sábado, 26 de junio de 2021

Emprender es aprender a pivotar

La materialización de una idea en el mundo físico tiene su proceso, como todo en la vida, siendo el más relevante su encaje en la realidad material de las formas. Tanto es así que una idea, en su fase de gestación y tránsito al mundo tangible, debe afrontar los desafíos de superación de dos grandes retos: su acoplación del mundo de las ideas al mundo de las formas, y su adecuación a un mundo de las formas en continuo cambio y transformación.

Acoplar una idea al terreno real del Mercado no es tarea fácil, pues como reza el refranero: del dicho al hecho hay un gran trecho. La dificultad radica justamente en la naturaleza de la idea a implantar, que por idiosincrasia pertenece a la dimensión mental de los individuos, los cuales estamos limitados por nuestros propios sesgos cognitivos -fruto de una educación y experiencia vivencial propia- que nos impiden ya no ver con objetividad el tablero de juego en el que se desea operar, sino aún más poder percibir el conjunto de condicionamientos del mismo, y en algunos casos incluso pude llegar a concurrir una observancia distorsionada de origen, pero que en todos y cada uno de dichos casos posibles converge como denominador común un juicio interpretativo inexacto sobre el nicho de mercado en el que se desea implantar la idea.

Adecuar una idea, asimismo y una vez ya acoplada o aterrizada (e inclusive en algunos supuestos simplemente lanzada impetuosamente) al terreno real del Mercado, tampoco es tarea fácil, pues dicha realidad formal no es estática, sino que su naturaleza es altamente inestable en continua redefinición de su propia identidad dentro de un contexto volátil, incierto, complejo y ambiguo característico de la actual era del consumo digital.

Acometer la aventura de acoplar y adecuar una idea al mundo de las formas, como podemos observar, es un proceso no exento de dificultad, cuya idiosincrasia define perfectamente la acción de emprender y, con mayor propiedad, al perfil conductual de aquellos que denominamos emprendedores.  A quienes, sea dicho de paso, los griegos clásicos llamaban poietes: el que crea.

Así pues, cabe entender que un emprendedor o poietes (como personalmente me gusta llamar), en su tránsito de acoplar y adecuar una idea personal al mundo real de la oferta y la demanda, no puede ejercer su acción potencial desde parámetros rígidos e inmovilistas, pues siendo éstos opuestos a la naturaleza móvil en continua redefinición del mundo de las formas, dicha proposición cae irremediablemente en un reductio ad absurdum. O como diría Aristóteles, dicho planteamiento contradice la segunda Ley de la Lógica de no contradicción. Es decir, un emprendedor con mentalidad obtusamente inflexible por ofuscada en su imaginería tiene todos los números de incurrir contra el Principio de Realidad, que podemos resumir como aquello que Es y no-Es objetivamente desde la razón pura, con independencia de los deseos y expectativas de las personas.

Es por ello que emprender, en el buen entendimiento de un emprendedor stricto sensu, no es ni más ni menos que aprender a pivotar una idea para su correcta acoplación y adecuación al Mercado objeto de interés. Es decir, aprender a permitirse evolucionar la propia idea original personal para su óptima alineación con la realidad imperante. O dicho en términos empresariales, cabe entender la acción de pivotar una idea como el proceso necesario de modificar la estrategia de negocio cuando los resultados no son los esperados, enfocándose en rediseñar la misma con el objetivo que permita una oportunidad real de Mercado diferente a la planteada en la idea original.

Aprender a pivotar en el emprendimiento requiere, por un lado, que el emprendedor trabaje actitudes de compromiso, constancia y persistencia en el proceso continuo temporal de acoplaje y adecuación de una idea de negocio a la realidad del Mercado, pues como bien decretó Machado “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, y si se deja de caminar a las primeras dificultades de cambio se suspende el flujo natural de maduración y desarrollo de la potencialidad aún por realizar de una idea, al igual que una semilla dejará de ser un árbol en potencia si abandonamos su cuidado. Mientras que, por otro lado, el emprendedor requiere de un aprendizaje en materia tanto de gestión emocional (pues el orgullo, la obstinación y la esperanza ciega son tres de los grandes enemigos de la emprendedoría), como de gestión de los sesgos cognitivos (ya que se requiere abrir la mente con el objetivo de poder transitar fuera de las propias zonas de confort mental), así como de gestión psicoemocional (pues todo emprendimiento va íntimamente ligado a un proceso personal de gestión emocional e intelectual, en una renovación continua de nuevas experiencias y conocimientos que permita una mejor y actualizada versión de uno mismo acorde al Principio de Realidad determinado por el Mercado).

Llegados a éste punto, la pregunta pertinente que puede plantearse un emprendedor o poietes es ¿cuándo un emprendedor deja de pivotar?. Si entendemos que los mercados son cambiantes, y por ende caducos, la respuesta resulta una obviedad: nunca, ya que no hay imperio que mil años dure en una sociedad regida por el principio de impermanencia. Por lo que se debe concebir el aprendizaje del pivotaje como una máxima de la emprendedoría, lo cual no es incompatible con que aquellos elegidos por las Moiras puedan disfrutar de su pequeño o gran océano azul (Mercado alcanzado libre de competencia), mientras éste no se tiña de rojo por la entrada de nuevos y hambrientos competidores a la caza de nuestro nicho de consumidores.

Sí, la adaptabilidad como habilidad máxima requerida de los emprendedores de nuestro tiempo no es otra que el pivotaje empresarial, y más en una frenética sociedad cuyas reglas de la oferta y la demanda no sobrepasan los cinco años. Así pues, emprendedores juguemos a pivotar, pero eso sí, al igual que pivotan los jugadores de baloncesto giremos en grados nuestra estrategia de acción pero siempre con un pie fijo en el suelo firme de nuestra misión y visión de la idea del proyecto. Pivotar o dejar de emprender, esa es la cuestión.


sábado, 19 de junio de 2021

Solo se vence convenciendo, y solo se convence educando

Que vencer no es convencer, ya lo dijo el controvertido escritor y filósofo español Unamuno en octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. De hecho, vencer como verbo con significado de ganador en una lucha en términos de ciencias políticas es, a día de hoy, un ostracismo social no por voluntad popular sino por imposición de los equilibrios de los poderes dominantes. Es decir, desde un punto de vista social ya no existe la victoria fuerza mediante, a la vieja usanza de las revueltas populares, frente a un Mercado omnipotente que ostenta el poder político real, el cual no es otro que aquel que se vertebra sobre el dinero como bien preciado en las sociedades capitalistas actuales. Tanto es así que cualquier empresa ciudadana que se precie que busque un cambio social disruptivo está condenada a la gestión de la frustración.

A día de hoy, muy que nos pese, el mundo está atado y muy atado por los designios de una clase social pudiente que concentra en un puñado de manos los recursos naturales, financieros y de comunicación masiva de nuestro pequeño planeta azul. Y que, aún más, controla y gestiona a antojo los gustos, prioridades y hábitos de consumo de los ciudadanos en calidad de consumidores globales imbuidos, por no decir hipnotizados, en una delirante filosofía de vida hedonista cuyo cordón umbilical es de naturaleza digital.

Es por ello que, en los tiempos que corren, el verbo vencer queda irremediablemente redefinido como aquella capacidad de implementar con éxito una corriente de pensamiento en el conjunto de la sociedad mediante la consecución de una masa crítica social necesaria, proceso en la que los ciudadanos se adhieren por convencimiento propio y progresivo. O, dicho en otras palabras, en la sociedad contemporánea los movimientos sociales de los ciudadanos de a pie, que mayoritariamente subsisten por rentas de trabajo, solo pueden vencer convenciendo.    

De lo que se deduce la segunda parte del desarrollo de la presente reflexión: para convencer se requiere que las personas se adhieran a una línea de pensamiento, y que por tanto actúen en consecuencia modificando sus hábitos y costumbres, mediante la argumentación racional que se viabiliza a través de la educación social. Ciertamente, dicha práctica de convencimiento social por argumentación racional puede ser utilizada de manera engañosa y torticera por manipulación deliberada sobre un área concreta de conocimiento, como es el caso de los lobbies de la industria de la alimentación respecto a la salubridad de ciertos productos concebidos como alimentos (cuando no lo son, por no cumplir las funciones nutritivas necesarias para el sustento vital de nuestro organismo), mediante el uso de un etiquetado y una publicidad fraudulenta, por poner un ejemplo de rabiosa actualidad diaria, como muy bien divulga con maestría pedagógica mi mujer Teresa en su cuenta de Instagram @disfruta.viviendo.sano . No obstante, en esta reflexión deseo centrarme en el concepto y la capacidad de convencer, por parte de movimientos ciudadanos, mediante una argumentación racional a la luz de la verdad objetiva stricto sensu.

En este sentido, vencer por convencimiento a través de una argumentación racional como base para una educación social significa, en resumidas cuentas y en mayúsculas, Educar. Una acción que en su substancia estructural cuenta con cuatro factores claves: El factor de la Ética, pues no existe educación sin valores morales; el factor de la Transformación, pues toda educación persigue la transformación del intelecto colectivo y por extensión de los hábitos conductuales; el factor de la Sociabilización, ya que dicha transformación mental y conductual equivale a implementar y transmitir una cultura social; y el factor del Espacio-Tiempo, ya que una educación efectiva requiere de un continuo temporal capaz de sobrepasar el umbral espacial intergeneracional para poder consolidarse.

Así pues, si buscamos vencer socialmente debemos convencer a través de una educación basada en la ética, la transformación y la sociabilización en un proceso sostenido en el tiempo. Pues, como reza el refrán, Roma no se construyó en un solo día (frase atribuida, sea dicho de paso, a un clérigo belga del siglo XII). Es decir, solo se vence educando. Una ardua a la par que apasionante empresa para la que se requieren dotes tanto de compromiso y persistencia como de paciencia, aunque estas son harinas de otro costal que se venden caras en la sociedad actual de la cultura del microondas. Nihil novum sub sole. Aunque, libertas capitur, sapere aude.