domingo, 18 de julio de 2021

La Educación Emocional se precisa urgente para nuestros jóvenes

Jóvenes dando una paliza a un niño autista. Barcelona, 2021
Parece mentira, pero aún hoy en día hay quienes no entienden que la Educación es un bien preciado a proteger de primera necesidad, ya que aporta los valores y el conocimiento necesario para la transcendencia del hombre como ser animal y ser social. Y aún hay demasiados más quienes no entienden la relevancia, ya de manera específica, de la educación emocional como elemento nuclear y vertebrador para una buena Educación. De hecho, ¿para qué entenderlo en un mundo donde prima la imposición del poder por la fuerza y la cultura del encefalograma plano como estrategia para el control de masas?

Todo y así, aún a contra corriente de un mundo que (mal) funciona sin educación emocional, la gestión emocional como materia educativa transversal se percibe objetiva y categóricamente de urgente necesidad para nuestro tiempo, a la luz de cuatro grandes factores conductuales (y por tanto sociológicos) de rabiosa actualidad entre nuestros jóvenes, que seguidamente presento en orden de interés explicativo sin exclusión de que otro orden aleatorio cualquiera de dichos factores implique alteración alguna sobre el resultado final.

Primer factor conductual: Carencia de gestión emocional por desconocimiento

Existe entre nuestros jóvenes de manera mayoritaria una evidente carencia de gestión personal sobre las cuatro emociones básicas de todo ser humano: miedo, tristeza, rabia y alegría. Fruto de una educación emocional inexistente tanto en el ámbito institucional como en el ámbito doméstico, cuya función educativa queda relegada -en una clara cesión de la responsabilidad social- a terceros actores reales y de ficción de referencia de consumo de la industria del ocio (cine, videojuegos, música, moda, e influencers de redes sociales, principalmente). Y ya se sabe que cuando el ser humano no tiene capacidad de gestionar una emoción básica, su respuesta conductual se sitúa por tendencia natural en los respectivos polos extremos debido a una inmadurez emocional, todo lo contrario a una actitud emocional madura caracterizada por cumplir con la máxima latina del in medio virtus (la virtud se encuentra en el punto medio, en el equilibrio). Un perfil conductual sociológico de explosiones emocionales, como efecto directo de un carencia educativa en materia de gestión emocional, reatroalimentada por la cultura hedonista de la industria del ocio que hace del placer sensorial e inmediato su estrategia clave de consumo. Es decir, a la industria del consumo de ocio, que es a quien le hemos cedido la educación emocional de nuestros jóvenes, no le interesa el equilibrio emocional de los mismos como ciudadanos-consumidores potenciales que son, sino más bien priorizan hasta grados exponenciales cuadros conductuales sensitivos compulsivos.    

Segundo factor conductual: Ausencia de Empatía y deficiencia cognitiva en la distinción entre el Bien y el Mal

Sin educación en gestión emocional no puede existir Inteligencia Emocional, ya que ésta deviene como resultado del autoconocimiento y por extensión de la gestión de las emociones individuales, y en cuya nomenclatura substancial juega un papel nuclear el factor de la Empatía (Ver: Conoce la Fórmula de la Inteligencia Emocional). Y, como bien sabemos, la Empatía es justamente la capacidad de una persona de interactuar con el resto de miembros de una comunidad social desde el reconocimiento y el respeto al mundo emocional ajeno. Un reconocimiento y respeto por el prójimo que bebe directamente de una fuente concreta de conocimiento como es la Ética: disciplina que estudia el conjunto de usos y costumbres socialmente consensuadas sobre los valores conceptuales del Bien y del Mal en el comportamiento moral humano. Por lo que la ausencia de Empatía entre nuestros jóvenes, derivado de una carencia de Inteligencia Emocional por una educación emocional inexistente, conduce inevitablemente a que nuestros jóvenes, como tristemente observamos de manera reiterada en vídeos auto subidos por ellos mismos a las redes sociales, se relacionan con su entorno más inmediato desde una falta de distinción entre comportamientos que están bien y comportamientos que están mal desde un punto de vista moral, hasta el punto que conductas objetivamente maliciosas que atentan contra la dignidad de terceras personas (mayoritariamente aquellos más desprotegidos socialmente) se presentan como episodios “graciosos” que buscan un mal entendido reconocimiento público. Una escala moral distorsionada por desconocimiento e inmadurez en valores que, por otro lado, viene reforzado asimismo por la industria del ocio como medio educativo subsidiario condicionante.

Tercer factor conductual: Falta de atención y de compromiso esfuerzo mediante

Como ya hemos expuesto, sin educación emocional no puede existir Inteligencia Emocional, ya que la una es resultado directo y necesario de la otra. La Inteligencia Emocional, como consecuencia de una relación directamente proporcional con la gestión emocional, conlleva de manera substancial en su propia naturaleza un factor clave como es la autorregulación (derivado de un nivel de autoconciencia) para poder manejar y utilizar óptimamente las emociones individuales. Una autorregulación como fundamento conductual de la gestión emocional que comporta de manera implícita tanto actitudes de atención, como de compromiso y de esfuerzo proactivo con la dimensión emocional de uno mismo. No obstante, es reconocido por patente públicamente tanto la ausencia de la cultura del esfuerzo entre los jóvenes de nuestra sociedad, y por tanto la fragilidad en estadios de compromiso alguno, como la falta de atención con ellos mismos y frente al resto del mundo. Por lo que sin actitudes de atención, esfuerzo y compromiso por parte una gran parte de nuestros jóvenes, resulta imposible la coexistencia de una actitud de autorregulación de sus propias emociones. Y, en este punto, volvemos otra vez a dilucidar la influencia viciada generada por parte de una cultura consumista de ocio basada en lo que me gusta denominar como la filosofía existencial del microondas: acceso a experiencias inmediatas y desde el mínimo esfuerzo individual.   

Cuarto factor conductual: Escasez del empoderamiento personal por determinismo ambiental sobre la Autoestima

El conjunto de factores conductuales anteriores, sin entrar el en dilema del huevo y la gallina que solo nos lleva a una falacia del tipo círculo vicioso, nos conduce a una doble premisa conclusiva en lo que a gestión emocional de nuestros jóvenes se refiere: En primer lugar, podemos afirmar que la inexistencia de educación emocional provoca que los jóvenes de nuestra sociedad carezcan de un nivel óptimo de autoconocimiento sobre sí mismos, y que por tanto la percepción de su mismidad (de su Yo Soy versus el Yo no-Soy) sea deficiente por imposibilidad de gestionar aquello que les es desconocido cómo es la mecánica reguladora de sus propia emociones, dando como resultado una consciencia individual inmadura. Y, en segundo lugar, dicha falta de autoconocimiento y de consciencia emocional inmadura provocan que su nivel de Autoestima, el nivel de flotación existencial de cualquier ser humano que le posibilita alcanzar un estado de autorrealización como individuo, tenga una dependencia tan excesiva como peligrosa de los inputs externos del medio en el que se desarrolla como persona. Lo que significa que, siendo el hábitat de desarrollo de nuestros jóvenes imbuido por la cultura del ocio, obviamente su nivel de Autoestima se encuentra controlado, subyugado inclusive, por la industria de consumo. O, dicho en otras palabras, la economía de mercado de las sociedades occidentales potencia el aborregamiento de nuestros jóvenes convirtiéndolos en personas dúctiles y pusilánimes por emocionalmente inestables, en una flagrante política deliberada por fragilizar su nivel de Autoestima, para un mayor control sobre su dominio emocional como consumidores potenciales.

Estos cuatro factores expuestos que rigen el perfil conductual mayoritario de los jóvenes contemporáneos (carencia de gestión emocional por desconocimiento, ausencia de empatía y deficiencia cognitiva en la distinción entre el Bien y el Mal, falta de atención y compromiso esfuerzo mediante, y escasez de empoderamiento personal por determinismo ambiental sobre la Autoestima), hacen de la educación emocional una asignatura urgente a implementar en el sistema educativo de nuestras sociedades. No solo por el bien de la salud emocional y mental de las jóvenes generaciones que se convertirán inexorablemente en los adultos del mañana, sino también y con especial hincapié por la salud de los valores rectores de la Democracia (como sistema de organización social) que se fundamentan en ideales humanistas como son la equidad, la fraternidad, la honradez, la igualdad, la justicia, la libertad, la paz, el respeto, la solidaridad, o la tolerancia, entre otros (Ver: Reflexiones del Filósofo Efímero sobre los Valores Universales del Ser Humano). Pues sin gestión emocional, y así pues sin Inteligencia Emocional, el ser humano solo puede más que distanciarse de la senda humanista que le permite trascenderse como ser animal. Y, en este caso, ¿qué modelo de sociedades futuras estaremos construyendo?. Hagamos pues, de la educación emocional, un deber inalienable para toda sociedad desarrollada que se precie.

Y, a modo de síntesis, no puedo acabar la presente reflexión sin recordar la sabia máxima de Aristóteles: educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto. Dixi!