lunes, 25 de octubre de 2021

La comparación odiosa del Madrid cosmopolita y la Barcelona pueblerina

Qué decir que las comparaciones son odiosas, pero no por ello dejan de ser necesarias e incluso imprescindibles para el buen conocimiento de cualquier materia objeto de interés. De hecho, la comparación es una estrategia del pensamiento racional que nos permite identificar entre conceptos semejantes y diferentes, propio tanto del método filosófico clásico como del empirismo científico moderno, evitando así confusiones o contaminaciones sobre lo que entendemos como Principio de Realidad. Dicho lo cual, y tras regresar de unos días de intenso disfrute en la capital del Reino de España -tras una larga y obligada ausencia-, no puedo dejar de establecer una comparativa entre las dos emblemáticas ciudades de Madrid y Barcelona (haciendo des esta una extensión al resto de Cataluña) por el fuerte contraste constatado. Una comparativa que, aún más si cabe, en la presente reflexión se precia de justicia frente al hecho fehaciente que en mi tierra natal catalana nos autopercibimos (o así al menos es proclamado a bombo y platillo por la clase política autóctona) como la mejor región por superior al resto de España, en una descaradamente pública deriva supremacista.

[Previo a proseguir, solicito de antemano al lector cierta indulgencia de juicio sobre este filósofo efímero falto de limpieza de sangre, hasta consumida la última palabra escrita]

De hecho, la hegemonía imperante en los últimos decenios por parte del partido único nacionalista catalán (pues si bien cuenta con varias cabezas todas ellas parten de un solo cuerpo, a imagen y semejanza de la Hidra de Lerna), ha imbuido en la mentalidad colectiva, de los ciudadanos catalanes, la férrea creencia ilusoria de que sus vidas cotidianas vividas no son sino la mejor versión posible de una vida vivida, sin parangón alguno en sociedad desarrollada y moderna europea y de ultra mar que se precie. Y en esa enajenada ceguera autocomplaciente, mal me pese, malvivimos los catalanes contemporáneos. Pues aquí donde se vive desde una normalizada apática pobreza comercial en las calles de Barcelona, se percibe allí por contraste una bullente rica actividad mercantil en las calles de Madrid. Aquí donde se vive desde una normalizada mísera propuesta cultural endogámica en Barcelona, se percibe allí por contraste una opulenta oferta cultural internacional en Madrid. Aquí donde se vive desde un normalizado existencialismo agrisado entre las gentes de Barcelona, se percibe allí por contraste una alegría vital entre las gentes de Madrid. Aquí donde se vive desde un normalizado miedo por inseguridad ciudadana en las vías públicas de Barcelona, se percibe allí por contraste una tranquilizadora seguridad ciudadana en las vías públicas de Madrid. Aquí donde se vive desde una normalizada carencia de respeto a la libertad del prójimo en Barcelona, se percibe allí por contraste en un sano respeto a la libre diversidad interpersonal en Madrid. Aquí donde se vive desde un normalizado café limitado tan solo para unos pocos en Barcelona, se percibe allí por contraste en una fiesta de café compartido para todos en Madrid. Y es que aquí, donde se vive desde una normalizada cerrazón de mentalidad pueblerina en Barcelona y por ende en el conjunto de Cataluña, se percibe allí por contraste en un tan hambriento como abierto espíritu cosmopolita que puede respirarse en todo Madrid.

Las comparaciones, ciertamente, son odiosas. Y más si uno como sujeto comparado queda en vergonzosa posición, pues no es gusto de nadie que le saquen los colores. Pero rehusar la evidencia no hace más que rebajarnos al bajo nivel de los tres monos que no ven, no oyen, y no hablan por motu propio. Añadiendo además que, en Cataluña, cabe sumar a las tres desvirtudes de los monos (que de sabios tienen bien poco) el miedo social mediante a posibles represalias por parte de la sombra alargada del poder de una clase política catalana inquisidora. La cual, en la apoteosis de su institucionalizado régimen segregacionista y discriminador, ha conseguido que sus conciudadanos vivan semisonrisa orate creyéndose los elegidos de un falso edén, cuya estructura estelada de cartón y barro sufre continuos ataques de autodestrucción masoquista a conciencia y sin tregua en un mundo imperativamente globalizado. Tanto es así, y como muestra un botón, que mientras la potencia mundial emergente de China acaba de instaurar el español como segunda lengua obligatoria en su sistema educativo nacional, los comisarios políticos del partido único catalán, por contra, se dedican a perseguir -al puro estilo de una caza de brujas del medievo- a aquellos docentes universitarios que hacen uso del español como lengua vehicular en las catedrales catalanas del saber. (Una campaña propia de los Estatutos de Limpieza de Sangre que, por cierto, viene de lejos en una mala gestión política sistémica por un resquemor histórico predemocrático que no solo no se alivia, sino que inclusive se aviva a la luz de un imaginario identitario retorcido en su furor). Aunque ya se sabe, no hay pueblo mejor domado que aquel al que se empobrece para subyugarlo en la ignorancia y, desde esta, manejarlo a antojo desde la exaltación de las emociones más básicas del ser humano.  

Las comparaciones son odiosas, sí, pero más triste es verificar en carne propia el mantra contemporáneo catalán, por consenso colectivo de aquellos que viajan en estos tiempos, que reza la afligida salva del “uno se deprime al volver a Barcelona, tras una estancia en Madrid”. Los habitantes de la Ciudad Condal, y por extensión el conjunto de los ciudadanos catalanes, no nos merecemos el progresivo empobrecimiento material y moral que vivimos en las últimas décadas. Y si de algo nos debe servir las comparaciones, más allá de ruborizarnos sin caer en la acritud ni el resentimiento yermo (para beneficio de unos pocos vividores del erario público), es justamente para deslegañarnos los ojos de tanta penumbra mohosa, y despertar nuevamente en un nuevo día desde nuestra mentalidad emprendedora preclara de un rico por creativo y acogedor pueblo mediterráneo milenario, y por extensión cosmopolita por naturaleza, capaz de brillar históricamente con luz propia. Si de algo sirven las comparaciones, es precisamente para ser conscientes de mejorar aquello que resulta imperiosamente mejorable, salvo que deseemos permanecer en la inopia del conocimiento propio. O, ¿acaso nos debemos conformar con menos?. Las entelequias, para los cuentacuentos, que el bien vivir al fin y al cabo es una cuestión de habas contadas. Fiat lux!

... Y a quien le haya podido resultar ofensiva la presente reflexión, tal si del incordio de un enjambre de moscas zarandeado le haya provocado, o del malestar de un deslumbrante fogonazo de luz causado, sirva por delante las disculpas de este humilde servidor que, palabra escrita pipa en boca mediante, tiene la mala costumbre de pensar sin remilgos en voz alta por autoindulgencia de quien se peina canas.