domingo, 18 de abril de 2021

La cultura del porro o la autozombificación voluntaria de la sociedad

Hace días que me ronda por la cabeza escribir sobre la práctica común de fumar cigarrillos de cannabis o marihuana, más coloquialmente conocidos como porros. Una costumbre que se ha generalizado desde hace algunos pocos años atrás, hasta el punto de convertirse en un hábito social entre jóvenes y adultos (al menos en la costa mediterránea occidental donde resido), dando lugar a que su inconfundible olor -que por otra parte debo admitir que me ofende profundamente- aromatice calles y otros espacios públicos de nuestras ciudades en plena era digital.

Reflexionar sobre los porros como efecto sociológico es, asimismo, adentrarse como objeto de análisis en el mundo de las drogas urbanitas y rurales. Una temática en la que no caben los aspavientos escandalizados, pues tanto el consumo de drogas es una constante patente a lo largo de la historia de la humanidad, como por otro lado resulta ser -para conocimiento de algunos- un hábito compartido con el conjunto del reino animal. De hecho, Darwin ya observó hace más de 200 años que al menos media docena de animales se drogaban, y hoy conocemos -documentales televisivos mediante- que animales percibidos por la mentalidad colectiva bajo un estereotipo imaginario de pura inocencia se drogan. Tal es el caso de los inteligentes y sensibles delfines que ingieren pequeñas dosis de la toxina del pez globo para experimentar un subidón, o los entrañables renos que de vez en cuando dan deliberadamente algún mordisco a una seta alucinógena para permitirse volverse un poco locos durante un tiempo, sin descartar a algún que otro primate como los simpáticos lémures de Madagascar que se “colocan” refregándose un insecto milpiés que contiene una sustancia estupefaciente. Y entre la amplia gama de especies animales catalogados a día de hoy que se drogan no quiero dejar de reseñar, por su ejemplaridad para el caso que nos ocupa, a los enormes y dóciles búfalos de agua de la zona de Vietnam que en los años sesenta del siglo pasado comenzaron a alimentarse de amapolas, la cuales odiaban, y no porque no tuvieran otras fuentes de alimentación, sino por sus efectos alucinógenos para tranquilizar su estrés causado por las bombas norteamericanas en la famosa por trágica guerra del Vietnam (1955-1975). Lo cual, como apunte en el lateral de página, nos evidencia de la inteligencia de los animales, pues la solución de problemas constata una clara señal de inteligencia que no es exclusivamente humana, aunque esta es harina de otro costal. O, dicho en otras palabras y volviendo al redil, el uso del consumo de drogas es una costumbre genérica en el reino animal, del que forma parte indiscutible la familia humana, para evadirse temporalmente de un entorno o realidad concreta.

Llegados a este punto, y zoología e incluso antropología aparte, es una obviedad que existen tantos tipos de drogas como niveles y grados de estupefacientes existentes, incluidos los farmacológicos como pueda ser el famoso Prozac. Pero de entre todos ellos, el que me interesa en la presente reflexión, y volviendo al inicio de la cuestión, es el denominado popularmente como porro. Sobre los efectos del porro en la personalidad existe mucha literatura, destacando como rasgos principales de su consumo la propensión a una menor motivación, una reducción de la energía, cambios emocionales, disminución del libido, alteraciones del sueño, degradación de las facultades cognitivas, e incluso aparición de brotes psicóticos y trastornos esquizofrénicos. Efectos que, en el caso de personas que fuman porros de manera habitual, acaban desarrollando en los individuos el denominado Síndrome Amotivacional de la Marihuana, cuyas consecuencias son de obligada mención por su singularidad: carácter apático generalizado, pérdida de ambición (la persona se ve incapaz de marcarse objetivos y metas vitales), pasividad constante con el entorno más inmediato, conformismo y actitud perezosa, olvido de los ideales y de los valores morales, incapacidad para conectar con las emociones, aislamiento social, introversión progresiva, episodios de tristeza aleatorios, imposibilidad de mostrar y/o sentir afecto, degradación de la capacidad para relacionarse socialmente, reducción de la calidad de las facultades cognitivas (menor inteligencia progresiva), abandono de la higiene personal, y dificultad para tener relaciones sexuales. Y ello sin dejar de apuntar con especial relevancia que el consumo habitual de porros entre adolescentes, quienes cabe recordar se encuentran en pleno estado de su desarrollo neurológico, está directamente relacionado con un deterioro significativo de su propia inteligencia por muerte o degradación de las células cerebrales, viéndose mermada seriamente su capacidad intelectual como futuros adultos en potencia. Es decir, y describiéndolo en plata, el consumo de porros hace más tontos a nuestros jóvenes de por vida, condenándolos a ser carne de cañón: lo que Marx calificaba como cuadrillas de trabajo y, en su defecto, población obrera sobrante (por parte del Mercado). Una perla, vaya.

Expuesto lo cual, situémonos en contexto: vivimos en una sociedad moderna en la que el fumar porros se ha normalizado de facto por sociabilizado ya desde edades tempranas (12-14 años). La causa del fenómeno social es clara: la búsqueda fácil y rápida de la autoenajenación voluntaria por parte de individuos ante una realidad percibida como no agradable, por compleja y problemática en una sociedad de consumo desigualitaria cada vez más polarizada incapaz de dar respuesta a las necesidades de autorrealización personal (El Estado de Bienestar Social en el orbe occidental, teórico garante del Principio de Igualdad de oportunidades, ni está, ni se le espera en un horizonte próximo). Así como, en el reverso de la misma moneda, el efecto del fenómeno social también es diáfanamente claro: los miembros partícipes de dicha sociedad sin vistas de futuros posibles optan voluntariamente por la autozombificación, en un acto reflejo de simple y puro instinto de supervivencia existencial. Un letargo mental y emocional autoinducido como vía de escape a una realidad tan consciente como subconscientemente desagradable. Un rasgo conductual propio de individuos sin carácter que se ve potenciado, a su vez, por una cultura hedonista integrada y retroalimentada por una sociedad de consumo cuya máxima es la experiencia del placer sensitivo inmediato como bien superior. (Ver: La sociedad fomenta vicios cuya adicción menoscaba la libre voluntad del individuo).

Qué decir que los hombres somos animales sociales como bien definió Aristóteles, pero seres animales al fin y al cabo, los cuales respondemos a los impulsos de la sociedad de la que participamos, como más adelante desarrolló extensamente Rousseau. Por lo que las personas que han optado por el consumo habitual de porros poco se diferencian de los búfalos de Vietnam que ingieren amapolas para reducir su nivel de estrés producido por un entorno claramente hostil. Aunque a nadie se le escapa el hecho que entre el hombre y el búfalo, por poner un ejemplo comparativo con el resto del reino animal, existe un abismo diferencial determinado por la consciencia, la actitud, la capacidad intelectual y el libre albedrío propio del ser humano. Factores éstos inherentes a nuestra naturaleza humana que, asimismo, requieren cultivarse y desarrollarse óptimamente, en pos que toda persona a título individual pueda trascenderse sobre su propia naturaleza animal substancial en calidad de ser humano en plena realización de sus facultades psicoemocionales. Una responsabilidad o deber vital que si bien es cierta e intrínsecamente individual a toda persona, por devenir seres sociales no queda exenta de una exigible corresponsabilidad por parte tanto del sistema educativo, como por extrapolación de los propios gobernantes que con sus políticas presentes cocrean el modelo de sociedad en el que vivimos.

Que vivimos en una sociedad en proceso progresivo de zombificación es un hecho, a tenor del grado de sociabilización del consumo de porros, realidad que se puede medir empíricamente por el penetrante y desagradable olor que invade sin pudor alguno espacios públicos y privados. Por lo que uno no puede dar crédito al alto grado de permisividad institucionalizada de dicho fenómeno sociológico, a no ser que se busque -con premeditación, nocturnidad y alevosía mediante- precisamente el rasgo característico por esencia del citado efecto de zombificación: ciudadanos atontados y aturdidos carentes de voluntad propia. Es decir, carne de cañón tan controlable como maleable por el establishment imperante. Es por ello que frente a la presente realidad, no puedo más que recetar, a las pocas mentes lúcidas que aún resisten, que consuman menos porros y más Platón.