domingo, 17 de octubre de 2021

La Democracia no existe como valor universal y cabe defenderla de enemigos externos (Aviso a Euronavegantes)

En verdad, la paz en el mundo es una guerra que nunca vamos a ganar, pero que asimismo nunca podemos dejar de librar. Una certeza que, no obstante, parece que los ciudadanos de la milenaria Europa hayamos olvidado entre los efluvios enajenadores de una vida de consumo de ocio, semejante a la suerte que corrieron los argonautas de Ulises en la isla de Eea. De hecho, parece como si la propia hechicera Circe reinara actualmente sobre el viejo continente, presidiendo un macro banquete hedonista que nos mantiene a todos los ciudadanos europeos sumidos en un largo y embriagador letargo placentero, a la vez que copa alzada en mano cantamos hermanados por una eterna paz para todo el orbe terráqueo, mientras que con la otra mano dirigimos la política interior y exterior de nuestros países con vara de mando tan blanda como ancha, cegados a las sombras alargadas de los peligros que no solo nos tienen sitiados sino que se ya se están infiltrando.

No sé si se trata de egocentrismo histórico o de naifismo patológico, pero los europeos vivimos desde el orgullo identitario propio que nos hace compartir un modelo de organización social común como es la Democracia, y bajo la falsa creencia de creernos protegidos por el poder de un valor universal que no existe. O, relatado en otras palabras: izamos como enseña colectiva la Democracia a la fe de un valor supremo universal (amén a Platón), al igual que los cruzados enarbolaban la cruz cristiana como defensa mística frente al enemigo (amén a Jesús), cuando ni la una ni la otra tienen poder real alguno contra culturas extranjeras que ni lo comparten ni incluso lo llegan a conceptualizar, y mucho menos a respetar. Y aun así, imbuidos en nuestro halo de fe democratizador, nos creemos los firmes conversores de un mundo feliz, exento de violencia y carente de injusticias sociales, con el único toque de gracia mediante que la fuerza del credo diplomático de la concordia y de la buena voluntad mutua (en un mundo exterior hostil por naturaleza).

Una identidad europea común, sea dicho de paso, cuyo quebradizo imaginario de la Democracia se sustenta por un único y débil cordón umbilical cohesionador: el caro por económicamente costoso y humanísticamente necesario modelo sociopolítico del Bienestar Social, cuya pesada carga debe ser compartida entre la totalidad de los diversos países miembros de la zona euro al sobrepasar la capacidad de esfuerzo individual de un solo Estado (para muestra ejemplificadora: el Reino Unido del Brexit). Es decir, la identidad europea se sustenta en la necesidad de supervivencia de un esfuerzo compartido, al igual que una silla requiere de todas y cada una de sus patas para no colapsarse en su equilibrio. A razón que es el Estado de Bienestar Social -del cual soy firme defensor como humanista- el elemento nuclear y significante de la idea de Democracia moderna, al sintetizar aquel en sí mismo todos los valores humanistas que dan manifestación corpórea a ésta.

No obstante, cabe señalar en un baño de realidad que la robustez de las patas de la silla de la Democracia europea se percibe extremadamente frágil, si ampliamos el campo de visión, en un mundo donde la Democracia no es un valor universal. De hecho, de los 193 países que existen en el mundo, solo el 44,9% tiene un tipo de régimen democrático, siendo la mayoría consideradas como democracias imperfectas, pues tan solo 20 países (12%) son considerados como democracias plenas stricto sensu, los cuales se circunscriben principalmente en nuestra vieja Europa (y a los que hay que sumar Canadá, Nueva Zelanda y Australia. Y, de cuyo grupo selecto queda excluido -como nota aclaratoria para navegantes interesados-, al autodenominado país de la Libertad como es Estados Unidos por considerarse una democracia imperfecta). Mientras que el 55,1% de los países mundiales restantes son regímenes de corte no democráticos (23,4% híbridos y 31,7% totalitarios).

Expuesto lo cual, no solo queda patente la vulnerable defensa del modelo de la Democracia europea, articulado mediante el eje vertebrador del Estado de Bienestar Social y de Derecho, frente al resto del mundo; sino que asimismo es patente nuestra precaria identidad propia como entidad social singular diferenciadora más allá de la cohesión obligada por una necesidad colectiva compartida. Una identidad cuya defensa global la hemos cedido en los dos últimos siglos, para mayor inconsistencia si cabe, a un liderazgo ajeno a la propia idiosincrasia cultural europea como es la caprichosa e inestable por partidista, e inclusive analfabeta en algunos casos, política exterior de Estados Unidos que no busca más beneficio que el particular. Sí, la Europa sumida en el sueño complaciente de Circe carece de liderazgo propio, en un mundo de conflictos perpetuos, incapaz de defender por sí misma su filosofía de vida identitaria. Quizás la razón radica en que resulta más fácil ceder el liderazgo a un tercero, que acordar por consenso unánime un liderazgo entre comensales a una misma mesa que históricamente recelan los unos de los otros.

Sea como fuere, la historia nos enseña que la supervivencia de Europa no es fruto de una suma de coincidencias azarosas, sino de la firme voluntad de asumir su liderazgo natural en tiempos críticos. Tal es el caso de la Batalla de Lepanto, de la que ahora conmemoramos su plausible 500 aniversario y en la que el célebre Cervantes quedó manco de su mano izquierda. Una batalla en la que Europa venció sobre el intento de invasión del entonces invencible Imperio Otomano (que llegó a plantarse casi en el corazón del viejo continente) gracias a una coalición llamada la Liga Santa, donde la España de Felipe II tomó el liderazgo con la inestimable participación de los Reales Tercios. Y quien piense que en la actual era de la digitalización global el liderazgo militar mediante está superado por relegado a los libros de historia, se le invita muy cortésmente a que abra los ojos para echar un vistazo a los movimientos militares en auge protagonizados por los países candidatos a superpotencias mundiales, en un mundo contemporáneo en el que a 6 de octubre del presente año tenemos registradas 63 guerras armadas en todo el planeta, dos más que en 2020 y siete más que en 2019.  

Europa, ¡despierta de tu letargo ingenuo!. Pues en ello nos va la defensa de la Democracia, como modelo de organización social y de filosofía de vida en un mundo sucumbido en la naturaleza violenta. Pues si en verdad deseamos preservar nuestro modelo existencial, los ciudadanos europeos debemos ser plenamente conscientes que si bien la paz mundial es una guerra que nunca vamos a ganar, asimismo es una batalla que nunca podemos dejar de librar, justamente, para poder continuar viviendo libremente en el oasis democrático identitario de nuestra vieja Europa. Que no te engañen, la paz que queremos todos los europeos se defiende y se conquista, no nos viene regalada in sécula seculórum. Ni el mismo Platón, en su obra La República, fue tan iluso de obviar la necesidad de defender la propia Democracia mediante la fuerza disuasoria de un liderazgo armado.