lunes, 25 de octubre de 2021

La comparación odiosa del Madrid cosmopolita y la Barcelona pueblerina

Qué decir que las comparaciones son odiosas, pero no por ello dejan de ser necesarias e incluso imprescindibles para el buen conocimiento de cualquier materia objeto de interés. De hecho, la comparación es una estrategia del pensamiento racional que nos permite identificar entre conceptos semejantes y diferentes, propio tanto del método filosófico clásico como del empirismo científico moderno, evitando así confusiones o contaminaciones sobre lo que entendemos como Principio de Realidad. Dicho lo cual, y tras regresar de unos días de intenso disfrute en la capital del Reino de España -tras una larga y obligada ausencia-, no puedo dejar de establecer una comparativa entre las dos emblemáticas ciudades de Madrid y Barcelona (haciendo des esta una extensión al resto de Cataluña) por el fuerte contraste constatado. Una comparativa que, aún más si cabe, en la presente reflexión se precia de justicia frente al hecho fehaciente que en mi tierra natal catalana nos autopercibimos (o así al menos es proclamado a bombo y platillo por la clase política autóctona) como la mejor región por superior al resto de España, en una descaradamente pública deriva supremacista.

[Previo a proseguir, solicito de antemano al lector cierta indulgencia de juicio sobre este filósofo efímero falto de limpieza de sangre, hasta consumida la última palabra escrita]

De hecho, la hegemonía imperante en los últimos decenios por parte del partido único nacionalista catalán (pues si bien cuenta con varias cabezas todas ellas parten de un solo cuerpo, a imagen y semejanza de la Hidra de Lerna), ha imbuido en la mentalidad colectiva, de los ciudadanos catalanes, la férrea creencia ilusoria de que sus vidas cotidianas vividas no son sino la mejor versión posible de una vida vivida, sin parangón alguno en sociedad desarrollada y moderna europea y de ultra mar que se precie. Y en esa enajenada ceguera autocomplaciente, mal me pese, malvivimos los catalanes contemporáneos. Pues aquí donde se vive desde una normalizada apática pobreza comercial en las calles de Barcelona, se percibe allí por contraste una bullente rica actividad mercantil en las calles de Madrid. Aquí donde se vive desde una normalizada mísera propuesta cultural endogámica en Barcelona, se percibe allí por contraste una opulenta oferta cultural internacional en Madrid. Aquí donde se vive desde un normalizado existencialismo agrisado entre las gentes de Barcelona, se percibe allí por contraste una alegría vital entre las gentes de Madrid. Aquí donde se vive desde un normalizado miedo por inseguridad ciudadana en las vías públicas de Barcelona, se percibe allí por contraste una tranquilizadora seguridad ciudadana en las vías públicas de Madrid. Aquí donde se vive desde una normalizada carencia de respeto a la libertad del prójimo en Barcelona, se percibe allí por contraste en un sano respeto a la libre diversidad interpersonal en Madrid. Aquí donde se vive desde un normalizado café limitado tan solo para unos pocos en Barcelona, se percibe allí por contraste en una fiesta de café compartido para todos en Madrid. Y es que aquí, donde se vive desde una normalizada cerrazón de mentalidad pueblerina en Barcelona y por ende en el conjunto de Cataluña, se percibe allí por contraste en un tan hambriento como abierto espíritu cosmopolita que puede respirarse en todo Madrid.

Las comparaciones, ciertamente, son odiosas. Y más si uno como sujeto comparado queda en vergonzosa posición, pues no es gusto de nadie que le saquen los colores. Pero rehusar la evidencia no hace más que rebajarnos al bajo nivel de los tres monos que no ven, no oyen, y no hablan por motu propio. Añadiendo además que, en Cataluña, cabe sumar a las tres desvirtudes de los monos (que de sabios tienen bien poco) el miedo social mediante a posibles represalias por parte de la sombra alargada del poder de una clase política catalana inquisidora. La cual, en la apoteosis de su institucionalizado régimen segregacionista y discriminador, ha conseguido que sus conciudadanos vivan semisonrisa orate creyéndose los elegidos de un falso edén, cuya estructura estelada de cartón y barro sufre continuos ataques de autodestrucción masoquista a conciencia y sin tregua en un mundo imperativamente globalizado. Tanto es así, y como muestra un botón, que mientras la potencia mundial emergente de China acaba de instaurar el español como segunda lengua obligatoria en su sistema educativo nacional, los comisarios políticos del partido único catalán, por contra, se dedican a perseguir -al puro estilo de una caza de brujas del medievo- a aquellos docentes universitarios que hacen uso del español como lengua vehicular en las catedrales catalanas del saber. (Una campaña propia de los Estatutos de Limpieza de Sangre que, por cierto, viene de lejos en una mala gestión política sistémica por un resquemor histórico predemocrático que no solo no se alivia, sino que inclusive se aviva a la luz de un imaginario identitario retorcido en su furor). Aunque ya se sabe, no hay pueblo mejor domado que aquel al que se empobrece para subyugarlo en la ignorancia y, desde esta, manejarlo a antojo desde la exaltación de las emociones más básicas del ser humano.  

Las comparaciones son odiosas, sí, pero más triste es verificar en carne propia el mantra contemporáneo catalán, por consenso colectivo de aquellos que viajan en estos tiempos, que reza la afligida salva del “uno se deprime al volver a Barcelona, tras una estancia en Madrid”. Los habitantes de la Ciudad Condal, y por extensión el conjunto de los ciudadanos catalanes, no nos merecemos el progresivo empobrecimiento material y moral que vivimos en las últimas décadas. Y si de algo nos debe servir las comparaciones, más allá de ruborizarnos sin caer en la acritud ni el resentimiento yermo (para beneficio de unos pocos vividores del erario público), es justamente para deslegañarnos los ojos de tanta penumbra mohosa, y despertar nuevamente en un nuevo día desde nuestra mentalidad emprendedora preclara de un rico por creativo y acogedor pueblo mediterráneo milenario, y por extensión cosmopolita por naturaleza, capaz de brillar históricamente con luz propia. Si de algo sirven las comparaciones, es precisamente para ser conscientes de mejorar aquello que resulta imperiosamente mejorable, salvo que deseemos permanecer en la inopia del conocimiento propio. O, ¿acaso nos debemos conformar con menos?. Las entelequias, para los cuentacuentos, que el bien vivir al fin y al cabo es una cuestión de habas contadas. Fiat lux!

... Y a quien le haya podido resultar ofensiva la presente reflexión, tal si del incordio de un enjambre de moscas zarandeado le haya provocado, o del malestar de un deslumbrante fogonazo de luz causado, sirva por delante las disculpas de este humilde servidor que, palabra escrita pipa en boca mediante, tiene la mala costumbre de pensar sin remilgos en voz alta por autoindulgencia de quien se peina canas. 

  

domingo, 17 de octubre de 2021

La Democracia no existe como valor universal y cabe defenderla de enemigos externos (Aviso a Euronavegantes)

En verdad, la paz en el mundo es una guerra que nunca vamos a ganar, pero que asimismo nunca podemos dejar de librar. Una certeza que, no obstante, parece que los ciudadanos de la milenaria Europa hayamos olvidado entre los efluvios enajenadores de una vida de consumo de ocio, semejante a la suerte que corrieron los argonautas de Ulises en la isla de Eea. De hecho, parece como si la propia hechicera Circe reinara actualmente sobre el viejo continente, presidiendo un macro banquete hedonista que nos mantiene a todos los ciudadanos europeos sumidos en un largo y embriagador letargo placentero, a la vez que copa alzada en mano cantamos hermanados por una eterna paz para todo el orbe terráqueo, mientras que con la otra mano dirigimos la política interior y exterior de nuestros países con vara de mando tan blanda como ancha, cegados a las sombras alargadas de los peligros que no solo nos tienen sitiados sino que se ya se están infiltrando.

No sé si se trata de egocentrismo histórico o de naifismo patológico, pero los europeos vivimos desde el orgullo identitario propio que nos hace compartir un modelo de organización social común como es la Democracia, y bajo la falsa creencia de creernos protegidos por el poder de un valor universal que no existe. O, relatado en otras palabras: izamos como enseña colectiva la Democracia a la fe de un valor supremo universal (amén a Platón), al igual que los cruzados enarbolaban la cruz cristiana como defensa mística frente al enemigo (amén a Jesús), cuando ni la una ni la otra tienen poder real alguno contra culturas extranjeras que ni lo comparten ni incluso lo llegan a conceptualizar, y mucho menos a respetar. Y aun así, imbuidos en nuestro halo de fe democratizador, nos creemos los firmes conversores de un mundo feliz, exento de violencia y carente de injusticias sociales, con el único toque de gracia mediante que la fuerza del credo diplomático de la concordia y de la buena voluntad mutua (en un mundo exterior hostil por naturaleza).

Una identidad europea común, sea dicho de paso, cuyo quebradizo imaginario de la Democracia se sustenta por un único y débil cordón umbilical cohesionador: el caro por económicamente costoso y humanísticamente necesario modelo sociopolítico del Bienestar Social, cuya pesada carga debe ser compartida entre la totalidad de los diversos países miembros de la zona euro al sobrepasar la capacidad de esfuerzo individual de un solo Estado (para muestra ejemplificadora: el Reino Unido del Brexit). Es decir, la identidad europea se sustenta en la necesidad de supervivencia de un esfuerzo compartido, al igual que una silla requiere de todas y cada una de sus patas para no colapsarse en su equilibrio. A razón que es el Estado de Bienestar Social -del cual soy firme defensor como humanista- el elemento nuclear y significante de la idea de Democracia moderna, al sintetizar aquel en sí mismo todos los valores humanistas que dan manifestación corpórea a ésta.

No obstante, cabe señalar en un baño de realidad que la robustez de las patas de la silla de la Democracia europea se percibe extremadamente frágil, si ampliamos el campo de visión, en un mundo donde la Democracia no es un valor universal. De hecho, de los 193 países que existen en el mundo, solo el 44,9% tiene un tipo de régimen democrático, siendo la mayoría consideradas como democracias imperfectas, pues tan solo 20 países (12%) son considerados como democracias plenas stricto sensu, los cuales se circunscriben principalmente en nuestra vieja Europa (y a los que hay que sumar Canadá, Nueva Zelanda y Australia. Y, de cuyo grupo selecto queda excluido -como nota aclaratoria para navegantes interesados-, al autodenominado país de la Libertad como es Estados Unidos por considerarse una democracia imperfecta). Mientras que el 55,1% de los países mundiales restantes son regímenes de corte no democráticos (23,4% híbridos y 31,7% totalitarios).

Expuesto lo cual, no solo queda patente la vulnerable defensa del modelo de la Democracia europea, articulado mediante el eje vertebrador del Estado de Bienestar Social y de Derecho, frente al resto del mundo; sino que asimismo es patente nuestra precaria identidad propia como entidad social singular diferenciadora más allá de la cohesión obligada por una necesidad colectiva compartida. Una identidad cuya defensa global la hemos cedido en los dos últimos siglos, para mayor inconsistencia si cabe, a un liderazgo ajeno a la propia idiosincrasia cultural europea como es la caprichosa e inestable por partidista, e inclusive analfabeta en algunos casos, política exterior de Estados Unidos que no busca más beneficio que el particular. Sí, la Europa sumida en el sueño complaciente de Circe carece de liderazgo propio, en un mundo de conflictos perpetuos, incapaz de defender por sí misma su filosofía de vida identitaria. Quizás la razón radica en que resulta más fácil ceder el liderazgo a un tercero, que acordar por consenso unánime un liderazgo entre comensales a una misma mesa que históricamente recelan los unos de los otros.

Sea como fuere, la historia nos enseña que la supervivencia de Europa no es fruto de una suma de coincidencias azarosas, sino de la firme voluntad de asumir su liderazgo natural en tiempos críticos. Tal es el caso de la Batalla de Lepanto, de la que ahora conmemoramos su plausible 500 aniversario y en la que el célebre Cervantes quedó manco de su mano izquierda. Una batalla en la que Europa venció sobre el intento de invasión del entonces invencible Imperio Otomano (que llegó a plantarse casi en el corazón del viejo continente) gracias a una coalición llamada la Liga Santa, donde la España de Felipe II tomó el liderazgo con la inestimable participación de los Reales Tercios. Y quien piense que en la actual era de la digitalización global el liderazgo militar mediante está superado por relegado a los libros de historia, se le invita muy cortésmente a que abra los ojos para echar un vistazo a los movimientos militares en auge protagonizados por los países candidatos a superpotencias mundiales, en un mundo contemporáneo en el que a 6 de octubre del presente año tenemos registradas 63 guerras armadas en todo el planeta, dos más que en 2020 y siete más que en 2019.  

Europa, ¡despierta de tu letargo ingenuo!. Pues en ello nos va la defensa de la Democracia, como modelo de organización social y de filosofía de vida en un mundo sucumbido en la naturaleza violenta. Pues si en verdad deseamos preservar nuestro modelo existencial, los ciudadanos europeos debemos ser plenamente conscientes que si bien la paz mundial es una guerra que nunca vamos a ganar, asimismo es una batalla que nunca podemos dejar de librar, justamente, para poder continuar viviendo libremente en el oasis democrático identitario de nuestra vieja Europa. Que no te engañen, la paz que queremos todos los europeos se defiende y se conquista, no nos viene regalada in sécula seculórum. Ni el mismo Platón, en su obra La República, fue tan iluso de obviar la necesidad de defender la propia Democracia mediante la fuerza disuasoria de un liderazgo armado.  


miércoles, 13 de octubre de 2021

La Opinión Personal está mal vista y se menosprecia

 

-“Pensar es malo, nos están diciendo en redes sociales”. Con esta afirmación realizada a principios de este mes por un afamado conductor de un programa televisivo de máxima audiencia española, despertó en mí -semejante al despliegue de un resorte neuromecánico que con inquebrantable fuerza se activa automáticamente frente a un amenazante estímulo exterior-, la resistencia del humanista rebelde contra el pensamiento único que llevo dentro. Pero lo cierto es que, tristemente, dicha afirmación resulta ser a día de hoy una obviedad elevada a categoría de axioma social, y aunque sea de mi profundo desagrado soy consciente de su plena vigencia por consenso colectivo de facto. De hecho, sobre las dificultades respecto al pensar, al pensamiento crítico, o al pensamiento individual en estos tiempos que corren, ya he reflexionado en anteriores ocasiones, recopilándolos para los interesados en el glosario de términos del Vademecum del Ser Humano dentro del apartado de la letra <P>. Una afirmación que, a su vez, me ha hecho recordar como eco reconocido las palabras del escritor zarista Dostoyesvski: “La tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles”.

Pero, ¿por qué pensar, y a la par tener opinión personal divergente a la línea de pensamiento de la mente colectiva, se considera socialmente una actitud prohibida y reprochable por negativa?. La respuesta de peso ya la fundamenté en la reflexión cronológicamente previa bajo título Una Sociedad sin Voluntad, a la que animo al lector a leer, y donde pongo de manifiesto la normalización sociológica del estandarizado pensamiento único por parte del proveedor de la Voluntad General que no es otro que el Mercado. O, lo que es lo mismo, por imposición de sus acólitos en una dictadura instaurada de analfabetos enajenados. Pues, tanto monta monta tanto… Y ya se sabe que toda dictadura -aunque sea de ignorantes zombificados- es totalitaria por idiosincrasia, donde las libertades sufren un régimen de serias restricciones, como es el caso que nos ocupa de la libertad de expresión de la opinión personal.

No obstante, retomando el trasfondo del eco emanado por las palabras de Dostoyesvki, cabe puntualizar que no nos hallamos frente a una dictadura de canon castrense, sino que la naturaleza de ésta podemos enmarcarla dentro de lo que denomino la Dictadura de la Tolerancia (mal entendida). Pues ésta transgiversada y por ende falsa tolerancia se fundamenta en dos corrientes de pensamiento socializadas por integradas: la superficialidad y el buenismo. La primera, la superficialidad, imprime un carácter pusilánime a los individuos, convirtiéndoles en sujetos fisiológicamente reacios a profundizar en cualquier tema que trascienda su mundana cotidianidad, sin mayor objetivo vital que el placer sensorial como bien existencial en una espiral de interrelaciones personales vacuas. Mientras que la segunda, el buenismo, transforma a los individuos en ciegos adeptos a la fe etnocentrista del positivismo pueril occidental, donde todos los seres humanos restantes del planeta se perciben utópicamente aculturales para imagen y semejanza de ellos mismos, y en cuyo credo se rechaza por estigmatización cualquier pensamiento crítico contra el ingenuo imaginario de un Flower Power remasterizado desde la Voluntad General del Mercado. Es por ello que de aquellos barros estos lodos: en una sociedad sin voluntad como la contemporánea, en la que impera la Dictadura de la (mal) Tolerancia superficial y buenista, el tener una opinión personal alternativa está mal visto e inclusive se menosprecia.

La persona que tiene opinión personal, fruto del pensamiento crítico, es repudiado como un agorero social a todas luces, y a razón de la cual como un apestoso, pues su crimen social se caracteriza justamente por ofender la cosmovisión superficial y buenista de los imbéciles. Y es que el pensamiento crítico solo es aceptado, dentro del contexto de una Dictadura de la Tolerancia ad hoc, cuando se alinea con el propósito de beneficio para la Voluntad General: dígase eufemísticamente pensamiento creativo como germen de una posible innovación disruptiva o incremental para retroalimentación de la economía de Mercado. Por lo que, por oposición, cualquier opinión crítica individual de corte filosófico, que por esencia pueda poner en tela de juicio los resortes de la misma sociedad de Mercado en búsqueda de la verdad última, queda desechada sistemáticamente por herejía bajo el sacramento del “pensar es malo” de la nueva religión imperante. Y ya se sabe que en toda religión, a parte de los apostolizadores están los fervientes inquisidores de neuronas engominadas que se encargan, sin disimulada vehemencia mediante, de crear sentencia regia sobre aquellas opiniones personales díscolas para escarnio social. 

Expuesto lo cual, la opinión personal no tiene más salida, en la actual era de la intolerante Dictadura de la Tolerancia, que el reduccionismo al espacio más íntimo del individuo pensante. Único espacio donde el pensador crítico puede expresarse con plena libertad -tal es el caso del blog personal en el que escribo las presentes líneas-, sabedor que en dicha pseudo clandestinidad (por desinterés a una requerida lectura obligada) las opiniones reflexivas van a ser ignoradas por la irascible masa superficial y buenista de la Sociedad sin Voluntad, y por tanto van a estar potencialmente a salvaguarda de proferir ofensa posible a los imbéciles de turno en términos Dostoyesvskianos. Al fin y al cabo, ¿para qué hacer de una opinión personal una opinión pública si no hay inteligencia en la vida social pública?. Los inteligentes solitarios de la resistencia humanista, si así lo desean, ya saben cómo y dónde hallar los tesoros escondidos de las opiniones personales críticas, ingeribles debidamente a la luz de un conocimiento per se tolerante por uso analítico del método racional. De hecho, servidor no se esconde, pues mis reflexiones pueden encontrarse en una obra abierta y de acceso público como es el Vademecum del Ser Humano, tan hermética como codificada a ojos de aquellos que no ven y que carecen de entendimiento para entender. ¿Qué mayor defensa de la libertad de mi opinión personal puedo tener?. Así pues, en esta funesta epidemia de analfabetismo generalizado puedo gozar en mi mismidad de libertad de pensamiento, agradeciendo a las moiras el poder emular a Descartes en su Cogito ergo sum.


sábado, 9 de octubre de 2021

Una Sociedad sin Voluntad

En tiempos de las monarquías absolutas la Voluntad del Rey era Ley (solo sujeta al juicio de Dios, Iglesia humana, profundamente humana, mediante). Hoy en día, en plena era de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho, cuando la soberanía de un país reside ya no en un Rey sino en el conjunto de la ciudadanía, lo cierto es que las cosas no han cambiado demasiado en un sistema de organización social basado en la economía de mercado. Pues ahora la Voluntad del Mercado, a imagen y semejanza de las antiguas monarquías absolutas, no solo es Ley (Ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial), sino que aún más deviene Voluntad General en términos de El Contrato Social de Rousseau. Es decir, la Voluntad del Mercado se ha convertido -por simple proceso de simbiosis entre las partes implicadas en un controlado hábitat de interrelación digital- en Voluntad General de los ciudadanos, quienes no son sino consumidores tan dependientes como adictivos del mismo Mercado. Expuesto lo cual, podemos afirmar que vivimos en una sociedad sin Voluntad propia.

Tanto es así que, hasta los grupúsculos antisistema -organizados con mayor o menor tino en movimientos divergentes al orden social establecido bajo una presumible Voluntad alternativa por diferente a la colectiva consensuada-, viven, se desarrollan, y reafirman su identidad rebelde dentro del propio sistema al amparo de la Voluntad General, en un juego iluso por incoherente semejante al de un inmaduro adolescente díscolo que no quiere desprenderse de la comodidad gratuita que goza sin esfuerzo alguno en casa de sus padres. Tal es el caso ejemplarizador de movimientos antisistema convertidos en partidos políticos, y cuyos líderes antisistema de boquilla megáfono en mano y de ocioso molotov dominical (cuyos destrozos de la vía pública resultantes de dicha libertad de expresión y manifestación pagamos religiosamente todos los demás en un amén y sin rechistar), viven holgada y honorablemente de las arcas públicas como regidores y diputados en las diversas cámaras legislativas. ¡Toda una muestra de congruencia de filosofía de vida! O todo un ejemplo de ciego raciocinio. Dígase como plazca.  

Volviendo al hilo de la cuestión, recuerdo vagamente que hacia los veinte años publiqué un artículo en un periódico (del que no guardo copia) en forma de carta abierta a Schopenhauer criticando su visión sobre la Voluntad. No obstante, treinta años después debo darle cierta parte de razón en alineación con la presente reflexión, ya que el viejo filósofo alemán (uno de los primeros en manifestarse abiertamente como ateo) consideraba que todas las personas obedecemos a una Voluntad natural y no a nuestro propio intelecto (lo que Kant denominaba Noúmeno o Platón identificó como Ideas Apriorísticas, que no es más que una intuición intelectual o suprasensible). No obstante, cabe puntualizar que en una era donde el mundo natural ha sido substituido por un mundo no-natural por artificial y virtual creado por la mano pseudointangible del Mercado digital, es una obviedad empírica que las personas, en calidad de ciudadanos-consumidores, vivimos sujetos a la Voluntad General del Mercado y no a nuestro propio intelecto puro stricto sensu, el cual está subyugado a modo encefalograma plano sin mayores signos vitales que aquellos generados por los procesos fisiológico-hedonistas derivados del consumismo de ocio. Un proceso éste instintivo reptiliano que busca adictivamente el placer sensorial como bien principal de la existencia individual, y al cual la sociedad contemporánea en su conjunto está predeterminadamente imbuida como medida radical de control de masas. O dicho en otras palabras, aunque una persona se vea abocada a vivir en penuria por debajo del umbral de la dignidad humana en una sociedad altamente desequilibrada como la actual, su inoperativa voluntad individual preprogramada está incapacitada para intentar atentar contra la Voluntad General del Mercado, no teniendo más salida in extremis que el suicidio (Solo en España cada día se suicidan 10 personas, una cada 2 horas y media, siendo la primera causa externa de mortalidad y con tendencia al alza, aunque cabe señalar que la media de suicidios española se sitúa muy por debajo de otros países europeos). La alternativa de la revolución como medio de transgresión social hace tiempo que ha sido anulado de la estructura neuronal del ciudadano del siglo XXI, y por ende eliminada del ánimo del espíritu colectivo del individuo como masa.

Por otra parte, si bien es una evidencia que vivimos en una sociedad sin Voluntad, la pregunta obligada no puede ser otra que aquella que responda a cuál es la naturaleza de la Voluntad individual exenta de la Voluntad General del Mercado. Si bien cada filósofo en sus diferentes épocas la ha conceptualizado de manera diferente, permítaseme por licencia de autor de la presente reflexión definir la Voluntad individual como la acción de una consciencia crítica, y asimismo como la potencialidad manifiesta de toda persona en tanto aquello que puede ser en términos aristotélicos. Una Voluntad individual en la que participan tres elementos fundamentales indivisibles: consciencia, capacidad de gestión, y libertad de decisión. Ya que la consciencia nos permite reconocernos tanto a nosotros mismos como en relación al entorno en el que nos desarrollamos, atendiendo a que no existe consciencia individual sin pensamiento crítico, ni éste sin conocimiento previo, ya que en caso contrario nos enmarcamos dentro de la consciencia de la Voluntad General (El Yo Soy versus el Yo de los Otros, o en este caso el Yo del Mercado). Dicha consciencia del conocimiento crítico permite, a su vez, poder gestionar una capacidad de acción, ya que no se puede gestionar aquello que se desconoce sin caer en un reductio ad absurdum. Y dicha capacidad de gestión sobre una acción voluntaria debe manifestarse, a la par, desde la libertad de decisión, pues contrariamente no podemos hablar de Voluntad individual. En este punto sobre la capacidad individual de la libertad de decisión recomiendo, para no explayarme, la siguiente lectura reflexiva: Y tú, ¿tienes libre albedrío.

Si bien es cierto que la Voluntad individual germina a partir de una consciencia crítica, que es lo mismo que desarrollar intelectualmente el pensamiento crítico, no es menos cierto que la sociedad de Mercado está consolidando de facto la eliminación de toda posibilidad institucional a dicho desarrollo del pensamiento crítico. Como muestra un botón: no solo ya hace tiempo que ya no existe la Facultad de Filosofía donde estudié, sino que el ejecutivo español acaba de decretar hace un par de días una reforma del sistema educativo obligatorio en el que elimina definitivamente la Filosofía (única materia que facilita las herramientas para un desarrollo sistemático del pensamiento crítico), en beneficio de nuevas asignaturas como digitalización, economía, emprendimiento, educación visual y audiovisual, o formación y orientación personal y profesional, entre otras ciencias técnicas principalmente. Es decir, nos hallamos frente a la consagración institucional hacia una sociedad sin Voluntad individual, para regocijo del Mercado (el verdadero Estado dentro del Estado). El individuo encapsulado dentro de su caja herméticamente cerrada, donde solo tiene cabida un único pensamiento: el pensamiento único de la Voluntad del Mercado. Las consecuencias de la eliminación sistemática del pensamiento crítico son múltiples para cualquier organismo social que se precie, cuyos individuos se asemejan cada día más a hormigas productoras exentas de antenas, y más si cabe aún en un mundo omniscientemente digital (Ver: La Ética mundial no puede estar en manos de los ingenieros informáticos). Y si además somos conscientes que nos abocamos a un omniverso, a partir de la actual cuarta era de la revolución industrial, como realidad transversal a la vida diaria de toda persona occidental, donde los humanos vamos a vivir interconectados a un mundo paralelo virtual como si fuera real, y donde la consciencia de la inteligencia artificial romperá inevitablemente las líneas divisorias con nuestra propia consciencia humana, el horizonte futuro de la sociedad toma a todos visos tintes altamente preocupantes para la supervivencia de la Voluntad individual. [Ver: Las tres Leyes (a establecer) del Omniverso y La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana].

 Dime qué consciencia crítica individual estás implantando y te diré qué sociedad estás construyendo. A todas luces, tristemente, como especie humana caminamos irremediablemente hacia el afianzamiento de una sociedad sin Voluntad, por enajenada cesión de la responsabilidad humana personal. Y dictada esta reflexión pipa en boca, solo espero acabar mis días en este viaje que es la vida con la Voluntad individual intacta, pues no entiendo peor pesadilla que vivir sin pensamiento crítico por libre propio, que es lo mismo que morir en vida. El mundo de los zombificados para las películas, por favor.