sábado, 3 de julio de 2021

El hombre busca (voluntariamente) ser controlado por la tecnología

Nadie se atreve ya no ha pronunciarlo, sino incluso a pensarlo, pero lo cierto es que el hombre no busca que la tecnología facilite la vida al propio hombre, sino que lo controle. Un deseo de control que, aunque sea paradójico, es compartido a la par tanto por el presunto controlador como por el potencial sujeto controlado.

En el caso del presunto controlador, el deseo de controlar tecnológicamente al hombre es un instinto expresamente manifiesto y no disimulado que se evidencia desde dos estratos sociales bien diferenciados: empresas con base de desarrollo estratégico tecnológico y emprendedores de ecosistemas de startups tecnológicas (que buscan mediante la tecnología controlar al hombre en calidad de consumidor global), e inversores de dichas empresas y start ups tecnológicas (que buscan capitalizar la rentabilidad financiera de los Mercados mediante la instrumentalización de plataformas empresariales tecnológicas). Ambos, sin distinción, anhelan el control sobre las personas -que en una sociedad de consumo son indivisiblemente consumidores por antonomasia-, con el fin de garantizarse (lícitamente, sea dicho de paso) un nicho ganancial del Mercado como máxima substancial en toda sociedad capitalista. [Un capítulo a parte merece la industria tecnológica armamentística].  

No obstante, la maquinaria propagandística de la citada práctica se blanquea ante la opinión pública como una simple e inocente acción facilitadora para las necesidades presentes y futuribles de las personas-consumidores, en cualquiera de los ámbitos de desarrollo humano que se precie, mediante el uso y gestión de la tecnología como ente facilitador. Una tecnología que, al convertirse en medio de consumo necesario y en muchos casos imprescindible para la vida cotidiana de las personas en su faceta personal o profesional, se convierte en un instrumento sociabilizado profunda e irreversiblemente dependiente. Y ya se sabe que, cuando se genera una relación de dependencia entre dos partes, inevitablemente se impone un status de control donde, en el caso que nos ocupa, los niveles de poder entre proveedor de consumo y consumidor son altamente desiguales para beneficio del primero. Sin decir cabe que, cuando un sujeto empresarial alcanza un status de poder mediante el control sobre los consumidores de un Mercado, hará todo lo posible para no perder su statu quo, y más existiendo la variable del rédito económico de por medio.

Mientras que, en el caso del potencial sujeto controlado (el ciudadano de a pie), el deseo de ser controlado tecnológicamente (por parte de un facilitador tecnológico) es un instinto tácitamente manifiesto y no disimulado que se evidencia en la profunda sociabilización de las plataformas tecnológicas de consumo. Un proceso normalizado de sociabilización de los proveedores tecnológicos de consumo cuyo éxito radica en tres factores: A nivel emocional, la persona-consumidor percibe positivamente una mejora en materia de bienestar social mediante el uso de la tecnología como medio que facilita su calidad de vida individual. A nivel cultural, la persona-consumidor, que nace ya imbuida en la filosofía del placer sensorial e inmediato como bien máximo de las sociedades capitalistas contemporáneas, percibe positivamente el uso de la tecnología de consumo como medio natural de un desarrollo social hedonista. Y a nivel psicoemocional, la persona-consumidor, educado en un sistema que carece alarmantemente en la formación del Pensamiento Crítico, percibe positivamente el uso de la tecnología de consumo como medio sustitutivo al conocimiento de su propia mismidad o Yo Soy (Ver: El “Conócete a ti mismo” lo ejerce el Mercado por nosotros). O, dicho en otras palabras, la persona-consumidor cede de facto el control sobre su consciencia y por ende subyuga su propia Autoridad Interna a los designios del Mercado y, más específicamente, a las plataformas tecnológicas de consumo que lo rigen.

Como podemos observar, el Mercado controla al hombre-masa mediante la tecnología. O, visto desde otro ángulo diametralmente coincidente: el hombre de a pie se deja controlar por la tecnología de Mercado. Sea como fuere, lo que resulta evidente es que en el balance riesgo-beneficio en la sociabilización del control instrumental de la tecnología de consumo sobre la vida cotidiana del hombre, la persona-consumidor contemporánea percibe positivamente mayor beneficio que riesgo, entregándose voluntariamente en cuerpo y alma a los dictámenes de la tecnología. Aunque, la pregunta obligada que se tercia no puede ser otra que: ¿puede el hombre actuar voluntariamente sin el desarrollo de una plena consciencia propia a la luz del Pensamiento Crítico?. La respuesta, por obvia, queda respondida.     

Que la tecnología forma ya parte substancial de la sociedad moderna, y que gracias a ella el ser humano se proyectará hacia una nueva era evolutiva aún por imaginar que comenzamos a intuir, es una realidad. De hecho, no existe área de conocimiento humano donde la tecnología no esté presente como elemento clave para la potencialidad de nuestra evolución. No obstante, ello no es incompatible con una buena y sana gestión humana significativa sobre el control de la tecnología (y no a la inversa), tanto a nivel individual como colectivo, aunque para ello se requiere de una adecuada formación humanista transversal. Pues, en caso contrario, si la consciencia tecnológica suplanta a la consciencia humana (por ausencia de la misma) como unidad de medida para la vertebración de las nuevas sociedades (Inteligencia Artificial mediante), sin lugar a dudas abocaremos a nuestra propia especie hacia un horizonte distópico nada alentador. Fiat Lux!