domingo, 11 de julio de 2021

La Homofobia retrata el grado cavernícola de la sociedad

Si hoy en día pasearan por las calles de nuestras ciudades ciudadanos tales como el viejo filósofo griego Platón, el rey macedonio Alejandro Magno, el emperador romano Julio César, el escultor y pintor renacentista Miguel Ángel, el genio polímata Leonardo Da Vinci, o el famoso escritor William Shakespeare, entre otros ilustres e ilustrados, todos ellos sin excepción podrían ser a día de hoy objeto de fortuita agresión e incluso de violencia extrema con resultado de muerte por alguna jauría de jóvenes homófobos. Pues si algo comparten los anteriores personajes, además de haber trascendido a los libros de historia por sus valías singulares, es que todos ellos eran homosexuales, con independencia que algunos a su vez mantuvieran relaciones más o menos maritales y/o oficiosas con mujeres de su época por interés púbico.

Lo que es una obviedad empíricamente demostrada es la existencia de registros de prácticas sociales homosexuales desde que el hombre tiene, al menos, consciencia de ciudadano; que es lo mismo decir que existe la homosexualidad desde que el hombre es hombre. De hecho, el nombre homosexualidad proviene etimológicamente del griego antiguo (igual) y del latín clásico (sexo). Y, como es bien sabido por todos, la homosexualidad define una actitud de atracción romántica, atracción sexual o comportamiento sexual entre miembros del mismo sexo o género. Expuesto lo cual, si la homosexualidad forma parte de la rica variedad de comportamientos de la especie humana de manera substancial a su propia naturaleza, pues es reconocida desde tiempos ancestrales dentro del ámbito privado de la persona, ¿por qué se estigmatiza e incluso persigue por ciertas comunidades sociales?.

La razón a la pregunta esgrimida es diáfana: por imposición de una mentalidad colectiva respecto a un imaginario cuya línea de pensamiento de lo que es y debe ser la naturaleza humana es claramente limitativa y, por tanto, excluyente. Un imaginario promovido por religiones monoteístas que buscan predefinir un modelo o estereotipo natural del ser humano concreto y reductible, como es el caso protagonizado por la Iglesia católica en el orbe occidental en su delirio de ostentar la verdad absoluta bajo la creencia fundamentalista en una fuente de conocimiento emanada de un libro, una obra -sea dicho de paso- inventada y reinventada por el propio hombre mediante una recopilación selectiva de escritos, y una interpretación interesada de manera sistemática a lo largo de los tiempos por los mismos padres tan mortales como mundanos de la Iglesia. (En este punto, no puedo dejar de pensar que la actitud del Jesús amoroso del Nuevo Testamento frente a una persona homosexual sería totalmente opuesta a la doctrina histórica de la Iglesia católica mantenida hasta día de hoy, recriminando a sus prelados seguramente al igual como dicen que actuó contra los mercaderes del templo judío). Pues dicho imaginario religioso inventado de un modelo estándar de la naturaleza humana resulta tan carente de solidaridad cristiana como falto de racionalidad, comparativamente hablando respecto a la homosexualidad, equiparable a la reducción al absurdo de afirmar que la orientación zurda en la escritura de las personas, o que la diferencia del color de los iris en personas con heterocromía, son fruto de una desviación aberrante de la naturaleza humana y por tanto sujetos merecedores de escarnio público y de castigo divino.

Acaso, ¿alguien se imagina a día de hoy descalificar a Platón o a Leonardo Da Vinci por su homosexualidad? O, ¿al gran Napoleón o al genio Einstein por ser zurdos? O, ¿a la actriz Demi Moore por haber nacido con heterocromía?, entre otros muchos ejemplos singulares.  Y aún más, ¿cómo percibiríamos a aquellos individuos que pudieran agredirles gratuitamente y con ensañamiento en medio de la calle única y exclusivamente por su condición natural singular por diferentes? La respuesta es obvia: los veríamos como verdaderos energúmenos que son, de mente estrecha, que hacen un flaco favor al conjunto de la sociedad por intentar retroceder nuestro nivel de desarrollo humanista a la época de las cavernas.

Tristemente, a estas alturas del siglo XXI, acciones grupales energúmenas de perfil homofóbico registran una incidencia con una mayor periodicidad de la que personalmente me gustaría ver en nuestras supuestas calles civilizadas. Una de ellas, de mayor trascendencia mediática si cabe, la ha protagonizado recientemente el joven sanitario Samuel a sus 24 años, muerto por su condición homosexual a manos, puños y patadas, de unos iracundos cavernícolas de entre 20 y 25 años de edad. 

Este alto nivel de incidencia de agresiones homófobas en la sociedad contemporánea, cuyos autores suelen ser mayoritariamente jóvenes, pone en evidencia una peligrosa corriente de pensamiento social existente en nuestros tiempos que alienta el odio hacia las personas homosexuales. Un imaginario reduccionista de la naturaleza humana a cuyo autor intelectual occidental encontramos a la Iglesia católica en su epicentro ideológico, y que se infiltra transversalmente en los diferentes estratos sociales -en unas sociedades laicas por democráticas-, a través de la instrumentalización de algunos partidos políticos, gobiernos inclusive. Tanto es así, que en el seno de la propia Unión Europea del siglo XXI, contamos con un país como es Hungría que acaba de legislar recientemente sobre la prohibición de hablar sobre homosexualidad en los colegios, intentando por un lado apagar así la luz del conocimiento sobre la rica diversidad humana entre sus jóvenes conciudadanos, a su vez que por otro lado promueve la estigmatización de los homosexuales en una clara línea de pensamiento fundamentalista propio de la oscura Edad Media (oscura por post clásica y pre renacentista, pues ambas abrazaron los Principios de la Lógica al saber de la Razón).

Ante esta rabiosa realidad homófoba, los Estados Sociales y Democráticos de Derecho, fundamentados en los principios rectores humanistas, tienen una doble obligación. En materia de seguridad ciudadana, tienen la obligación de garantizar la libre convivencia entre ciudadanos con visiones existenciales diametralmente opuestas gestión mediante de los cuerpos y fuerzas de seguridad, al amparo del sistema jurídico vigente. Y, en materia de educación, tienen la obligación de reforzar una cultura proactiva en pos del respeto por la diversidad humana en el conjunto del sistema educativo, al amparo de los preceptos humanistas que definen las democracias modernas. Poder coercitivo sujeto a derecho y Educación en valores desde el Estado, sin lugar a dudas y con urgencia, para garantizar una sociedad moderna, integradora y respetuosa, por esencialmente democrática, en la riqueza de la diversidad de sus conciudadanos.

Y, en lo que se refiere a los energúmenos cavernícolas: que recaiga sobre ellos todo el peso de la Ley de manera ejemplificadora para educación de nuevas y futuras generaciones. Pues, en caso contrario, si normalizamos como sociedad la homofobia, ¿qué otra fobia social seguirá a posteriori para júbilo de los fundamentalistas? Y, aún más relevante, ¿de cuántos grandes hombres y mujeres para la historia nos vamos a permitir prescindir a causa de su íntima tendencia sexual?. ¿Acaso la sexualidad no pertenece al derecho inalienable del ámbito privado de la persona? Es por ello que cabe entender que la homofobia no es una batalla baladí de corte ideológico, sino una batalla crucial entre la luz de la razón pura que apuesta por el desarrollo humanista de la sociedad versus la oscuridad del fundamentalismo que acarrea el declive social. Una batalla que, por ser trascendente para la evolución del hombre, no se puede ignorar y mucho menos perder. Fiat Lux!