domingo, 11 de abril de 2021

La Neurotecnología, el paso del Hombre libre a un Posthumano mentalmente controlado

Macaco de Neurolink controlando un videojuego con la mente
Nadie puede discutir a estas alturas que nos encontramos en la era de las neurociencias, díganse neuromatketing, neuromanagement, neurocoaching, neuroeconomía, neurolingüística, o neuropsicología, entre otras muchas neuroías. De hecho, si hoy en día nos encontramos con una materia de estudio exenta del prefijo “neuro-“ la concebimos, de manera prejuiciosa, como un conocimiento no actualizado a los tiempos presentes y, por tanto, exento de interés real por percibido como caducado. La razón principal de este hecho es que el hombre ha encontrado en la adolescente neurociencia la piedra filosofal, o mejor dicho el conversor perfecto en términos de eficiencia, efectividad y eficacia, para adaptar el conocimiento de cualquier materia a escala humana, y más específicamente a nivel de utilidad práctica. Pues, al fin y al cabo, en nuestra pequeña cosmología conocida, todo el conocimiento generado orbita alrededor de un único astro rey: el hombre, ya sea para provecho o por egocentrismo humano.

Y si bien la neurociencia se enfoca a nivel general en el estudio de las bases biológicas de la cognición y la conducta humana, poniendo énfasis en materias de conocimiento concretas como la consciencia, la percepción, el aprendizaje, la memoria, la plasticidad neuronal, el desarrollo y la evolución, los sueños, el lenguaje, o las enfermedades, principalmente. No es menos cierto que en una sociedad construida sobre la lógica del Mercado de la oferta y la demanda como motor de desarrollo social, la neurociencia se ha erigido en el rey Midas capaz de transformar cierto tipo de emoción, atención y memoria evocados en los seres humanos -conocimiento y manipulación mediante-, en procesos inducidos externamente para la toma de decisiones de consumo concreto de éstos (nosotros) para beneficio del propio Mercado. (Ver: El “Conócete a ti mismo” lo ejerce el Mercado por nosotros). Es decir, la neurociencia aplicada al consumo de masas no es más que el arte mayor de la práctica del condicionamiento, propio del modelo estímulo-respuesta del perro de Pavlov, aplicada con maestría al hombre en condición de consumidor.

Un fenómeno social, plenamente normalizado por sociabilizado, que va a ser objeto de un salto cualitativo sin precedentes en la historia de la especie humana con la denominada neurotecnología, la cual busca conectar de manera directa el cerebro humano con cerebros artificiales en un mundo vertebrado por internet. El máximo exponente de esta nueva realidad disruptiva la encontramos en el proyecto Neuralink que avanza viento en popa a toda vela (como diría Espronceda), tal y como pone en evidencia un vídeo recientemente publicado por la propia compañía en la que se puede ver a un macaco de nueve años jugando a un videojuego mediante control mental (Ver vídeo). En realidad, se trata de una interfaz cerebro-máquina, que consta de una serie de hilos muy finos, dotados de electrodos, que se implantan en el cráneo, los cuales captan las señales del cerebro y las traducen en movimientos a distancia sobre las máquinas objeto de uso, sin necesidad de que intervenga nuestro sistema locomotor. O, dicho en otras palabras, la telequinesia se hace realidad gracias a la neurociencia.

No obstante, en un inminente nuevo mundo donde cerebro humano y artificial estarán interconectados, uno no puede dejar de preguntarse si la comunicación o transmisión de datos va a ser solo de un único sentido donde el hombre tendrá control exclusivo sobre la máquina, o si en cambio el intercambio de información acabará produciéndose en ambos sentidos, dando lugar a que la máquina pueda asimismo ejercer cierto nivel de sugestión e incluso control sobre la mente humana. Un escenario éste último nada descartable en una sociedad fundamentada sobre la lógica del Mercado, el cual es una evidencia empírica diaria su clara intencionalidad de influenciar, control sensitivo mediante a través del conocimiento del neuromarketing, la propia conducta humana en una hegemónica sociedad de consumo. Es decir, ¿quién pondría la mano en el fuego negando la posibilidad futura en que la neurotecnología basada en la interfaz cerebro-máquina acabe manipulando emociones, atenciones y memorias del ser humano para inducirlo a un control dirigido respecto a sus hábitos y costumbres conductuales cotidianos? Y más en un nuevo mundo donde la Democracia, a cada día que pasa, queda cada vez mayormente supeditada a la Dictadura de los Mercados. (Ver: Neurotecnología: el peligro de la pérdida de control sobre la percepción de la realidad).

Lo que queda claro es que la neurotecnología de perfil Neuralink es, por esencia, un proceso evidentemente de Transhumanismo que busca evolucionar por transformación al ser humano en un Posthumano mediante la tecnología con base interfaz cerebro-máquina.  [Ver: El Transhumanismo, el lobo (del Mercado) con piel de cordero]. Lo cual genera a todas luces un profundo debate ético tanto en el ámbito de la Filosofía de la Ética clásica, por afectar a la naturaleza ontológica del hombre, como en el ámbito de la Roboética, por afectar a los presuntos principios éticos de la robología como límites aceptables con respecto al libre albedrío de la vida humana consciente. Por lo que en este asunto de crucial relevancia para la especie humana no podemos dejar la Ética de algo tan trascendental como lo es nuestra propia evolución en manos exclusivas de intereses del Mercado y, por defecto, en manos de los ingenieros informáticos bajo nómina de los primeros. (Ver: La Ética mundial no puede estar en manos de los ingenieros informáticos).

Cabe recordar, para posibles despistados u olvidadizos, que el actual siglo XXI se caracteriza por la consolidación de la omnipresencia digital en la vida del ser humano, la cual es la fuerza motriz de la economía de las sociedades contemporáneas de consumo sin opción a alternativa plausible, y que a su vez está monopolizada por grandes compañías mercantiles tecnológicas por todos conocidas que, por su tamaño y poder financiero, escapan al control del gobierno de los pueblos (Democracia). Como asimismo cabe recordar que, de existir la mitológica Caja de Pandora, esta no se hallaría en ningún otro lugar que en el interior del cerebro humano. De lo que se deduce un gran peligro evidente, fruto de potenciales horizontes futuros distópicos imaginables por desigualitarios, frente al hecho que un poder tan devastador como el presumible a una Caja de Pandora humana pueda quedar bajo control de un solo click y a merced de cualquier holding tecnológico privado. Sin descartar por defecto y como mal menor una más que segura aceptación social al uso partidista mercantil de las interfaces cerebro humano y artificial, para un posible control profundo de masas. Una suma de historias posibles cuyo horizonte a vislumbrar debe hacernos plantear seriamente dónde quedaría la consciencia, el libre albedrío y el pensamiento crítico de las personas a título individual.

Muy a pesar, parece claro que una vez que las interfaces cerebro-máquina se popularicen por lógica comercial -pues poderoso Caballero es Don Dinero, como versaba Quevedo-, pocos serán los que se resistan a ellas por un simple impulso existencial de intentar no quedar rezagados ni excluidos en un mal entendido principio de igualdad de oportunidades universal, en el contexto sociológico de un mercado de consumo digital, ciegos a tan futuribles como certeros controles mentales y conductuales. Y, llegados a este punto, en contra de lo que afirman los viejos antropólogos, el hombre dejará de ser un producto cultural incluso anterior a su propia concepción, para devenir en un producto tecnológico. Aunque servidor, pipa humeante en boca y bajo deleite del concierto para piano nº 3 de Beethoven de fondo, espera -iluso de mí- no llegar a verlo en vida. Pues Hombre nací, y resistencia mediante, Posthumano no quiero morir.