domingo, 21 de marzo de 2021

La ciudad contemporánea crea al ciudadano, y no a la inversa

Hace unos días atrás tuve ocasión de conocer por videoconferencia a Yolanda Fernández, una arquitecta mexicana que despertó mi curiosidad filosófica por su breve artículo “Ciudad para hacer ciudadanos o ciudadanos para hacer ciudad”, en el que reflexiona sobre la relación simbiótica entre ambas partes desde tres ejes vertebradores: el exacerbado consumismo, la expansión urbana, y el envejecimiento poblacional. Un artículo cuya lectura recomiendo y que me sirve de excusa para la presente reflexión efímera de tan ociosa como placentera gimnasia cerebral personal dominical, eso sí desde un enfoque alternativo y complementario al de la urbanista.

No puedo dejar de iniciar mi reflexión, como punto de partida del hilo de deducción racional del que tirar, recordándome como apunte histórico objetivo el hecho fehaciente que el origen de las ciudades tuvo lugar justo en el corte temporal en que el hombre abandona su estado de cazador-recolector para convertirse en un animal social sedentario, gracias al descubrimiento de la agricultura. Y que si bien nos viene al imaginario colectivo la idea de grandes ciudades tanto en la era clásica en plena cuna de las grandes civilizaciones como en la posterior era medieval, herederas éstas de las urbes romanas en el orbe occidental, no podemos concebir la idea configurativa de ciudades modernas hasta el surgimiento de la primera revolución industrial en la Europa y la Norteamérica de finales del siglo XIX, cuyos modelos como bien sabemos han evolucionado abruptamente hasta las actuales ciudades contemporáneas en las que vivimos.  

En esta línea cronológica de la historia de la humanidad, la pregunta pertinente no es otra que el planteamiento de ¿hasta cuándo podemos observar que los ciudadanos han creado las ciudades, y no así a la inversa como posibilidad teórica? A mi entender, dicho proceso casuístico se ha llevado produciendo en el continuo temporal de nuestra historia hasta el momento en que la Política, como sistema de organización social en continua evolución de mejora hasta alcanzar el estado de madurez (insuficiente) de los actuales Estados Sociales y Democráticos de Derecho, primaba con hegemonía plena sobre los dictámenes del Mercado liberal. Es decir, mientras las ciudades se modelaban y reinventaban a golpe de necesidad organizativa, y por tanto política, de una comunidad social concreta en el contexto de su espacio-temporal singular.

Una dinámica milenaria, en la que el hombre político era creador de sus ciudades, que se ve clara y profundamente invertida tras la segunda Guerra Mundial en 1945, casi a la mitad del pasado siglo XX, con la irrupción del fenómeno de las empresas multinacionales al amparo de un derecho internacional partidista en un nuevo mundo emergentemente global. Es entonces que podemos percibir, mirada retrospectiva en el tiempo, que la hegemonía de la Política es suplantada de facto por la hegemonía del Mercado capitalista, quedando relegado el hombre político como creador de las ciudades en beneficio de un entramado de intereses económicos privados que solo buscan su propia rentabilidad financiera. (Ver: El Nuevo Orden Mundial).

Un punto de inflexión en la historia de la humanidad, y más concretamente en la evolución de las ciudades, que se ve afianzado por dos factores sociológicos de obligada observancia: la implementación de una cultura consumista (como derivación natural y necesaria para la sostenibilidad de una nueva sociedad fundamentada en una economía competitiva de libre mercado), y la vertiginosa sobrepoblación mundial que retroalimenta al factor anterior, la cual se ha visto septuplicada en un siglo pasando de los mil millones de personas en el siglo XIX a los más de siete mil millones largos de personas en pleno siglo XXI (como derivación previsible de un aumento del estado de bienestar social generado por los avances científicos y tecnológicos alcanzados en las sucesivas revoluciones industriales acaecidas). (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir).

Es pues, en este contexto presente, donde el Mercado manda impositivamente sobre la Política y por ende sobre los propios Estados, en que la sociedad moderna se sustenta sobre una economía de consumo marcada por el propio Mercado, y en donde existe un ingente caldo de ciudadanos-consumidores potenciales a elegir por parte del mismo Mercado por discriminación de ratio de rentas, que las ciudades han dejado de construirse para observancia de las necesidades organizativas de las personas para convertirse en ecosistemas especulativos que dan cumplimiento a las necesidades económicas del Señor Mercado. O, dicho en otras palabras, son las ciudades contemporáneas las que cocrean a los ciudadanos, y no a la inversa como sucedía en antaño.

Y, como bien se sabe, como la idiosincrasia del Mercado es ajena a cualquier ecuación afín al principio de igualdad y justicia social, por ser contra natura substancial, las actuales ciudades modernas representan un verdadero factor sociológico de rabiosa actualidad de generación de desigualdad e injusticia social a la luz del más mínimo resquicio de valor humanista y ante la inacción por inoperancia de la clase política. Siendo los estratos sociales más afectados frente a esta cruda realidad aquellos más desfavorecidos por renta de trabajo y de capital, díganse jóvenes, personas activas en situación de desempleo, y tercera edad con prestaciones sociales irrisorias por no decir humillantes, en un escenario tanto de carencia y precariedad laboral como de degradación del propio Estado de Bienestar Social. O, dicho en otras palabras, el Mercado ha conseguido convertir a las grandes ciudades en un oasis de confort de obligado peaje, y por tanto con barrera artificial de entrada económica mediante, solo apto para perfiles de ciudadanos que cumplen los perfiles de renta y de consumo requeridos por los estándares del Mercado.

Dicho lo cual, y frente al dilema planteado inicial del ciudadano y la ciudad, semejante a la disyuntiva del origen del huevo y la gallina, es una evidencia empírica que en estos tiempos que corren las ciudades son quienes actualmente moldean y crean a los nuevos ciudadanos, afectando de manera directa no solo a su comportamiento conductual en materia de usos y costumbres, sino incluso determinando una escala de valores morales de perfil capitalista para consumo del consenso colectivo sin más opción de réplica que la exclusión. (Ver: Nosotros, los ciudadanos del primer mundo, somos el Capitolio de los Juegos del Hambre y La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

Por lo que podemos afirmar, a modo conclusivo, que el hombre político ha dejado de construir su propia sociedad, para ser el Mercado, a través de las ciudades de las que se nutre en gran parte como verdaderas granjas de consumo, quienes crean las nuevas sociedades del hombre social. La ilustración humanista ha muerto, dando paso a una pseudoilustración económica postconsumista, para peligrosa devaluación del ser humano como ser social y político racional con capacidad de libre elección.