sábado, 11 de septiembre de 2021

Personas inconscientes: el precio social de la inmadurez racional y emocional

Hace un par de noches, cenando a la intemperie en la proa de un restaurante con mi buen amigo Hugo en el pequeño pero acogedor puerto pesquero de la Tarraco Scipionum Opus, surgió la oportunidad de anclar los pensamientos en las divagadoras aguas de la Inconsciencia colectiva como unidad esta de medida de las personas a título general. Si bien la conversación al calor de unos vinos se centró en el mayor o menor interés personal que suscita las relaciones sociales por vacuas, en relación directa con el nivel de Inconsciencia tan común como normalizado [no en vano Schopenhauer afirmó muy acertadamente que la vida social carece de atractivo para los inteligentes, haciendo en cambio las delicias de los imbéciles (sic)], dicha plática despertó en mi un interés especial en reflexionar sobre la Inconsciencia desde un enfoque fenomenológico. Y de aquellos barros estos lodos.

Centrando la temática, no deseo tratar la Inconsciencia como aquella disposición mental que una persona desarrolla en su conducta de manera inadvertida o exenta de voluntad previa, propia de dinámicas fisiológicas y actos reflejos, ni desde la Inconsciencia malentendida como subconsciente que es donde yacen los recuerdos o vivencias guardados y alejados de la mente consciente, en la mayoría de casos por derivaciones traumáticas. Sino que al hablar de Inconsciencia deseo referirme al espacio de conocimiento que trata las cualidades de las personas que actúan de manera irreflexiva y por ende superficial, e inclusive imprudente, sin medir las consecuencias de sus actos ni el riesgo que pueden comportar.

Asimismo, referirse en dichos términos expuestos a la Inconsciencia obliga, por conocimiento de referencia como método cognitivo, definir los parámetros de lo que consideramos como estado consciente, pues Conciencia e Inconciencia son estadios manifestados de una misma naturaleza con doble polaridad, donde la definición de la naturaleza de una autodefine por contraste y de facto su opuesto. No obstante, para no explayarme en la presente reflexión no entraré en definir lo que entiendo por estar y vivir de manera consciente (temática amplia y multifocalmente tratada en diversos artículos bajo el término “Consciencia”, recopilados en el apartado de la letra “C” del glosario de conceptos del Vademécum del Ser Humano). Si bien a modo de resumen y clarificación respecto a lo que entiendo por un estadio de Consciencia recomiendo los artículos: ¿Qué es la Consciencia?, e Y tú, ¿tienes libre albedrío?.

Pero volvamos al tema central que nos ocupa: la Inconsciencia. La pregunta del millón es por qué existe una inmensa parte de la población que vive desde un comportamiento superficial e irreflexivo, viviendo desde un hacer pasar o malgastar el tiempo en vez de aprovecharlo, mediante el consumo compulsivo de interrelaciones sociales insustanciales. La respuesta debemos encontrarla, razonamiento deductivo mediante, en una carencia de madurez tanto racional como emocional. O, dicho en otras palabras, el perfil conductual inmerso en la Inconsciencia es resultante forzoso (y no causa probable) de una falta de educación en materia de razonamiento lógico y en materia de inteligencia emocional. La privación del primero confiere a la persona un carácter ilógico y falaz propio de la irracionalidad contraria al espíritu tanto de la Razón pura como práctica, mientras que la privación de la segunda acarrea una ausencia de autocontrol emocional y de desconocimiento sobre uno mismo. Ambos factores en suma (la privación de Razón a la luz de los Principios de la Lógica, y de la gestión emocional a la luz de las inteligencias inter e intrapersonales) hacen que las personas de corte inconsciente vivan desde, por y para fuera de sí mismas. Y desde ese Yo de los Otros (versus al Yo Soy) aprehendan pautas de interrelación con ellos mismos y con la realidad colindante mediante la réplica conductual de un conocimiento por observación, sin atisbo de pensamiento crítico alguno (aptitud para la cual se requiere de un estado consciente sobre la mismidad).

Sí, ciertamente la Inconsciencia es la norma general del ciudadano medio de nuestra sociedad (solo cabe observar el entorno), cuyo efecto secundario es una mentalidad colectiva con encefalograma plano, zombificado psicológicamente por los estímulos sensoriales de una industria de ocio que domina a su antojo -como si de un titiritero con cuerdas digitales se tratase- a sus ciudadanos-consumidores. Dicho lo cual, cabe entender, sea dicho de paso, que al gran titiritero del Mercado no le interesa promocionar ni el razonamiento lógico ni la gestión emocional, pues estos no tienen cabida en su mundo de naturaleza onírica y de estructura hedonista a imagen y semejanza de la isla de la hechicera Circe.

Pero aún más, una persona inconsciente es peligrosamente ajena a las consecuencias de sus acciones no solo por desconocimiento de los procesos racionales que sustentan el Principio de Realidad (de ahí que sean individuos enajenados, aunque solo sea temporalmente), sino a su vez por desconocimiento de los valores que dan sentido y significado al mundo emocional -por desfiguración proactivamente interesada del propio Mercado de la industria del consumo de ocio-, hasta el punto de no saber dilucidar entre emociones sanas y tóxicas (un factor destacable por ser las emociones parte primordial de la conducta de toda persona y colectivo). Llegados a este punto, no cabe caer en la trampa de considerar libre de responsabilidad a una persona inconsciente por sus posibles acciones dolosas, por mucho que el sistema educativo haya cedido su responsabilidad en materia de educación en valores al omnipotente Mercado, pues toda persona es responsable de sus acciones desde el momento en que es capaz de comprender el dolo que pueda ocasionar o haber ocasionado. La inconsciencia, por tanto, no puede considerarse de modo alguno en un posible atenuante de la responsabilidad personal.

Todo y así, si algún rasgo diferencial me incomoda en particular de las personas inconscientes, más allá de la irracionalidad y la inmadurez emocional que las definen, es justamente su marcado perfil superficial en una desvergonzada personalidad basada en la apariencia exterior, vehementemente reacia a cualquier posible análisis de la esencia de las cosas. Es por ello que en una sociedad plagada de personas inconscientes, donde el tuerto es el rey, prefiero la soledad pipa en boca de mis propios pensamientos, antes que malgastar la vida en concursos sociales de pérdida de tiempo donde los inconscientes reafirman su identidad vacua. Pues para distracciones esporádicas sin interés, nada más cómodo que la televisión del salón, donde además puedo fumar libremente.