viernes, 3 de septiembre de 2021

El hombre es un Reloj de Arena que conforma los vértices de la vida humana

 

A orillas del Mediterráneo, disfrutando de los últimos días estivales, no puedo dejar de pensar, al fijar la mirada en la extensa arena de playa que yace frente a mí, en los relojes de arena. Un instrumento mecánico por el que, debo confesar, siempre he sentido una cierta debilidad romántica. Una placentera asociación de ideas por semejanza -como apuntaría el viejo filósofo escocés Hume- que, en el divagar al son de unas olas turquesas ahora mansas ahora bravas, me autoinvita con espíritu curioso a ser observador de un imaginario reloj de arena. Pero no de uno cualquiera, sino de una clepsidra de flujo sólido medio vacía, que no medio llena; pues aunque la arena fina de su interior se vea distribuida en partes iguales entre sus dos receptáculos de vidrio, su flujo constante de decantación por gravedad de la cápsula superior hacia la inferior hace que irremediablemente se perciba ya como medio vacía, por imperativo racional. A imagen y semejanza de cuando una persona se encuentra, como servidor, en el ecuador temporal de su vida (presumiendo generosamente que el tiempo de un reloj de arena biológico sea, ciencia médica mediante, de un siglo. Ja!)

En esta laxa por normalizada tesitura, observar desde el no-imaginario que tu propio reloj de arena ha consumido la mitad del tiempo disponible -que a diferencia de la materia ha sido creado para acabar consumiéndose sin transformación alternativa posible-, ciertamente no produce la supuesta desazón anímica esperada, como contrariamente sí lo suscita el sentimiento de vértigo profundo que uno percibe frente al hecho de ser consciente que el movimiento, del ritmo inalterable generado por la gravedad sobre el continuo temporal de la arena fina decantada que no cesará en su empeño hasta la fagotización total de su tiempo prestado, resulta una dinámica existencial inalterable por omnipotente.

Un desasosiego que, por otra parte, cabe señalar que se ve sobradamente compensado al percibir, si ampliamos el propio foco endogámico de observancia en un esfuerzo de elevar la mirada más allá de nuestro ombligo, que los relojes de arena no funcionan mediante una mecánica individual, sino que están interconectados con decenas de otros relojes de arena de nuestra cosmología familiar al modo de vasos comunicantes. Por lo que, de hecho, en términos de logosofía podemos afirmar tanto causal como fenomenológicamente que el vaciamiento de nuestros propios relojes permite, a su vez, el relleno de otros nuevos en un movimiento pendular -propio de un juego de pistones que suben y bajan en una dinámica de escape y compresión perenne-, al que llamamos ciclo de la vida. Un movimiento circular, dibujado por el flujo de nuestros relojes de arena en un sistema familiar espiral, que posibilita la transcendencia personal más allá de nuestra singularidad temporal.  

Sí, nuestro universo humano se asemeja a una gran estructura poliédrica en continua persistencia de regeneración expansiva, cuyos vértices están compuestos por relojes de arena que a la par se desvanecen unos para emerger con mayor y descarado vigor otros de nuevos en un vasto circuito ramificado de vasos, o mejor dicho de receptáculos cristalinos, comunicantes. Y en este flujo orgánico, en el que la savia de la vida se compone de esta fina e incontenible por escurridiza arena de playa que corporiza el tiempo con cada uno de sus minúsculos granos -como si de un intuitivo collar de cuentas huidizo se tratase-, comienzo a percibir por primera vez en la vida que mi singularidad como vértice del complejo organismo humano entra ya en fase de desvanecimiento. De hecho, si observo con atención, ya puedo entrever cierta traslucidez en unas manos que antaño se aferraban con decidida fuerza atenazante a un mundo por descubrir e incluso conquistar.

No obstante, si bien soy plenamente consciente racionalmente que el reloj de arena está medio vacío, hace ya tiempo que he decidido creer y experimentar la vida desde la consciencia emocional de percibir el reloj de arena medio lleno. Pues al final, uno es lo que cree y cree lo que decide creer, y frente a un tiempo irremediablemente caduco que arrastra consigo la efímera carne adherida, solo el espíritu de la actitud personal puede marcar la diferencia frente a la radicalidad de un futuro objetivo que señala impiadosamente al colapso de nuestra propia singularidad. Es por ello que a orillas del milenario mar Mediterráneo, cuna ancestral de la cultura occidental, me deleito sensitivamente en la vasta arena de la playa, imaginando por un momento que su naturaleza verdadera no es más que un sustrato arenisco formado durante siglos por millones de relojes de arena biológicos que me precedieron, cuyos nombres, sueños y experiencias perduran de manera latente en la siempre renovada mentalidad colectiva, siendo éste un imaginario que ya de por sí resulta un argumento elevado que da sentido y significado a la vida.

A orillas de mi mar Mediterráneo, disfrutando de los últimos días estivales, no puedo dejar de pensar, pipa en boca, que aún me queda mucho por hacer antes que el tiempo de mi preciado reloj de arena llegue a su fin. Pues, en absoluto, no es ni el cabello grisáceo, ni la traslucidez corpórea a ojos de jóvenes y aún más del Mercado, ni mucho menos el restante flujo de arena vital estimado, quienes determinan las ganas de vivir de una persona. La vida, y con ella su llama vivificante, es vida hasta el justo momento en que pasa a ser no-vida. Es entonces, y sólo entonces, que cabe la honrosa renuncia personal por fuerza mayor a vivir la preciada vida.