sábado, 31 de julio de 2021

Nos percibimos como semidioses en una ilusa burbuja protectora (aun en tiempos de pandemia)

Los avances de la Ciencia, y su aplicación a la resolución de problemas concretos como posibilita la Tecnología, han generado un efecto de pensamiento colateral en la mente colectiva de los ciudadanos de las sociedades occidentales de hacernos creer, si ya no invencibles, descendientes naturales de semidioses. Pues existe la percepción general de que prácticamente solo la inmutabilidad del paso del Tiempo, contra el que comenzamos a plantarle pulso emulando la rebelión de Zeus y sus hermanos contra Cronos, puede poner fin a la aventura de la Vida. Un imaginario social fruto de una cognición refleja de neuronas espejo concadenadas, que construye un perfil conductual estándar entre las personas del denominado Primer Mundo caracterizado por la firme creencia de pertenencia a un estatus exclusivo de pseudo inmortalidad, cuyo privilegio ha sido adquirido por derecho de nacimiento. Es decir, vivimos nuestras mortales vidas en la fe incontestable de una gran burbuja protectora en lo que a integridad física se refiere, sin más conexión con las desgracias del resto del mundo desamparado que a través de nuestras pantallas de plasma (material imprescindible para la construcción de las cuales como el coltán, por poner un ejemplo, se consigue mediante explotación de mano de obra infantil de infrahumanos prescindibles que sobreviven en submundos como el Congo).

Un credo propio de sociedades capitalistas, retroalimentado por un robusto y avanzado sistema de bienestar social sanitario en continuo proceso de mejora investigación mediante, que se ve quebrado desde el preciso momento en que el peligro real de una enfermedad -tan invisible como potencialmente mortífera por desconocida- irrumpe en nuestro entorno más íntimo. Es entonces que el semidios se hace consciente de la precariedad de su naturaleza humana. Tal es el caso que acontece en nuestros días con el resurgir del olvidado jinete apocalíptico de la pandemia, que en estos tiempos responde al nombre de Coronavirus, el cual no solo hace patente la ilusión de la burbuja protectora de nuestro supuesto mundo infranqueable, sino que incluso tiene la osadía de traspasar la realidad virtual de la pantalla de plasma del salón para corporizarse en nuestra cotidianidad para pesadilla de propios y ajenos.

Un ente monstruoso de tintes mitológicos que, con nocturnidad y alevosía, hace dos días infectó con su aliento tóxico a mi hija pequeña Ariadna. No hace falta decir que la nefasta sorpresa de la noticia se transformó ipso facto en una explosiva consciencia de fragilidad de la condición humana, claridad perturbadora que acto seguido se elevó a sentimiento de impotencia contenida frente a la única reacción posible: la simple observancia de la evolución incierta de una enfermedad desconcertante por ignota. No aun así, o aun así incluso, sin perder un ápice de la alentadora y confiada esperanza depositada como padre en la propia potencialidad de Ariadna de hacer uso de su ancestral ovillo, esta vez bien untado en medicamentos modernos, para salir triunfante del laberinto en el que la intenta retener el rencoroso minotauro que, por ser invisible, produce aún más temor.

Habrá quien piense que en este relato falta Teseo, aunque sea alegóricamente, por lo que debo aclarar que ni está ni se le espera. Pero, aludiendo ya no al rey de Roma sino en este caso al citado rey de Atenas, y al hilo de deshilvanar el ovillo de la enfermedad por parte de mi hija Ariadna (como personificación de los miles de supuestos semidioses occidentales que luchan a día de hoy contra la fragilidad de la condición humana), no puedo dejar de preguntarme por la Paradoja de Teseo desde un punto de vista sociológico: en una sociedad en la que un gran número de partes estructurales y conductuales son reemplazadas por otras con el objetivo de afrontar y resistir, no el deterioro por la fricción del paso del tiempo como en el caso del barco de Teseo, sino el reto del embiste de una pandemia como el Coronavirus que merma el engranaje social, ¿podemos asegurar que todo y así la sociedad sigue siendo la misma?. Pregunta extensible, a título individual, para el conjunto de ciudadanos-semidioses que participan de ella, como es el caso de Ariadna. Entendiendo la pregunta no sobre aspectos accidentales de la identidad de un sujeto u objeto, sino sobre su naturaleza substancial.

Está claro que ante dicha pregunta derivada de la Paradoja de Teseo, habrá quienes afirmarán que sociedad e individuos continuarán siendo los mismos, mientras que otros abogarán en sentido opuesto. No obstante, sin echar mano del famoso principio de impermanencia de Heráclito, es una evidencia empírica que las identidades se están viendo afectadas, tanto a nivel individual como colectivo, de manera psicológica y por extensión conductual. Y ya sabemos que la conducta como uso y costumbre de un colectivo afecta a la Ética, que es el corazón de toda identidad personal y social.

Expuesto lo cual, la pregunta pertinente no es si la identidad sufre cambios o no en su proceso de actualización, sino si dichos cambios son temporales o, por el contrario, son permanentes dando como resultado la proyección de una suma de historias tangencial al punto de partida prepandémico. En este punto, cabe diferenciar entre cambio permanente o temporal como sociedad estructurada en una economía productiva de Mercado, o como rasgo conductual del ser humano a título específico. Está claro que, a falta que la Historia nos de la respuesta en una mirada retrospectiva futura, los cambios en la sociedad de Mercado parece que han venido para quedarse y perdurar en el tiempo, pero no está igualmente así de claro con respecto a la conducta humana que, si bien se ve condicionada por su entorno social, se caracteriza justamente por una memoria intergeneracional volátil.

Tanto es así que resulta digno de estudio, por asombroso, cómo aun registrando millares de casos diarios de violaciones a la Salud sobre el sacrosanto perímetro de seguridad de nuestra burbuja protectora -verdadera casus belli frente al fantasma del Coronavirus-, exista un cierto halo de incredulidad general por parte de un número nada desdeñable de la población respecto no solo a la existencia del mismo (pues ojos que no ven, corazón que no siente), sino asimismo respecto a nuestra vulnerabilidad como seres privilegiados por azaroso toque divino, para desesperación de los extenuados sanitarios. ¿Acaso se trata de una inconsciencia patológica como especie al peligro? ¿Quizás un efecto psicológico derivado de la normalización de una situación excepcional? ¿O puede que se deba a un impulso básico irreprimible de supervivencia de la propia Vida que corre en nosotros y que busca hacerse camino aun en un hábitat hostil?. Sea como fuera, todo apunta a que el cambio propandemia producido en la conducta del hombre occidental, que sin lugar a dudas disfruta de la existencia como si fuera un semidios, parece ser claramente de carácter temporal. Quien sabe, quizás en la no aceptación de la fragilidad humana radica nuestra fortaleza herculiana como seres animales y sociales que somos. Aunque, en todo caso, por muy semidioses que nos consideremos -privilegios de una sociedad desarrollada mediante, que gira la cabeza al resto del mundo sea dicho de paso-, el Principio de Realidad siempre se impone. No en vano, hasta el mismo Hércules tomaba precauciones frente al peligro inminente.  

Y aquí doy por finalizada esta breve reflexión ociosa de un sábado más, pipa en boca y a modo de entretenimiento mental, mientras hago tiempo para recoger el parte de mi heroína Ariadna en su particular batalla -respaldada por las fuerzas cómplices del Olimpo- contra el ruin e inefable monstruo invisible. ¡Qué Zeus lo relegue al Tártaro por la eternidad!


sábado, 24 de julio de 2021

¿Avanzamos hacia una sociedad distópica?

Chernóbil
Hace un par de días mi colega Carlos Herreros, Master of Science in Management by London Business School, tuvo la gentileza de enviarme un extracto de su recensión sobre el libro 2030, Viajando hacia el fin del mundo tal y como lo conocemos, de otro ilustre español como es el profesor Mauro Guillén, decano de la Cambridge Judge Business School y miembro del Queen’s College de la Universidad de Cambridge. En su crítica, Herreros recoge los grandes cambios que -en opinión del profesor Guillén-, acontecerán en el mundo dentro del horizonte temporal del año 2030, destacando aspectos claves como la demografía mundial (con el aumento de la población, los flujos migratorios, o el envejecimiento de la pirámide poblacional), el nuevo estatus de la mujer en la sociedad, o el desarrollo orgánico de las grandes ciudades, entre otros temas. 

Lo que particularmente me despertó el interés en la reseña de mi colega cántabro fue el uso que el profesor Guillén hace de los principios de la Generalización Rutinaria y del Paternalismo Libertario (el primero basado en la consecución de la excelencia mediante la confluencia de pequeñas habilidades, y el segundo fundamentado en una intervención fácil y de bajo coste por parte del Estado respecto al ciudadano en oposición directa a medidas reglamentarias, coaccionarias e impositivas, por viciadas), como medio para crear cambios conductuales positivos en las personas tanto a título individual como a título colectivo, con cuya praxis se pretende resolver la incógnita de cómo gestionar eficazmente los retos glocales que la sociedad contemporánea tiene agendados aun sin quererlo. Principios que, sin lugar a dudas, se basan en la democratización y la meritocracia del conocimiento, a la luz de la máxima de la constancia de la fuerza de una gota, y desde la defensa de la libertad proactiva individual en un marco público de tutelaje mínimo.

Si bien la presente reflexión no desea ser una recensión de una recensión, sí que me interesa partir de dicha introducción expuesta, a modo de hilo argumental a hilvanar, para dilucidar sobre una de las grandes preguntas que flotan en el aire en estos tiempos que nos toca protagonizar: ¿caminamos hacia una sociedad distópica?. Está claro que la respuesta es negativa al buen entender del profesor de Cambridge, en su firme y declarada apuesta a favor de la consciencia humanista del hombre medio en materias pendientes de solución tan dispares como la problemática medioambiental, la diferencia generacional, de género e intercontinental, o la brecha de justicia social entre los cada vez más numerosos pobres y el selecto elenco de ricos cada vez más ricos, por poner algunos ejemplos. Una premisa de corte rousseriana, que concibe al hombre como un sujeto bueno por naturaleza, respaldada por acciones humanas concretas de rabiosa actualidad como puedan ser en materia medioambiental la construcción de la mayor planta de captura de CO2 de Europa proyectada en Escocia para 2026, que permitirá contrarrestar las emisiones tóxicas de la industria como actor responsable de la temida capa de ozono que provoca los sufridos estragos del Cambio Climático; o como pueda ser en materia productiva el reciente descubrimiento de las formas tridimensionales de las proteínas (los ladrillos de la vida), que permitirá grandes avances en biomedicina y otras tantas disciplinas con aplicaciones prácticas para beneficio de la humanidad; o como pueda ser, ya en materia de ingeniería social, las acciones en fase de prueba (en diversos países) de la Renta Básica Universal como estrategia imprescindible  para garantizar el Bienestar Social en un mundo tecnologizado con un problema sistémico en el mercado laboral. Acciones, todas ellas y otras muchas más, inspiradas bajo los parámetros rectores de la Generalización Rutinaria y del Paternalismo Libertario.

No obstante, sin necesidad de replicar el buenismo rousseriano del profesor Guillén con argumentos y contra acciones de corte hobbiano -también de rabiosa actualidad-, en el que el hombre se muestra públicamente como un verdadero lobo con el propio hombre, considero que la respuesta a la gran pregunta de si la humanidad se dirige o no hacia un horizonte distópico, solo puede responderse en base a la observación y análisis de dos factores claves:

1.-La Campana de Gauss

En un sistema que requiere analizar un amplio conjunto de grandes valores estadísticos o probabilísticos, como es la evolución de megadatos sociales, económicos, industriales y medioambientales en una línea temporal futurible para la historia humana, la curva en forma de Campana de Gauss o esquema de distribución normal es la opción más adecuada a mi entender. Ya que nos permite representar ciclos y alteraciones globales o en largos periodos de tiempo haciendo posible definir la influencia que un ciclo determinado ejerce sobre otros, determinándonos así la tendencia futura de la curva hacia estadios sociales posibles de fisuras, saturaciones, colapsos, bloqueos, o estabilizaciones, entre otros. O, dicho en otras palabras, la Campana de Gauss -algoritmos mediante- nos puede indicar si los esfuerzos del hombre por contrarrestar un desequilibrio creado por el propio hombre, en cualquier dimensión de nuestra actividad humana, es suficiente en intensidad y capacidad en aras de superar la tercera ley de Newton y, lo más importante, si está dentro del tiempo disponible de reacción o por el contrario nos encontramos ya fuera de tiempo.

Un ejemplo clarificador puede ser, de gran interés en este año 2021 de extremo calor e inundaciones devastadoras en el que el Tiempo se ha vuelto literalmente loco, la lucha reactiva del hombre contemporáneo contra el Cambio Climático generado por las emisiones de CO2 por parte de la industria productiva e intensiva. En este sentido, conocemos que el hombre ha establecido una ofensiva mediante tres medidas estrella: un convenio internacional de reducción de emisiones (Acuerdo de París), el cual ni se cumple ni participan todos los principales países emisores por intereses nacionales; una apuesta energética por las fuentes renovables o limpias en detrimento de los combustibles fósiles, cuya transición es lenta (ralentizada justamente por los lobbies energéticos tradicionales) y costosa por la innovación requerida en materiales de nueva generación; y la creación e implantación industrial de plantas capturadoras de CO2, que además de ser excesivamente gravosas financieramente tan solo pueden alcanzar a absorber entre un 10% y un 20% de las emisiones globales. Tres variables de datos que cruzados con la macro variable de la emisión anual mundial registrada en 2,4 miles de millones de toneladas de CO2 (y en ascenso) nos da como resultado, en un horizonte temporal fijado a finales de siglo, una intuitiva curva medioambiental de Gauss colapsada para perdición de nuestra especie. Una proyección sobre la incapacidad reactiva del hombre en su lucha contra el Cambio Climático que ya hace años está siendo clamada en el desierto por la comunidad científica, a la vista de las contra medidas aplicadas, augurando un calentamiento global catastrófico, con una subida de temperaturas de más de 3 grados en las próximas décadas, que amenaza seriamente la vida conocida en nuestro planeta.

2.-La Inteligencia Artificial

No obstante, a nadie se le escapa en la actual Cuarta Era de la Revolución Industrial, que una de las variables imprescindibles a tener en cuenta en toda curva de Gauss es la Inteligencia Artificial, por su alta capacidad de alterar un ciclo social sistémico y determinar su tendencia futura en uno u otro sentido. Pues si algo representa la Inteligencia Artificial es justamente su potencialidad en generar nuevos e inimaginables espacios disruptivos, innovación mediante, y a una velocidad manifiesta propia de dioses. De hecho, la capacidad de autoaprendizaje de la Inteligencia Artificial permite avanzar a la ciencia en un fin de semana, lo que la mente humana tardaría en alcanzar en años, décadas o siglos. Por lo que, retomando el ejemplo de las acciones del hombre por afrontar contra reloj el Cambio Climático, quien sabe si la Inteligencia Artificial podrá ofrecernos una medida de salvaguarda global, en forma de nuevas soluciones técnicas o neomateriales, que nos permita salvar al planeta en tiempo de prórroga.

Pero la Inteligencia Artificial, como ya apunté en anteriores reflexiones (Ver: Robología/Roboética en la Guía Temática Filosófica del Vademécum del Ser Humano), tiene sus sombras pendientes de disipar propias, no solo del posible uso partidista de dicho recurso tecnológico a explotar por parte de grandes corporaciones -como medio de control de masas en unas sociedades tecnológicas como las nuestras estructuradas sobre la economía de Mercado-, sino inclusive derivado de la propia evolución autónoma de los entes de Inteligencia Artificial a espaldas de la voluntad y el libre albedrío del hombre. En este sentido, la Inteligencia Artificial deviene de facto en una variable clave por determinista para ciertas curvas gaussinianas de la actividad humana, pudiendo ofrecer fácilmente proyecciones de escenarios sociales futuribles distópicos caracterizados por la ausencia de los principios de libertad y de igualdad de oportunidades (justicia social).

Expuesto lo cual, ciertamente no se puede responder a la gran pregunta de si avanzamos o no hacia una sociedad distópica con una línea temporal a menos de diez años vista, como puede ser el caso del libro 2030, Viajando hacia el fin del mundo tal y como lo conocemos, por imposibilidad de hacer una proyección sólida en la Campana de Gauss mediante variables cuya evolución natural superan dicha franja temporal. Y siendo conscientes que principios como el de la Generalización Rutinaria y del Paternalismo Libertario no son más que valores complementarios, y por tanto no concluyentes, a tener en cuenta en el análisis del ciclo humano concreto objeto de estudio. Pues en caso contrario seria tal como afirmar que las contra medidas humanas para afrontar el Cambio Climático son, a día de hoy, suficientes para su buena resolución por estar amparadas bajo los preceptos de la Generalización Rutinaria y del Paternalismo Libertario. Y ya sabemos, a la luz de los datos expuestos, que por desgracia no es el caso.

No obstante y a modo conclusivo, a la vista de los alarmantes niveles globales de desequilibrios sociales y degradación medioambiental, quizás la pregunta pertinente no es si avanzamos hacia una sociedad distópica (en términos humanistas y exentos del condicionante de la ciencia ficción), sino qué acciones debemos tomar para no cronificar y aumentar la distopía actual.    


domingo, 18 de julio de 2021

La Educación Emocional se precisa urgente para nuestros jóvenes

Jóvenes dando una paliza a un niño autista. Barcelona, 2021
Parece mentira, pero aún hoy en día hay quienes no entienden que la Educación es un bien preciado a proteger de primera necesidad, ya que aporta los valores y el conocimiento necesario para la transcendencia del hombre como ser animal y ser social. Y aún hay demasiados más quienes no entienden la relevancia, ya de manera específica, de la educación emocional como elemento nuclear y vertebrador para una buena Educación. De hecho, ¿para qué entenderlo en un mundo donde prima la imposición del poder por la fuerza y la cultura del encefalograma plano como estrategia para el control de masas?

Todo y así, aún a contra corriente de un mundo que (mal) funciona sin educación emocional, la gestión emocional como materia educativa transversal se percibe objetiva y categóricamente de urgente necesidad para nuestro tiempo, a la luz de cuatro grandes factores conductuales (y por tanto sociológicos) de rabiosa actualidad entre nuestros jóvenes, que seguidamente presento en orden de interés explicativo sin exclusión de que otro orden aleatorio cualquiera de dichos factores implique alteración alguna sobre el resultado final.

Primer factor conductual: Carencia de gestión emocional por desconocimiento

Existe entre nuestros jóvenes de manera mayoritaria una evidente carencia de gestión personal sobre las cuatro emociones básicas de todo ser humano: miedo, tristeza, rabia y alegría. Fruto de una educación emocional inexistente tanto en el ámbito institucional como en el ámbito doméstico, cuya función educativa queda relegada -en una clara cesión de la responsabilidad social- a terceros actores reales y de ficción de referencia de consumo de la industria del ocio (cine, videojuegos, música, moda, e influencers de redes sociales, principalmente). Y ya se sabe que cuando el ser humano no tiene capacidad de gestionar una emoción básica, su respuesta conductual se sitúa por tendencia natural en los respectivos polos extremos debido a una inmadurez emocional, todo lo contrario a una actitud emocional madura caracterizada por cumplir con la máxima latina del in medio virtus (la virtud se encuentra en el punto medio, en el equilibrio). Un perfil conductual sociológico de explosiones emocionales, como efecto directo de un carencia educativa en materia de gestión emocional, reatroalimentada por la cultura hedonista de la industria del ocio que hace del placer sensorial e inmediato su estrategia clave de consumo. Es decir, a la industria del consumo de ocio, que es a quien le hemos cedido la educación emocional de nuestros jóvenes, no le interesa el equilibrio emocional de los mismos como ciudadanos-consumidores potenciales que son, sino más bien priorizan hasta grados exponenciales cuadros conductuales sensitivos compulsivos.    

Segundo factor conductual: Ausencia de Empatía y deficiencia cognitiva en la distinción entre el Bien y el Mal

Sin educación en gestión emocional no puede existir Inteligencia Emocional, ya que ésta deviene como resultado del autoconocimiento y por extensión de la gestión de las emociones individuales, y en cuya nomenclatura substancial juega un papel nuclear el factor de la Empatía (Ver: Conoce la Fórmula de la Inteligencia Emocional). Y, como bien sabemos, la Empatía es justamente la capacidad de una persona de interactuar con el resto de miembros de una comunidad social desde el reconocimiento y el respeto al mundo emocional ajeno. Un reconocimiento y respeto por el prójimo que bebe directamente de una fuente concreta de conocimiento como es la Ética: disciplina que estudia el conjunto de usos y costumbres socialmente consensuadas sobre los valores conceptuales del Bien y del Mal en el comportamiento moral humano. Por lo que la ausencia de Empatía entre nuestros jóvenes, derivado de una carencia de Inteligencia Emocional por una educación emocional inexistente, conduce inevitablemente a que nuestros jóvenes, como tristemente observamos de manera reiterada en vídeos auto subidos por ellos mismos a las redes sociales, se relacionan con su entorno más inmediato desde una falta de distinción entre comportamientos que están bien y comportamientos que están mal desde un punto de vista moral, hasta el punto que conductas objetivamente maliciosas que atentan contra la dignidad de terceras personas (mayoritariamente aquellos más desprotegidos socialmente) se presentan como episodios “graciosos” que buscan un mal entendido reconocimiento público. Una escala moral distorsionada por desconocimiento e inmadurez en valores que, por otro lado, viene reforzado asimismo por la industria del ocio como medio educativo subsidiario condicionante.

Tercer factor conductual: Falta de atención y de compromiso esfuerzo mediante

Como ya hemos expuesto, sin educación emocional no puede existir Inteligencia Emocional, ya que la una es resultado directo y necesario de la otra. La Inteligencia Emocional, como consecuencia de una relación directamente proporcional con la gestión emocional, conlleva de manera substancial en su propia naturaleza un factor clave como es la autorregulación (derivado de un nivel de autoconciencia) para poder manejar y utilizar óptimamente las emociones individuales. Una autorregulación como fundamento conductual de la gestión emocional que comporta de manera implícita tanto actitudes de atención, como de compromiso y de esfuerzo proactivo con la dimensión emocional de uno mismo. No obstante, es reconocido por patente públicamente tanto la ausencia de la cultura del esfuerzo entre los jóvenes de nuestra sociedad, y por tanto la fragilidad en estadios de compromiso alguno, como la falta de atención con ellos mismos y frente al resto del mundo. Por lo que sin actitudes de atención, esfuerzo y compromiso por parte una gran parte de nuestros jóvenes, resulta imposible la coexistencia de una actitud de autorregulación de sus propias emociones. Y, en este punto, volvemos otra vez a dilucidar la influencia viciada generada por parte de una cultura consumista de ocio basada en lo que me gusta denominar como la filosofía existencial del microondas: acceso a experiencias inmediatas y desde el mínimo esfuerzo individual.   

Cuarto factor conductual: Escasez del empoderamiento personal por determinismo ambiental sobre la Autoestima

El conjunto de factores conductuales anteriores, sin entrar el en dilema del huevo y la gallina que solo nos lleva a una falacia del tipo círculo vicioso, nos conduce a una doble premisa conclusiva en lo que a gestión emocional de nuestros jóvenes se refiere: En primer lugar, podemos afirmar que la inexistencia de educación emocional provoca que los jóvenes de nuestra sociedad carezcan de un nivel óptimo de autoconocimiento sobre sí mismos, y que por tanto la percepción de su mismidad (de su Yo Soy versus el Yo no-Soy) sea deficiente por imposibilidad de gestionar aquello que les es desconocido cómo es la mecánica reguladora de sus propia emociones, dando como resultado una consciencia individual inmadura. Y, en segundo lugar, dicha falta de autoconocimiento y de consciencia emocional inmadura provocan que su nivel de Autoestima, el nivel de flotación existencial de cualquier ser humano que le posibilita alcanzar un estado de autorrealización como individuo, tenga una dependencia tan excesiva como peligrosa de los inputs externos del medio en el que se desarrolla como persona. Lo que significa que, siendo el hábitat de desarrollo de nuestros jóvenes imbuido por la cultura del ocio, obviamente su nivel de Autoestima se encuentra controlado, subyugado inclusive, por la industria de consumo. O, dicho en otras palabras, la economía de mercado de las sociedades occidentales potencia el aborregamiento de nuestros jóvenes convirtiéndolos en personas dúctiles y pusilánimes por emocionalmente inestables, en una flagrante política deliberada por fragilizar su nivel de Autoestima, para un mayor control sobre su dominio emocional como consumidores potenciales.

Estos cuatro factores expuestos que rigen el perfil conductual mayoritario de los jóvenes contemporáneos (carencia de gestión emocional por desconocimiento, ausencia de empatía y deficiencia cognitiva en la distinción entre el Bien y el Mal, falta de atención y compromiso esfuerzo mediante, y escasez de empoderamiento personal por determinismo ambiental sobre la Autoestima), hacen de la educación emocional una asignatura urgente a implementar en el sistema educativo de nuestras sociedades. No solo por el bien de la salud emocional y mental de las jóvenes generaciones que se convertirán inexorablemente en los adultos del mañana, sino también y con especial hincapié por la salud de los valores rectores de la Democracia (como sistema de organización social) que se fundamentan en ideales humanistas como son la equidad, la fraternidad, la honradez, la igualdad, la justicia, la libertad, la paz, el respeto, la solidaridad, o la tolerancia, entre otros (Ver: Reflexiones del Filósofo Efímero sobre los Valores Universales del Ser Humano). Pues sin gestión emocional, y así pues sin Inteligencia Emocional, el ser humano solo puede más que distanciarse de la senda humanista que le permite trascenderse como ser animal. Y, en este caso, ¿qué modelo de sociedades futuras estaremos construyendo?. Hagamos pues, de la educación emocional, un deber inalienable para toda sociedad desarrollada que se precie.

Y, a modo de síntesis, no puedo acabar la presente reflexión sin recordar la sabia máxima de Aristóteles: educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto. Dixi!

 

domingo, 11 de julio de 2021

La Homofobia retrata el grado cavernícola de la sociedad

Si hoy en día pasearan por las calles de nuestras ciudades ciudadanos tales como el viejo filósofo griego Platón, el rey macedonio Alejandro Magno, el emperador romano Julio César, el escultor y pintor renacentista Miguel Ángel, el genio polímata Leonardo Da Vinci, o el famoso escritor William Shakespeare, entre otros ilustres e ilustrados, todos ellos sin excepción podrían ser a día de hoy objeto de fortuita agresión e incluso de violencia extrema con resultado de muerte por alguna jauría de jóvenes homófobos. Pues si algo comparten los anteriores personajes, además de haber trascendido a los libros de historia por sus valías singulares, es que todos ellos eran homosexuales, con independencia que algunos a su vez mantuvieran relaciones más o menos maritales y/o oficiosas con mujeres de su época por interés púbico.

Lo que es una obviedad empíricamente demostrada es la existencia de registros de prácticas sociales homosexuales desde que el hombre tiene, al menos, consciencia de ciudadano; que es lo mismo decir que existe la homosexualidad desde que el hombre es hombre. De hecho, el nombre homosexualidad proviene etimológicamente del griego antiguo (igual) y del latín clásico (sexo). Y, como es bien sabido por todos, la homosexualidad define una actitud de atracción romántica, atracción sexual o comportamiento sexual entre miembros del mismo sexo o género. Expuesto lo cual, si la homosexualidad forma parte de la rica variedad de comportamientos de la especie humana de manera substancial a su propia naturaleza, pues es reconocida desde tiempos ancestrales dentro del ámbito privado de la persona, ¿por qué se estigmatiza e incluso persigue por ciertas comunidades sociales?.

La razón a la pregunta esgrimida es diáfana: por imposición de una mentalidad colectiva respecto a un imaginario cuya línea de pensamiento de lo que es y debe ser la naturaleza humana es claramente limitativa y, por tanto, excluyente. Un imaginario promovido por religiones monoteístas que buscan predefinir un modelo o estereotipo natural del ser humano concreto y reductible, como es el caso protagonizado por la Iglesia católica en el orbe occidental en su delirio de ostentar la verdad absoluta bajo la creencia fundamentalista en una fuente de conocimiento emanada de un libro, una obra -sea dicho de paso- inventada y reinventada por el propio hombre mediante una recopilación selectiva de escritos, y una interpretación interesada de manera sistemática a lo largo de los tiempos por los mismos padres tan mortales como mundanos de la Iglesia. (En este punto, no puedo dejar de pensar que la actitud del Jesús amoroso del Nuevo Testamento frente a una persona homosexual sería totalmente opuesta a la doctrina histórica de la Iglesia católica mantenida hasta día de hoy, recriminando a sus prelados seguramente al igual como dicen que actuó contra los mercaderes del templo judío). Pues dicho imaginario religioso inventado de un modelo estándar de la naturaleza humana resulta tan carente de solidaridad cristiana como falto de racionalidad, comparativamente hablando respecto a la homosexualidad, equiparable a la reducción al absurdo de afirmar que la orientación zurda en la escritura de las personas, o que la diferencia del color de los iris en personas con heterocromía, son fruto de una desviación aberrante de la naturaleza humana y por tanto sujetos merecedores de escarnio público y de castigo divino.

Acaso, ¿alguien se imagina a día de hoy descalificar a Platón o a Leonardo Da Vinci por su homosexualidad? O, ¿al gran Napoleón o al genio Einstein por ser zurdos? O, ¿a la actriz Demi Moore por haber nacido con heterocromía?, entre otros muchos ejemplos singulares.  Y aún más, ¿cómo percibiríamos a aquellos individuos que pudieran agredirles gratuitamente y con ensañamiento en medio de la calle única y exclusivamente por su condición natural singular por diferentes? La respuesta es obvia: los veríamos como verdaderos energúmenos que son, de mente estrecha, que hacen un flaco favor al conjunto de la sociedad por intentar retroceder nuestro nivel de desarrollo humanista a la época de las cavernas.

Tristemente, a estas alturas del siglo XXI, acciones grupales energúmenas de perfil homofóbico registran una incidencia con una mayor periodicidad de la que personalmente me gustaría ver en nuestras supuestas calles civilizadas. Una de ellas, de mayor trascendencia mediática si cabe, la ha protagonizado recientemente el joven sanitario Samuel a sus 24 años, muerto por su condición homosexual a manos, puños y patadas, de unos iracundos cavernícolas de entre 20 y 25 años de edad. 

Este alto nivel de incidencia de agresiones homófobas en la sociedad contemporánea, cuyos autores suelen ser mayoritariamente jóvenes, pone en evidencia una peligrosa corriente de pensamiento social existente en nuestros tiempos que alienta el odio hacia las personas homosexuales. Un imaginario reduccionista de la naturaleza humana a cuyo autor intelectual occidental encontramos a la Iglesia católica en su epicentro ideológico, y que se infiltra transversalmente en los diferentes estratos sociales -en unas sociedades laicas por democráticas-, a través de la instrumentalización de algunos partidos políticos, gobiernos inclusive. Tanto es así, que en el seno de la propia Unión Europea del siglo XXI, contamos con un país como es Hungría que acaba de legislar recientemente sobre la prohibición de hablar sobre homosexualidad en los colegios, intentando por un lado apagar así la luz del conocimiento sobre la rica diversidad humana entre sus jóvenes conciudadanos, a su vez que por otro lado promueve la estigmatización de los homosexuales en una clara línea de pensamiento fundamentalista propio de la oscura Edad Media (oscura por post clásica y pre renacentista, pues ambas abrazaron los Principios de la Lógica al saber de la Razón).

Ante esta rabiosa realidad homófoba, los Estados Sociales y Democráticos de Derecho, fundamentados en los principios rectores humanistas, tienen una doble obligación. En materia de seguridad ciudadana, tienen la obligación de garantizar la libre convivencia entre ciudadanos con visiones existenciales diametralmente opuestas gestión mediante de los cuerpos y fuerzas de seguridad, al amparo del sistema jurídico vigente. Y, en materia de educación, tienen la obligación de reforzar una cultura proactiva en pos del respeto por la diversidad humana en el conjunto del sistema educativo, al amparo de los preceptos humanistas que definen las democracias modernas. Poder coercitivo sujeto a derecho y Educación en valores desde el Estado, sin lugar a dudas y con urgencia, para garantizar una sociedad moderna, integradora y respetuosa, por esencialmente democrática, en la riqueza de la diversidad de sus conciudadanos.

Y, en lo que se refiere a los energúmenos cavernícolas: que recaiga sobre ellos todo el peso de la Ley de manera ejemplificadora para educación de nuevas y futuras generaciones. Pues, en caso contrario, si normalizamos como sociedad la homofobia, ¿qué otra fobia social seguirá a posteriori para júbilo de los fundamentalistas? Y, aún más relevante, ¿de cuántos grandes hombres y mujeres para la historia nos vamos a permitir prescindir a causa de su íntima tendencia sexual?. ¿Acaso la sexualidad no pertenece al derecho inalienable del ámbito privado de la persona? Es por ello que cabe entender que la homofobia no es una batalla baladí de corte ideológico, sino una batalla crucial entre la luz de la razón pura que apuesta por el desarrollo humanista de la sociedad versus la oscuridad del fundamentalismo que acarrea el declive social. Una batalla que, por ser trascendente para la evolución del hombre, no se puede ignorar y mucho menos perder. Fiat Lux!  

 

sábado, 3 de julio de 2021

El hombre busca (voluntariamente) ser controlado por la tecnología

Nadie se atreve ya no ha pronunciarlo, sino incluso a pensarlo, pero lo cierto es que el hombre no busca que la tecnología facilite la vida al propio hombre, sino que lo controle. Un deseo de control que, aunque sea paradójico, es compartido a la par tanto por el presunto controlador como por el potencial sujeto controlado.

En el caso del presunto controlador, el deseo de controlar tecnológicamente al hombre es un instinto expresamente manifiesto y no disimulado que se evidencia desde dos estratos sociales bien diferenciados: empresas con base de desarrollo estratégico tecnológico y emprendedores de ecosistemas de startups tecnológicas (que buscan mediante la tecnología controlar al hombre en calidad de consumidor global), e inversores de dichas empresas y start ups tecnológicas (que buscan capitalizar la rentabilidad financiera de los Mercados mediante la instrumentalización de plataformas empresariales tecnológicas). Ambos, sin distinción, anhelan el control sobre las personas -que en una sociedad de consumo son indivisiblemente consumidores por antonomasia-, con el fin de garantizarse (lícitamente, sea dicho de paso) un nicho ganancial del Mercado como máxima substancial en toda sociedad capitalista. [Un capítulo a parte merece la industria tecnológica armamentística].  

No obstante, la maquinaria propagandística de la citada práctica se blanquea ante la opinión pública como una simple e inocente acción facilitadora para las necesidades presentes y futuribles de las personas-consumidores, en cualquiera de los ámbitos de desarrollo humano que se precie, mediante el uso y gestión de la tecnología como ente facilitador. Una tecnología que, al convertirse en medio de consumo necesario y en muchos casos imprescindible para la vida cotidiana de las personas en su faceta personal o profesional, se convierte en un instrumento sociabilizado profunda e irreversiblemente dependiente. Y ya se sabe que, cuando se genera una relación de dependencia entre dos partes, inevitablemente se impone un status de control donde, en el caso que nos ocupa, los niveles de poder entre proveedor de consumo y consumidor son altamente desiguales para beneficio del primero. Sin decir cabe que, cuando un sujeto empresarial alcanza un status de poder mediante el control sobre los consumidores de un Mercado, hará todo lo posible para no perder su statu quo, y más existiendo la variable del rédito económico de por medio.

Mientras que, en el caso del potencial sujeto controlado (el ciudadano de a pie), el deseo de ser controlado tecnológicamente (por parte de un facilitador tecnológico) es un instinto tácitamente manifiesto y no disimulado que se evidencia en la profunda sociabilización de las plataformas tecnológicas de consumo. Un proceso normalizado de sociabilización de los proveedores tecnológicos de consumo cuyo éxito radica en tres factores: A nivel emocional, la persona-consumidor percibe positivamente una mejora en materia de bienestar social mediante el uso de la tecnología como medio que facilita su calidad de vida individual. A nivel cultural, la persona-consumidor, que nace ya imbuida en la filosofía del placer sensorial e inmediato como bien máximo de las sociedades capitalistas contemporáneas, percibe positivamente el uso de la tecnología de consumo como medio natural de un desarrollo social hedonista. Y a nivel psicoemocional, la persona-consumidor, educado en un sistema que carece alarmantemente en la formación del Pensamiento Crítico, percibe positivamente el uso de la tecnología de consumo como medio sustitutivo al conocimiento de su propia mismidad o Yo Soy (Ver: El “Conócete a ti mismo” lo ejerce el Mercado por nosotros). O, dicho en otras palabras, la persona-consumidor cede de facto el control sobre su consciencia y por ende subyuga su propia Autoridad Interna a los designios del Mercado y, más específicamente, a las plataformas tecnológicas de consumo que lo rigen.

Como podemos observar, el Mercado controla al hombre-masa mediante la tecnología. O, visto desde otro ángulo diametralmente coincidente: el hombre de a pie se deja controlar por la tecnología de Mercado. Sea como fuere, lo que resulta evidente es que en el balance riesgo-beneficio en la sociabilización del control instrumental de la tecnología de consumo sobre la vida cotidiana del hombre, la persona-consumidor contemporánea percibe positivamente mayor beneficio que riesgo, entregándose voluntariamente en cuerpo y alma a los dictámenes de la tecnología. Aunque, la pregunta obligada que se tercia no puede ser otra que: ¿puede el hombre actuar voluntariamente sin el desarrollo de una plena consciencia propia a la luz del Pensamiento Crítico?. La respuesta, por obvia, queda respondida.     

Que la tecnología forma ya parte substancial de la sociedad moderna, y que gracias a ella el ser humano se proyectará hacia una nueva era evolutiva aún por imaginar que comenzamos a intuir, es una realidad. De hecho, no existe área de conocimiento humano donde la tecnología no esté presente como elemento clave para la potencialidad de nuestra evolución. No obstante, ello no es incompatible con una buena y sana gestión humana significativa sobre el control de la tecnología (y no a la inversa), tanto a nivel individual como colectivo, aunque para ello se requiere de una adecuada formación humanista transversal. Pues, en caso contrario, si la consciencia tecnológica suplanta a la consciencia humana (por ausencia de la misma) como unidad de medida para la vertebración de las nuevas sociedades (Inteligencia Artificial mediante), sin lugar a dudas abocaremos a nuestra propia especie hacia un horizonte distópico nada alentador. Fiat Lux!