sábado, 27 de marzo de 2021

El morbo del chafardeo: la fórmula de éxito para el consumo de masas

Escena de "La Isla de las Tentaciones"
El chafardear, o dígase también cotillear, chismorrear y fisgar, es una actividad humana elevada a arte nacional en muchos países, que trasciende el origen de su propia naturaleza curiosa. Pues si bien la curiosidad es el deseo de saber o averiguar alguna cosa, el chafardear es la distorsión de dicho deseo curioso al convertirse en morbo mediante la intromisión y posterior crítica de la vida privada de terceras personas, y más en particular sobre el goce del descubrimiento de posibles actitudes contrarias, extrañas e incluso desagradables a la moral social establecida por parte de éstos. O, dicho en otras palabras, el chafardero no es más que un fisgón que espera tan paciente como expectante, salivación mediante, a experimentar una sensación de placer morboso a costa de los demás.  

Expuesta la naturaleza substancial del acto de chafardear, podemos extraer tres rasgos característicos de los chafarderos: en primer lugar, apuntar que se trata de personas que buscan vivir su vida desde la vida de los otros; es decir, que son individuos mayoritariamente vacíos de vida interior, propio de espíritus carentes de una intelectualidad mínimamente madura. En segundo lugar, destacar que se trata de personas que priorizan la búsqueda del placer existencial en el morbo del chafardeo, descartando otros medios más sublimes para el disfrute de un goce vital cotidiano y bajo un pose de falsa moralidad. Y, en tercer lugar, singularizar que al tratarse la morbosidad de una desviación enfermiza en términos morales por su atracción a la dimensión menos luminosa del ser humano, susodicha patología suele desembocar en estados de adicción convirtiendo el morbo al chafardeo en un verdadero vicio conductual.

Hasta aquí, el fenómeno sociológico del chafardeo y su consiguiente experimentación sensitiva morbosa, no tendrían mayor relevancia si no fuera por el hecho que en la actual sociedad digital dicho comportamiento se ha erigido en la fórmula de éxito por excelencia para el consumo de masas. Es decir, en una era interconectada tecnológicamente en la que los medios de comunicación y las redes sociales son el medio natural de comercialización de productos y servicios, los cuales requieren para su existencia contemporánea de la participación obligada de la denominada marca personal (que no es más que aquel imaginario que los demás, como consumidores potenciales, perciben de los proveedores de dichos productos y servicios en calidad de individuos físicos), ésta marca personal requiere para su éxito comercial asegurado de continuas dosis efectivas de chafardeo morboso con independencia de su autenticidad. Lo cual, tristemente, no es una suposición teórico estratégica de Mercado, sino más bien una realidad empírica de rabiosa actualidad. Dando como resultado la paradoja frente a toda lógica racional de que aquellos productos que más éxito social tienen no son justamente los más cualificados, sino los que contienen mayor carga de morboso chafardeo social consumible. Un efecto asimismo derivado por una sociedad de consumo eminentemente visual, aunque esta es harina de otro costal. (Ver: En una sociedad visual, la palabra se destierra como medida contra la libertad de pensamiento).

Las consecuencias sociales en este contexto son obvias: por un lado, es claramente perceptible un descenso generalizado del nivel cultural de la actual sociedad de consumo, lo cual afecta de manera directamente proporcional al nivel cultural de los individuos que conforman dicha sociedad. Por otro lado, y como consecuencia de la anterior, es diáfanamente evidente una desvaloración del reconocimiento social de la meritocracia -fruto del compromiso con el esfuerzo en la capacitación personal sobre una materia de conocimiento concreta-, a favor de la mediocrecracia basada en la insuficiencia intelectual, la carencia de talentos cualificados, y en una exposición pública indecorosa sujeta al morbo del chafardeo social. Y, por otra parte, en su balance en suma, resulta inequívoco un grave empobrecimiento de la moral colectiva como conjunto práctico de usos y costumbres consensuados socialmente para la vida diaria de las personas, donde los valores propios del humanismo capaces de trascender al ser humano son sustituidos sin pudor alguno por una moral hedonista que retrotrae al hombre a su esencia instintiva animal.

Así es, para perplejidad de unos pocos y entusiasmo progresivo de unos muchos más, que no existe a día de hoy éxito social sin exposición personal al morbo del chafardeo ajeno. Tanto es así que los nuevos ídolos sociales, medidos por índices de consumo de masas en un mercado circense competitivo, han dejado de ser personas de alto valor social (como puedan ser humanistas, intelectuales o científicos) para dejar paso a exhibicionistas profesionales de su vida privada, especializados en generar adictivos consumibles sociales de ocio mediante la autopublicidad de una intimidad estética y moralmente soez. ¡La era del intelecto ha muerto, viva el regreso a la era del panem et circenses!