún más si cabe por un entorno en continuo y vertiginoso cambio y transformación (contexto VUCA), que desquicia al más cuerdo. De hecho, la Paciencia como calma o capacidad de espera se entiende, en el rivalizado mundo profesional y por ende empresarial, como una peligrosa actitud de inacción versus la imperiosa necesidad que tiene toda persona (física o jurídica) de generar nuevas y urgentes oportunidades para su propia subsistencia en los tiempos presentes que corren, los cuales están caracterizados por un ambiente social cuyos recursos son fuertemente disputados y donde la agilidad de reacción es una máxima preponderante de tintes casi esquizofrénicos. Una filosofía de vida, fundamentada en la exaltación de los instintos más primarios del hombre como ser animal, que no solo se inculca en las facultades de negocios, sino que se insufla en la mente colectiva de los ciudadanos-consumidores a través del relato de fondo explotado por la propia industria del ocio en sus múltiples manifestaciones, para beneficio de su propia retroalimentación.   

Y aun así, siendo percibida la Paciencia bajo la polaridad alternante de virtud/vicio según el sistema filosófico referencial del observador, podemos apuntar a su vez y de manera complementaria cómo, paradójicamente, tanto la Paciencia como virtud conductual como la impaciencia como irrefrenable impulso competitivo de supervivencia comparten un mismo estado de ánimo común que no es otro que la Esperanza. Una desde la inacción, y la otra desde la acción, acorde al prisma de entendimiento de una sociedad estructurada bajo la competitiva economía de mercado. Ya que, si bien y Paciencia mediante, el primero concibe la Esperanza como medio útil para la transformación de una situación o circunstancia contraria a sus intereses, el segundo concibe la Esperanza como un medio no solo inútil sino incluso amenazante para alcanzar un posible cambio. No en vano, aún recuerdo a mi profesor de Hacienda Pública declarando, alto y claro para el elenco de jóvenes alumnos de su aula, que la Esperanza es el mayor peligro que tiene cualquier empresario (en el sentido que el fracaso se nutre de personas que creen, en situaciones difíciles, que las cosas pueden llegar a cambiar a mejor sin hacer nada significativo al respecto).  

No obstante, cabe resituar en su justa medida la Paciencia como virtud, ya que ésta no implica en absoluto inacción en el sentido más clásico posible, sino que conlleva implícita la acción -que por manifestarse de baja intensidad no por ello es menos trascendental- de cuatro elementos substanciales: la Resistencia, la Persistencia, y la Razón, además de la Esperanza inherente a la motivación conductual de la paciencia e impaciencia de todo ser humano que ya he tratado con anterioridad (y que más adelante retomaré para su justa aclaración). Pues la Paciencia, en tanto que estado psicoemocional de espera, comporta una actitud de Resistencia personal que implica aguantar activamente -en términos de Templanza- frente una situación desfavorable, posibilitando al individuo observar desde su guarda los ritmos de evolución del entorno más inmediato para determinar el momento más inteligente para actuar. La Paciencia comporta, asimismo y en consecuencia, una actitud de Persistencia personal que permite al individuo, desde su activa permanencia perseverante, reorientar o pivotar la dirección de su movimiento futuro en pos de conseguir el objetivo prefijado, previo trabajo de análisis, aprendizaje y superación del obstáculo que le impide temporalmente avanzar en su propósito. Y la Paciencia comporta, derivado de la suma de los vectores conductuales mencionados, una actitud de raciocinio personal que capacita al individuo en la disposición activa de un entendimiento consciente sobre la toma de decisión de las posturas Resistente y Persistente, en referencia coherente a la singularidad de sus circunstancias, bajo criterios de la lógica de la Razón práctica. Por lo que el talante de una persona paciente, en su deliberada inacción externa transitoria sujeta a una activa acción interna, representa de facto una suficiencia conductual mucho más inteligente, y por ende virtuosa, que la de aquellas personas de perfil intemperante o incontinente (en jerga aristotélica) en medio de un entorno altamente volátil por cambiante como el actual.

Todo y así esgrimida la naturaleza virtuosa de la Paciencia, por todos es conocido el refrán que reza “que quien espera, desespera”, popularizado por el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. Aforismo que paralelamente nos señala, en línea con el cuerpo argumental de la presente reflexión, que no se puede alcanzar el estado de consciencia conductual de la Paciencia, en el que interviene a partes iguales la Resistencia (Templanza), la Persistencia, y la Razón, sin una madurez mental óptima por parte de la persona. La cual es indisociable a su vez de una notable habilidad en materia de inteligencia emocional, donde la experiencia y la serenidad de espíritu que otorga la edad, mal le pese a los edadistas, es sin lugar a dudas un grado (Ver: La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente). O, dicho en otras palabras, sin madurez psicoemocional no puede coexistir la Paciencia. 

Llegados a este punto de exposición, volvamos a la Esperanza como elemento sustancial inherente a la Paciencia, con el objetivo de rebatir la generalizada creencia de supuesta peligrosidad que acarrea para el desarrollo del ámbito personal y profesional de un individuo, tal y como mantiene la filosofía imperante de la sociedad de mercado actual. Si la Paciencia como conducta humana virtuosa se articula mediante la Resistencia y la Persistencia a la luz de la Razón práctica, como estrategia para afrontar un revés vital, no puede afirmarse que la Esperanza derivada de dicha Paciencia consciente sea ciega, sino todo lo contrario pues se deduce plenamente iluminada por la capacidad intelectual del sujeto paciente. Es decir, desde el momento que la Esperanza de la Paciencia queda instrumentalizada por la Razón práctica del individuo, la Esperanza como estado de ánimo deja de ser ciega para ser pragmáticamente intencionada. Por lo que, ¿qué actitud de Esperanza es más peligrosa por ciega, la de la persona paciente por reflexiva o la de la persona impaciente o incontinente por impulsiva?. La respuesta, por obvia, se responde por sí misma.

Inequívocamente, la Paciencia (como proceso conductual) suele ser amarga, pero sus frutos son dulces -máxima tuneada que, sinceramente, no sé si pertenece a Aristóteles, a Rousseau, o a un proverbio persa-. Así como también es plausible afirmar que por mucho correr (impacientemente) no se llega antes al destino, si es que se llega tales gallinas descabezadas, como contrariamente nos imbuye a creer el ritmo frenético marcado por los dogmas del Mercado. Por lo que, con independencia de si la Paciencia es una conducta voluntaria o sobrevenida por causas de fuerza mayor, uno no puede dejar de preguntarse por las razones de su vilipendio social. ¿Será acaso que un ciudadano incontinente resulta más dúctil?. Será. Que no nos lleven a engaño. Dicho lo cual, y retomando la pregunta del enunciado de la presente reflexión, cabe concluir que la Paciencia, en el contexto de una sociedad vertiginosamente cambiante, es una herramienta de gestión personal y profesional plenamente vigente, justamente por su utilidad de unir o enlazar un movimiento discontinuo por interruptus en un mismo continuo direccional temporal. Sin que ello excluya la opción voluntaria de la persona paciente, en el uso de sus plenas facultades mentales, de limitar el tiempo de duración de la propia Paciencia, pues dependiendo de las circunstancias y a la luz de la Razón humana, toda Paciencia por ser una singularidad tiene su límite temporal. De hecho, la trascendencia de la Paciencia radica en su facultad de equilibrar los posibles extremos opuestos que la vida nos depara, siendo el equilibrio mental y emocional sostenible en el tiempo de la persona el bien superior a defender por la Paciencia bajo la máxima aristotélica del in medio virtus (la virtud está en el punto medio). Lo cual hace de la Paciencia no solo una herramienta de gestión personal útil, sino imprescindible por necesaria en la sociedad contemporánea, ya que sin un resguardo social del equilibrio psicoemocional solo hay lugar para una sociedad de desquiciados por desequilibrados.


martes, 9 de noviembre de 2021

El Orgullo como principio ético del ser humano

Es curioso observar cómo, hoy en día, el orgullo como característica conductual del ser humano es considerada una actitud peyorativa por consenso colectivo en el mundo occidental. Hasta el punto que socialmente se ha mimetizado con los conceptos de la soberbia y la vanidad -valores los cuales ya traté en anteriores reflexiones (Ver: Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir y La Vanidad, un comportamiento social normalizado en auge)-, entendiendo actualmente el orgullo al más puro estilo de la hibris de los griegos clásicos en una lectura reduccionista de sentimiento desmesurado, incluso irracional y desequilibrado, de una arrogancia personal stricto sensu. Tanto es así, que hasta la psicología moderna no es ajena a la estigmatización del orgullo, enjuiciándola como una actitud altiva de superioridad negativa por falsa, fruto de un sentimiento de inferioridad enmascarado. Siendo el caso más ejemplificador de una conducta orgullosa negativa, por su supuesta incongruencia en el choque de opuestos, aquella de rabiosa actualidad (en la presente situación de profunda brecha social derivada de una interminable crisis económica) que manifiesta una persona necesitada (dígase una individuo en situación de pobreza material), ante su negativa de recibir ayuda por parte de una tercera persona (dígase en forma de dinero gratuito u otros beneficios tanto materiales como inmateriales). 

Si bien la actitud individual anteriormente expuesta puede generar sorpresa en el contexto de una sociedad contemporánea de marcado carácter egoísta por hedonista (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo), no es baladí preguntarse qué fundamenta -en términos generales- la supuesta conducta orgullosa de una persona necesitada frente a la negativa de recibir la ayuda que precisa, con el objetivo precisamente de entender y acotar en su justa medida el concepto que podemos denominar “orgullo natural” en el marco de la idiosincrasia humana. En este sentido, si profundizamos más allá de la pátina de la conducta manifestada, podemos inducir que la persona de perfil orgullosa responde a un código ético propio, sin cuyos principios la persona siente devaluada su percepción de dignidad humana. Es decir, en este contexto, el orgullo natural se manifiesta como un principio ético del ser humano, despojado del cual la persona se percibe exento de valor alguno como individuo. O, dicho en otras palabras, sin principios una persona no vale nada, siendo el orgullo natural una actitud de defensa y preservación de dichos principios. 

Así pues, si concebimos el orgullo como principio ético del ser humano que vela por su propia dignidad natural (sujeto, claro está, al libre albedrío de cada persona en relación a una circunstancia concreta y no a otra), en consecuencia, no podemos entender el orgullo natural como una actitud socialmente degradante, sino todo lo contrario, pues dignifica a la persona frente a la inequidad inherente que conlleva la vida social. Por lo que solo puede comprenderse la tendencia social actual generalizada, que menosprecia y se burla del orgullo personal, en el entorno de una sociedad donde los principios éticos, y la misma dignidad de la vida humana, han sido sino ya eliminados sí ciertamente neutralizados, en nuestro caso, por el rodillo filosófico de una economía de mercado amoral. Y ya se sabe que en una sociedad que vive de espaldas a los principios éticos, donde la validez de las personas se reduce a su utilidad para beneficio individual, resulta prácticamente imposible que pueda otorgarse valor social alguno a una actitud como el orgullo natural fundamentado en los extintos principios éticos.

Expuesto lo cual, podemos definir el orgullo natural, en su sentido de principio ético, como una declaración propia del ser humano que sustenta y da sentido a la necesidad moral del desarrollo de una vida individual vivida con dignidad. Un axioma del que derivan dos proposiciones: por un lado, que el orgullo como actitud sustancial se fundamenta en el derecho natural que bebe directamente de los valores morales universales (Ver: Reflexiones del Filósofo Efímero sobre los Valores Universales del Ser Humano), y que por tanto trasciende a toda moralina que pueda imperar en un espacio social temporal concreto; mientras que, por otro lado, el orgullo natural en su condición de valor moral es una actitud consciente sujeta a la razón práctica del ser humano, en tanto y en cuanto la ética subyacente deviene de la racionalidad del reconocimiento de las conductas personales y colectivas.

Desde esta óptica, queda evidenciado que el orgullo natural cabe entenderse como una cualidad virtuosa que permite a la persona esculpir su propia y singular dignidad formal práctica en connivencia con sus circunstancias existenciales, a imagen y semejanza del escultor que modela la corporeidad de un espíritu silencioso que dignifica la naturaleza bruta esencial del material cincelado. Y, en este proceso de desarrollo y crecimiento de dignificación personal, en un mundo altamente invasivo y despreciativo por la vida ajena, el orgullo natural no solo se afianza desde un alto sentido trascendental de libertad personal, sino sobre todo y específicamente desde la construcción de una fuerte Autoridad Interna (que es aquella disposición conductual que permite a la persona relacionarse consigo mismo y con los demás en coherencia con sus propio principios éticos) a la luz de la moral humanista por universal (Ver: Valórate, ámate, y vive desde tu Autoridad Interna). Siendo, justamente, la Autoridad Interna el elemento estructural diáfanamente diferenciador entre el orgullo natural y el orgullo desmesurado o hibris griego que desemboca en la soberbia y la vanidad.

Así es, sin orgullo natural toda persona pierde la línea de defensa de su propia dignidad humana, viéndose arrastrado inconscientemente a cualquiera de los nueve círculos del infierno en vida de Dante, donde el hombre queda sometido a su naturaleza animal para gratificación de los sátiros y las satiresas que reinan en el mundo superficial de la vida social. Es por ello que, en ocasiones, más vale mostrarse firme y desagradablemente orgulloso frente al asegurado enojo de personas tan pusilánimes como desnaturalizadas, que traicionar la dignidad humana personal que da sentido vital a nuestra existencia. Pues en ella radica, en mi caso pipa en boca, la placentera tranquilidad de nuestra propia consciencia. Sabedores, a su vez, que como bien decía Tolstoi: A ojos del infinito, todo orgullo no es más que polvo y ceniza. (Ver: Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás). Dixi!

 

sábado, 6 de noviembre de 2021

Las razones del progresivo ostracismo actual de la lengua catalana

Hace un par de días, en medio de una tertulia doméstica ya entrada la madrugada copa en mano, un familiar comentó su experiencia aún caliente como comensal privilegiado en una cena íntima con el nonagenario Jordi Pujol, quien presidió durante veinte años la Generalitat de Cataluña y que, tras insuflar y catapultar el nacionalismo catalán moderno mediante la práctica de culto a su personalidad como icono maximum del ideal de Cataluña, cayó en descrédito político por diferentes casos judiciales de corrupción cuyas causas procesales aún permanecen en curso, arrastrando con él a la mayoría del antaño tan inviolable como divinizado clan Pujol. Más allá de anécdotas varias, deseo recoger, como tema central para la presente reflexión, la alta preocupación que parece ser manifestó el expresidente nacionalista en la susodicha cena sobre la supervivencia del catalán como lengua viva en pleno año 2021.

El interés del tema radica, justamente, en que si bien, desde hace décadas, el nacionalismo catalán acapara el control institucional de Cataluña y, por ende, el dominio de la vida pública catalana mediante tácticas segregacionistas de pureza de sangre y de espíritu -en una primera etapa de modo sibilino, y actualmente ya sin descaro público alguno-, en la que la lengua se ha convertido más que en una bandera de identidad política en un verdadero hierro candente con el que se marca a los catalanes buenos para diferenciarlos del resto (a modo de escarnio y aliciente de reconversión posible para éstos); lo cierto es que, aun con toda la maquinaria del poder nacionalista imperante a pleno gas, resulta una evidencia que la lengua catalana está claramente en estado real de progresivo desuso a fecha de hoy. Tanto es así que, según los últimos informes oficiales del propio ejecutivo catalán, tan solo un tercio de los catalanes habla habitualmente el catalán, y más concretamente en lo que se refiere a los centros educativos la lengua hace patente su hundimiento al registrar un retroceso en su uso del 67% en 2006 al 21% en 2021. Una verdadera pesadilla para los nacionalistas herederos del legado de Pujol que, tras la purga por parte de sus propios hijos políticos a imagen y semejanza del destino que corrió Cronos, ahora se autodefinen independentistas.

Centrada la temática, el dilema reflexivo no es otro que dilucidar sobre las incógnitas que dan respuesta a la existencia de una desequilibrada ecuación de la lengua catalana entre sus dos expresiones o miembros, donde por un lado observamos componentes de un impositivo fomento institucional del uso del catalán, y por otro lado observamos componentes de un desuso real patente y progresivo de la lengua entre la ciudadanía autóctona. En este sentido, no hay que ser docto en sociología para identificar con agilidad cinco grandes variables que, a mi entender personal, ayudan a comprender las incógnitas que hacen de ésta una ecuación errónea. Veámoslas, entendiendo que el orden de los factores no altera el resultado final al estar interrelacionadas:

1.-Razones Demográficas

La distribución y relación demográfica de la ciudadanía catalana juega, sin lugar a dudas, un papel relevante en el desuso de la lengua oriunda, dado el hecho que Cataluña no solo concentra poco más de la mitad de su población en un 5 por ciento del total de su casi millar de municipios, sino que el crecimiento poblacional de la región autónoma se realiza precisamente desde ese pequeño grupo de 47 municipios ubicados en la costa catalana que, asimismo, concentran la práctica totalidad del PIB catalán. Un pequeño subterritorio al que podemos denominar la Cataluña urbana que, por sus características geopolíticas, es destino de flujos migratorios que usan el español como lengua vehicular. Siendo esta una realidad sociológica, en la que se impone el español sobre el catalán, que contrasta por oposición -en un juego de balanzas fuertemente descompensadas- con el resto del territorio catalán caracterizado por su marcada personalidad rural (en continua regresión demográfica) donde el independentismo tiene su caldo de cultivo, y donde el elemento de cohesión social es precisamente la lengua catalana como máximo exponente de una identidad cultural colectiva. (Ver: La Cataluña independentista es Rural. Causas y reflexiones).

2.-Razones Globales

Las razones demográficas, por otra parte, no pueden disociarse y por ello entenderse sin el concepto de la globalización. Un proceso mundial de comunicación e interdependencia entre los diversos mercados y países del mundo, de la que Cataluña no se exime, en el que cabe destacar el hecho tanto que el español representa la segunda lengua internacional más hablada tras el chino (compartida por algo más de 500 millones de habitantes), como la plena actualidad de su vigor por su incontestable estado en continua expansión mundial (de hecho, desde hace un mes China ha acogido por ley el español como segunda lengua obligatoria en su sistema educativo). Lo cual pone de manifiesto el peso relevante que la lengua cervantina tiene a nivel global, y que se evidencia como lengua plenamente viva en las elevadas cuotas de uso del idioma explotadas comercialmente a nivel internacional por redes sociales e industrias audiovisuales, como es el ejemplo de la popular multinacional Netflix donde, como nota de contraste, el catalán solo representa un 0’5 por ciento limitado, a día de hoy, a dos largometrajes, cuatro series en catalán y dos documentales subtitulados.

3.-Razones Políticas

Junto a las razones demográficas y globales, cabe también observar las razones políticas que lastran la consolidación del catalán en su propio territorio natural. En este sentido resaltaría dos fenómenos, uno de carácter normativo y otro de pura praxis social.

Por un lado, los esfuerzos en materia de política de inmersión lingüística del gobierno nacionalista catalán se topan de frente con limitaciones constitucionales (más allá de las propias naturales que presenta el status quo social), derivadas de la realidad política de ser Cataluña una comunidad autónoma que forma parte de un Estado propio como es España, cuna y ente promotor de la lengua española. Lo que a la práctica implica que tanto el catalán como el español son lenguas cooficiales en Cataluña, y que según el propio Estatuto Catalán (como marco jurídico superior regional acorde por supeditado al derecho español), dictamina que los ciudadanos catalanes no solo tienen el derecho y el deber de conocer ambas, sino que no puede haber discriminación por el uso de una u otra lengua. Es por ello que cualquier acción política contraria a dichos preceptos encuentra, como barrera infranqueable, la propia Constitución española.

Mientras que por otro lado, cabe destacar un amplio y transversal movimiento social de rabiosa actualidad contrario al uso deliberado de la lengua catalana en la vida cotidiana (principalmente circunscrito a la Cataluña urbana), como declaración de protesta e insumisión civil tácita contra el independentismo catalán. El cual ha desnaturalizado la lengua, convirtiéndola de facto en un arma política arrojadiza y excluyente por segregacionista de todo aquello que huela a español, en una clara intencionalidad de capitalizarla como estandarte político de un imaginario Estado Catalán (en el que, sea dicho de paso, los españoles son considerados como ciudadanos no solo de segunda, sino inclusive racialmente inferiores). Una acción política muy poco inteligente por parte de los nacionalistas catalanes, pues toda acción tiene, como se puede comprobar, su reacción; circunstancia que ha ido en manifiesto detrimento de un sano y natural bilingüismo que en antaño era norma general entre los ciudadanos de Cataluña.

4.-Razones Gramaticales

Asimismo, una barrera natural de entrada social que tiene a modo de escollo el uso práctico del catalán como lengua, que no se puede obviar, es ciertamente la complejidad de su gramática en oposición a la del español. Pues si bien es cierto que ambas lenguas tienen su origen en el latín vulgar, no es menos cierto que el catalán contemporáneo es una lengua gramatical de tipo arcaizante o menos evolucionada que la lengua española, seguramente derivado de una retroalimentación endogámica fruto de su limitado espacio territorial de desarrollo natural. Ello hace que aun siendo relativamente fácil hablar catalán, no lo es tanto ni mucho menos su escritura por su dificultad gramatical resultante del trabajo de normalización ortográfica que Pompeu Fabra creó en 1913. Lo que provoca en la actualidad que el nivel de suficiencia catalán, conocido en Cataluña como Certificado de nivel C (correspondiente con el quinto de los niveles propuestos por la escala del Marco Europeo común de referencia para las lenguas, MECR, del Consejo de Europa), quede limitado por requerimiento obligatorio de acceso al ámbito de la administración pública catalana, sin que dicho nivel de suficiencia de la lengua haya conseguido sociabilizarse en el ámbito privado de los catalanes, muy a pesar de los esfuerzos realizados desde el propio sistema de educación obligatorio de Cataluña.

5.-Razones Geográficas

E, íntimamente ligado a las razones anteriores, cabe irremediablemente hacer mención a la importante limitación geográfica natural de la lengua catalana, cuya representación demográfica del 0,1 por ciento respecto al total de habitantes del planeta otorgan al catalán un peso idiomático global nulo. Lo que, en términos prácticos, en el contexto de una economía de mercado global, hacen del catalán un idioma carente de interés fuera de los límites de su territorio geográfico, pues fuera de dichos límites el catalán como lengua pierde su condición de herramienta de comunicación interpersonal útil a la par que válida. O, dicho en otras palabras, el catalán puede considerarse, por su limitada influencia idiomática, como una lengua folclórica (en sentido antropológico), como lo es el sorabo en Sajonia (Alemania), el plautdietsch en Siberia (Rusia), el tzeltal en los Altos de Chiapas (México), o el guaraní en Sudamérica (que en número de personas habladas supera ampliamente al catalán), entre otros miles de ejemplos de las más de 7 mil lenguas aún vivas en el planeta con mayor o menor grado de aceptable vitalidad.

Expuestas brevemente estas razones, como positivado racional de las presumibles incógnitas que subyacen en negativo a falta de luz, que pueden ayudar a resolver el por qué de la ecuación errónea de la lengua catalana, lo cierto es que la preocupación del expresidente Pujol sobre la supervivencia del catalán está sobradamente fundada. Dicho lo cual, y con independencia que los ejecutivos nacionalistas catalanes de turno, al amparo de los resortes del poder institucional conquistados, intentan hacer de la lengua catalana un símbolo identitario más para la anhelada instauración de un Estado independiente propio, complementando así tanto el símbolo de la bandera (las cuatro barras rojas y amarillas, emblema de los Reyes de la Corona de Aragón), como el símbolo del himno (“Els Segadors”, cuya letra canta contra el monarca español Felipe IV), y en última instancia el símbolo de una historia catalana milenaria intangible (que en un delirio nacionalista es reinventada por el camino para vergüenza de historiadores propios y ajenos), realmente cabe apuntar que el nivel de ostracismo social en el que actualmente vive la lengua catalana en Cataluña (solo hablada habitualmente por poco más de 2 millones de catalanes de los 7’5 millones totales) representa una devaluación cultural para el patrimonio humanista del conjunto de España. Pues toda lengua, exenta de distorsión política, es un capital del conocimiento humano cuyo valor cultural cabe preservar.

Sí, la lengua catalana no parece pasar por su mejor momento, siendo las razones múltiples como hemos podido repasar. No obstante, en un mundo complejo por global como el presente, no resulta nada inteligente identificar lengua con identidad nacional en un espacio de convivencia pluricultural, pues ello obliga de manera expresa a las personas a posicionarse en un estado de casus belli identitario y, en el proceso, muere el bilingüismo naturalizado por efectos colaterales. Imponiéndose, por fuerza real mayor, la lengua más vigorosa que en este caso no es otra que la de Cervantes, con la venia asegurada entre otros de Ramón Llull, Joanot Martorell o Eugeni d’Ors. A buen entendedor, pocas palabras.  


miércoles, 3 de noviembre de 2021

Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás

Esta máxima lapidaria popularizada por el primer libro de las religiones monoteístas (dígase del Génesis, cuyos autores son desconocidos), y que se contextualiza en la sentencia que un ser supremo al que denominamos Dios anuncia a Adán (el primer hombre) tras ser expulsado del mítico Jardín del Edén: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás" (G. 3,19), adquiere una nueva y actualizada contemporaneidad con el reciente descubrimiento por parte de científicos japoneses de la creación de la vida a partir de materia inorgánica. O, dicho en otras palabras, los investigadores de la Universidad de Hiroshima acaban de demostrar cómo la química (ciencia que estudia las sustancias materiales y sus interacciones, entre ellas el polvo), crea ni más ni menos que biología (ciencia que estudia los seres vivos).   

Más allá de la atractiva novedad científica, la noticia de actualidad -que debo confesar atrajo mi interés como polilla a la luz-, despertó rápidamente mi atención por su complementaria y no por ello menor trascendencia filosófica. Ya que, de dicha demostración práctica en laboratorio sobre el origen inorgánico de la vida, anteriormente teorizado a principios del siglo pasado en el denominado proceso de coacervación, emergieron diáfanamente en mi mente dos axiomas derivados (de posible escarnio para hombres de fe), que rezan como sigue:

1.-La esencia última de la chispa de la vida de los seres orgánicos es la materia.

Y, 2.-La vida es un accidente de la materia en su única intencionalidad de replicarse a sí misma.

El primer axioma derivado no hace más que reafirmar el aforismo del “Memento, homo, quia pulvis es” (recuerda, hombre, que polvo eres), pues los seres humanos, como seres vivos, procedemos del polvo de la materia. Y, siendo ésta el arjé o esencia última, es la materia a su vez, a la luz de la lógica de toda singularidad espacio-temporal, nuestro destino final como completa el aforismo latino: “(…) et in pulverem reverteris” (y al polvo [de la materia] volverás). Un razonamiento de peso respaldado, más aún si cabe, por el conocimiento humano que tenemos sobre la luz visible, la cual nace de la materia y muere con ella. Sabedores que desde épocas ancestrales identificamos la luz con la vida misma, y la ausencia de luz, por oposición, con la no-vida. A pesar que la materia que crea la luz emerge, a la par, de un Universo inmerso en la más absoluta oscuridad; aunque este es trigo de otro costal. (Ver: ¿Y si la oscuridad, y no la luz, es el origen de la vida? Entonces, ¿Dios es oscuridad?)

El segundo axioma derivado, por su parte, nos señala que no existe intencionalidad predeterminada alguna por parte de la materia, como esencia última de la vida, en crear justamente vida orgánica. Sino que ésta no es más que el resultado accidental de la capacidad de autorreplicación y evolución de la propia materia en unas condiciones ambientales químicas concretas en la Tierra, a lo largo de poco más de 4 mil millones de años, dando lugar a los primeros organismos unicelulares similares a las bacterias, los cuales se desarrollaron hasta la aparición de la especie homo hace 2,5 millones de años, concurriendo 2,3 millones de años después en la existencia de los “humanos modernos” (hace solo 200 mil años). No obstante, si bien la energía química de la materia no busca per se crear vida sino replicarse a sí misma en un Universo en expansión (al igual que la gravedad es un fenómeno natural por el que los objetos con masa son atraídos entre sí, sin intencionalidad predefinida alguna de impedir que los papeles del escritorio salgan flotando por la habitación), teniendo claro por tanto que la vida es un accidente de la evolución de la propia naturaleza sustancial de la materia inorgánica; ello no nos impele a preguntarnos paralelamente sobre el origen mismo del ser humano tal y como lo conocemos, cuya línea evolutiva cronológica y genética difiere del resto de animales del planeta. Un tema este, altamente apasionante, al que no entraré por no ser objeto central de la presente reflexión, y por haberlo desarrollado con anterioridad -para lectores interesados- bajo el título: ¿Cuál es el origen del Hombre?.

Así pues, vistos sumariamente los dos axiomas filosóficos (propios de la metafísica y la ontología) derivados del hito científico nipón de crear biología a partir de la química de la materia, lo cual otorga validez a las teorías modernas sobre los principios del origen de la vida, solo cabe preguntarse si el hombre tiene capacidad de trascenderse más allá de la singularidad de la materia. Bajo el credo de las religiones monoteístas que comparten el compendio de fuentes que conocemos como Génesis, y del resto de las más de 4 mil religiones diferentes existentes en el mundo a día de hoy, la respuesta es inequívoca en la firme creencia de un más allá, pues las religiones tienen la capacidad de capitalizar el arte de reconciliar naturalezas tan antagónicas como son los conceptos de la vida y de la muerte bajo el precepto de la fe. Y sobre las religiones ya me manifesté en su día mediante la reflexión “Sacerdotes: relatores de mitos que juegan con la esperanza de los hombres”. Por lo que intentar teorizar sobre la trascendencia del ser humano sobre la materia, que es lo mismo que aludir a una posible vida después de la muerte, desde la razón pura (es decir, exenta de cualquier fe determinista), es a todas luces caer de pleno en el fango de un reductio ad absurdum. Pues conjugar en una misma ecuación humana vida y muerte es una contradicción lógica solo apta para la paradoja del gato de Schrödinger que, sea dicho de paso, nadie hasta la fecha ha podido demostrar. Lo contrario, fe mediante por muy romántica imaginería que sea, solo es disonancia cognitiva o en el peor de los casos enajenación mental, muy que le pese a casi el 80 por ciento de creyentes existentes el en mundo.

Así que recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás. Un aforismo que, cabe puntualizar para posibles despistados, no exime al hombre de la responsabilidad individual de trascenderse en vida sobre su propia condición animal, sino que aún más le compromete de facto y por deber natural a la luz de los valores humanistas. La morada más allá de la muerte, de la que no sabemos nada, dejémosla para Hades, que los vivientes ya tenemos suficiente con la morada de los vivos.