domingo, 9 de mayo de 2021

USA y FMI se convierten al comunismo, mientras yo me declaro políticamente senoidal

Colas del Hambre. España, 2021
Ciertamente, el Estado de Bienestar Social que caracteriza a las democracias de la antigua Europa, y que permite teóricamente que sus ciudadanos tengan garantizados los derechos sociales tales como la educación, la sanidad, el trabajo, la vivienda o la alimentación, principalmente, para el desarrollo de una vida digna de toda persona, se fundamenta sobre el principio de la Justicia Fiscal, cuyo instrumento económico-político no es otro que la redistribución de las rentas de un país. Tanto es así que, poniendo como ejemplo la Constitución Española en un barrer para casa, decreta en su artículo 31.1 lo que sigue: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio” (sic). Un deber redistributivo de las rentas, todo sea dicho de paso, que justamente en el caso español se sitúa entre los más bajos de la Unión Europea, llegando a ocupar la última posición de la zona euro en cuanto a prestaciones específicamente se refiere de garantías de mínimos (díganse: familia, exclusión social, educación y vivienda).

Si bien, como se ha expuesto, la Justicia Fiscal es un elemento inherente a las democracias europeas por ser consustancial al Estado de Bienestar Social, es una flagrante evidencia la actual brecha de desigualdad social existente entre ricos y pobres en nuestra sociedad (llevando incluso a la extinción de la antigua clase media emprendedora), cuya sangría contemporánea se inició con la Gran Crisis del 2008 y que actualmente se ha agudizado con la pandemia del Covid. Frente a esta realidad, la pregunta pertinente que uno se plantea no es otra que ¿cómo es posible la coexistencia de una abismal desigualdad social en un Estado benefactor inspirado y regulado desde la Justicia Fiscal?.

La respuesta a dicho dilema, cuya desvergüenza por osado planteamiento ya parece de por sí un absurdo, lo debemos encontrar en factores sociológicos de rabiosa actualidad, y más concretamente en materia de cultura ideológica o política social. En este sentido, no hay que ser un genio para observar cómo la poderosa influencia de la filosofía de vida capitalista, vertebradora de la economía de mercado occidental instrumentalizada a través de la cultura de libre consumo, ha conseguido corromper y falsear el principio democrático de redistribución de las rentas convirtiéndolo en una proclama de corte comunista para percepción de la mayoría de ciudadanos occidentales, complicidad mediante de una clase política garante de la res publica vendida a los designios del Mercado. De hecho, es una triste realidad comprobar como aquellos atrevidos insensatos que hoy en día enarbolan la bandera de la Justicia Fiscal como medio para alcanzar la Justicia Social, o al menos para salvaguardar el maltrecho Estado de Bienestar Social, son tachados y menospreciados por la vox populi de la masa inculta como comunistas en su más amplio sentido peyorativo, o en su defecto como vagos y maleantes inclusive.

Qué decir que a los susodichos doctos inquisidores desilustrados que plantan batalla contra todo lo que huele, sabe y se asemeja a Justicia Fiscal, solo apuntarles -a título recordatorio- que uno de los padres insignes del Capitalismo como era Keynes ya proponía a principios del siglo XX redistribuir parte de los ingresos de los ricos entre los pobres, pues consideraba que un aumento del consumo eleva la producción e impulsa el crecimiento económico. O, dicho en otras palabras, Keynes creía firmemente que una mayor distribución del ingreso nacional lleva a un mayor crecimiento para el conjunto de la sociedad.

De hecho, entidades poco sospechosas de anticapitalistas como el terrible Fondo Monetario Internacional (FMI) y el propio Gobierno de Estados Unidos de la Administración Biden garante de las libertades individuales, acaban de manifestar hace unas pocas semanas atrás su firme intención de subir los impuestos a los más ricos para sufragar el coste del Estado Social, siendo la propuesta norteamericana de gravar las rentas de capital de los ricos por encima del 40%. Es decir, USA y el FMI se han convertido de la noche a la mañana en comunistas declarados para escándalo de muchos demócratas capitalistas incultos. Y, por si fuera poco y siguiendo en la misma línea, el mismísimo gobierno norteamericano acaba de plantear hace un par de días, como es bien conocido por todos, la liberación de las patentes de las vacunas contra el Covid para garantizar un acceso equitativo y universal de las mismas para toda la humanidad, velando así por el principio de Justicia Social. Medida a la que, paradójicamente, se oponen la Francia de la Liberté, Égalité, Fraternité del socialista Macron, y la Alemania Demócrata Cristiana de Merkel, cabezas ambos motores de la milenaria Europa cuna de la Democracia, del Humanismo ilustrado, y de los Derechos Fundamentales del Hombre. El mundo al revés, como se puede observar.

No obstante, en este enredado juego de posiciones ideológicas, donde los idearios de origen parecen incluso difuminarse en un acto de transformismo para despiste de propios y ajenos, podemos agrupar las diversas familias políticas que componen el orbe democrático occidental en dos polos complementarios que no opuestos de una misma naturaleza política: el pensamiento social democrático y el pensamiento liberal, cuya diferencia radica en el tamaño de la sombra alargada del poder del Estado Democrático en el marco de una economía capitalista. Apostillando a lateral de página que los ultraliberales, en contra de lo que se puede creer, no son una corriente política sino económica stricto sensu que operan como verdaderos lobbys del Mercado.

Y en este juego del trile, donde la bolita ideológica se mueve entre diversos cubiletes políticos sobre el tablero democrático, servidor se declara políticamente senoidal. Pues no me sonrojo al afirmar que alterno entre los polos de la socialdemocracia y el liberalismo a través de un tiempo democrático continuamente variable como es el Estado de Bienestar Social. O, ¿acaso no se puede ser social democrático para unos temas y liberal para otros? Y más en una sociedad tan compleja como la actual. Consciente que habrá quienes, de mentalidad tan simple como obtusa, consideren esta posición político vital como incoherente. A estos puritanos, tan solo dejarles a desarrollar un axioma para su entretenimiento, si es que se precian: no hay nada más incoherente bajo postulados puritanistas que el comunismo capitalista de la primera potencia económica mundial como es China.

Dicho lo cual, en el contexto presente de una gran desigualdad social entre pobres y ricos, donde los pobres no tienen garantizada una vida digna al no poder acceder a los mínimos vitales para su subsistencia (como es trabajo, vivienda, alimentación e incluso educación universitaria), me declaro socialdemócrata respecto a la redistribución de las rentas como medio necesario para alcanzar la tan anhelada Justicia Social, el cual es un valor profundamente humanista. Es decir, me reafirmo tan comunista como Keynes, el FMI o la Administración norteamericana de Biden.

Y tras el presente alegato, a aquellos que aun persisten en señalarnos como comunistas invitarles a que vuelvan a escolarizarse para beneficio de una sociedad más ilustrada, ¡por favor!, así como reclamar a nuestros representantes políticos a que abandonen la inopia de su gobernanza para apostar, de manera firme y decidida, por la urgente salvaguarda de dos de los principios rectores de la Democracia como son la Igualdad de Oportunidades y la Justicia Social. Dixi!