sábado, 29 de mayo de 2021

Busquemos la sincronización, en una sociedad desincronizada

Hace un par de días asistí a un concierto en la inigualable por bella bombonera modernista del Palau de la Música de Barcelona, donde no solo disfruté sensitivamente de todos y cada uno de los componentes de la plantilla instrumental, sino que asimismo pude gozar intelectualmente de la sincronización como concepto de la misma. De hecho, reconozco que desde bien joven siento una atracción casi idealizada por el proceso de la sincronización, tal es así que entre todos los relojes -máximos exponentes de la sincronicidad mundana- me decanto por aquellos denominados skeletons que me permiten ver a simple vista el ajuste perfecto del funcionamiento de sus pequeñas entrañas mecánicas al descubierto. Y es justamente por ello que, a día de hoy, sobre la mesa del despacho desde donde escribo la presente reflexión, dispongo de un ejemplar de skeleton de cuerda al cual me gusta fijar la mirada periódicamente, pues el continuo movimiento de su exacto orden predefinido me evoca, a la vez que me embriaga, de una cierta sensación de placentera paz atemporal anhelada, casi de naturaleza apriorística a todo lo existente, en medio de este ruidoso y caótico mundo de los hombres. 

Sí, hoy es uno de aquellos días en que mi mente requiere paz, por lo que me obligo a retirarme momentáneamente de la agotadora batalla productiva sin fin en pos de garantizar la subsistencia de una vida digna, para sumergirme pipa humeante en boca en la relajante práctica reflexiva en este caso de la sincronización. La cual no debe confundirse con la sincronicidad, pues mientras la primera se refiere a la simultaneidad de dos sucesos vinculados en sentido causal, la segunda es en sentido acausal o azaroso en el que entra en juego la discutible variable llamada Destino (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?). Y sobre la causalidad o naturaleza de las causas, y sus consiguientes consecuencias, decir como aviso introductorio a argonautas que no voy a entrar en materia por haberla tratado con anterioridad en la reflexión bajo título: “Las Consecuencias, la primera parada del Ulises moderno en su viaje personal”. Asimismo apuntar, sea dicho de paso, que tampoco pretendo tratar la sincronización desde un enfoque estadístico, ni determinista, ni epistemológico, ni propio de las ciencias naturales y físicas inclusive, sino única y exclusivamente como vehículo de transcendencia para el propio hombre. 

Y es que en verdad la sincronización trasciende al ser humano desde el mismo momento en que su fenomenología genera, como entidad estructural esencial, tres de los grandes principios rectores sobre los que se inspira la humanidad: equilibrio, orden y belleza. Los cuales son partes substanciales de la paz individual y social, es decir que afectan tanto sobre la dimensión pacificadora intimista como sociológica. Pues la sincronización es el equilibrio espacio-temporal de acciones o eventos,  a su vez que deviene un sistema de orden preestablecido de los mismos, e igualmente proyecta belleza porque dichos equilibrio y orden generan un estado de armonía psicoemocional perceptible para la naturaleza humana. (Ver: La Belleza es la percepción, la estética y el placer del equilibrio geométrico de la Vida). Vectores que en suma constituyen, sin lugar a dudas, la paz como estado de consciencia individual y colectiva, ya que la idea de paz se fundamenta sobre la tranquilidad del equilibrio, la confianza del orden, y la armonía de la belleza.

Pero lo más relevante a destacar es que la sincronización, como entidad natural o artificial, trasciende al ser humano a título individual desde el momento en que facilita al hombre el acceso al sentido de utilidad existencial, pues en un mundo sincronizado ideal todas y cada una de las personas conocen y ejercen su misión de vida particular -a imagen y semejanza de los miembros que componen una orquesta sinfónica-, a la luz del desarrollo de sus propias habilidades innatas como medio para alcanzar la inestimable autorrealización personal. Pero, como reverso de una misma moneda, resulta ciertamente diáfano el hecho de que no puede haber trascendencia individual en la sincronización, sin la coexistencia de ésta en el ámbito social, ya que individuo y sociedad son una misma entidad indisoluble por ser el hombre un ser social. Así pues, ¿cómo crear una sociedad sincronizada que vele por los valores vertebradores del equilibrio, el orden y la belleza, y por consiguiente la paz resultante, para con sus miembros?

Un dilema que con maestría recoge el denominado Problema de la Cena de los Filósofos, una cuestión de sincronización de procesos en un sistema operativo stricto sensu, cuyo enunciado plantea a un grupo de comensales en una misma mesa redonda que si bien requieren cada uno de ellos de dos tenedores para poder cenar tan solo disponen de uno a sus izquierdas respectivas, lo que les obliga a buscar una solución sincronizada entre todos para que nadie se muera de hambre. Es decir, nos encontramos, en resumidas cuentas, ante un problema de gestión y redistribución de recursos comunes. Un problema que fácilmente puede resolver un niño con inteligencia media en edad escolar dando múltiples opciones posibles (uso del tenedor por turnos, por método de cola de tenedores, por limitación temporal  y rotativa de aforo de comensales, etc), pero que obviamente requiere, para que se cumpla la sincronización en dicho proceso que permita cenar a todos los comensales, del preestablecimiento de unas normas de uso y funcionamiento comunes regidas por el Principio de Equidad (el cual posibilita la igualdad de oportunidades sin que nadie salga perjudicado o, en este caso en particular, sin que ningún comensal se quede sin cenar). Un Principio cuya responsabilidad para su buena aplicación, como es entendible en el contexto de las sociedades modernas, recae en la figura del Estado, y con más énfasis si cabe en el Estado de Bienestar Social. Aunque ya sabemos que a éste, en lo que a velar por el Principio de Equidad se refiere, a estas alturas ni está por la labor ni se le espera, siendo cómplice -por omisión del ejercicio debido- de una sociedad en la que unos pocos acumulan todos los tenedores y otros muchos no tienen ni posibilidad de sentarse siquiera en la mesa. Por lo que, a modo de moraleja, queda claro que sin una sociedad sincronizada es improbable encontrar individuos sincronizados. Y aún más, cabe entender que un hombre desincronizado socialmente es equiparable a una hormiga sin antenas que deambula sin rumbo ni sentido vital.

No obstante lo expuesto, no es menos cierto que si bien el hombre es un ser social, con todo lo que ello implica, ilustración mediante tiene la capacidad suficiente para trascenderse personalmente como ser humano a espaldas de un modelo de organización social excluyente por desincronizado. O, dicho en otras palabras, la grandeza del hombre radica en su propia capacidad psicoemocional consciente de crear una realidad íntima sincronizada, no por ello exenta de esfuerzo, regida por el equilibrio, el orden y la belleza, que tienen como premio la anhelada paz interior. Es por ello que, frente a una sociedad desincronizada, solo cabe por instinto de supervivencia el camino de la sincronización personal.