sábado, 27 de marzo de 2021

El morbo del chafardeo: la fórmula de éxito para el consumo de masas

Escena de "La Isla de las Tentaciones"
El chafardear, o dígase también cotillear, chismorrear y fisgar, es una actividad humana elevada a arte nacional en muchos países, que trasciende el origen de su propia naturaleza curiosa. Pues si bien la curiosidad es el deseo de saber o averiguar alguna cosa, el chafardear es la distorsión de dicho deseo curioso al convertirse en morbo mediante la intromisión y posterior crítica de la vida privada de terceras personas, y más en particular sobre el goce del descubrimiento de posibles actitudes contrarias, extrañas e incluso desagradables a la moral social establecida por parte de éstos. O, dicho en otras palabras, el chafardero no es más que un fisgón que espera tan paciente como expectante, salivación mediante, a experimentar una sensación de placer morboso a costa de los demás.  

Expuesta la naturaleza substancial del acto de chafardear, podemos extraer tres rasgos característicos de los chafarderos: en primer lugar, apuntar que se trata de personas que buscan vivir su vida desde la vida de los otros; es decir, que son individuos mayoritariamente vacíos de vida interior, propio de espíritus carentes de una intelectualidad mínimamente madura. En segundo lugar, destacar que se trata de personas que priorizan la búsqueda del placer existencial en el morbo del chafardeo, descartando otros medios más sublimes para el disfrute de un goce vital cotidiano y bajo un pose de falsa moralidad. Y, en tercer lugar, singularizar que al tratarse la morbosidad de una desviación enfermiza en términos morales por su atracción a la dimensión menos luminosa del ser humano, susodicha patología suele desembocar en estados de adicción convirtiendo el morbo al chafardeo en un verdadero vicio conductual.

Hasta aquí, el fenómeno sociológico del chafardeo y su consiguiente experimentación sensitiva morbosa, no tendrían mayor relevancia si no fuera por el hecho que en la actual sociedad digital dicho comportamiento se ha erigido en la fórmula de éxito por excelencia para el consumo de masas. Es decir, en una era interconectada tecnológicamente en la que los medios de comunicación y las redes sociales son el medio natural de comercialización de productos y servicios, los cuales requieren para su existencia contemporánea de la participación obligada de la denominada marca personal (que no es más que aquel imaginario que los demás, como consumidores potenciales, perciben de los proveedores de dichos productos y servicios en calidad de individuos físicos), ésta marca personal requiere para su éxito comercial asegurado de continuas dosis efectivas de chafardeo morboso con independencia de su autenticidad. Lo cual, tristemente, no es una suposición teórico estratégica de Mercado, sino más bien una realidad empírica de rabiosa actualidad. Dando como resultado la paradoja frente a toda lógica racional de que aquellos productos que más éxito social tienen no son justamente los más cualificados, sino los que contienen mayor carga de morboso chafardeo social consumible. Un efecto asimismo derivado por una sociedad de consumo eminentemente visual, aunque esta es harina de otro costal. (Ver: En una sociedad visual, la palabra se destierra como medida contra la libertad de pensamiento).

Las consecuencias sociales en este contexto son obvias: por un lado, es claramente perceptible un descenso generalizado del nivel cultural de la actual sociedad de consumo, lo cual afecta de manera directamente proporcional al nivel cultural de los individuos que conforman dicha sociedad. Por otro lado, y como consecuencia de la anterior, es diáfanamente evidente una desvaloración del reconocimiento social de la meritocracia -fruto del compromiso con el esfuerzo en la capacitación personal sobre una materia de conocimiento concreta-, a favor de la mediocrecracia basada en la insuficiencia intelectual, la carencia de talentos cualificados, y en una exposición pública indecorosa sujeta al morbo del chafardeo social. Y, por otra parte, en su balance en suma, resulta inequívoco un grave empobrecimiento de la moral colectiva como conjunto práctico de usos y costumbres consensuados socialmente para la vida diaria de las personas, donde los valores propios del humanismo capaces de trascender al ser humano son sustituidos sin pudor alguno por una moral hedonista que retrotrae al hombre a su esencia instintiva animal.

Así es, para perplejidad de unos pocos y entusiasmo progresivo de unos muchos más, que no existe a día de hoy éxito social sin exposición personal al morbo del chafardeo ajeno. Tanto es así que los nuevos ídolos sociales, medidos por índices de consumo de masas en un mercado circense competitivo, han dejado de ser personas de alto valor social (como puedan ser humanistas, intelectuales o científicos) para dejar paso a exhibicionistas profesionales de su vida privada, especializados en generar adictivos consumibles sociales de ocio mediante la autopublicidad de una intimidad estética y moralmente soez. ¡La era del intelecto ha muerto, viva el regreso a la era del panem et circenses!


domingo, 21 de marzo de 2021

La ciudad contemporánea crea al ciudadano, y no a la inversa

Hace unos días atrás tuve ocasión de conocer por videoconferencia a Yolanda Fernández, una arquitecta mexicana que despertó mi curiosidad filosófica por su breve artículo “Ciudad para hacer ciudadanos o ciudadanos para hacer ciudad”, en el que reflexiona sobre la relación simbiótica entre ambas partes desde tres ejes vertebradores: el exacerbado consumismo, la expansión urbana, y el envejecimiento poblacional. Un artículo cuya lectura recomiendo y que me sirve de excusa para la presente reflexión efímera de tan ociosa como placentera gimnasia cerebral personal dominical, eso sí desde un enfoque alternativo y complementario al de la urbanista.

No puedo dejar de iniciar mi reflexión, como punto de partida del hilo de deducción racional del que tirar, recordándome como apunte histórico objetivo el hecho fehaciente que el origen de las ciudades tuvo lugar justo en el corte temporal en que el hombre abandona su estado de cazador-recolector para convertirse en un animal social sedentario, gracias al descubrimiento de la agricultura. Y que si bien nos viene al imaginario colectivo la idea de grandes ciudades tanto en la era clásica en plena cuna de las grandes civilizaciones como en la posterior era medieval, herederas éstas de las urbes romanas en el orbe occidental, no podemos concebir la idea configurativa de ciudades modernas hasta el surgimiento de la primera revolución industrial en la Europa y la Norteamérica de finales del siglo XIX, cuyos modelos como bien sabemos han evolucionado abruptamente hasta las actuales ciudades contemporáneas en las que vivimos.  

En esta línea cronológica de la historia de la humanidad, la pregunta pertinente no es otra que el planteamiento de ¿hasta cuándo podemos observar que los ciudadanos han creado las ciudades, y no así a la inversa como posibilidad teórica? A mi entender, dicho proceso casuístico se ha llevado produciendo en el continuo temporal de nuestra historia hasta el momento en que la Política, como sistema de organización social en continua evolución de mejora hasta alcanzar el estado de madurez (insuficiente) de los actuales Estados Sociales y Democráticos de Derecho, primaba con hegemonía plena sobre los dictámenes del Mercado liberal. Es decir, mientras las ciudades se modelaban y reinventaban a golpe de necesidad organizativa, y por tanto política, de una comunidad social concreta en el contexto de su espacio-temporal singular.

Una dinámica milenaria, en la que el hombre político era creador de sus ciudades, que se ve clara y profundamente invertida tras la segunda Guerra Mundial en 1945, casi a la mitad del pasado siglo XX, con la irrupción del fenómeno de las empresas multinacionales al amparo de un derecho internacional partidista en un nuevo mundo emergentemente global. Es entonces que podemos percibir, mirada retrospectiva en el tiempo, que la hegemonía de la Política es suplantada de facto por la hegemonía del Mercado capitalista, quedando relegado el hombre político como creador de las ciudades en beneficio de un entramado de intereses económicos privados que solo buscan su propia rentabilidad financiera. (Ver: El Nuevo Orden Mundial).

Un punto de inflexión en la historia de la humanidad, y más concretamente en la evolución de las ciudades, que se ve afianzado por dos factores sociológicos de obligada observancia: la implementación de una cultura consumista (como derivación natural y necesaria para la sostenibilidad de una nueva sociedad fundamentada en una economía competitiva de libre mercado), y la vertiginosa sobrepoblación mundial que retroalimenta al factor anterior, la cual se ha visto septuplicada en un siglo pasando de los mil millones de personas en el siglo XIX a los más de siete mil millones largos de personas en pleno siglo XXI (como derivación previsible de un aumento del estado de bienestar social generado por los avances científicos y tecnológicos alcanzados en las sucesivas revoluciones industriales acaecidas). (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir).

Es pues, en este contexto presente, donde el Mercado manda impositivamente sobre la Política y por ende sobre los propios Estados, en que la sociedad moderna se sustenta sobre una economía de consumo marcada por el propio Mercado, y en donde existe un ingente caldo de ciudadanos-consumidores potenciales a elegir por parte del mismo Mercado por discriminación de ratio de rentas, que las ciudades han dejado de construirse para observancia de las necesidades organizativas de las personas para convertirse en ecosistemas especulativos que dan cumplimiento a las necesidades económicas del Señor Mercado. O, dicho en otras palabras, son las ciudades contemporáneas las que cocrean a los ciudadanos, y no a la inversa como sucedía en antaño.

Y, como bien se sabe, como la idiosincrasia del Mercado es ajena a cualquier ecuación afín al principio de igualdad y justicia social, por ser contra natura substancial, las actuales ciudades modernas representan un verdadero factor sociológico de rabiosa actualidad de generación de desigualdad e injusticia social a la luz del más mínimo resquicio de valor humanista y ante la inacción por inoperancia de la clase política. Siendo los estratos sociales más afectados frente a esta cruda realidad aquellos más desfavorecidos por renta de trabajo y de capital, díganse jóvenes, personas activas en situación de desempleo, y tercera edad con prestaciones sociales irrisorias por no decir humillantes, en un escenario tanto de carencia y precariedad laboral como de degradación del propio Estado de Bienestar Social. O, dicho en otras palabras, el Mercado ha conseguido convertir a las grandes ciudades en un oasis de confort de obligado peaje, y por tanto con barrera artificial de entrada económica mediante, solo apto para perfiles de ciudadanos que cumplen los perfiles de renta y de consumo requeridos por los estándares del Mercado.

Dicho lo cual, y frente al dilema planteado inicial del ciudadano y la ciudad, semejante a la disyuntiva del origen del huevo y la gallina, es una evidencia empírica que en estos tiempos que corren las ciudades son quienes actualmente moldean y crean a los nuevos ciudadanos, afectando de manera directa no solo a su comportamiento conductual en materia de usos y costumbres, sino incluso determinando una escala de valores morales de perfil capitalista para consumo del consenso colectivo sin más opción de réplica que la exclusión. (Ver: Nosotros, los ciudadanos del primer mundo, somos el Capitolio de los Juegos del Hambre y La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

Por lo que podemos afirmar, a modo conclusivo, que el hombre político ha dejado de construir su propia sociedad, para ser el Mercado, a través de las ciudades de las que se nutre en gran parte como verdaderas granjas de consumo, quienes crean las nuevas sociedades del hombre social. La ilustración humanista ha muerto, dando paso a una pseudoilustración económica postconsumista, para peligrosa devaluación del ser humano como ser social y político racional con capacidad de libre elección.

 

lunes, 15 de marzo de 2021

Aprendizajes y proyecciones de futuro tras un año de pandemia por Covid

Como decían los romanos: tempus fugit. Y es que ya hace un año, más exactamente desde el pasado 11 de marzo de 2020, que la OMS declaró oficialmente el mundo en estado de pandemia por Coronavirus. Echando una mirada retrospectiva, a nadie se le escapa que dicho relativamente breve periodo de tiempo transcurrido ha representado un espacio de transición inter mundos entre la era pre y post Covid, dando lugar a la fecha de corte de un año cumplido a un profundo -por abrupto- punto de inflexión para la vida cotidiana del hombre contemporáneo. Una especie de experimento sociológico a escala global -aun azaroso, quien sabe- del que podemos extraer diversos aprendizajes y proyecciones de futuro para el conjunto de la humanidad. Veámoslas:

En el ámbito Político:

1.-Se reafirma que el poder político democrático de los Estados es inferior al poder económico de la dictadura del Mercado, como se pone en evidencia, en este caso concreto, en las relaciones contractuales entre Gobiernos y Multinacionales en materias de vacunas.

2.-Se pone en evidencia que la política clásica, en la actual era de la Cuarta Revolución Industrial, no resulta eficaz, eficiente, ni efectiva, si no está alineada con la ciencia y la tecnología, pues sin éstas no hay capacidad real de gestión del bien común por parte de aquella.

3.-Se constata que la política de perfil populista carece de capacidad resolutiva para afrontar los retos sociales, por posicionar su línea de acción social al margen y de manera tangencial al Principio de Realidad, dando como resultado un balance negativo respecto a la resolución de los problemas de los ciudadanos.

4.-Se ratifica la falta de diligencia de la clase política como gestores de la res publica, incompetencia manifiesta íntimamente ligada a perfiles competenciales inapropiados que requieren de una urgente revisión y actualización, exigencia social mediante para los procesos de selección de futuros electores públicos por el bien común.

5.-Y, se corrobora que en la política existe una clara asignatura pendiente en la praxis de la elección entre Economía nacional y Salud pública como principio fundamental a defender prioritario, derivado de una falta de posicionamiento normativo aún sin resolver entre política capitalista y política humanista.

En el ámbito Social:

6.-Queda patente que no existe Estado Social sin un Sistema de Salud fuerte y garantista, donde la apuesta del Estado en I+D+I ha dejado de ser una opción para convertirse en una necesidad imperiosa inherente a los países desarrollados.

7.-Queda demostrado que un país sin un Estado de Bienestar Social consolidado es un Estado fallido, y que el Bienestar Social debe volver a ser una prioridad en la agenda de cualquier país desarrollado que se precie, pues sin la base del Bienestar Social solo cabe la desigualdad y la injusticia social donde las clases sociales más vulnerables son las más afectadas.

8.-Queda inequívoco que la sociedad contemporánea tiene un problema a resolver con el Edadismo (estereotipificación y discriminación contra las personas mayores), fruto de una cultura imperante hedonista de exaltación de la belleza, la juventud y la competitividad, que genera graves brechas de inequidad social.

9.-Y, queda manifiesto que el control de masas por parte del poder político no solo es factible sino peligrosamente de fácil implementación en los países de orbe democrático, dado el resultado obtenido del ejercicio de supresión de facto de los derechos civiles fundamentales de los ciudadanos -en el contexto de medidas sociales restrictivas al amparo de los estados de excepcionalidad de la pandemia-, exentos de la implosión por parte de movimientos contestatarios sin mayor relevancia social que algunos casos de naturaleza anecdótica.    

En el ámbito Económico:

10.-Resulta indudable que la Era Digital se ha consolidado cuantitativa y cualitativamente en la era Covid, hasta el punto que la Economía o es Digital o no es Economía, provocando una innegociable reinvención tecnológica del tejido empresarial en los países occidentales.

11.-Resulta objetiva y empíricamente perceptible que dicha reinvención digital de la economía productiva, fruto de una necesaria actualización de los mercados en un contexto VUCA (volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad), sumado al lastre de la Gran Crisis emergida en el 2008, genera una profunda y sangrante purga en el tejido empresarial de emprendedores, autónomos y pymes, propio de todo estado de transición entre dos paradigmas laborales antagónicos (el pre y el post digital), que ha abocado a un dramático escenario de sociedades empobrecidas.

12.-Resulta ostensible la existencia de la incapacidad de una gran parte de la población activa por alinear competencias tradicionales (propias de un sistema educativo caduco) con las nuevas competencias digitales, tan demandadas éstas como necesarias para la no-exclusión del sistema económico productivo imperante que permita a una persona disfrutar del desarrollo de una vida digna en una sociedad de consumo.

13.-Resulta una cruda realidad el hecho que una gran parte de la población activa de los países desarrollados se ha sumergido en la economía digital, como medio obligado de reinvención profesional por necesidad de supervivencia personal y familiar (ante la desaparición de los negocios clásicos), sin resultados exitosos por falta de formación, de recursos, y de apoyos fiscales y financieros de los Estados de turno, así como por la monopolización del océano digital por parte de grandes compañías supranacionales.

14.-Y, resulta una obviedad que no existe Estado desarrollado posible sin el cumplimiento de la regla de oro de un 60 por ciento mínimo de la economía productiva en manos de una clase social media hoy por hoy inexistente (por destruida tras la crisis del 2008 y exiliada actualmente por las barreras de entrada impuestas por la Era Digital), la cual es de imperativo cumplimiento para la generación de un tejido empresarial constituido por una pyme activa con capacidad exclusiva (por no haber alternativa) de mantener y desarrollar el PIB de un país.       

En el ámbito de la Ética:

15.-Es diáfano que, tras un año de la pandemia del Covid, el clasismo se impone como norma conductual social de manera tan generalizada como global. Un clasismo cuyo rasgo substancial de identidad propia reside en el valor supremacista otorgado al dinero y en una moral que pivota sobre el eje del egoísmo, dando como resultado una sociedad segmentada y distanciada (por falta de solidaridad) entre una pequeña clase social acaparadora de poder económico, y una vasta clase social empobrecida económicamente.

16.-Y es indiscutible que dicho comportamiento egoísta, derivado de la exaltación del individualismo como máxima del capitalismo deshumanizado, no solo rige entre hemisferios distantes (díganse primero y segundo o tercer mundo), sino asimismo entre diferentes estratos sociales de un mismo Estado, lo cual nos conduce a un mundo post Covid marcado por una gran brecha de desigualdad social.

Expuesto lo cual, y para acabar la presente reflexión sobre aprendizajes y proyecciones de futuro tras un año de pandemia, solo cabe definir a modo resolutivo el actual estado de la situación bajo cuatro grandes ítems: incapacidad Política, devaluación del Estado de Bienestar Social, empobrecimiento Económico, e insolidaridad clasista. Cuatro perlas para la refundación de la sociedad post Covid. Que los Dioses del Olimpo nos cojan confesados. Aunque siempre podemos emular a las avestruces y vivir -encefalograma plano autoinducido televisión mediante- con la cabeza bajo tierra a espaldas de la realidad.     


sábado, 6 de marzo de 2021

El Relativismo, una falta de posicionamiento propio de un carácter superficial

Kant y sus convidados. Dörstling, 1892
Si alguna tendencia filosófica prima por excelencia en la actual sociedad de exaltación del placer sensorial inmediato, en un contexto donde la libertad individual se va imponiendo progresivamente y sin pudor sobre los espacios de libertad de los otros, es justamente el Relativismo, aun sin ser mayoritariamente conscientes de ello. Puesto que en el Relativismo todo cabe por generosamente abarcador, y a su vez nada entra por profundamente superficial. El Relativismo es un cajón de sastre donde la unidad de medida es la incoherencia, capaz de revestir lo uno y su contrario bajo la estricta regla del saber estar políticamente correcto. Y aún más, el Relativismo es el arte conductual de la diplomacia de la sonrisa, donde la hipocresía sincera se erige como Verdad al amparo de una Razón Pura enajenada (para pesadilla de Kant).  Por lo que se puede decir que el Relativismo es una carencia absoluta de posicionamiento sobre todo en general o, en su defecto, un posicionamiento reducido al absurdo sobre todo en particular. Pues desde el momento que el Relativismo se posiciona, deja de ser relativista, siendo un reductio ad absurdum al fundamentarse sobre un principio antagónico a la Lógica como es que algo puede ser y no ser a su vez, según soplen los vientos del entorno social para beneficio propio. Es por ello que se puede afirmar que una persona relativista no puede dejar de manifestar una personalidad marcadamente pusilánime.

No en vano, los padres del pensamiento occidental como son Sócrates y Platón consideraban el Relativismo tanto inadmisible, por sus consecuencias en el plano moral y social, como absurdo por hacer imposible el conocimiento de las cosas y, con ellas, el conocimiento de la esencia última de la Realidad misma. Pues si todo es relativo, asimismo lo son las conductas consideradas como buenas o malas de las personas (bajo intereses contextuales), como asimismo lo son o dejan de ser de facto el conocimiento cierto de las cosas a espaldas del Principio de Realidad: aquello que Es con independencia de la percepción partidista, sesgada o enajenada del hombre como observador. Pues en tal caso, al auxilio interesado del Relativismo, pudiera llegarse a considerar como una conducta buena o correcta la acción de robar o incluso violar, como pudiera considerase tal que un uso correcto del conocimiento verdadero de la Democracia, por poner un ejemplo, el supuesto legítimo de la violencia como medio para hacerse con el poder político y social. Por lo que, a la luz de lo expuesto, queda en evidencia que el Relativismo, como línea moral, de pensamiento y conductual de límites abstractos, es caldo de cultivo para que el hombre, como bien señaló Hobbes, se convierta en un lobo para el propio hombre. 

La pregunta pertinente, por tanto, no puede ser otra que plantearse qué elementos sociológicos promueven la proliferación de la filosofía relativista imperante en nuestra sociedad. Veámoslos desde la deducción empírica sobre la rabiosa actualidad como objeto de análisis:

En primer lugar, destaca una notable incultura generalizada (inducida por omisión del deber educativo) sobre los principios rectores de lo que Es una Sociedad Democrática, y con ella los límites del ejercicio de los derechos fundamentales de todo ciudadano. Un factor que tiene una incidencia directa sobre la Moral individual y social en un mundo con interacciones globales.

En segundo lugar, destaca una ignorancia generalizada (autoimpuesta por los propios individuos) sobre los grandes temas vertebradores que afectan a la vida social, política y económica cotidiana de las personas, maximizado por una mentalidad colectiva pasiva carente de Pensamiento Crítico.

En tercer lugar, destaca una corriente conductual superficial generalizada, promovida en gran parte por una cultura de consumo hedonista intravenosa -wifi mediante- que aborrega al espíritu más inquieto, generadora de conversaciones sociales y relaciones interpersonales tan vacuas como insulsas por su finalidad yerma. La cual ha desembocado en la creación de una nueva sociedad donde los reyes son tanto los Homo Gallinaceos como los Apicem Aurum, y los modelos sociales a seguir son los mal denominados influencers, dentro de la lógica de una sociedad que prima el entretenimiento superficial en detrimento de la inteligencia y la sabiduría como bien social.   

Y, en cuarto lugar, como resultado tan directo como previsible del conjunto de factores anteriores, destaca el hábito social generalizado de no pensar como dinámica existencial, ya sea por incapacidad intelectual o por vagancia personal, en una sociedad contemporánea que ha adoptado como una de sus máximas el “dejarse fluir”, a imagen y semejanza de los rumiantes.  

Lo que está claro es que optar por el no relativismo, es decir por tomar posicionamiento sobre algún aspecto de la vida, por pequeño que sea, comporta un compromiso de raciocinio no exento de búsqueda imprescindible de referentes de conocimientos sobre los que basar dicha capacidad cognitiva. O, dicho en otras palabras, pensar requiere esfuerzo. Una actitud públicamente denostada en una sociedad que fluye por el río del cansancio y la vagancia intelectual, encubriendo ésta por la comodidad de la verborrea superficial incontenida desde el confort del Relativismo, el cual por esencia es absurdo en sí mismo.

La no postura relativista es absurda porque no se ajusta a la Razón, pues no hay Razón sin la observancia de las tres leyes fundamentales que la rigen que no son otras que las que conforman la Lógica (aristotélica), en cuya segunda ley -para no extenderme- conocida como Principio de No Contradicción reza: una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. O, dicho en otras palabras, para la Lógica, y por ende para la Razón, no existen realidades grises, solo realidades blancas y realidades negras. En caso contrario no solo estaríamos atentando por invalidación contra la propia capacidad racional del ser humano, sino asimismo negando ya no a la Filosofía, sino incluso a la Ciencia misma.

Y todo y así, el Relativismo absurdo se ha generalizado hasta tal extremo en nuestra sociedad, que a día de hoy afirmar que algo es blanco o negro, que es lo mismo que tomar postura sobre algún aspecto de la vida a la luz de la Razón, se estigmatiza como una línea de pensamiento conductual radical y extremista, y aún más “políticamente incorrecta” por exenta de hipocresía de una mal entendida diplomacia social. He aquí la máxima del absurdo racional como norma de uso social.

Las opiniones, opiniones son. Y este humilde filósofo no puede afirmar que algo Es lo que no-Es bajo su imperfecta percepción del Principio de Realidad, aun pudiéndose equivocar, ya que errar es de humanos. Pues en tal caso de afirmar lo contrario de aquello que se cree que Es equivale a ser un hipócrita social, más allá de ir contra Verdad (esencia última de la Realidad que persigue todo Filósofo), lo cual a su vez erosiona gravemente la propia Autoridad Interna: la capacidad del Yo Soy de ser y relacionarse de manera coherente y fiel consigo mismo y frente a los demás. (Ver: Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática).

Y a quien no le guste la opinión de un servidor, está en su pleno derecho de hacer caso omiso de la misma en el ejercicio de su propia Libertad. Si bien no es menos cierto que no hay nada más peligroso para la Razón que un Relativismo social excluyente por intransigente y radical. Como bien decía Hesse: hay millones de facetas de la verdad, pero una sola Verdad. Por lo que, tomando como modelo a Séneca, prefiero molestar con la Verdad que complacer con adulaciones (sic). O, si se tercia y las circunstancias lo permiten, excusar educadamente mi presencia de posibles gallineros. Dixi!